En estos días, todo el viento del mundo sopla en tu dirección,
la osa mayor corrige la punta de su cola
y te corona con la estrella que guía: la mía.
Los mares se han torcido con no poco dolor hacia tus costas,
la lluvia dibuja en tu cabeza la sed de millones de árboles,
las flores te maldicen muriendo, celosas.
En estos días no sale el sol, sino tu rostro.
Y en el silencio, sordo del tiempo, gritan tus ojos:
¡Ay!, de estos días terribles.
¡Ay!, de lo indescriptible.
En estos días no hay absolución posible para el hombre,
para el feroz, la fiera que ruge y canta ciega.
Ese animal remoto que devora y devora primaveras.
En estos días no sale el sol, sino tu rostro
y en el silencio, sordo del tiempo, gritan tus ojos
¡Ay!, de estos días terribles
¡Ay!, del nombre que lleven
¡Ay!, de cuantos se marchen
¡Ay!, de cuantos se queden
¡Ay!, de todas las cosas
Que hinchan este segundo
¡Ay!, de estos días terribles
Asesinos del mundo.
Silvio Rodríguez.
En estos días.
LA DESPEDIDA.
En alguna ocasión he podido comprobar como un peatón da las gracias al conductor que se detiene delante de un paso de cebra para que pueda cruzar la carretera. ¿Le da las gracias por permitirle ejercer su derecho? Vivimos en un mundo absurdo. El peatón no tiene nada que agradecer, es su derecho a pasar lo que prevalece sobre lo demás, sobre la obligación del conductor a detenerse. Sin embargo, hemos llegado a un punto de envilecimiento tal que hay que dar gracias porque alguien nos otorgue lo que nos corresponde: Muchas gracias por dejarme ejercer un derecho que es mío.
En mi paseo diario por la “bobosfera”, recomendado por mi médico de cabecera para el buen funcionamiento de mi organismo, he podido constatar con desilusión que una amiga del ciber-espacio dice adiós. Ella fue la primera que hizo un comentario en este humilde blog y me hizo ver que hay alguien más allá de lo que escribo. Y dice que se va. Ha vaciado su maleta de palabras y sentimientos y no permite que nadie la abra. Es más, creo que se ha metido ella dentro de la maleta…
De alguna manera, me he acostumbrado a mis amigos virtuales. A algunos los conozco personalmente, a otros me los ha presentado la red. Los primeros, muchas veces son distintos en la red que en la realidad. Los segundos, son un descubrimiento agradable: los imagino como quiero, los intuyo como son, los adivino a mi manera. Y me gustaba. Y me gusta. Y creo que me gustará.
No sé por qué alguien que abre un blog y, lo que es peor, lo mantiene – no es tarea fácil, lo aseguro -, alguien que se dedica a contar verdades y mentiras “tralará” que pasan y pasean por su conocimiento y a veces, incluso, por su corazón, de repente… dice adiós. No es justo. Nadie se puede ir. Me he acostumbrado a llamar a esas puertas todos los días y si en alguna no hay alguien… me “cabreo”. Es mi derecho. Se me otorgó por la gracia de la “bobosfera” (que me guía y que me aturde) y ahora no se me puede quitar. Nadie me puede privar de él, aunque se detenga para permitirme cruzar en un paso de peatones. Tengo derecho a seguir leyendo y saber que todo, cuando menos, sigue igual.
La penúltima entrega de su difunto blog decía esto:
..Y un día supo, con la certeza con la que se saben esas cosas, que no. Que no se dejaría tocar por ningún otro. Que ni vínculo ni derecho serían más fuertes que la determinación a que nadie profanara jamás el recuerdo del tacto que dibujó fuego por su cuerpo, de aquellos labios que construyeron puertos y abrieron islas, de aquel cuerpo que encajaba perfecto en cada arista de su alma llenándolo todo. Todo. Hasta hacer del resto la nada. Nada.
Y así se guardó, en celofán de memorias, como un ramo de flores que olvidado no podría entregarse más... porque le había encontrado. Y le había perdido.
Yo la guardé. No sé por qué, pero la guardé en el cajón de las cosas que hay que tener en cuenta. Me pareció que anticipaba su despedida. Y no me equivoqué. Ella sí se equivoca. Pessoa decía que nunca amamos a nadie, que amamos sólo la idea que tenemos de alguien. Añadía que lo que amamos es un concepto nuestro, es decir, a nosotros mismos. Y a lo mejor tenía razón. A lo mejor no. Yo qué sé. Yo solo sé que hay que amar “por si acaso…”, no vaya a ser que uno se lo pierda por un “quítame allá esas pajas”. Y ella ha empezado a perdérselo. Ha empezado a trazar un camino en el agua y se ahogará si no la avisamos. En el agua no hay caminos, se hace camino al andar. En el agua sólo estelas… Por mí que no quede: estás avisada.
Si por lo menos hubiera dicho un “hasta luego”, en lugar de “adiós”…

El compromiso
D. Fulanito de Tal y Cual, mayor de edad, vecino de Aquí, con domicilio a efectos de notificaciones en la calle de la Alegría y provisto de N.I.F. cero mil cerocientos cero cero., ante V.E. comparece y como mejor proceda
Que el que suscribe ha llegado ya a una edad, según se refleja en la fotocopia del D.N.I. que se adjunta al presente escrito como prueba de veracidad de lo que dice.
Que siendo lo citado anteriormente cierto en todos sus extremos, cree conveniente para su buena salud mental el aceptar el compromiso como bandera. Que para ello ha dado los pasos necesarios para modificar su comportamiento ante las cosas importantes – o que considere importantes, al menos – que se brindan en ocasiones por la vida.
De esta forma, en adelante, y ante determinadas circunstancias, cambiará sus deberes, que nunca arañaron – no lo consiguieron aunque en ocasiones lo intentaron- su independencia, por el compromiso, mucho más sacrificado, pero más satisfactorio para los fines que plantea.
Que para conseguir los objetivos propuestos:
1.- Intentará decir siempre la verdad, aunque duela.
2.- Aceptará retos de los considerados la mayoría de las veces como imposibles.
3.- Abrirá el correo electrónico varias veces al día en busca de respuestas.
4.- Si no encuentra respuestas, se hartará de hacer preguntas.
5.- Se levantará cada mañana pensando que se puede conseguir (esto lo leí en El vendedor más grande del mundo de Og Mandino, creo).
6.- Nunca desfallecerá.
Por lo anteriormente expuesto, a V.I.
Tenga por presentado el presente escrito, su copia y los documentos acreditativos de lo que decimos, tenga a bien admitirlo y, previas las consideraciones que fueran oportunas, acceda a conceder al que suscribe la capacidad necesaria para comprometerse con las cosas que merezcan la pena, teniendo en cuenta no solamente el carácter operativo de la petición, sino el carácter humanitario de la misma.
Es justicia (confío poco en la suerte) que pido Aquí, a tanto del cuanto de dos mil y pico
Fdo: El recién comprometido.
Vodafón
(Quede claro que donde dije digo, digo Diego o digo Movistar o Amena o Filomena).
Mi móvil, mi mejor amigo desde hace unos años, y su inseparable compañera, la agenda multifunción de última generación donde guardo todos mis contactos – sin los que ya no sé vivir -, han dicho basta, se han estropeado, han fenecido. Pero no hay problema: tenemos un supercontrato de empresa que permite renovar los aparatos averiados con coste cero.
¡Allá voy! Raudo y veloz marco el número especial que nos dan a las empresas especiales para tratarnos de forma especial y que nos hace distintos al resto de los mortales. No hay nadie. Se pone una maquinita. Sí, ya lo sé, pueden pensar que uno está tonto si le sorprenden hablando con una máquina, pero ésta es distinta: ésta es la maquinita que han instalado en Vodafón para que trate de una forma especial a las empresas especiales y que nos hace distintos al resto de los mortales.
Por favor, marque su clave secreta, me dice atentamente. 4444, ¡ya está! Por favor, vuelve a dirigirse a mí, marque el 1 si su llamada se debe a una avería de su aparato, marque el 2 si quiere contactar con la tienda, marque el 3 si es para otras necesidades. Uno, digo yo convencido, mientras mi pensamiento se va directamente a qué se referirá con otras necesidades. Continúa preguntándome la susodicha: su teléfono ¿es de tarjeta o de contrato? Sin inmutarme y muy seguro de mí mismo digo la palabra mágica: “contrato”. No conforme con mi respuesta, me sigue interrogando: Diga si desde el teléfono que está llamando es el que figura en el contrato o está llamando desde otro. He de reconocer que ahí empiezo, muy susceptible yo, a mosquearme. Vamos a ver, si estoy llamando porque se me ha estropeado el teléfono, le he dicho UNO que es el número que me dijo que marcara si se trataba de una avería, entonces, y creo queda muy claro y meridiano, no puedo estar llamando desde él, querida Watson, porque entre otras cosas ¡ESTÁ ESTROPEADO! Me insiste: Diga sí o no. ¡No!, digo yo en un tono un poquito más fuerte; éste me lo ha dejado un amigo para que llame… Marque el número de teléfono sobre el que quiera realizar la consulta, me sugiere sin dejarme terminar la explicación en un tono de voz que ya no se me aparece tan amable. Señorita, el 600002001. Repita el número, por favor. ¡Caso en Soria! ¡Además está sorda! Le he dicho que es el 600002001. Mientras mi cabeza empieza a preguntarse para que me piden todos esos datos si ya los tiene Vodafón porque para hacer el maravilloso contrato de empresa nos pidieron hasta el carnet de identidad de una prima tercera de la mujer de un compañero de despacho para poder ofrecernos un descuento añadido en las llamadas del 0,03%, la maquinita vuelve a dirigirse a mí y me dice: En unos momentos le pondremos en contacto con una operadora, permanezca a la espera.
¡Tócate la nariz! Pues por ahí quería haber empezado yo. Si cuando llamé hace tres cuartos de hora me ponen con una operadora que sepa castellano, un castellano "de andar por casa", un castellano coloquial, ya tendría un nuevo teléfono con coste cero ¿NO?
¡Pues no! Después de escuchar el “Letitbi” (porque a los que tenemos contrato especial nos ponen esa y a los que no lo tienen… también) de los “Bitels” en versión acústica – creo que interpretado por Paul Mauriat – dos veces y media, la maquinita me dice muy atentamente: LAMENTAMOS INFORMARLE QUE NUESTRAS OPERADORAS SE ENCUENTRAN ACTUALMENTE OCUPADAS. INTÉNTELO DE NUEVO DENTRO DE UNOS MINUTOS.
¿?
La voz de la colina
Sobre cada colina
de la tierra que hay,
sobre todas las cumbres,
en un rapto animal,
abalánzate, ciérnete,
canta y vuelve a cantar,
"voz" de mi alma
y de mi libertad.
Miguel Hernández
Me llaman desde la colina. Otra vez, la tercera en poco tiempo, oigo, escucho, intuyo, percibo esa voz, temblorosa ya, que me dice que haga lo conveniente, que confía ciegamente en lo que haga ¿acaso alguna vez fue así? Esa palabra nunca estuvo en su particular vocabulario. ¡Imposible! Algo está pasando…En el diccionario de su vida no existió ni conveniente, ni apropiado, ni adecuado, ni oportuno, ni idóneo. ¡Jamás! Y no me gusta lo que oigo: palabras vencidas por el destino, palabras sin ilusión por el “qué vendrá”, palabras llevadas solamente por la inercia de un mísero viento, palabras que duelen…
Y me rebelo contra mí. Y me sublevo contra todos. ¡Maldigo la hora en la que me estuve quieto! ¡Maldigo el minuto que me llevó a lo adecuado! ¡Maldigo mi espíritu, el que no tuve y ni siquiera me molesté en buscar!
Sé que hay tiempo, todavía hay tiempo. Un tiempo que ya no se puede desperdiciar.
La muerte sigue en los trenes...
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En Iberia, tierra de conejos fenicia, costa de conejos griega, - Pero no son galgos. Pues, ¿qué son? Podencos – siempre la eterna discusión, la eterna disputa por el “y tú más” que nos ha descrito fielmente durante siglos. El que manda, el que juzga, el que absuelve, el que ordena, el que envía, el que mata, el que castiga, el que nunca perdona, olvidó los trenes, su verdadera esencia, sus hierros de muerte… y olvidó más… olvidó los furgones reventados del Norte… y los sótanos de sangrado y desangrado humo negro… y las vidas arrancadas a los que nunca tuvieron culpa, ni una pequeña culpa, ni la más mínima culpa, - Son galgos, te digo. Digo, que podencos - a los que les cambió la vida sin haberlo pedido, en una milésima de un mínimo segundo, a los que hundieron sin tener barcos, a los que ahora olvidan…
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Por eso yo digo ¡BASTA! ¡Déjenme ya en paz y no me defiendan! ¡No me representen, ni unos ni otros! ¡De mis amigos me guarde Dios, que de mis enemigos…! No sé si son galgos o si son podencos - En esta disputa, llegan los perros y pillan descuidados a mis dos conejos -, más tampoco importa: son perros muy perros, eso sí son perros y no los podencos o los flacos galgos, los que se atribuyen el poder supremo de decidir lo que no importa, de corroborar lo que no interesa, de averiguar si el ombligo sigue ahí, de aseverar razones vacías e interesadamente interesadas a sus fines por los siglos de los siglos.
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Son vidas robadas, las unas y otras, las de ayer, hoy y siempre, iguales en muerte, voladas por el Norte, rematadas por el Sur, desvalijadas por el Este y atacadas por el Oeste (sustituya el lector, si hay alguno, el punto cardinal por el país o países que tenga por conveniente). Son vidas que ya no vivirán - Los que por cuestiones de poco momento dejan lo que importa llévense este ejemplo - por el capricho de un gatillo fácil, por la decisión de un ser que cree ser Dios mientras se transforma en el mismo Lucifer, por una llamada asesina que por respuesta espera un seco y frío “bum”, por un detonador traicionero… Eran vidas por vivir. Eran vidas que ya no vivirán. Eso es lo que importa.
La muerte sigue en los trenes … dicen que por galgos, otros por podencos.
El "crecepelo"
Hace unos años estuve en Israel. Sí, ya sé que hay más gente que ha ido, pero yo lo cuento por lo que me sucedió con un formidable, inigualable y maravilloso crecepelo.
Con la excusa de la "peregrinación" a Tierra Santa, nos metían diariamente en un autobús y nos enseñaban, como se enseñan las cosas a los turistas, especialmente a los turistas peregrinos, los monumentos y lugares relevantes del país de Yavhé, Alá, Mahoma y Jesús. Todo iba bien hasta que llegamos al mar Muerto, famoso mundialmente por su alta salinidad, hasta el más obeso flota sin necesidad de saber nadar, y las propiedades curativas de sus barros. Bueno, pues en ese trajín de “a la derecha el mar muerto, a la izquierda unos camellos”… nos metieron en “una preciosa tienda donde, señoras y señores, ustedes podrán adquirir todas las cremas de AHAVA que deseen”.
Las mujeres enloquecieron de repente. Parecía que les había tocado la lotería. Pero ¿qué era AHAVA? ¿qué tenía aquella maravillosa palabra para que las féminas entraran en éxtasis? Pues la misma palabra lo dice, o no. AHAVA es una marca de cremas de todo tipo y cuyas propiedades curativas y estéticas son milagrosas, creo: para los pies doloridos, para los pies cansados, para los pies hinchados, para el juanete torcido, para los callos de los pies, para la dermatitis nosequé, para el codo de tenista, para el cuidado del cutis, para las patas de gallo, para la suavidad de las manos, para el fortalecimiento de las uñas de las manos, para el fortalecimiento de las uñas de los pies, para la belleza del niño, de la niña, de la mamá y de la agüelita, para limpiar, exfoliar (siempre pensé que exfoliar era otra cosa) y refrescar la piel…
Así las cosas y dado que yo no tenía nada que hacer, soy casi perfecto y no me huelen los pies (por lo menos yo no me los huelo) ni tengo "patas de gallo", me entretuve, pasé el rato, aguanté el tirón, mirando los preciosos y maravillosos botes que esperaban ser adoptados en las estanterías del lugar mientras mi querida esposa daba cuenta de la tarjeta visa.
Pero un bote llamó mi atención: por su forma, por su colorido, por sus letras hebreas… Lo cogí, lo miré para averiguar el contenido y… de repente, un palestino, que hablaba un castellano casi perfecto para el tipo de castellano que se habla en Palestina, me espetó: “¡Mu bueno! ¡Mu bueno para el pelo! Tú das en cabeza y sale pelo. No se cae nunca. Sale más. ¡Compra, compra!”
No podía salir de mi asombro. Un tipo calvo como una bola de billar estaba intentando venderme un crecepelo, a mí, que entonces tenía muchísimo más que él. Ahora también. ¡Ya!, le dije socarronamente, si es tan bueno ¿por qué no te lo echas tú? A lo que me contestó sin complejo alguno y señalando su cabeza: No. Lo mío es un accidente. ¡Ya!, le volví a decir yo, y lo mío es de nacimiento ¡No te “jode”!
Sobra decir que le compré el bote. Soy así, no lo puedo evitar. Sí, lo compré. Me cayó bien el tipo. Hay que tener cara para vender crecepelos cuando no se tiene ni uno en la cabeza. Y ese hombre me vendió un maravilloso bote de crecepelo del Mar Muerto que yo guardé en la maleta como si hubiera adquirido un tesoro. Juro que nunca lo usé. En más de una ocasión tuve tentaciones, pero no lo usé. Sobretodo porque ese tipo de cosas hay que usarlas cuando uno está sólo en casa, para que los tuyos no se den cuenta de que estás un poquito... ¿"pallá"? Ya lo estaba viendo: Abro el bote, me desnudo, me extiendo el barro “lila” por la cabeza, lo dejo reposar durante diez minutos (eso me lo tradujo un amigo que sabía hebreo porque era israelí), me ducho y, de sopetón, empieza a salirme una melena como la de Bob Marley.
Pues no. Estoy seguro de que precisamente no hubiera pasado eso. Estoy seguro que mi vecina me hubiera denunciado, porque después de abrir el bote, desnudarme y extenderme el barro lila por la cabeza… habría sonado el timbre (en las películas siempre pasa) y yo, que soy muy educado, me habría puesto una toalla en la cintura y hubiera ido presto a abrir la puerta, sin caer en la cuenta de que una cabeza de ser humano no debe ser de color violeta (más que nada porque es raro). Allí me hubiera encontrado con mi vecina y una pequeña tacita de porcelana para que le diese un poco de sal. Aparte del susto que se habría llevado, se habría dado perfecta cuenta de que o su vecino era un extraterrestre o se había vuelto idiota. Digo yo.
¿Quién mató a Lorca?: Fuenteovejunita
sin aguas
y sin fuentes!
Se ven con el rabillo
del ojo nunca frente
a frente.
Como todas las cosas
ideales, se mecen
en las márgenes puras
de la Muerte."
Estoy leyendo, me tiene absorbido, el último testamento del siempre conflictivo Sánchez Dragó. Muertes Paralelas, se llama. Se atreve a comparar y a poner en el mismo plano las muertes de personajes tan dispares y antagónicos como Lorca, Jose Antonio Primo de Rivera, Buenaventura Durruti, Muñoz Seca, Ramiro de Maeztu y su propio padre, periodista asesinado –primero por los rojos y después por los azules (ver libro) - un mes antes de que él viniera al mundo.
Pero lo más interesante, exclusivamente para mí, de lo que escribe y reescribre es la descripción que hace de España - la de antes, la de ahora y la de siempre –, su cainismo y sobretodo su envidia con mayúsculas mayestáticas, siempre por encima de las propias ideas políticas. Hace suya una frase de Don José Ortega y Gasset – él le tutea, yo no me atrevo - “Ser de izquierdas como ser de derechas es una más de las estupideces del ser humano” y termina el prólogo con otra lapidaria: “Lamento profundamente haber nacido español”.
Viene a decir que da igual quién ganara la guerra (en el sentido de que los otros habrían hecho lo mismo si hubieran vencido), que por encima de las ideas, los españoles somos – éramos y seremos - profundamente envidiosos y que la mayor parte de las muertes producidas en ambos bandos se debieron a ella, nunca a la posición política del ajusticiado: se aprovechó el hecho político para ajusticiar al rival económico o similar. Y así cientos de veces. Y así en los dos bandos.
Y digo todo esto por la polémica surgida sobre el asesinato del insigne Federico. Al que siempre pensé - Y a la mitad del camino, bajo las ramas de un olmo, guardia civil caminera lo llevó codo con codo - asesinaron por sus ideas políticas. Ahora, una nueva investigación, revela y rebela que lo asesinaron por envidia, por escribir magistralmente “La casa de Bernarda Alba” en la que, al parecer, describía de manera ruin a la familia del que le asesinó, del que le pegó un tiro por la espalda - porque te has muerto para siempre, como todos los muertos de la Tierra, como todos los muertos que se olvidan en un montón de perros apagados - en el barranco de Víznar por “maricón”.
Si fuéramos capaces de comprender que la envidia es asesina por naturaleza - tanta envidia y odio, que ni un Duende pudo salvarse, dice el poeta (Antonio Machado) a propósito del magnicidio del poeta -, que antes, mucho antes, infinitamente antes, que las ideas políticas están las personas –piensen como piensen, sean lo que sean, estén donde estén- nos iría mejor. Diría más: Nos iría bien.
¿Quién mató al Comendador? Fuenteovejuna, Señor.
Para mi querido Sur, si tiene a bien.
La historia. Domingo, 2 de abril de 2006.
El arte del Norte se fundió en abrazos con creación del Sur. El Sur del diseño casó en breve tiempo al viento del Norte y una flor añil, la flor más preciosa que atrevida siempre se empeñó en salir. Parieron un hijo en tan solo un rato. Nunca nadie vio parto semejante sin ningún dolor. ¡Era maravilla lo que contemplaba el testigo mudo en aquella ocasión! El Norte abrazaba con letras muy gordas, siempre colocadas y en su justo sitio, el dibujo grande que en multicolor embrujaba el Sur.
Anoche quedaron el Norte y el Sur. Y en tan solo un rato, a base de amor y otras composturas, pusieron remedio a los males del mundo y a sus propios males, uno en la poesía, otro en el trasluz.
Anoche brindaron el Norte y el Sur, por lo que vendrá, por lo que llegó. Como en esponsales yo solo di fe, de que lo que fue es lo que pasó: Anoche se amaron el Norte y el Sur, por primera vez, sin que nadie viera hasta dónde juntos se puede llegar.
… y el Norte, dichoso, vestido en harapos, disfrazaba al Sur con su compostura. Y el Sur se dejaba, sin revoluciones, llevar por las letras juntadas por días. Uno era el secreto, aquél el misterio. En la mezcla estaba el mejunje dulce que bebimos juntos…
El vigía.
POSDATA: Como no podía ser de otra manera y mientras duraba el encuentro, el viejo Norte dio buena cuenta de un suculento plato de jamón ibérico de bellota, torta del casar, pan de Aliseda y vino del país. Mientras tanto, el Sur hacía suyas unas cuantas copas llenas de hielo, larios y coca-cola.
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Ahora. Septiembre de 2006.
… y hoy el Sur se ha ido… nadie sabe adónde. Si alguien se lo encuentra, espero me avise, que mis pretensiones no son elevadas: sólo quiero verle, saber como está, decirle que cuando callaron las armas y cesaron los desfiles victoriosos, se hizo un abrumador silencio. Un silencio que duele, más que la guerra.
Ya tú sabes.
Soledades
Siempre estoy preguntándome por qué tuvo que irse. Desconozco la causa por la que se alejó, qué fuerza poderosa lo atrajo hacia otra parte tan distante de mí.
Si él estuviera aquí, mis noches no serían tan largas y sus oscuras sombras tan densas y pesadas. No estaría tan sola si él estuviera aquí, la soledad se disiparía con el calor de su compañía. Si él estuviera aquí, el tiempo no pasaría como si cada segundo fuera una eternidad en la que ahogarse.
Con la tenue luz de la noche, que se filtra por el ventanal, adivinaría la forma de su cuerpo, relajado, entre las blancas sábanas. Mis dedos rozarían, curiosos, su tibia superficie y él, medio dormido, me abrazaría fuertemente para que no me ausentase de su lado. Acercaría mis labios a su quieto respirar, reposaría la cabeza sobre su pecho, siempre podría despertarle suavemente, simplemente para decirle “te quiero”.
Su sombra sería mi sombra, no habría otras sombras que se interpusieran entre las nuestras. Su vida sería mi vida, yo sólo estaría pendiente de él, viviría por él. Si él estuviera aquí, el paso del tiempo, mis arrugas, mis canas, estarían suavizadas con el bálsamo de sus besos, con sus mimos, con sus abrazos y yo no esperaría ávida de sus labios, de sus formas, de su compañía, de su calor.
Si él estuviera aquí, yo nunca estaría sola.
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Lo encontré en un cajón. En casa de mi madre.
Mercedes
¡Ayer me encontré a un hombre!
El "copión"
Todo esto viene a cuento porque estando de vacaciones en una soleada playa del Sur de España, compré un periódico de los que se editan en mi Comunidad Autónoma (todavía no somos Nación) –nos los llevan al lugar de vacaciones para recordarnos quiénes somos -. Ojeando y hojeando el ejemplar, de repente me sobresalté: un señor, por llamarlo de alguna manera, profesor de historia contemporánea o algo así, había copiado lo que yo había escrito en mi blog. Había copiado fragmentos enteros de un texto y los había deformado a su conveniencia. Transformó mi humilde memoria poética en memoria partidista y política. Sin mi permiso. Sin cita alguna. Sin cortarse un pelo. ¡Sinvergüenza!
Pregunté a gente que entiende de esto, por suerte en nuestro país siempre encuentras a alguien "que lo había visto venir" o que sabe "qué es lo que te está pasando" o simplemente se lo inventa, y me dijeron que es habitual. Que un porcentaje muy alto de lo que se inserta en los periódicos se extrae por sus autores de la blogosfera. Se inspiran en los blogs, en lo que decimos los demás. ¡Joder!, pues eso será normal pero a mí no me había pasado nunca y me llevé un susto de tres pares de… hasta que caí en la cuenta que el idiota había copiado lo que yo había escrito: por unos instantes pensé que había escrito un artículo en el periódico y no me acordaba…
Ya sé que esto no sirve para nada, ni lo pretendo. Me apetecía contarlo y decirle al idiota, si es que se vuelve a asomar por aquí, lo que le hubiera dicho a mi compañero de pupitre si le pillo en el momento de transcribir mi examen al suyo: ¡Copión, que eres un copión! ¡A que se lo digo al profesor!
La prisión
Busco en la muerte la vida,
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Nunca lloré por ella. Nunca la presté mucha atención. Nunca pensé en ella como el báculo de mi vejez. Tampoco nunca imaginé lo que vendría después. Viví la vida en presente, sin tiempo para el futuro. Creí que iba a estar bien: pensar en el mañana era cosa de otros, de los que pasaban hambre, de la gente normal y corriente, no de los elegidos. Yo me sentía distinto, controlaba todo a cada momento y nunca pensé que llegaría a viejo y acabaría mis días en una prisión. Ahora, en la soledad, en mi maldita soledad, la extraño como a nadie. Sólo mi madre, a la que no correspondí con suficiente fuerza durante su vida, hizo aflorar en mí sentimientos parecidos.
Y estoy pagando la osadía. Algunas noches me despierto sobresaltado y con la cara mojada. Creo que lloro en sueños. O en pesadillas porque no sé lo que son. El desasosiego que siento no tiene comparación con nada. Mi desventura parece ser el precio que tengo que pagar por mi necedad. Entonces sí estoy en una cárcel, pero dentro de mi cuerpo. Siento como mi alma, a pesar de no haber creído ni en ella ni en Dios nunca, me aprieta y me ahoga. Juan duerme a pierna suelta, él no tiene remordimientos, ni recuerdos, ni otra vida como yo. Algo en su cerebro le permite ser feliz con lo que tiene. ¿Podría borrar mis recuerdos? ¿Acaso el hombre está condenado a vivir con su memoria eternamente?
LIBERIA
Liberia, capital Monrovia. Eso es todo lo que yo sabía de ese trozo de África. Hasta hoy. De un tiempo a esta parte mi cabeza no para de preguntarme: ¿Qué hay en Liberia? ¿Por qué se va alguien allí a pasar un mes de su vida? ¿Por qué deja mujer e hijos y se atreve a ir a uno de los lugares más pobres del mundo? ¿Acaso no le satisface su vida occidental? ¿Qué es lo que busca? ¿Cuál es su compromiso?
Oh Libertad
No más llantos
Oh, Freedom
Oh, freedom
Oh freedom over me.
La ausencia
Habré de levantar la vasta vida
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.
Jorge Luis Borges.
Quiero ser capaz algún día de esconder las cicatrices que me dejó tu ausencia. Las tengo por todo el cuerpo y lo peor es que hay ocasiones en que casi no logro tapar las de los brazos. Esas quedan a la vista de los demás que me preguntan sin rubor e insensatamente por las marcas del dolor, recordándome a todas horas quién soy, recordándome a cada minuto quién fui… Las heridas fueron muy profundas. Tú lo sabes. Tú y yo lo sabemos. A ver si soy capaz de sorprenderte, doquiera que estés, y llego hasta el lugar en el que me da igual lo que digan. Ahora tengo todo a mi favor. Por la mañana, el sol, su bendita luz me ayuda a sentirme vivo y mi mirada… mi mirada ya es distinta, limpia y clara. Desaparecen mis fantasmas y los tuyos, que también los tienes, durante un rato. No hay momento del día en el que no piense en ti: en tu dulzura, en la manera de quererme, en la forma de escuchar, en tu belleza sin parangón. No hay día en el que no te eche de menos.
Piornal y septiembre

En la Sierra de Tormantos el verano no consiguió borrar el verde.

No pudo con la lozanía de su paisaje primaveral.
A 1.200 metros de altitud, o más, la mirada es diferente: Es plácida, descansada, eterna…

Generoso el septiembre de los pies de las estribaciones de Gredos.
La mora en el zarzal.
El higo en la higuera

La uva en la parra…

… y el cítrico engordando para el gélido diciembre.
Lisboa, meu amor.
En otra vida fui portugués. En otra vida nací en Lisboa.
¡Ah, qué mañana es ésta, que me despierta a la estupidez de la vida, y a su gran ternura! Casi lloro, viendo aclararse ante mí, debajo de mí, la vieja calle estrecha, y cuando los cierres de la tienda de la esquina ya se revelan castaño sucio en la luz que se extravía un poco, mi corazón siente un alivio de cuento de hadas verdaderas, y empieza a conocer la seguridad de no sentir.
Fernando Pessoa. Del libro del desasosiego.



Los setecientos
Y todo ello será contemplado por las fenicias Tiro y Sidón, atacadas sin piedad, una y mil veces, por las incursiones mesopotámicas y cartaginesas. Cae una, se yergue la otra, en sucesiva hegemonía bajo el yugo del joven rey Pigmalión. Nada cambia. La historia repite lo irrepetible.
¡Oh Israel! ¡Oh pueblo elegido por Yavhé para vagar y divagar por los siglos de los siglos! ¡Oh Salomón! ¿Dónde está tu justicia? David, tu hijo más joven, el elegido, yace ahora estrellado después de derrumbar con ira su propio templo.
La vieja Beritus, tantas veces destruida en su envidiosa carrera por igualar a la milenaria Jerusalen, esconde en sus entrañas cientos de inocentes cuerpos aplastados por la implacable sed de los vampiros del sur.
¿En nombre de quién se hace tanto daño? ¿Qué Dios es capaz de soportar tanta ingratitud? ¿Acaso Alá? ¿Tal vez Yavhé? ¿El Dios de los cristianos? ¿Ni uno sólo de los grises mandatarios puede entender que es el mismo? Mahoma y Jesús lloran desde allá las desgracias que infligieron a sus desagradecidos pueblos… Abraham repasa la Torah, sigue buscando un error, un solo error que le otorgue la luz suficiente, la luz que sacará a su pueblo del oscuro túnel del tiempo.



