Llegará ese día…



Leer, leer, leer, vivir la vida
que otros soñaron.
Leer, leer, leer, el alma olvida
las cosas que pasaron.
Se quedan las que quedan, las ficciones,
las flores de la pluma,
las solas, las humanas creaciones,
el poso de la espuma.
Leer, leer, leer; ¿seré lectura
mañana también yo?
¿Seré mi creador, mi criatura,
seré lo que pasó?

Miguel de Unamuno


Llegará un día en el que no volveréis a ver el fondo de mi rostro reflejado en el agua de este limpio estanque de juramentos, ofrecimientos y compromisos. Llegará un momento en el que las palabras agotarán – no podría ser de otra manera - su ciclo natural en mi interior y tendré que abandonar mi casa con pena, quizás por no tener más para contar, tal vez por carecer de medios para decir... En ese instante sabré que no hay vuelta atrás, que parto para no volver, sin equipaje que me ancle y con los recuerdos que me quepan por bandera, tal cual llegué a esta orilla aquella mañana de primavera.


Ese día, si he conseguido que se hayan grabado en el corazón de quien tuvo la osadía y la paciencia de leer estelas de sentimiento, habré triunfado. Mi único deseo, la última ambición del ser humano que vive en mí ahora, es que algunas palabras buenas, acaso las mejores (si es que las hubo), permanezcan en los rincones de la memoria de aquellos emigrantes anónimos que construyeron paso a paso, sin darse cuenta, este teatro virtual de verdades a medio formar donde uno es quien no dice ser y otro fue lo que realmente pudo ser.



A Turu, con cariño, que me dio una frase para
que yo construyera sin escrúpulos otra mentira.

Ayer estuve…


Ayer estuve donde el arte de las musas le roba el poder a la palabra, en un lugar donde los sonidos, siempre sensibles, eternamente frágiles, se hacen dueños del espacio y del tiempo.

Ayer estuve donde esa palabra calla, aunque sea por un instante, por un solo instante, para que los dedos vuelen por entre la misma esencia del ébano, el marfil, el arce escogido o el barnizado a mano y así, despacio, suavemente, puedan interpretar a su manera lo que vieron, lo que aprendieron, lo que saben ejecutar en vida independiente y libre, cada uno por su lado.

Ayer estuve allí, en un rincón del alma donde se juntan pensamiento y cuerpo al son que marcan los compases, donde fluyen sin querer los saberes naturales de los más pequeños, los de aquellos que por edad no temen ni a la soledad del escenario ni a sí mismos, los de aquellos que respiran todavía sin fantasmas.

Ayer disfruté oyendo, viendo y sintiendo como oyen, ven y sienten los que quieren disfrutar.

Ayer la sombra fui yo. Hoy el reflejo de aquello eres tú. Y ellos también.


Para Luc




Días de alto en las lecturas… y de sol desprevenido. No hay tiempo, no tengo tiempo… Vivimos camufladas épocas de un pan que amenaza ser escaso bajo el boato europeo de infames crisis que no son y un maravilloso Circo del de siempre, del de ¡pasen y vean…!, del de ¿Cómo estás ustedeeees…?, para engañar convenientemente las hambres del que menos se da cuenta, que también puedo ser yo. Y es que las “eurocopas” del fútbol, los “rolangarros” y el “uinblendón” del tenis, las carreras de “fennandoalonso” y las motos de Pedrosa, Bautista y el inestable Lorenzo y algún que otro deporte de cuyo nombre no me acuerdo, dictan a pie juntillas lo “cojonudos” que somos los españoles delante de una tele de plasma y una cerveza fresquita bebida a la sombra de un bar con aire acondicionado. Si a todo eso le añadimos el ajetreo del fin de curso escolar, no queda un rato libre para descansar o un espacio de tiempo para dedicar a los libros, esos artefactos con hojas blancas, tinta negra y pasta dura que tanto bien me hacen. No soy capaz de hacer el equipaje del Rey José, Pepe Botella para los amigos... No soy consciente de los ejemplares que he ido almacenando para cuando sea posible, que será probablemente en el mes del descanso… Sólo un hueco, un pequeño recoveco diario, trae de vez en cuando ante mis ojos y para que lo reparta por el conocimiento, cuando lo tengo, “Las estaciones lentas”, “puñados de palabras en las que, a veces, pueden/las cosas respirar,/compartir con nosotros el estremecimiento/que las mantiene vivas...”



Dicho lo divino - que a nadie importa, ni a mí siquiera… -, paso a describir - por deseo expreso de una amiga virtual - lo mundano, para lo que por sistema tengo un rato para perder:


No me gusta (aunque no creo que importe):

1.- El “bacalao” y todo tipo de música que tenga como único fin el ruido.
2.- La manipulación política en los medios de comunicación.
3.- Que haya que comprobar a diario y previamente si los dibujos animados de la tele son adecuados para los niños o no.
4.- Que desordenen el desorden natural de mis cosas.
5.- Que me digan lo que tengo que hacer.


Me gusta (sí me importa):

1.- Leer cualquier cosa y escribir.
2.- Aprender a tocar el piano, si es que acaso se puede, a esta edad.
3.- Hacer felices a los míos.
4.- Moverme en moto por la ciudad.
5.- Una salida extra con los amigos recordando lo bien que lo pasábamos hace tanto.


No entiendo (ni falta que hace, creo):

1.- Para qué sirve el Ministerio de Igualdad (a no ser que valga para que los hombres alcancemos en derechos a las mujeres o “miembras”).
2.- Por qué los niños españoles nunca acaban de aprender inglés aunque se pasen media vida estudiándolo.
3.- Por qué si quince autonomías remamos en la misma dirección siempre acabamos en el puerto de las dos que reman contracorriente.
4.- Por qué, desde que se instauró la democracia, el inquilino que por turno y número de votos reside en la Moncloa acaba convirtiéndose sin remedio en un auténtico “gilipollas” a los dos años, aproximadamente, de vivir allí.
5.- Por qué se siguen pelando tan mal los palotes.


Me gustaría (esto va para la galería, esa que espera convencida que detrás de las palabras que malviven en el blog resida un hombre cuerdo o comprometido):

1.- Que los coches funcionaran con aire o, a menos perder, que la gasolina bajara a la mitad.
2.- Que no hubiera guerras.
3.- Que no existiera el hambre en el mundo.
4.- Que la gente, incluyendo en este apartado a las personas, transeúntes y peatones en general, fuera feliz.
5.- De ésta (con acento en la e por riesgo de ambigüedad) ya no me acuerdo, así que no sería importante.


Y como dijo el poeta en una de sus lentas estaciones:

Desde lejos me observan como lo haría ese cielo
común de los pastores…

Buenos días a todos y a todas en el segundo día de un verano que se prevé caluroso, como siempre que es verano y hace calor. ¡Faltaría más...!

A Lola...



Ayer se fue de nuestro lado, sin hacer ruido. Y yo, perdido en esos recuerdos de la infancia donde su sola presencia era signo de alegría para los más pequeños, busco desesperado algún madero salvador al que asirme fuertemente. Me duelen los dolores más extraños, los que reflejan callados la parte dulce en los adentros, los que me dicen al oído que un lejano día fui feliz con poca cosa, los que me cuentan en silencio que ella estuvo allí, que fue parte principal de aquello que hoy rememoro y reformo a mi antojo. Y siento que me falta algo por hacer, una palabra por decir, una frase que compense la balanza, para que los “te doy” que regalaba sean recíprocos. Y la encontré en la poesía de alguien que también formó parte del nosotros familiar, de un ayer plagado de vivencias.


"Allá: todo está allí, en esa orilla.
Todo está en ti, mujer: todo en la amada.
Sobre mi seco pozo de silencio
espero la humedad de tu palabra,

lo mismo que la hiedra: brocal solo,
lodo y cal solo hacia las nuevas aguas.
Aquí todo está aquí, en esta orilla,
hacia mi pozo lleno de nostalgias.

Todo está aquí. Todo está en ti, canción;
eres canción, paisaje, tarde clara,
mis hijos, versos míos, tierra madre…
abre, llueve en mi pozo tu palabra.

Aquí, sobre mi pozo de silencio,
donde mi seca voz amurallada,
llueve, canción, mujer, llueve mi voz,
llueve tu voz, tu hiedra en mi antesala.”

ALFONSO ALBALÁ ( España, 1924 - 1974 )



Y ya no oiré esa voz en la ventana reclamando que abra mi puerta a los detalles para con esos que hoy son como yo fui ayer… Ya no podré esperar lo que no llega… Ya no…

Con lo puesto…



Pintada, no vacía:
pintada está mi casa
del color de las grandes
pasiones y desgracias.

Regresará del llanto
adonde fue llevada
con su desierta mesa
con su ruidosa cama.

Florecerán los besos
sobre las almohadas.
Y en torno de los cuerpos
elevará la sábana
su intensa enredadera
nocturna, perfumada.

El odio se amortigua
detrás de la ventana.

Será la garra suave.
Dejadme la esperanza.

Canción última. Miguel Hernández.


Vengo con lo puesto, que no es nada. No traigo siquiera un equipaje que pueda sobrecargar mis recuerdos. Salí desnudo esta mañana temprano por entre los campos del conocimiento, ya secos pues la estación que aparece lo solicita sin remedio... Vagué sin esperanza entre las callejas de mi memoria, si acaso existía y no fue otra de mis dispersas divagaciones… Me detuve a última hora del mediodía en esta mi casa, un lugar vacío de sentimientos, proclamas y soflamas desde hace tanto que ni sé si algún día estuvo su despensa repleta…

Pero no se asusten, que sólo traigo palabras… Es lo único que pude recoger. Las encontré en esos campos que retuercen mi entendimiento y en esas estrechas callejas que transitan por entre mis evocaciones. Y son de aliento y consuelo, de felicidad y alegría, de esperanza en mañana quizás… Las reparto, pues mi generosidad no conoce límite para lo que no hace falta o es innecesario. Digo que las reparto, que las envuelvo en papel de regalo para aquel que las quiera recoger. Las esparzo sin temor entre las gentes de bien que viven tras los hilos que sujetan mi ventana al resto del mundo y que nunca sé quiénes son, si existen o son otra invención más. ¿Quién no quiere un consuelo? ¿Alguien desprecia un apoyo? ¿Acaso se reniega de un razonamiento para rebatir?

Traigo de todo y para todos… ¿Qué otra cosa podía hacer si no poseo más que este don, sabiendo muy dentro que no es un tal porque siempre es traición? Sé que vuelvo a descolocar mi conciencia a borbotones, que no llego – nunca podré llegar - al lugar que quisiera, más me hacía falta decir que vivo y que estoy aquí.

Algunas veces se me va la cabeza. Otras veces... también.


Sonríe...





Smile though your heart is aching
Smile even though it’s breaking
When there are clouds in the sky, you’ll get by
If you smile through your fear and sorrow
Smile and maybe tomorrow
You’ll see the sun come shining through for you

Light up your face with gladness
Hide every trace of sadness
Although a tear may be ever so near
That’s the time you must keep on trying

Smile, what's the use of crying?
You'll find that life is still worthwhile
If you just smile

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Sonríe aunque te duela el corazón.
Sonríe incluso aún si se está rompiendo;
aún cuando haya nubes en el cielo, te las arreglarás.
Si sonríes en medio de tu temor y dolor...
sonríe y, quizás mañana,
verás el sol brillando para ti.

Ilumina tu rostro con alegría,
oculta todo signo de tristeza,
aunque una lágrima pueda estar siempre cerca.
Este es el tiempo en que tienes que seguir intentándolo;

Sonríe, ¿de qué sirve llorar?
Encontrarás que la vida aún es valiosa
si sólo sonríes





Charlie Chaplin. Algunos lo llamábamos Charlot. Buenos días a todos.



El atasco


El otro día fui a Madrid. Los trescientos kilómetros que separan la ciudad donde habitualmente trabajo de la capital del país se pueden hacer desde hace unos meses por autovía. Todo el recorrido con el coche a ciento veinte por hora, ni uno más ni uno menos. En los tiempos que corren no se puede correr – Sí, ya sé que la frase es un contrasentido, pero es la realidad -. Si vas a más velocidad, si se te ocurre ir más rápido, si te da por pisar el acelerador sin darte cuenta… te hacen unas maravillosas fotos los señores de la Guardia Civil que te dejan sin puntos. Y yo sin puntos ya no sé conducir.

Todo iba viento en popa hasta que en las cercanías de la gran urbe, en la salida dieciocho – que antes era la dieciséis, que antes era la… - para ser más exacto, me di de bruces contra un atasco. Sí, un atasco, una cosa de esas en las que una ingente cantidad de vehículos a motor se quedan parados en fila india hasta que al “espabilao” que va primero le da por arrancar otra vez (¿Por qué se pondrá el primero si siempre es el que va más despacio?). En ese lugar, a diestra y siniestra, millones de personas descargan sus tarjetas de crédito y débito en cualquiera de las grandes superficies comerciales que han construido en lo que antes era campo yermo. Y todo ello para que tengamos algo que hacer, para entretenernos durante el fin de semana. Allí se puede encontrar de todo lo que no necesitamos: muebles en fascículos que luego uno nunca acaba de encajar por culpa del tornillo “strongen” que desapareció misteriosamente de la caja verde, ropa de moda que luego no te pones porque se pasa de ídem cuando deja de llover, artefactos varios para mejorar la salud haciendo deportes que no sabías ni que existieran, cachivaches para trabajar en el jardín si es que acaso lo tenemos y si después los sabemos utilizar, clínicas para ponerse o quitarse cosas del cuerpo en 24 horas, hipermercados con comida de todos los países del mundo donde se come algo, establecimientos de comida rápida y mala pero que regalan a los niños un bonito juego que no sirve para nada y que es casi imposible montar, etcétera.

Pues bien, cuando llevaba diez minutos en el susodicho atasco, empecé a impacientarme… empecé a acordarme de la madre del que iba primero (esto me han dicho luego que es lo habitual cuando uno por culpa del tráfico se colapsa a la entrada de Madrid). Después me acordé del alcalde inútil que consentía aquel embudo infame en pleno siglo XXI – esto no me costó trabajo alguno porque últimamente todos se meten con él, esa es la verdad, y los insultos me salían solos -. Después salieron de mi boca cosas como “aquí no vuelvo”, “no sé cómo pueden vivir aquí”, “esto es de locos”, “esto no es calidad de vida”, “es insufrible”, “así va el país”, “la culpa es de Zapatero” (antes le echaba la culpa a Aznar, pero esos eran otros atascos), “¿quién me manda a mí! y mil cosas más que no me acuerdo porque eran “palabrotas”. Finalmente... finalmente recapacité, que no sé lo que es pero la verdad es que me quedé muy tranquilo.

Y es que me acordé que cinco años atrás - o seis o nueve, que da lo mismo para lo que quiero contar – para llegar desde la ciudad donde entonces también vivía hasta la capital de España, que era la misma también, había que transitar por carreteras inmundas, atravesar muchos pueblos e invertir cuatro horas y media en hacer el mismo recorrido que hoy se hace en dos horas y treinta y cinco minutos (dos horas y media de viaje y cinco minutos de atasco en la salida dieciocho, que antes era la dieciséis, que antes era…) sin pasar de ciento veinte, ni uno más ni uno menos.

Y es que el ser humano, especie en la que me incluyo, es así: De lo malo nos solemos olvidar con una facilidad asombrosa cuando probamos lo bueno. Entonces creemos que lo hemos tenido toda la vida. Y como tenemos derecho a ello lo exigimos.

Napoleón en Chamartín


Don Benito Pérez Galdós terminó Napoleón en Chamartín en el año 1874. Hace 134 años, más o menos. Y sin embargo ¡que actual reflejo de los males y padecimientos de nuestra nación! ¡Qué fiel radiografía de nuestros caracteres! Ponga el lector, si acaso hay alguien, en cada párrafo el evento actual que tenga por conveniente. Diviértase un rato. Sustituya a Mañara y a Godoy, incluso a Bonaparte, por personajes políticos de la democracia en que vivimos. Se sorprenderá.


"¿Pues quién lo fue entonces? Esto sí que ni la historia, ni la tradición, ni los viejos, ni yo podemos decíroslo. ¿No habéis observado que todos los movimientos populares llevan en su seno un germen de traición, cuyo misterioso origen jamás se descubre? En todo aquello que hace la plebe por sí y de su propio brutal instinto llevada, se ve tras la apariencia de la pasión un tejido de alevosías, de menguados intereses o de criminales engaños; pero ningún sutil dedo puede tocar los hilos de esta tela escondida en cuyas mallas quedan enredados y cogidos mil bárbaros incautos."

"Mañara había adulado a la plebe imitándola. Con este animal no se juega. Es como el toro que tanto divierte, y de quien tantos se burlan; pero que cuando acierta a coger a uno, lo hace a las mil maravillas. Vimos caer a Godoy, favorito de los reyes, y ahora hemos visto caer a Mañara, favorito del pueblo. Todas las privanzas que no tienen por fundamento el mérito o la virtud suelen acabar lo mismo. Pero nada hay más repugnante que la justicia popular, la cual tiene sobre sí el anatema de no acertar nunca, pues toda ella se funda en lo que llamaba Cervantes el vano discurso del vulgo, siempre engañado."

"¡Oh España, cómo se te reconoce en cualquier parte de tu historia adonde se fije la vista! Y no hay disimulo que te encubra, ni máscara que te oculte, ni afeite que te desfigure, porque a donde quiera que aparezcas, allí se te conoce desde cien leguas con tu media cara de fiesta, y la otra media de miseria, con la una mano empuñando laureles, y con la otra rascándote tu lepra."

"El pueblo español es de todos los que llenan la tierra el más inclinado a hacer chacota y burla de los asuntos serios. Ni el peligro le arredra, ni los padecimientos le quitan su buen humor; así vemos que rodeados de guerras, muertes, miseria y exterminio, se entretiene en componer cantares, creyendo no ofender menos a sus enemigos con las punzantes sátiras que con las cortadoras espadas."

"Yo, que observo lo que pasa, veo que esa controversia está en las entrañas de la sociedad española, y que no se aplacará fácilmente, porque los males hondos quieren hondísimos remedios, y no sé yo si tendremos quien sepa aplicar estos con aquel tacto y prudencia que exige un enfermo por diferentes partes atacado de complicadas dolencias. Los españoles son hasta ahora valientes y honrados; pero muy fogosos en sus pasiones, y si se desatan en rencorosos sentimientos unos contra otros, no sé cómo se van a entender. Mas quédese esto al cuidado de otra generación, que la mía se va por la posta al otro mundo, con más prisa de lo que yo deseo."

"No había sacado en limpio gran cosa, ni disipado mis dudas, sobre lo que hoy llamaríamos la situación política, y lo único que vi con alguna claridad fue la general animadversión de que era objeto el Príncipe de la Paz (Godoy), quien se acusaba de corrompido, dilapidador, inmoral, traficante de destinos, polígamo, enemigo de la Iglesia, y, por añadidura de querer sentarse en el trono de nuestros Reyes, lo cual me parecía el colmo de la atrocidad. También vi de un modo clarísimo que todas las clases sociales amaban al Príncipe de Asturias, siendo de notar, que cuantos anhelaban su próxima elevación al trono, fiaban tal empresa a la amistad de Bonaparte, cuyos ejércitos estaban entrando ya en España para dirigirse a Portugal."

"Y aunque ese hombre es una buena pieza y ha hecho muchas maldades, la mitad de lo que dicen es mentira. También habrás visto que hoy le escupen muchos que antes le adulaban; es que saben que va a caer, y la sombra del árbol carcomido no le gusta a la gente. ¡Ah!, me parece que aquí vamos a ver grandes cosas, sí señor, grandes cosas. Digo y repito, que de esto va a resultar lo que nadie piensa, y muchos que hoy se restriegan las manos de contento, llorarán mañana a moco y baba; y si no, acuérdate de lo que te digo."


A lo mejor son figuraciones mías. A lo peor no. El caso es que me parece haberlo vivido, siendo yo tan joven, de alguna u otra forma. No sé.

Agua…



Tiene que llover para que escriba. Tiene que caer mucha agua del cielo para que se borren para siempre los rastros de la primavera que bloquean mis pensamientos, si es que los tuve alguna vez. La estación de las flores no hace bien a mi estado de ánimos: Demasiados colores para absorber, demasiadas fragancias que aspirar o estornudar, demasiada vida naciendo a la vez… Hoy llueve. Y llueve como si no hubiera llovido nunca. ¡Intensos chaparrones de a quince minutos y a cada hora, oiga! Miles de gotas gordas y frías remojan mi corazón, que parece a estas alturas un garbanzo preparado para cocer.


Cuando esto pasa, cuando llueve como si no hubiera llovido nunca, como si mañana no pudiera volver a llover, como si fueran a cerrar por defunción las nubes del cielo, en la ciudad donde vivo sus habitantes, incluso las personas de buena fe, dejan a un lado el paraguas. En su lugar sacan de los garajes sus polvorientos coches. Así están a cubierto y evitan, de paso y ya que estamos puestos, un obligado y molesto lavado dominical. Entre una y otros se inundan las calles que recorro cada rutina, digo cada mañana, de atascos varios. Y a primera hora el desastre era enorme, dantesco diría si fuera un hombre culto.


Entonces recuerdo que ayer fue distinto y el agua estaba donde debía y tenía que estar. Ayer tuve la suerte de estar con dos amigos ahí, en el centro mismo de la primavera, en un rincón desde el que nace la vida a borbotones. A una hora de casa inicia la savia su larga andadura, se manifiesta la alegría en estado puro y pleno. Sin colorantes ni conservantes.


Lo siento por los que no pudisteis estar porque os perdisteis un espectáculo sin igual. Y para todos los públicos.



Inmigrantes...



La inmigración es un problema mayúsculo para los países desarrollados, puede que sin marcha atrás por la dirección de sus maquiavélicas, acaparadoras, dirigidas, interesadas y mastodónticas economías con pies de barro. Pero ¿quién nos ha dicho a nosotros que el nuestro es un país desarrollado? ¿Qué nos hizo pensar que estamos dentro del selecto club de grandes naciones civilizadas? ¿Quién marca los parámetros del bienestar?


Durante muchos años nuestros predecesores, con una maleta de cartón o un hatillo por toda posesión, partieron a trabajar, a buscarse vida y fortuna en el extranjero, allende los mares, allende las montañas. Y el extranjero entonces eran Argentina, Paraguay, Chile o México. Y también Alemania, Francia o Suiza. No fueron entonces los países árabes, pero también pudieron ser.


Cada vez que veo a un inmigrante no puedo dejar de pensar en que ellos son nosotros hace unos cuantos años. Son el ayer a todo color de nuestros abuelos, padres o tíos reciclados en el tiempo. Las mismas maletas, las mismas inseguridades, los mismos caminos a la inversa… Y es que mientras el mundo siga dando vueltas - que las seguirá dando, estoy seguro - mañana nosotros podemos volver a ser ellos. Y viceversa.


Ya lo fuimos un día. ¿Qué será mañana…? ¿Alguien lo sabe?

Un amigo virtual


Tengo un amigo virtual - al que leo siempre con devoción y emoción por sus exquisitas maneras, por su forma única de contar lo que ve y porque sabe mucho más de la vida que el que esto escribe - que en los comentarios de la entrada anterior me dice que esté tranquilo, que la adolescencia se supera y que me siente ya casi maduro.


Su comentario podría ser uno más, pero no lo es. Sus palabras podrían ser de cualquiera, pero no lo son. Primero provocó la sonrisa y después pude comprobar (estas cosas se saben) que me había llegado donde sólo llegan las cosas que tienen que llegar. Hacía mucho tiempo que alguien no veía en mí el adolescente que fui. Hacía mucho tiempo que no lo veía ni yo – creo que eso es peor, pero ahora no viene al caso -. Puede parecer extraño lo que digo pero por las mañanas, cuando me asomo al espejo, empiezo a ver a mi padre. Sí, el señor de la otra parte, el que en pijama se refleja en el cristal, ya no soy yo. Es un señor mucho más serio, un respetable padre de familia. Ya no están ahí ni la ingenuidad de una joven mirada o el brillo que deja en la piel la adolescencia, ni el ardor guerrero o el optimismo intrínseco y apasionado que recoge esa edad. Tampoco se atreve, como antaño lo hiciera, a desafiar al individuo que le mira por encima del hombro desde aquel lado de la vida. Además, es plenamente consciente de que ese desaguisado no lo arregla ni una hidratante, ni una exfoliante de las caras.


Decía en el post anterior que cierro libros antes de llegar a la página cien. Que los últimos que han caído en mis manos no han tenido un final feliz, puede que por mi culpa, por mi grandísima culpa. Y que probablemente todo era debido a la “abstemia” primaveral. Ahora sé que no - gracias Turu - que la culpa es del adolescente que vive en mí que está dando sus últimos coletazos. Por eso, por esa rebeldía que aun me queda, por esa necesidad de independencia y de afirmación de mi propio yo, esta mañana he ido a la librería y me he comprado las tres series de los Episodios Nacionales de Don Benito Pérez Galdós. Y los voy a leer. Ya lo decía mi madre: Al que no quiere caldo… dos tazas. ¿O eran tres? ¡Yo qué sé!

Me pierdo…



Siento que…

Me pierdo… por los valles… entre las gentes… y no escribo ¿Con qué…?
Empiezo un libro… sigo con otro… cierro los tres… y no escribo ¿Sobre qué…?
Esto me ocupa… aquello me preocupa… lo ajeno también… y no escribo ¿Por qué…?
Una simple reunión… nueva sinrazón… quehaceres difusos… lo describo ¿Para qué?



Juego con las letras de ayer…

Me pierdo empezando un libro que ocupa una simple reunión…
Por los valles sigo con otro y aquello me preocupa, nueva sinrazón…
Entre las gentes cierro los tres, lo ajeno también, quehaceres difusos…
No escribo, y no escribo, y no escribo, lo describo… ¿Para qué…?


Cuento lo que cuento, sin venir a cuento…

Me pierdo en los libros. Los cierro para siempre sin llegar a la página cien. Uno primero, luego otro… ya van tres. Así veinte veces, veinte veces tres. Señales de cartón a medio camino me enseñan lo lejos que queda el final al que no llegaré. No alcanza donde tiene que alcanzar lo que cuentan, no me hablan como tienen que hablar las historias, no me dicen lo que tienen que decir... Así veinte veces, veinte veces tres. Un escritor japonés, una chica de Nevada, una primavera en Praga, la periodista en Kabul… y termino, casi siempre, delante de Torquemada. Así veinte veces, veinte veces tres.

Sigo sin ver el final de estos días de luz y flores que tapan mi conocimiento, si es que alguna vez lo tuve. Debo tener “abstemia” primaveral. Seguro.

Clarividencia


Con cuatro años tiene las ideas muy claras, clarísimas diría.

Una voz adulta preguntó a la hora de comer, supongo que en plan de broma: Y ¿si tuvierais una hermanita?

Él levantó sus manos al cielo en señal de protesta y dijo convencido: ¡Halaaaaaaa!… ¡Imposible! ¡No se puede!

¿Por qué imposible…? ¿Por qué no se puede…?, lo interrogué interrumpiendo su explicación.

Es que no se puede porqueeeee… tendríamos que hacer una nueva habitación y… y… y… ¡Llenarla entera de juguetes!

No hizo falta que yo añadiera nada. Estaba todo dicho esta vez.

De otro amigo...

ese que la recorrió mil y una noches... y al final, que era el principio, la encontró.




Os presento a la Dama del Tejo, la Señora del río, la Dueña del Estuario... ¿Acaso hay mejor representación? A lo mejor no. A lo peor sí, pero esto es un regalo de un amigo y como tal lo enmarco y lo coloco con todo merecimiento en el salón de esta mi casa virtual.

Para un amigo...

ese que todavía no fue... porque no pudo.



Nada de esto me interesa, nada de esto deseo. Pero amo al Tajo porque hay una ciudad grande a su orilla. Disfruto del cielo porque lo veo desde un cuarto piso de una calle de la Baja (Baixa). Nada el campo o la naturaleza me puede dar que valga la majestad irregular de la ciudad tranquila, bajo la luna, vista desde la Gracia o desde San Pedro de Alcántara. No hay para mí flores como, bajo el sol, el colorido variadísimo de Lisboa. La belleza de un cuerpo desnudo sólo la sienten las razas vestidas. El pudor vale sobre todo para la sensualidad como el obstáculo para la energía.




Lisboa es la ciudad de los tranvías. Viejos artefactos que circulan sobre raíles empotrados en el empedrado, guiados por cables de acero y provistos de incómodos asientos de madera barnizada mil veces y ventanas sin cerrar, artilugios que semejan juguetes antiguos de niño rico o juguetes de antiguo niño rico y que traquetean sin rubor por las estrechas calles tristes de la ciudad, cobijando bajo su techo a carteristas y personas de buena fe que mueven sin querer sus cuerpos al compás de los quiebros, al ritmo de un vaivén exasperado y esperado a la vez, debajo de balcones diminutos de hierro oxidado con ropa blanca vieja tendida al vacío y cuestas tan empinadas que uno tiene la sensación de que unas veces se dirigen directas al infinito y otras veces te transportan al infierno de cabeza. Y es el número 28, el amarillo, el que mejor describe esa esencia ferroviaria que se impregna por todos los rincones del casco histórico, el que recorre de Oeste a Este la irregular orografía de la Dama del Tajo. Y es ese Eléctrico 28 el que me llevó desde la parada más cercana a la Rúa Dos Douradores hasta el Castillo de San Jorge atravesando primero la melancólica Alfama, donde el triste Fado nació rasgado y vivió quebrado, y después el Barrio de Gracia, con sus imponentes miradores. Otras ciudades como Milán, Burdeos o Amsterdam guardan tranvías en sus estampas pero ninguna conserva ni el sabor a viejo ni el destino antiguo de los que recorren casi a tropezones la historia más íntima de la capital de Portugal.


Para encontrar una razón intrínseca al desasosiego que vive y vegeta latente en los rincones de cada barrio o a la saudade lisboeta y a su inseparable anclaje en el tiempo es preciso recorrer sus calles en tranvía y subir y bajar tantas cuantas veces haga falta para mirar y ver el río desde sus balcones y atalayas naturales, desde sus ventanas abiertas de par en par al nacimiento perenne del mar. La ciudad bañada en el Tajo, la Señora que flota en el río, la que irremediablemente se ahogará cuando se colapsen sus entrañas cobra entonces una dimensión especial y espacial diferente, una visión única que sólo es apreciable desde cada una de sus lomas, desde cada una de sus históricas siete colinas. En cualquiera de esos puntos se aparecen, al que mire y sea capaz de ver, sus añejas vivencias plenas de misterio nocturno enfrentadas a siglos de luz y sol. Es allí, al atardecer, donde se puede contemplar sin sonrojarse tanto el paisaje teñido de añil infinito y ocre azafranado como la poesía que se escapa como humo liviano entre los huecos que separan los viejos tejados de la Alfama. Pocas metrópolis – ninguna, diría - que se precien de tales por su importancia, biografía y trayectoria pueden presumir de vistas tan naturales y tan panorámicas como las que ofrece el Castillo de San Jorge, el mirador de Gracia o el imponente de San Pedro de Alcántara. Incluso el de Santa Justa parece haber estado allí, recreándose en el agua, antes incluso de la construcción humana del Elevador al que da nombre. El mismo París, capital de capitales, tuvo que levantar en un tiempo antiguo la mayestática Torre Eiffel y en otro moderno La Defense para que el visitante pudiera darse cuenta de los tesoros que escondía la llanura enredada en los brazos del Sena, unos tesoros que sus colinas, que también las hay, no alcanzaban a contemplar con la solvencia requerida para su ganado estatus de dueña del continente.

Esta vez llamó…


Llamó a mi puerta ayer por la mañana…




… y la dejé pasar.



Iba a escribir una canción pero se ha ido. No es mi culpa que tenga un alma viajera, que entra y sale por donde quiere, que viene y va dejando dolores...

Todos los años me acaba pasando lo mismo…

La hoguera



¡La hoguera, madre, la hoguera! Olor a barrio antiguo y humo, a niños eternos que buscan y roban maderas, a permisos puntualmente concedidos para tratar con brasas y rescoldos… Danzas alegres alrededor del purificador fuego, sagrado y cristiano como nunca. Cada año, cada siglo… los mismos rituales, las mismas gentes provistas de antorchas, los mismos vecinos clamando venganzas. La ciudad entera arde con las tropas de Alfonso IX de Borgoña. Ha llegado la hora… ¡Muerte a los moros! ¡Muerte al sarraceno! ¡Muerte al invasor! ¡Viva el Rey! ¡Viva San Jorge!

Cuenta la leyenda que un capitán cristiano tenía por amante a una bella princesa musulmana. En el año 1.229 las tropas de Alfonso IX de León intentaban en vano y por sexta vez en ocho años la reconquista de la ciudad en poder de un Said agareno, padre de la enamorada. Gracias a los favores de la joven mora, el capitán cristiano conoció un túnel subterráneo que atravesaba las fortificadas murallas almohades. La ruta que sirvió para encuentros secretos de amor y pasión, en la víspera del 23 de abril sirvió como camino expedito para que los cristianos sorprendieran en la noche a sus enemigos y abrieran las puertas a sus tropas. Esa noche Cáceres fue recuperada para la cristiandad y dotada de fueros por el rey leonés. Era la víspera de San Jorge, máximo protector de los ejércitos de este lado del Señor.

En el fuero concedido se manda que la celebración en honor a San Jorge habría de consistir en la quema de hogueras por parte de sus vecinos para simular los distintos asentamientos de las tropas cristianas que tomaron la ciudad. Esas hogueras no se encendían por los soldados tanto para protegerse del frío como para prender las “brevas” y flechas de fuego que asaeteaban a los moros.


Y así se viene haciendo desde hace tanto…


La Dama del Tejo…




… Llegué muy pronto hasta la plaza del barrio de Rossío donde se iba a producir el evento al atardecer. Nada nuevo bajo un sol que castiga sin piedad el empedrado y que dio luz a través de los tiempos a tantas corridas de toros, desfiles militares y festejos de todo tipo, improvisados unas veces y brutalmente previstos otras, para un pueblo obediente y acogedor. Hasta los arcos moriscos adheridos a la imponente fachada del Teatro María II parecían haber estado allí siempre, incluso antes de su construcción sobre el solar en el que se encontraban los restos del antiguo Palacio de Estaus y su sórdida historia secular. Ese edificio, diseñado inicialmente como alojamiento para los nobles que visitaban la ciudad por negocios o cortesía, se utilizó con posterioridad y durante un largo periodo de tiempo como sede de una cruel Inquisición portuguesa que enjauló en sus sótanos a convictos herejes para después quemarlos vivos en el mismo lugar de la plaza donde ahora se levantan impolutos los monumentos que la embellecen.


Cada ciudad guarda en su memoria una forma de mirarla y sólo el que se preocupa de conocer y estudiar sus entresijos previos es capaz de ver que lo que ahora se antoja hermoso y puro un día fue cárcel y castigo para muchas almas inocentes de otra época. Las cosas nunca son como parecen o como se nos aparecen aunque el ser humano se preocupe una y otra vez de enterrar sus maldades con edificios solemnes, estatuas de héroes a caballo sobre pedestales de mármol blanco, fuentes italianas con caños de agua limpia y peces de color naranja, placas que conmemoran las hazañas de algún aventajado ciudadano o un acontecimiento glorioso de la villa. Y la erigida en el epicentro mismo de la antigua desgracia al primer emperador de Brasil Don Pedro IV, al fin y al postre culpable directo de la independencia de la colonia en mil ochocientos veintidós, no dejaba de ser un parche de oro sobre la grieta de sangre y sufrimiento que un día manó a borbotones desde las mismas entrañas de aquel solado de cantería.


Me encontraba en el corazón de la eterna Lisboa y necesitaba estar todavía más despierto, más ágil de pensamiento, por lo que decidí calmar la sequedad de mi garganta tomando una botella de agua y una “bica” de exquisito café “brasileiro” en las inmediaciones de la plaza, un elixir denso, breve y aromático como ninguno y que tampoco nadie sabe hacer como ellos. La calidad, el tipo de grano, su tueste, el agua elegida y la presión de la cafetera son fundamentales para captar los sabores que atesora el fruto maduro de la planta americana. Así fue como me encontré sin darme apenas cuenta sentado en una silla de la terraza de la cafetería “Nicola”, inmaculado espacio para imperecederas tertulias de escritores y artistas sin rancio abolengo, un lugar donde las palabras anidaron y reivindicaron para la lengua lusitana un merecido hueco a perpetuidad.


Desde aquel privilegiado asiento de hierro pude contemplar de forma sosegada el panorama que me ofrecía la vista del foro, su amplitud, su belleza, sus tiendas de moda, el teatro María II y, sobre todo, la cantidad de personas que iban de un lado para otro sin importarles ni quién era yo ni qué motivos me habían traído hasta allí. No pude evitar que mi pensamiento se transportara al mismo lugar unas horas más tarde, imaginar de forma aproximada cómo sería ese mismo escenario al atardecer, a la hora en que los desconocidos nos encontraríamos por primera vez, si acaso las gentes continuarían habitándolo con el mismo frenesí y el mismo bullicio matutino de sábado de compras y si alcanzarían algunos de ellos a ser testigos cualificados de todo lo que en ese instante aconteciera…

Creo que vencí…


Le gusta leer, mucho. Todas las noches negociamos el tiempo y las páginas que puede avanzar antes de apagar su luz de cabecera. Tiene una edad muy temprana pero ya han pasado por su estantería bastantes libros, entre los que se encuentran – ¡Cómo no! - Harry Potter I, II, III, IV, V, VI,… Las Crónicas de Narnia o El ejército negro I y II.

El viernes su profesor le dijo que ya tenía que leer algo más denso… Papá ¿qué es más denso?, me preguntó.

Según la R.A.E. denso es algo compacto, muy pesado según su volumen. Para mí y según esa definición es especialmente denso Harry Potter con sus novecientas páginas de pesadez por volumen y sus historias inabarcables para una mente rígida y compacta como la que poseo, pero no creo que eso venga a cuento ahora.

Era mi oportunidad. Sabía que se había abierto un hueco para que entrara otro tipo de luz. Ni corto ni perezoso me planté con él el sábado por la mañana en la librería del barrio y le compré tres libros por el precio de uno sólo de cualquiera de los otros que lee habitualmente y que nos “atropellan” en las estanterías más importantes y más visibles de cualquier establecimiento comercial: Robinson Crusoe de Daniel Defoe, Miguel Strogoff y Cinco Semanas en Globo de Julio Verne.

Creo que a esto es a lo que se refiere tu profesor - le dije con el corazón henchido -, pero te advierto que en estos libros no vas a encontrar trucos de magia, ni naves espaciales, ni armas que no sean las fabricadas con un palo y cuerdas por un náufrago y que se utilizan para cazar lo que se va a comer, ni espadas siderales con rayo láser, ni reinos de oscuridad, ni animales que hablen, ni criaturas mitológicas que resucitan tropecientas mil veces, ni… Aquí encontrarás otra cosa, literatura pura y dura quizás. Encontrarás invención e imaginación, otra forma de contar verdades y mentiras… Robinson, por ejemplo, es la historia de un hombre que después de un naufragio se encuentra sólo en una isla. Todo lo que inventa es para sobrevivir. Sólo tiene sus manos y una gran imaginación. Como la vida misma, hijo…

Su cara era de extrañeza ante todo aquello que le contaba, pero esta mañana vi cómo guardaba el libro en su mochila para que su “profe” le diera el permiso conveniente – en la edad de formación el de un padre no es suficiente y lo acepto resignado - y autorizara la lectura de aquellas historias prohibidas, de otra época.

Creo que por una vez vencí, pero sólo fue para que él mañana venciera…

En la boca de los niños…




Al otro lado del teléfono se encuentra esa mujer que le dio vida. Él, entusiasmado, como si fuera el primer cumpleaños al que asiste dice: - Mamá, le hemos regalado a Pacheco un ordenador de juguete en el que se ven las “contemplaciones”.

Ella, extrañada por la aseveración de su zagal, le pregunta sin más: - ¿Qué contemplaciones…?

Él, con ese aire de suficiencia que tienen los niños de sietes años cuando saben de lo que están hablando, contesta convencido: … pues qué contemplaciones van a ser: la Osa Mayor, la Osa Menor,…


La R.A.E debería tener en cuenta que su diccionario no siempre dice la verdad. Cuando uno decide salir de noche y mirar al cielo, lo que realmente está haciendo es “contemplar” el firmamento. ¿Acaso alguien sale a “constelar” las estrellas?

Pues eso.

 
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