Portugal




Estuve en Portugal. Otra vez Portugal, sí. Parece que el destino, si es que existe, me lleva allí una y otra vez. Esta vez viajé con el fantasma de Carlos Cano y por la ruta de la triste y abandonada María, entre palmas y fandangos, desde Ayamonte hasta Faro, aunque no fue él quien me guió con su voz en el camino. Ella tampoco. Esta vez Topo y Zafra me sacudieron la cabeza con su música de duendes, una y otra vez. - ¡Qué buena es la quinta!, dicho sea de paso -. Llegué a pensar que iban camuflados entre mis churumbeles, a los que aleccionaban para que pusiera determinadas canciones del “cedé”.


Y miré Portugal y vi a mi padre. Es él quien conduce por la antigua nacional, más divertida que la paralela y flamante autovía. Y yo soy mis hijos, mirando los mismos paisajes que vi entonces, cuando tenía los ojos más grandes y siempre abiertos. Y mi padre soy yo contemplando asombrado la compra compulsiva de toallas que nunca secan, pero que ofrecen una visión excelente y a juego con el alicatado del baño. Y vuelvo a ser mi padre y bebo “uma caneca” bien fría mientras mis hijos, que siguen siendo yo, devoran el pan con “manteiga” y “queru” que precede a la siempre exagerada comida del país vecino.


Y soñé con esas playas donde el viento mueve a su antojo la cometa que intento gobernar, mientras mi padre, que soy yo de nuevo, observa tranquilo el indomable oleaje del Atlántico. Y mis hijos construyen un castillo con la misma arena con la que construí los míos cuando yo era como ellos, si eso pudo ser. La marea derribará, como entonces, sus construcciones y las mías también, dejando tan sólo un liso recuerdo en el mar…


Sigo, como antes de partir, con estas extrañas meditaciones abstractas, viendo sin ver los paisajes… que me llevan de nuevo a la infancia, mi infancia, y vuelve a ser mi padre quién conduce mi coche por esta misma carretera. Sin embargo algo parece haber cambiado pues no es la radio del Régimen – da igual qué Régimen porque en los dos países había de eso - la que me cuenta las cosas… repiquetean en mi cabeza macetas de colores con pompas de jabón y chocolate. ¿Se puede saber qué hacen Topo y Zafra en Praia Verde? ¿Qué hacen en mi sueño? No lo sé. Ya se me ha vuelto a ir la olla.


Recuerdo su voz… y un nudo marinero en el corazón…no deja que me duerma sin su calor… y beberé, beberé los vientos...




La vuelta



En verdad, al ir, me perdí en meditaciones abstractas, viendo sin ver los paisajes acuáticos que me alegraba ir a ver, y al volver me he perdido en la fijación de estas sensaciones. No sería capaz de describir el más pequeño pormenor del viaje, el más pequeño trecho de lo visible. He ganado estas páginas por olvido y contradicción. No sé si eso es mejor o peor que lo contrario, que tampoco sé lo que es. Pessoa.








El sillón del lugar donde habitualmente escribo echó en falta mi apariencia y presencia reales. Se me aparece ahora más confortable que cuando partí en busca del descanso y la desconexión.


Encontré el descanso, sí. Estaba allí, en aquel lugar lleno de arena bajo el sol, justo detrás del agua. Y también encontré, en cierto modo, la desconexión. Y digo en cierto modo porque he vigilado en la distancia, un día sí y otro no, la blogosfera. He sido un mero espectador de lo que hacían los que se quedaron o los que no se desengancharon: Sólo encontré, por culpa de “una excusa”, una solitaria “caverna” que me hizo romper una vez mi deliberado silencio (ellos ya saben).


Tuve intenciones y tentaciones para escribir, para decir algo. No he querido. No he podido. No he sabido. Sólo me apetecía contemplar desde la atalaya que me proporcionaron un “uesebé” y un portátil lo que hacían los demás. Y lo he pasado bien, esa es la verdad. Y he descubierto cosas nuevas, como casi siempre que no soy yo el que habla.



Yo también me voy




Unos cambian de aires. Otros van a recargar las pilas. Algunos cierran el chiringuito. Y los demás… los demás se van de vacaciones. A descansar, dicen, aunque luego vuelvan más cansados y más cabreados que cuando partieron.


Y yo también. O tampoco, que no lo sé. Lo único que tengo claro es que en el Sur soy otra persona. En el Sur soy yo y por eso no me conocen – ni falta que hace -. Y por eso me voy allí. A ver otra luz. A sentirme bien. A que me piquen los mosquitos si son capaces de atravesar la capa de aután que embadurna mi cuerpo. A beber alguna que otra cerveza servida en un “vazo” helado. A dar un paseo a la orilla del mar al atardecer – esto ha quedado muy cursi, pero es la verdad -. A despertarme cuando quiera, que casi siempre es temprano. A desayunar “molletes” de pan de Antequera. A comprar en plan “Maruja” en el mercado de abastos. A correr por la playa – esto alguna vez lo tengo que haber hecho, pero no me acuerdo muy bien -. A jugar al “padel” con Pocholo y Borjamari. A percibir los olores del “pescao recién fritao”. A quemarme la espalda. A dejarme una marca blanca muy interesante a la altura del bañador, entre el lugar donde empiezan mis piernas y termina mi barriga, que creo que este año no tengo. A disfrutar de mis churumbeles, que se lo merecen. A “andar” lo que no “anduve” el resto del año. A contemplar las subidas y bajadas de la serpiente de agua en la marisma. A escuchar el ronroneo de los motores de los pesqueros cuando de madrugada vuelven a puerto. A probar las coquinas, que son como las almejas pero con forma de balón de rugby. A ponerme pantalones que nunca llegan más abajo de las rodillas. A ponerme camisetas y camisas que nunca van por dentro de ese pantalón. A deslumbrarme con el blanco inmenso de las salinas. A relajarme con la mujer que domina mis sentimientos sin darme cuenta. A recorrer lugares interesantes por puro placer. A comprar “toballas” en el vecino Portugal. A ver las peculiares subastas de pescado en la lonja. A mancharme la camiseta de helado. A hablar en andaluz con mi camarero particular. A disfrutar de los modernos chiringuitos de todas las playas. A pisar arena fina y caliente. A sumergirme en las frías aguas del Atlántico. A compartir ratos con familia y amigos. A tomarme unas “canecas” en Vilarreal de Santo Antonio mientras “algunas” desvalijan las tiendas. A leer un libro debajo de la sombrilla. A ver las carabelas de Colón, que son la Pinta, la Niña y la Santa María. A ver qué pinta, ¡Santa María!, tienen la niñas. A tomarme con el compadre unos vasos de “amarguiña” de madrugada. A no usar el móvil, que es como un teléfono pero sin cables. A pasar calor. A probar el ventilador del techo de la habitación. A comprobar lo bien que comen y duermen los vástagos. A dormir la siesta. A serejé, ja, dejé…


Hasta la vuelta, si es que me apetece seguir con esto.





Te intuyo…






¿Quién eres? ¿Quién está detrás de esas anónimas palabras? ¿Quién vino esta madrugada a verme sin avisar? No sé quién eres… No lo puedo saber. Te escondes detrás de una pantalla… Te refugias en el anonimato cibernético… Te camuflas en el paisaje virtual… Y así, así no se puede descubrir nada.


Nada es todo lo que sé. Y no es poco. Casi siempre me basta, pero hoy vino a mí la curiosidad, de repente, sin previo aviso… provocada quizás porque el verano se ha llevado a gran parte de los visitantes de mi contador particular y me hace pensar que en la red quedamos sólo y solos tú y yo.


¿Qué te hace volver cada día a mi casa? ¿Qué te hace decir o no decir algo? ¿Qué encuentras? ¿Qué has perdido? ¿Por qué vienes?


Cada día, porque abro la puerta de esta casa todos los días, busco entre los cajones, revuelvo casi todas las cosas para darme cuenta, al fin, que sólo quiero comprobar si has venido otra vez… Una extraña tranquilidad recorre mi cuerpo cuando descubro tus ipés, tu dirección virtual, tu inconfundible sello… No sé el por qué, - ¿acaso importa? - pero me gusta que vengas… seas quien seas.







“ Ye eté a Paggí ”




Desde el vientre de la majestuosa y verdadera Dama de Hierro, al que acudí con la esperanza de contemplar unas entrañas diferentes, constato incrédulo que su transparencia me moja, no me protege: Tan grande, tan pesada, tan fuerte … y, sin embargo, no consigue detener una simple y débil llovizna sobre el visitador que se refugia bajo sus yerros.




Como hay que hacer una cola de tres horas para contemplar el mundo desde arriba y en ese tiempo llegas, incluso, a pensar… me dije a mí mismo: Visítala por dentro que a lo mejor cierran antes de que te toque el turno para subir. Y por dentro lo que había era lo que recogió la cámara. Ni paredes, ni techo, ni nada...






Mi Blog




Buena parte de lo que aquí se ha escrito ya lo había contado antes, quizás de otro modo, con otras formas, a otras personas, en otro lugar, en otra vida… El blog, mi cuaderno de campo desde hace ya…, ha ido recogiendo, poco a poco, sin sobresaltos – o con ellos, que da lo mismo -, mis pensamientos espontáneos – y los que no lo eran tanto -… propósitos, reflexiones e intenciones que en parte o en todo aquí se refugiaron, deformados de alguna manera, convenientemente estirados y exagerados o parcialmente anulados, que todo es posible en este mundo irreal donde se despachan los sueños y se venden las mentiras.


De un tiempo a esta parte mi bitácora ha sido, más que nada, un bálsamo, una forma de decir lo que quería decir o, incluso, en ocasiones, lo que no me atrevía a decir de otra manera. Incluso he llegado a escribir lo que no quería decir, pero, como siempre, esto no viene a cuento ahora. Puede parecer otra más de mis tonterías pero nunca imaginé, ni por un solo instante, que el blog me iba a servir como una herramienta fundamental para sacar mis adentros, sentimientos que no imaginaba guardaba en mi interior o partes de mi otro yo anónimo que en otras circunstancias nunca hubieran salido a la vista de los demás.


Este es mi blog. Y estoy muy contento porque tengo uno. Hoy sólo quería decir eso.


Hasta la semana que viene, si Dios y el piloto quieren.





El libro




¡Estoy atrapado en un libro… y no sé cómo salir de él! El Pedestal de las estatuas se llama. Lo ha escrito un tal Gala.


Isabel “la católica”, Fernando de Aragón, Felipe “el hermoso”, Juana “la loca”, el emperador Carlos, Felipe II, los Trastámara, los Austrias, Doña Leonor, Gattinara, Isabel de Portugal, Los Habsburgo, Juan III de Portugal, Guillermo de Croy, Juan de Austria, Tiziano, Garcilaso de la Vega, los judíos expulsados, Barbarroja, Francisco I de Francia,… Sólo faltan, creo, Viriato y Agustina de Aragón.


¡Demasiados personajes para tan poca cabeza! ¡Demasiada gente para leer contigo un libro!

La otra vida



No sé adónde fue la vida que no tuve si hubiera ido a ese otro colegio al que nunca me llevaron mis padres. No sé en qué lugar habrían acabado mis sentimientos, si es que los tengo, si hubiera elegido otra Facultad donde pasar aquellos cinco años. No sé qué fue de los compañeros que nunca tuve por no llegar siquiera a conocerlos. Y lo peor es que tampoco sé en qué lugar hubiera recostado mi alma si no la hubiera encontrado.


Vivimos en un mundo de casualidades y matices. Una elección inoportuna o causalmente distinta nos hubiera llevado de cabeza a otra vida, la que ya no tendremos. Puede que peor, quizás mejor… pero otra vida diferente de la que vivimos, a la que está dentro de nosotros mismos.


Puede que no tenga mucho sentido lo que digo. Puede que sí. Hoy me encontré paseando por la calle a un compañero de pupitre de mi infancia, un compañero que partió de mi vida cuando yo tenía tan sólo 10 o 12 años. Después de la sorpresa inicial ante nuestro reconocimiento mutuo – los dos habíamos cambiado físicamente un poquito -, me preguntó por los antiguos compañeros de clase, por la maestra y por el viejo colegio.


Le dije que no sabía nada de aquellos pequeños compañeros, que eligieron su destino a su manera y no coincidió con el mío, quizás por ser tan tempranos. Le conté que la maestra ya no era maestra sino una venerable jubilada, si es que todavía vivía porque hacía mucho tiempo que no la veía. Le confirmé que el Colegio ya no existía, lo habían derribado para hacer bonitas viviendas en su honorable lugar…


Lo más curioso de todo es que su cara reflejaba extrañeza ante lo que le contaba, quizás preguntándose si de verdad había estado tanto tiempo fuera. Toda una vida, pensaba yo en mis adentros mientras nos despedíamos con un fuerte apretón de manos.



El avión





El domingo tengo que montar en un avión que me llevará a P.Orly. Y no me gustan los aviones porque no se sostienen en ningún sitio, que dice siempre un churumbel que vive en mi casa y que me ha dicho en secreto que él no va –que se lo ha creído él -, que se queda con la “agüela”.


Cinco días después tengo que montar en otro que me traerá desde P.CDG a Barajas, que en este caso nada tiene que ver con los naipes.


Sí, ya sé que es por una buena causa pero no puedo evitar que no me gusten esos cacharros.



Tendencias masculinas


Las empresas de cosmética son conocedoras de la tendencia del hombre a cuidarse, cada vez más. Poco a poco, hemos entrado en un mercado que hasta hace dos días era propiedad exclusiva del sexo femenino, utilizando – como si lo hubiéramos hecho toda la vida – exfoliantes (que siempre creí era otra cosa, pero ahora no viene a cuento), limpiadores faciales, cremas hidratantes y otras zarandajas. A mayor abundamiento y para satisfacción de esas grandes empresas, se ha descubierto que el hombre gasta más: ha llegado el último e invierte en su cuerpo de manera mucho más alegre y espléndida – diría, incluso, desesperada -, que las féminas, aunque lo nuestro, generalmente, no tenga arreglo.


Y yo, hasta el día de la fecha no había utilizado ningún producto que arreglara mi desaguisado particular, ni siquiera los “obligatorios” gel y crema o after shave cuando me afeito. Una piel demasiado blanda y una barba excesivamente fuerte han hecho que sólo después de aplicar agua caliente en la zona pueda rasurarme como lo hacían los forajidos en el lejano oeste o far west, que decían en los telefilms (que eran como las películas pero cuando las hacían los americanos): navaja en una mano y espejo en la otra.


Pero hoy no. Hoy soy otro. Acabo de entrar de lleno en el mundo metro-sexual. ¡Temblad! Algunos que me quieren bien – esto no es normal en el siglo en el que nos ha tocado vivir – me regalaron una crema especial para caras sensibles y para tíos que hemos entrado en la cuarentena, añado yo. Para ello y para que se gaste el dinero la gente a la que le pasa lo que a mí, la multinacional ha tenido que mezclar unos cuantos componentes con el agua: esterato de potasio, glicerina, sales potásicas derivadas de aceite de oliva y coco, aceites esenciales naturales, extracto de viola tricolor, aceite de almendra dulce, leche de cabra, jabón a base de aceites vegetales de oliva, de coco, silicato de sodio, sulfato de magnesio, alcohol, aceite de jojoba, glicerina, extracto de aloe vera, manteca de karité, linoleato de glicerilo, extracto de camomila, extracto de mirra, jabón de cera de abeja, arcilla, carragenatos y goma xántica.


¡Casi “ná”!, que dicen en mi pueblo. Y todo ello para que esta mañana la gente de mi entorno laboral me diga de una manera que yo intuyo jovial, por no decir burlesca: Tienes buena cara… te noto raro… ¿te arreglaste por fin lo de la nariz?


¡Será posible?



El pasaporte





El Señor Presidente del Gobierno dijo ayer en el Debate sobre el Estado de la Nación que el futuro empezaba hoy. Y yo digo que como el futuro sea "hacer cola" en los Ministerios desde las siete de la mañana, prefiero el pasado.


En el lugar en el que vivo, desde el 1 de julio renovar el “deneí” o el pasaporte se ha convertido en una odisea. Durante todo el año el horario de atención al público va desde las 9 de la mañana hasta las cinco de la tarde, sin interrupciones. Pues bien, los responsables del Ministerio de Asuntos Exteriores, así me lo ha manifestado la amable señorita que por fin me atendió, han decidido que cuando la mayor parte de turistas, que son aquellas personas que se van de vacaciones de vez en cuando, decide renovar sus documentos oficiales y obligatorios para estar identificados el horario se reduce hasta las dos, además de reducir también el número de funcionarios que atienden al personal, que en este caso también iba a ser yo.


Para organizar el previsible caos, a las ocho y media de la mañana se entregan por riguroso orden de llegada unos números como los que se entregan en los supermercados en la sección de la carne, el pescado o los fiambres. Está mañana llegué a las siete en punto y aunque parezca mentira no era el primero. Me iba a corresponder el número cinco porque había cuatro personas esperando su número para renovar el pasaporte desde las seis y yo a esa hora no salgo de casa , lo tengo prohibido expresamente, porque es de noche y todavía no están las calles puestas.


Llegó la hora y mi sorpresa fue morrocotuda cuando el policía me entregó el número catorce. ¿Cómo? ¿Catorce?… pero si sólo hay cuatro delante de mí… ¡A mí me da el cinco que es el número que me corresponde y que me he ganado en la espera! El policía, acostumbrado a torear en plazas peores, me dijo tranquilamente: No se preocupe… es que han desaparecido números ayer… pero póngase en la cola que le atenderán en quinto lugar.


Me relajé, me tranquilicé, me suavicé… ¡me “mosqueé” otra vez! De repente, un señor y su esposa pretenden colocarse delante de mí con los números cinco y seis, alegando el caballero que su “cuñao” era policía y les había conseguido esos magníficos números para que no tuvieran que esperar mucho. No se lo permití, le dije que mi “cuñao” era empleado de autopistas y me había enseñado a que no se me colara la gente sin pagar peaje. En esa discusión estábamos cuando el policía que repartía los números a las ocho y media por “riguroso orden de llegada” y que me había dicho que no me preocupara se hizo el enfadado, porque hay que reconocer que lo hacía muy bien, y me amenazó con llamar al Comisario y parar la emisión de pasaportes por todo el día si no dejábamos pasar al “cuñao” de su colega.


¡Qué satisfacción más satisfactoria provocó en mi persona el grito unánime de todos los que tenían derecho! Todos los que habían cogido número en un ordenado y riguroso orden gritaron al unísono: ¡Llámelo! ¡Qué venga el comisario! ¡A ver si se atreve!


No se colaron. No les hicieron el pasaporte. Ni la honrada gente que esperaba su turno ni la vergüenza, que alguna tenían, les permitieron saltarse un solo puesto. Se tuvieron que marchar, seguro que hasta que su “cuñao” al día siguiente les volviera a sacar otros dos buenos números, esta vez más disimulados. Digo yo.


A todo esto… sepan ustedes que la mayoría de las oficinas que expiden el “deneí” cerrarán completamente, supongo que con previo aviso, dos días enteros del mes de julio, allá por el veintitantos, para empezar a usar una máquina nueva de expedición de “deneís” - máquina que no ha podido ser instalada en los diez meses del año que no tienen casi trabajo – y para que los funcionarios, los que no estén de vacaciones, aprendan a usarla.


Lo dicho, si el futuro es así… yo me quedo con el pasado.




Ab imo pectore



Umbrío por la pena, casi bruno,
porque la pena tizna cuando estalla,
donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.

Sobre la pena duermo solo y uno,
pena en mi paz y pena en mi batalla,
perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.

Miguel Hernández.




¿Quién te quita este dolor que no te duele pero que araña, rasga y rompe tus entrañas? Este dolor sin daño que te duele… este dolor de dentro… ese daño justo en donde duele… Desde un principio sé que te acompañará siempre porque a mí me dolió en el mismo lado… Y cada vez que quiera te recordará que está ahí, agazapado, escondido, acurrucado, disimulado, misterioso… sólo para decirte que te duele… como si no lo hubieras ya notado…


Un dolor que aunque no cura con el tiempo se acostumbra lentamente a tu figura y se enmaraña por tu cuerpo… un dolor de vida y de principio, un dolor tan seco en los adentros…


Hablarás con él, le dirás que sí, que se quede, que te acompañe… pero intenta que no vaya solo. Dile que se acompañe de buenos recuerdos, con los mejores, que para eso están. Dile que se junte con la vida, que siempre estén con él las imágenes de aquella existencia, esa que no puede evitar tener la culpa de que duela…


Y, poco a poco, encontrarás la calma. Y hallarás al hombre que dolió al dolor en su consuelo.





Cerezas











Los cerezos ya han dado sus frutos, como todos los años. ¿No lo veis?




Hoy...

Hoy cumplo estos:





Sí, ya lo sé... pero uno ya ha llegado a una edad en la que coloca los números como quiere. ¡Faltaría más!


Además, a mí me enseñaron que el orden de factores no altera el producto.



Paren... que yo me bajo




Hoy me desayuné con un periódico repleto de noticias desagradables en una mano y rabia contenida en la otra. Algunos días esas noticias desagradables llegan a ser todavía peores, si eso es posible. Decía el rotativo que ayer, un grupo de soldados estadounidenses e iraquíes encontró a 24 niños en un orfanato público de Bagdad en condiciones paupérrimas: desnudos, mal alimentados, rodeados de excrementos, atados con cadenas… A mayor abundamiento, cuando llegaron, los soldados encontraron a dos guardias de seguridad preparándose la comida, una suculenta comida, hallando provisiones de sobra y ropas almacenadas, las ropas que no tenían en sus famélicos cuerpos aquellas criaturas, que luego revendían para obtener pingües beneficios.


Pasen y vean el vídeo, si son capaces:

http://www.20minutos.es/noticia/249929/0/orfanato/iraqui/bagdad/


Pensé que estas cosas sólo pasan en lo que llaman Tercer Mundo, en países subdesarrollados, en países en guerra, en países dictatorialmente africanos, en países revolucionarios caribeños… Y me equivoqué otra vez.


En el mismo periódico, paso unas páginas, y me encuentro con otra pesadilla, ésta de un país superdesarrollado y extremadamente civilizado: La madre del niño James Bulger, asesinado en Liverpool en el año 93 denunció a una empresa por comercializar en un videojuego la imagen, captada por cámaras de seguridad de un centro comercial, del momento del rapto de su pequeño, un pequeño cruel y salvajemente asesinado instantes después por otros dos niños un poco mayores y que ya están en libertad y provistos de otras identidades para que no sufran represalias. Es uno de los mayores absurdos del Estado de Derecho de todos los países civilizados: en su escrupulosidad por proteger a todos, a veces protege más al canalla y al culpable que al inocente.


Mientras, en un pequeño recuadro que casi escapa a mi lectura, señalan que la policía portuguesa no tiene todavía pista alguna sobre la pequeña y angelical Madeleine McCann, la niña británica raptada en el Algarve por algún hijo de Satanás. En otro recuadro más pequeño, al lado de la publicidad de un maravilloso e idílico complejo hotelero, aparece una fotografía del pequeño Yeremi Vargas con un desesperanzador “se busca” debajo.


Me cuenta el Señor “Gugel” que hay una página web para buscar a los niños desaparecidos en España en los últimos años: http://es.missingkids.com/. Sólo un pequeño vistazo y las entrañas te dicen que hay cientos de familias destrozadas por toda la geografía nacional de la octava potencia del mundo.


Y mientras tanto… en Irán… hoy se dilapidarán y lapidarán dos vidas: un hombre y una mujer morirán a pedradas por ser adúlteros, como las bebidas alcohólicas que se sirven en muchos bares de madrugada.




Se cuenta de ti...



Se cuenta de ti

que puedes hacer un vivo de mí.
Yo pienso de ti,
que acaso es mejor que sigas allá:
jugando a poderte soñar.

Quizás es mejor
que quedes así: lejana, irreal.
Me ha sido difícil
siempre continuar un sueño después
que lo he podido realizar…


Esto lo dice un tal Silvio Rodríguez. Y yo, que lo he leído, lo pongo aquí para que lo lean los demás, si es que hay alguien. No la he escuchado, al ser una canción lo suyo es escucharla, porque es de las llamadas inéditas, que quiere decir que no se pueden escuchar de momento por el público como yo, por lo menos hasta que sea editada.


También dice que “los sueños se paran al borde de él y no siguen adentro temiendo se puedan lograr”. Y me ha llamado la atención la frase, aunque no sé si eso es posible. No sé si es posible que un sueño se pare justo al borde de uno y no entre. Si así fuera ¿cómo sabría uno que lo que se ha parado justo en su borde es un sueño y no cualquier otra cosa?


Ya lo sé, otro día "rarito". ¡Qué se le va a hacer!



La burbuja




Reuniones sin sentido ni sensibilidades acompañan mi trabajo, mi quehacer diario. Ayer fueron “medios de publicidad”, presentados como novedosos y que están anticuados, diría muertos si no costaran tanto dinero, antes de nacer. Nadie, y me consta que los protagonistas están dando muchas vueltas – en los tiempos que llaman de crisis siempre pasa -, es capaz de adaptarse a la situación real y actual del mercado. No dejan de ser inestabilidades cíclicas tapadas una y otra vez, cada tantos o cuántos años, por los tiempos de bonanza y especulación. A este paso – todavía no he logrado averiguar si es bueno o malo - volveremos a ver esqueletos de hormigón de quince alturas esperando en la costa, como si fueran míticos cíclopes, a incautos compradores por el triste precio de una deuda o por el precio de una triste deuda.



Índices, “ipecés”, burbujas inmobiliarias,… ¿Qué será de verdad una burbuja inmobiliaria? ¿Quién lo sabe? ¿El Registrador o el Notario que ven bajar sus ingresos lo saben? ¿El Constructor que ya no es capaz de vender “sobre plano”? ¿El Gobierno de turno que modifica las reglas del juego si acaso le conviene? Mentiras en definitiva. Todo son mentiras. La única verdad es la que dictan los Bancos, los verdaderos dueños de nuestras voluntades, los amos y señores del dinero que no tenemos ni tendremos. Si bajaran - ¿quién lo tendría que hacer? Se oye, se comenta, se rumorea que ahora no es posible - tan sólo dos míseros puntos el manido tipo de interés… sólo dos puntos reactivarían todo de nuevo. Seguro. Y ya no haría falta esa publicidad. Y sobrarían los índices. Y los “ipecés”. La capacidad de endeudamiento de una persona ha sustituido en el mercado actual, sobre todo en el de la vivienda, en otros – por desgracia – también, a la capacidad de ahorro. Se vive por encima de las posibilidades y es un tanto por ciento elevado de una nómina, o de dos si son pareja, la que permite abrir la puerta de la deseada caja fuerte. Pero si bajara el tipo de interés subiría el número de compradores dispuestos a endeudarse de nuevo, el número de personas dispuestas a hipotecar durante treinta años, más otros dos o tres de “carencia” que probablemente no vivirán, su vida.



Teoría económica para burbujas de andar por casa, sí, pero creo, presiento, intuyo, sospecho, vislumbro, barrunto… que cuasi ajustada a nuestra realidad.



Recuerdos...





Soy un hombre sin recuerdos, sin lugares donde apoyarme en los momentos de ausencia, en esos momentos de vacío que dominan a veces mi mente. No tengo cuevas en la memoria, ni un solo lugar que recorrer para esconderme o averiguar de dónde vengo. Creo que sí, soy un hombre sin recuerdos...

Mi alarmante falta de inteligencia hace que sea necesaria tu presencia constante, saber que estas ahí, detrás del aire…

Y es que me hace falta tu sombra … que estés siempre ahí… sin tener que depender de recuerdos.


Entre el lugar donde estás tú y el que ocupo yo sólo queda el aire.
Entre tu sonrisa y mi sorpresa sigue habiendo aire.
Entre tu cuerpo y el mío… ya no entra el aire.



Sí, ya lo sé, esto no es normal pero a veces se enciende una luz en mi cabeza y sólo me salen estas cosas. Y lo peor es que no le puedo echar la culpa al otoño, que es el que antes tenía la culpa de todo. Ni a la vergüenza, que tampoco tengo...


¡¿Qué estás diciendo?!





¡Quién, si yo fuera río, contendría las aguas que arrastro…?

¡Quién, en el mar que me atormenta, sabe nadar como un pez…?

¡Quién sabe sacar a todo lo que digo la verdad, si es que existe…?

Y cuando yo no esté… ¡quién limpiará la fuente?




El "Chinda"




Le quieren poner letra. Han pasado doscientos cincuenta años desde que Carlos III lo declarara “Marcha de Honor” y el pueblo decidiera, sin ninguna orden escrita, que ese iba a ser nuestro himno. Ha habido varios intentos tanto para cambiarlo (en la Segunda República - y en la final de la Copa Davis contra Australia- el Himno de Riego fue el oficial) como para ponerle, en otra época de cuyo nombre no quiero acordarme, una letra oficial (…Arriba España, alzad los brazos hijos del pueblo español…). También se intentó con una no oficial (Franco, Franco, que tiene el culo blanco porque su mujer lo lava con Ariel…), pero eso ahora no viene a cuento. Ni siquiera el General Prim consiguió sustituirlo porque el jurado del concurso convocado al efecto – debió ser algo parecido a lo de O.T. pero en 1870 - lo declaró desierto por la superior calidad del ya vigente. Pero esta vez lo demandan, sobre todo, los deportistas, que no saben qué hacer mientras suena la música: unos se ponen la mano en el pecho, otros miran para arriba, otros se doblan las medias, otros…


El Himno de un país, creo yo, debe ser un canto popular, un sentimiento nacional, una composición que represente nuestra identidad… Pues bien, si eso es así, nosotros ya tenemos letra. Y no hace falta ninguna otra.


24 de marzo. Ochenta mil personas. Estadio Santiago Bernabeu abarrotado. España contra Dinamarca. Los dos equipos formados en el terreno de juego. Los árbitros también. Suena el himno español. Ochenta mil voces al unísono: ¡¡¡ Chinda, chinda, tachinda, chinda chinda, chinda chinda chín… Tachinda, chinda, chiiiin…!!! La piel de gallina, los pelos como escarpias, la sangre… ¡Impresionante! Era un canto popular porque lo cantábamos al unísono los ochenta mil, que estoy seguro éramos el pueblo. Era un sentimiento nacional porque hay que reconocer que lo sentíamos todos y hasta en eso tenemos gracia y salero. Y representa perfectamente nuestra identidad: serios para lo uno – que en este momento no me acuerdo de lo que es -, y juerguistas para lo otro – aquí se pueden poner unos cuantos ejemplos -.

No me parece mal que le pongan ahora una letra, pero por lo menos debían dejar el “chinda, chinda” para el estribillo. Aunque sólo sea por la gracia que tiene ver cómo se agitan en armonía las banderas mientras el pueblo, que volvemos a ser nosotros en el caso que nos ocupa, canta y baila el himno. ¿Acaso algún país baila con su himno? Ya digo yo que no. Nosotros sí.




 
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