Y miré Portugal y vi a mi padre. Es él quien conduce por la antigua nacional, más divertida que la paralela y flamante autovía. Y yo soy mis hijos, mirando los mismos paisajes que vi entonces, cuando tenía los ojos más grandes y siempre abiertos. Y mi padre soy yo contemplando asombrado la compra compulsiva de toallas que nunca secan, pero que ofrecen una visión excelente y a juego con el alicatado del baño. Y vuelvo a ser mi padre y bebo “uma caneca” bien fría mientras mis hijos, que siguen siendo yo, devoran el pan con “manteiga” y “queru” que precede a la siempre exagerada comida del país vecino.
Y soñé con esas playas donde el viento mueve a su antojo la cometa que intento gobernar, mientras mi padre, que soy yo de nuevo, observa tranquilo el indomable oleaje del Atlántico. Y mis hijos construyen un castillo con la misma arena con la que construí los míos cuando yo era como ellos, si eso pudo ser. La marea derribará, como entonces, sus construcciones y las mías también, dejando tan sólo un liso recuerdo en el mar…
Sigo, como antes de partir, con estas extrañas meditaciones abstractas, viendo sin ver los paisajes… que me llevan de nuevo a la infancia, mi infancia, y vuelve a ser mi padre quién conduce mi coche por esta misma carretera. Sin embargo algo parece haber cambiado pues no es la radio del Régimen – da igual qué Régimen porque en los dos países había de eso - la que me cuenta las cosas… repiquetean en mi cabeza macetas de colores con pompas de jabón y chocolate. ¿Se puede saber qué hacen Topo y Zafra en Praia Verde? ¿Qué hacen en mi sueño? No lo sé. Ya se me ha vuelto a ir la olla.
Recuerdo su voz… y un nudo marinero en el corazón…no deja que me duerma sin su calor… y beberé, beberé los vientos...

















