¡Qué curioso!




Doce explicaciones tiene que dar el diccionario de la R.A.E para definir la palabra político. De ellas, la que más me gusta es la que menos refleja al individuo que desempeña ese papel en la actualidad. Dice a secas: Cortés, urbano. Busco términos que puedan estar relacionados, de alguna u otra forma, con ella y me sorprendo otra vez. Plebiscito necesita tan sólo tres definiciones, urna requiere cinco, referéndum se basta con dos, Senado se entiende con cinco, Congreso con seis y votación con dos. ¿Entonces? ¿Tan difícil es averiguar el verdadero significado de “político”? ¿Hay alguna definición más difícil? Sí. Busco la palabra partido. Necesita treinta y cuatro justificaciones de la Academia. ¡Así no se puede arreglar un país!

Para que se hagan ustedes una pequeña idea: el amor, quizás lo más delicado, embarazoso y agotador para que sea explicado con palabras, necesita tan sólo, y digo tan sólo, catorce interpretaciones. Y aún así, algunas no son verdad.

Órdenes son órdenes...


Cinco comensales. La hora de la cena. La única dama de nuestras vidas reprueba esa fea conducta. Todos callamos. Asentimos. Tienes razón mamita, se oye a uno decir. ¡Pelota!, contesta rápidamente el otro. El de las gafas sólo parpadea. Nos miramos sorprendidos. Vale, no volveremos a quitarnos los zapatos, no volveremos a andar por la casa descalzos… Prometemos portarnos bien y llevar nuestros pies abrigados durante el crudo invierno… No te enfades…

Una hora más tarde, cuando ya duermen plácidamente los chavales que hacen ruido en mi hogar, entro en la cocina, el fatídico lugar donde prometimos lo que prometimos…

La orden la hemos entendido, pero puede que todavía sea pronto para asimilarla.

Hago una foto. No me puedo resistir.



El señor de la hojarasca


Se acerca despacio al umbral de mi puerta, al lugar donde recibo al caminante, el otoño con su gris aparecer. La espesa niebla y la fina lluvia matinal me anuncian una estación que siendo nueva se muestra perpetuamente avejentada. Llega el tiempo de la melancolía y de su mano, ¡cómo no!, el de las temidas depresiones. Después de la claridad y el calor del perdido estío, triunfa, marchito y mojado, el señor de la hojarasca que revierte primaveras.

Y sin embargo, ese estado al que me lleva el revolotear agitado de los pájaros buscando no sé qué cosas, la bajada en varios tonos de la recta luz, el acortamiento de los días o el baile incesante de las amarronadas hojas, lejos de amilanar al niño que vive en mí le hace sentir bien. Me gusta esta época del año, quizás porque me proporciona tranquilidad, paz, quietud,… tal vez porque a través de una ventana su visión es reconfortante. El otoño activa algo en mi cabeza y mi sangre – ahora avanza mucho más lenta por mis venas, lo sé – sosiega poco a poco, pausadamente, mi cerebro y su perenne no saber estar quieto.

En el soportal que da paso a mi vida, hay un lugar reservado para él. Cada año, tal vez por suerte, mi otoño es más otoño. Cada año, tal vez por desgracia, yo soy más yo.

¿Qué ha cambiado?


Leo en el blog de Turu la magnífica y clarificadora exposición de Leopoldo Abadía sobre la crisis económica que nos ocupa y preocupa. Diariamente vemos en los medios de comunicación la caída en picado de las Bolsas, la paralización de los mercados financieros, la quiebra de grandes sociedades, el despido masivo de obreros de las grandes fábricas y un sinfín de despropósitos que a nosotros, los seres normales, los que no vemos más allá de nuestra economía familiar, nos tienen “acojonaos”.

Pero ¿qué ha cambiado? ¿Por qué hemos llegado hasta aquí? Creo que el mercado inmobiliario ha arrastrado a todos los demás sectores a un callejón sin salida por culpa, por la gran culpa, de los Bancos, verdaderos dueños y señores del chiringuito financiero. Yo sólo sé que hace un par de años cualquier individuo, “casado” y con dos nóminas más o menos "decentes", iba a un banco a por 180.000 euros para la compra de una vivienda siendo poseedor tan sólo de 600 euros ahorrados con mucho esfuerzo para la señal de un piso, y al final, después de que la Tasadora Oficial del Banco diera un valor muy superior al del mercado al inmueble en cuestión (sobretasación se llama), acababa llevándose 240.000 euros que servían para pagar el piso, el impuesto de transmisiones, el arreglo de la cocina y un flamante BMW. Todo ello a pagar en 35 años (420 cómodos plazos), más 2 de carencia que seguro no vivirán, con un interés muy bajo. Cuando preguntabas por qué habían hecho eso, por qué se habían endeudado en más dinero del que necesitaban, siempre te contestaban que la cuota resultante era sólo un poquito superior al alquiler que estaban pagando hasta ese día, para terminar sentenciando: …y encima ahora es mío. Luego los intereses subieron y esas cuotas dejaron de ser paritarias, pero eso no viene a cuento ahora.

Hoy (prueben a hacerlo si acaso les reciben), el mismo Director de la sucursal del barrio que les animaba a llevarse dinero, a comprar el BMW, a arreglar la cocina... echa para atrás no sólo a los nuevos clientes con capacidad de endeudamiento sino a cualquiera que intente retirar sus propios fondos de la entidad. Para llevarse una cantidad, digamos alta, por la ventanilla hay que escapar a un interrogatorio forzoso por parte del empleado que por turno te corresponda. No saques dinero ahora que te doy (él y sólo él) un 6% y te lo puedes llevar cuando quieras, no saques dinero ahora para comprar una vivienda porque vamos a tener en el banco un montón de pisos de la gente que no paga, no saques dinero ahora que los pisos van a bajar a la mitad…

¿Qué ha cambiado entonces? ¿La educación y la formación? ¿La moralidad? No. Lo único que ha cambiado es que los bancos fueron los primeros que se endeudaron convirtiendo en papel mojado nuestras hipotecas, vendiéndolas al mejor postor, que siempre era un grupo de especuladores de Oklahoma o Lienchenstein, a cambio de un interés, y nadie les dijo que eso no se podía hacer. Prestaron mucho más dinero del que tenían y ahora… ahora no permiten siquiera que una pequeña o mediana empresa, esas que dan empleo directo y “decente” al 80% de los habitantes de nuestro país, negocien un mísero pagaré que les permita funcionar en su día a día, un mísero pagaré que convertido en dinero líquido permita que esa empresa siga dando pedales.

Los bancos, y sobre todo aquellos que tenían la obligación moral y legal para controlar esos bancos, son los culpables. Su avaricia hipotecaria nos ha traído hasta aquí. Nosotros, mejor o peor formados, sólo perseguíamos un sueño lícito: Tener una casa propia y un coche nuevo... Y nos dieron el dinero para ello. Y, a lo peor, no nos lo tenían que haber dado o nos tenían que haber ofrecido otras fórmulas para adquirir esa vivienda.

Alguien que no me habla…



…Y ese alguien que habita y piensa dentro mí guarda ahora un silencio profundo. No sabe que hay un lienzo blanco en mi pared que espera las letras que no tengo, que no sé pintar en soledad. Desconoce que ese cuadro inmaculado y puro me vigila, me acecha, me atosiga,… desde la otra parte de la perversa ventana que me conecta sin remedio a la realidad. Ignora por completo que un viejo amigo se fue de mi lado – es definitivo, lo sé - llevándose las letras que me faltaban por escribir.

Hay un tiempo para todo – también lo sé - y tal vez el mío, en este preciso momento, en este instante quedo, es el de la calma y el sosiego. Aun así, haciendo lo que estoy haciendo ahora, contando nada, barajando palabras, jugando al escondite, lo estoy quebrando. No lo sé hacer de otra manera. ¡Qué se le va a hacer!

No soy nada...


No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.

Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Fernando Pessoa como Álvaro de Campos.



Decía el Señor Soares hablando y divagando – como habla y divaga en el Desasosiego - sobre su cuerpo y su alma: “Parece que este cuerpo destinado para comerciante y esta alma destinada para hombre educado son, cuando están a solas, investidos misteriosamente de algo interior que es exterior a ellos, y que no hablan, sino que se habla en ellos, y la voz dice lo que sería mentira que ellos dijesen”. Y esa voz interior que nadie oye y que no habla sino que se habla en mí o en mi pensamiento y en el de Bernardo, existe. O tiene que existir, que no es igual. Vive y la siento en mí como vive en Bernardo, la oigo y me dice las cosas que tengo que escribir y plasmo casi sin darme cuenta en un papel. Y me inspira sobre determinados temas que desconozco o que creía desconocer hasta ese momento. Incluso, conociendo de algún modo el asunto del que me habla, tengo la sensación de que aquello que habita dentro de mí sabe que más que yo mismo sobre ese determinado asunto en cuestión. Y palpo cada palabra, cada frase, cada párrafo que sale de dentro de mi ser como si las conociera, aunque antes nada hubiera sabido sobre el tema. Y es una sensación extraña que se apodera de mi cerebro, quizás de lo que llaman alma, o de las dos cosas, de forma espontánea y probablemente maravillosa. Parece que alguien habita dentro de mí, alguien que me dice cosas para escribir, alguien a quien conozco sin que nadie me lo haya presentado nunca.

Esto es un camelo…

…O no. Que no lo sé. Me llama poderosamente la atención que cuando leemos un post en un blog amigo siempre creemos que detrás de las palabras virtuales viven los sentimientos reales de aquel o aquella que lo escribió. Parece que literatura y ser humano viajan juntos: No se puede escribir lo que uno no siente o no ha vivido.

Sin embargo creo que no tiene que ser necesariamente así, sobre todo porque hay excepciones: Desde que me conozco – y no fue ayer, lo aseguro – por los alrededores de mi cabeza no dejan de pasar situaciones extrañas, imaginadas, tergiversadas, retorcidas, inventadas,… que nada tienen que ver con el sujeto que cada mañana va al trabajo. Y quizás esto sea lo mejor de tener una bitácora, la posibilidad de inventar otra vida a través de la palabra.

A mí lo que me gusta es escribir, jugar con las letras, componer historias en silencio. Hablar de lo que me pasa y de lo que no me ha ocurrido ni me ocurrirá nunca. De historias cercanas, pero también de aquellas que mi imaginación desbordante me trae de vez en cuando a la orilla del teclado, hayan sucedido o no. El señor que vive detrás de la ventana es un señor como otro cualquiera, pero el monstruo que se atreve a plasmar todo tipo de sentimientos en la red es otra cosa. Mejor o peor, pero otra cosa.

Desde que abrí el blog me he convertido, de alguna manera, en el británico Linus Daff, el inventor de historias de la novela de Marta Rivera de la Cruz, cuyo oficio, con el que se ganó de forma sobrada la vida, era el de inventar pasados para quienes su vida anterior suponía un lastre. Yo, sin embargo y a diferencia del personaje de la novela, intento inventar sueños y los plasmo, sin pensar en sus consecuencias, en el papel. Sean verdad o no, que eso no es importante. Lo realmente importante es despertar en los demás sensaciones. ¿Qué haríamos si no sintiésemos nada? Y es que al final nunca son iguales sensaciones que las del sujeto que escribió en origen: Mil personas leen, mil visiones tendrán.

Si el blog es un trabajo, el mío – hoy pienso así, mañana no lo sé - ha consistido hasta ahora en crear sueños que tuvieran más virtudes que defectos, más positivos que negativos, más héroes que villanos…, sueños que se miran en un espejo que devuelve imágenes mejoradas, porque nadie se mira en un espejo para verse viejo, siempre busca lo mejor de aquello que devuelve el cristal. Y para lo que digo existe un problema: Sólo cuando alguien se compara con el individuo que se reflejaba en el mismo espejo años atrás parece tener noción del paso del tiempo. Envejecemos delante de los espejos sin darnos cuenta. Sólo la visión de la imagen actual comparada con la del pasado ante cualquiera de los varios que pueblan nuestras casas o de los múltiples escaparates que pueblan nuestras ciudades - ¿Quién no observa su cuerpo o su silueta al menos tres o cuatro veces por jornada? – hace que no notemos el cambio definitivo, destructivo y cruel que opera silencioso en nuestros cuerpos. Es entonces cuando nos venimos abajo y dejamos de soñar.

Pues sepan ustedes, si acaso hay alguien detrás de mi ventana, que yo no voy a envejecer. Quiero seguir inventando sueños, aunque sean imposibles. Ya encontraré la pócima que me ayude a conseguirlo. He dicho.

La copa en que libo…


Si la copa en que libas, si el labio que oprimiste
acaban donde todo comienza y se concluye,
piensa que ahora eres el mismo que ayer fuiste,
y más allá no harías nada más que aquí hiciste.

Omar Khayyam


No ambiciono ser lectura, acaso llegar a ser una página en blanco en los límites de tu cuerpo. No pretendo escribirte en la noche, quizás redactarme en los suaves trazos que perfilan tu materia. No deseo palabras lejanas que cuenten nada, tan sólo conjugar aquellos verbos que se atrevan a describir tu ser. No ambiciono otra cosa que no sea poder sentir lo que dentro de mí cuenta en secreto tu alma. Y contárselo a los demás para que me crean.


El azar


Durante muchos años buscó su presencia entre los mejores sueños, pero no halló más que retazos borrosos, en blanco y negro, de una imagen adolescente, de amigos jugando a ser mayores y de risas compartidas por culpa de una edad desenfadada. De vez en cuando ella volvía a su lado para decirle que estaba ahí, en la otra orilla, para que le preguntara cómo podía llegar hasta ese lugar y para averiguar qué había sido de la naturaleza bravía que habitaba aquel ser entonces. Pero él, distraído, sólo alcanzaba a ver una sonrisa. Porque él, entonces y ahora, sólo podía ver sonrisas que luego almacenaba en su alma para siempre. Después ella volvía a desaparecer dejándole un extraño dolor melancólico recostado sobre su inteligencia.

Hoy la ventana que le conecta a la realidad – o el azar, que puede ser lo mismo - la arrastró hasta el centro mismo de sus evocaciones. ¿Cuántos años han pasado? Casi el doble de la edad que tuvieron aquellos días. Es mucho tiempo, él lo sabía. Tal vez una vida que no tuvieron, quizás una existencia que no fueron. Y recordó de repente cómo la luna llena movía a su antojo en aquella noche de verano las olas de aquella playa en un vaivén acompasado mientras él, inconsciente, se aferraba desesperado a la blanca arena para que no se esfumara aquel momento donde espacio y tiempo se habían detenido para los dos. Sólo una imagen. Sólo unas palabras. Acaso unas manos entrelazadas. Volvió a su conciencia una promesa perdida en una noche de agosto: Si tu quieres, la distancia entre nuestros mundos no será un obstáculo insalvable.

Hoy recordó un nombre olvidado, una promesa que no pudo cumplir, una playa que todavía conserva en un apartado oscuro del corazón y, detrás de todo aquello, una sonrisa. También descubrió que sus mundos siempre estuvieron al lado, que nunca existieron más barreras que las que su inexperiencia inventó y que no supo darse cuenta en su momento…

La rutina



Sé, estoy casi convencido, que la felicidad no existe como tal. Nadie es feliz del todo. No conocemos a ningún ser humano del que digamos cuando queremos describirle que es feliz sin equivocarnos en parte. Si sé que la vida nos ofrece momentos felices. Y lo más cercano que una persona puede estar de la felicidad plena es cuando consigue almacenar para sí muchos de esos momentos felices. Cuantos más tengamos, cuantos más vivamos y más continuados sean, más cerca estaremos de lo que utópicamente llaman felicidad. Y lo más curioso es que ese estado de bienestar vive arropado, agazapado diría, en las situaciones más íntimas y no en los momentos estelares de nuestra existencia.

El zorro que quería ser domesticado para tener un amigo reveló al Principito su gran secreto: Sólo con el corazón se puede ver bien, lo esencial es invisible para los ojos. Y es que el disfrute en los quehaceres diarios, el trabajo - si es elegido por uno mismo -, la mujer o el hombre que acompañan nuestra vida - sin son elegidos por uno mismo también -, los descendientes y todas las pequeñas cosas que nos rodean en general pueden dar más placer que un gran viaje, unas largas vacaciones o un premio en la lotería, por poner algunos ejemplos de satisfacción inmediata y fácil. La felicidad, como casi todo lo importante, se encuentra escondida en los pequeños detalles, por muy simples que parezcan, y es invisible por regla general para los ojos. Tan sólo cuando esas pequeñas cosas nos faltan parecemos darnos cuenta de lo que perdimos, de lo verdaderamente importante que eran para nuestra cordura vital.

Uno, que es tan tonto que no lo sabía hasta se le ha ocurrido volver hoy a la rutina para apreciarlo. Así, de repente.

¡Estás loco!


Foto: Alberto Encinas Rivera



Esta mañana la hermana encina ha posado sus viejas manos en el huerto, tu huerto, para recoger en el silencio cientos de abrazos y besos desparramados en el suelo por el paso de los tiempos. Esta mañana, en la soledad de tu recuerdo, la luz del día llegaba fácil y segura, reflejando en el limpio arroyo las caras del emotivo y esperanzador encuentro de ayer. Esta mañana comprobé que aunque las lágrimas no habían secado todavía aquel rostro – aún es pronto, lo sé -, mis recuerdos y vivencias las borraban, poco a poco. Esta mañana, cuando llegué cansado al borde mismo del desconsuelo, apacigüé mi sed con el agua que brotaba desde lo más profundo de la sierra de tus anhelos. Esta mañana dejé caer, vencido, mi cuerpo sobre el poyete del viejo refugio, desde donde pude contemplar de nuevo ese bosque tan verde y tan nuestro. Esta mañana, en aquel puente de piedra, ¿recuerdas?, vi a cientos de niños trabajando alegres bajo el sol, intentando contener para mañana ese riachuelo al que tú, con respeto, llamabas río. Esta mañana te vi sentado entre los niños del cielo y parecías muy contento. Me miraste y comprendí que aquello no se podía parar, que no hacía falta que estuvieras aquí porque nunca habías partido.


Si pienso en lo que quieres que yo haga.
Si tengo que hacer caso a tus palabras.
Si quieres que te diga lo que pienso:
Es de locos, es de locos.

Si quieres que me quite las cadenas
que me hacen sentir seguro aquí abajo.
Es como si me vaciaras la venas:
Estás loco, estás loco.

Solo te pido fuerzas para hacer de mi
debilidad un férreo vendaval.
Desde el convencimiento que tal vez
hoy todo puede ser de nuevo realidad,
que ya estás al llegar.

De todas formas sé que es necesario
andar contracorriente en esta tierra.
Y que en el fondo merece la pena
estar loco, estar loco.

Pachi


Tengo en mi rostro las huellas de las lágrimas de ayer, un reflejo nítido de lo que realmente soy. Tengo en mi alma un agujero enorme, tan grande que no alcanzo a ver las palabras que nos quedaron por decir. Tengo un dolor que me duele sin hacer daño pero que hiere en cada pensamiento y mucha rabia contenida para soltar.


Él, que nunca espera, me esperó. Esperó a que volviera de la isla verde de los pájaros negros, a que el avión que traía mi cuerpo y sus pensamientos tomara tierra, a que llegara a esa casa que recibe al extraño y al que no lo es con esa frase que intuía el mañana y que sólo hoy comprendo: Con Francisco me quedo en vosotros. Esperó a que sacara del coche la última maleta. Entonces, en ese preciso instante, me llamó para decirme que se iba, que no podía más, y que fuera a Sevilla a jugar con él la última partida en lo alto de la colina.




Mi corazón hoy, un día después, es un instrumento que aunque no suena está lleno de sentimientos recién amanecidos que tardaré tiempo en asimilar, una caja inmensa repleta de abrazos y besos de los buenos, de aquellos que tuve que recibir, de esos otros que necesité regalar. Ayer vi el trigo en el trigal en su máximo esplendor, el que sembraste aquellos días sin darte cuenta o no, que no lo sé, y comprobé que todavía hay un tiempo para llegar al final del camino, tu camino, nuestro camino.




Dicen que abriste la puerta, que deseabas partir. Yo creo que no. Esa puerta la utiliza todo el que se va, cualquiera puede abrirla. Seguro que tú preferiste escoger otra vereda, quizás más difícil pero a la larga más útil. Como siempre. Te veo claramente haciendo un hueco en el grueso muro que nos separa del otro lado para que nos llegue después del adiós esa luz que los seres normales no podemos ver.


Sé que ahora estarás poniendo orden en el cielo de tus sueños, diciéndoles cómo hay que hacer las cosas a los que están allí desde siempre, pero no olvides que en tu bosque siempre habrá también un niño esperando a que le digas qué es lo que hay que hacer ahora. Y que ese niño todavía puedo ser yo.









Sigo viendo...






Lo que veo...







El último libro


Un libro de amores,
de flores
fragantes y bellas,
de historias de lirios que amasen estrellas;
un libro de rosas tempranas
y espumas
de mágicos lagos en tristes jardines,
y enfermos jazmines,
y brumas
lejanas
de montes azules...
Un libro de olvido divino
que dice fragancia del alma, fragancia
que puede curar la amargura que da la distancia,
que sólo es el alma la flor del camino.
Un libro que dice la blanca quimera
de la Primavera,
de gemas y rosas ceñida,
en una lejana, brumosa pradera
perdida...

Antonio Machado.



Busco con ansiedad el último libro, el que hable en voz baja con mi interior, el que diga y enseñe a la razón aquello - lo que sea, que da igual - que arranque del letargo, de sus nervudas raíces, al ruin humano que vegeta dentro de mí. Por eso creo que a veces no termino algunos, por culpa, por la gran culpa, por la grandísima culpa de ese perenne rastreo. Por eso creo que siempre estoy indagando, porque no acierto a descansar en algunas páginas o a reflejarme en esas historias. Por eso creo que siempre tengo diez o doce ejemplares, de los más diversos y dispersos temas, esperando en un selecto apartado de mi estantería particular, en esa que yacen las esperanzas y malviven los estados oníricos efímeros. Tal vez, que no lo sé, únicamente aguardan agazapados, acurrucados, escondidos o encogidos el momento adecuado en mi particular estado de ánimo para ser elegidos para una gloria que a buen seguro tendrán.


La culpa la tengo yo por ser un individuo que no tiene ideas y malvive como puede de unos sentimientos tan extraños que nunca llego a controlar. Compulsivos muchas veces, sí, pero sentimientos al fin y al cabo.


Sí, ya lo sé, se me ha vuelto a ir la cabeza... pero estamos en la etapa africana del verano, en la calle abrasan sus cuarenta grados y todavía no me he ido de vacaciones.

La caída de la red...


Buenos días, dígame… le atiende Elorín… ¿en qué podemos ayudarle?

La voz suave, aplatanada y dulce de quién está al otro lado del teléfono me hace dudar y en un principio no sé si he llamado al número de información de Timofón o a la playa donde se rueda el anuncio “me estás estresando” del ron Malibú.

- Pues mire señorita… quería saber por qué llevo toda la mañana sin conexión a internet. No sé si es un problema de mi ordenador o de la compañía suministradora…

- No se preocupe usted, “broder”… Estamos trabajando en ello para restablecer el servicio próximamente… es que se ha caído la red…

- ¿Cómo dice…? ¿Qué se ha caído qué?

- … La red, que se ha caído la red.

- Ya, lo entiendo - le dije sorprendido a la amable señorita para luego volver a preguntar - y ¿por qué no la recogen?

- No comprendo, caballero…

- Que digo yo que si la red se ha caído tendrán que bajar a recogerla ¿no?

- Sigo sin entenderle, “mihenmano”…

- Verá usted señorita… es la cuarta o quinta vez en los dos últimos meses que llamo a este número de teléfono de atención al consumidor, que en este caso soy yo, y siempre me dicen lo mismo, que se ha caído la red. Yo no sé a dónde se ha caído y tampoco entiendo ni por qué nadie va a recogerla ni por qué tardan tanto en hacerlo… Lo único que sé es que cada vez que a ustedes se les cae esa dichosa red no tengo conexión a internet y yo sin esa conexión ya no sé vivir. ¿No la pueden atar un poco más fuerte para que no se caiga?

La señorita cortó de repente la conversación transoceánica y yo… yo me quedé otra vez con cara de bobo y sin internet. ¿Alguien lo entiende?




Nota del autor.- Alguno, extrañado, se preguntará cómo conseguí hablar con un ser humano directamente, un ser humano de los de verdad, saltándome el protocolo de la maquinita, esa que empieza a decirte, después de escuchar durante cinco minutos el “Letitbí” de los “Bitels” interpretado por “Paul Mauriat”, sin miramiento alguno: si la llamada es para una avería… pulse 1, si la llamada es por un despiste de un primo… pulse 2, si la llamada es porque usted estaba aburrido y no sabía que hacer… pulse 3… Tengo un truco: Cuando la máquina habla y empieza con el jueguecito de los “pulse” uno debe permanecer en silencio, totalmente callado. La maquinita no está preparada para que el que está al otro lado de la línea no le hable. Entonces, enseguida, de repente, te ponen con lo que llaman “un operador”. Y ese operador, aunque esté en el Caribe, te habla, te escucha… aunque no te entienda. Pruébenlo.

El olvido que seremos…


Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres y los que seremos.

Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el término. La caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los triunfos de la muerte y las endechas.

No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre;
pienso con esperanza en aquel hombre
que no sabrá quien fui sobre la tierra.

Bajo el indiferente azul del cielo,
esta meditación es un consuelo.

Jorge Luis Borges


“Sobrevivimos por unos frágiles años, todavía, después de muertos, en la memoria de otros, pero también esa memoria personal, con cada instante que pasa, está siempre más cerca a desapacerecer. Los libros son un simulacro de recuerdo, una prótesis para recordar, un intento desesperado por hacer un poco más perdurable lo que es irremediablemente finito.”


No suelo recomendar libros. De vez en año inserto un post que habla de alguno que cayó en mis manos y descolocó mis sentimientos durante un breve espacio de tiempo, pero no me gusta decirle a la gente lo que tiene que leer o lo que no: Allá cada uno con sus “cadaunadas”. La reseña que aparece en el margen izquierdo de esta bitácora con el título “Estoy en” sólo muestra el ejemplar – cuando no se me olvida cambiarlo - que en ese momento estoy destrozando, sin más pretensión que la de ofrecer una información adicional por si a alguien, principalmente a seres humanos a los que les guste la lectura, le pudiera interesar o no sabe en ese momento qué comprar o regalar a un ser querido. Más de una vez el que suscribe, que soy yo, ha adquirido algún libro publicitado en alguna que otra página amiga. Incluso los he llegado a leer, pero eso no viene a cuento ahora.

Hoy sí, hoy voy a recomendarles uno. Hacía tiempo que no lo pasaba tan bien y tan mal delante de una novela. Hacía más tiempo todavía que mi corazón no me decía que siguiera leyendo y mi cabeza no me obligaba a subrayar frases de forma compulsiva para que luego no se me olvidaran. Es un libro autobiográfico en el que se sentirán representados aquellos que tuvieron la suerte de tener un padre de verdad, esos que disfrutaron de una existencia en familia, aquellos que vieron en su hogar una figura paterna que influyó, por su noble condición, con sus aciertos y con sus errores, en la forma de encarar la vida y en el carácter que se creó con el correr del tiempo dentro de uno mismo.

Si este verano tienen algún rato libre… no se lo pierdan. Lean despacio, recréense, disfruten…

“Todos los amigos que fueron al entierro de Héctor Abad Gómez tenían miedo. Algunos, para protegerse, se escondieron desvergonzadamente tras los árboles . Sólo dos de ellos se atrevieron a hablar: Carlos Gaviria recordó aquellas horrorosas palabras pronunciadas en Salamanca, en tiempos de la guerra civil española, por un franquista de infame recordación, Millán Astray: «¡Viva la muerte, abajo la inteligencia!»

El otro que habló fue el escritor Manuel Mejía Vallejo, paisano (ambos eran de Jericó) y uno de los amigos más cercanos a Abad, quien dijo valientemente este corto discurso:

Vivimos en un país que olvida sus mejores rostros, sus mejores impulsos, y la vida seguirá en su monotonía irremediable, de espaldas a los que nos dan la razón de ser y de seguir viviendo. Yo sé que lamentarán la ausencia tuya y un llanto de verdad humedecerá los ojos que te vieron y te conocieron. Después llegará ese tremendo borrón, porque somos tierra fácil para el olvido de lo que más queremos. La vida, aquí, están convirtiéndola en el peor espanto. Y llegará ese olvido y será como un monstruo que todo lo arrasa, y tampoco de tu nombre tendrán memoria. Yo sé que tu muerte será inútil, y que tu heroísmo se agregará a todas las ausencias.”

Volverán las oscuras golondrinas…

¡Contumaz!, esa es la palabra que describe perfectamente a ese animal alado. He buscado el significado en el diccionario, que para eso está, y me dice que contumaz es alguien obstinado, tenaz en mantener un error. Y las poéticas golondrinas lo son y ¡en qué medida!

Una pareja de golondrinas pretende hacer un nido para criar golondrinos – que no es lo que ustedes están pensando – en la puerta de mi garaje. Yo las disuado y ellas dicen que no. Yo rompo su nido en construcción y ellas, como si nada, vuelven a empezar.

Pensarán que uno no sabe que son especie protegida… Pensarán que uno desconoce que los nidos de esas aves no se pueden tocar so pena en forma de multa cuantiosa… Pensarán que uno no tiene sentimientos... Pensarán que uno desconoce también que no se las puede molestar bajo ningún concepto… ¡Nada de eso! Sólo intento disuadirlas para que hagan su hogar en otro lado y lleguen a tiempo para poner sus huevos y alimentar a sus crías con tranquilidad.

Y todo ello ocurre porque son absolutamente contumaces. La pareja de golondrinas en cuestión, que debe ser muy “nueva”, se empeña una y otra vez en hacer el nido en el vértice superior derecho del portón que da acceso a mi garaje, entre el travesaño fijo superior y la puerta abatible. Así, cada vez que abro la puerta – seis o siete veces por día – el nido se rompe en mil pedazos. Pero ellas, erre que erre, dando coces contra el aguijón, cogiendo en mal latín, diente con diente, haciendo de rey y de roque, vuelven sobre su construcción. Visto lo visto sólo tengo dos opciones: o dejo que críen allí y no utilizo el coche en dos o tres meses o antes de que terminen el nido las disuado para que lo hagan en otro sitio. Opté por la segunda, que era la más lógica – además podría irme de vacaciones con la familia -, y no dejan de sorprenderme porque cada vez que abro la puerta y se rompe el nido… ellas vuelven a empezar. Calculo que llevan iniciados cuarenta y siete, más o menos.

Un chaval que vive en mi casa no entiende el juego que nos traemos entre manos las volátiles y el que suscribe y me dice, me implora, me suplica, que las deje, que hagan su casa, que quiere ver los pollitos, que si no tenemos coche en el verano que no pasa nada porque vamos “adondesea” en avión, que son muy bonitas y azules. Y yo, comento con los labios entrecerrados: Sí, bonitas y azules, pero más tontas que Abundio.

Ya decía Gustavo Adolfo, que de estos pájaros entendía un rato, que volverían las oscuras golondrinas en mi balcón sus nidos a colgar, y que, otra vez, con el ala a sus cristales jugando llamarían, pero que aquéllas… aquéllas que aprendieron nuestros nombres… ésas… ¡no volverían! Pues bien que lo siento por Don Gustavo pero eso no es verdad porque esos artefactos azules con alas no han colgado su nido en balcón alguno – ni intención tienen -, ni juegan con el ala en los cristales – no les da tiempo con tanto ajetreo - y por más que les he dicho cómo me llamo - incluso se lo he gritado para asombro de algún que otro vecino que observa atónito a un individuo al que creían cuerdo hacer aspavientos y gritar su propio nombre al viento - vuelven. Siempre vuelven, aunque acaben sabiendo de memoria el patronímico, el mote y el marital del sujeto que gesticula de forma absurda y vocifera su nombre y apellidos a pleno sol cada jornada.



Ahí, donde está la mancha de barro, lo intentan hacer.

La tarifa nocturna


“La tarifa nocturna de la electricidad tiene los días contados. El día 1 de julio entra en vigor un nuevo sistema de precio basado en la discriminación horaria (TDH), lo que supondrá un mayor número de horas a coste más bajo (lo que se conoce como 'horas valle'), pero con un porcentaje de descuento menor que el que obtienen hoy día las familias dadas de alta en una modalidad que prima el uso de los electrodomésticos durante la noche, cuando los requerimientos energéticos son menores. De hecho, estos hogares se ahorraban hasta un 55 por ciento por poner la lavadora o el lavavajillas entre las 23,00 y las 7,00 horas en invierno y entre las 00,00 y las 8,00 en verano. La denominada 'Tarifa 2.0N' podía aplicarse a cualquier cliente en baja tensión cuya potencia contratada no excediese de los 15 Kw, siempre que contara con el equipo de adecuado.

La medida, promovida por el Ministerio de Industria, Turismo y Comercio, no ha sido bien recibida. La Unión de Consumidores de España (UCE) ha pedido el amparo del Defensor del Pueblo, ya que considera un abuso que los abonados vayan a desembolsar un 40 por ciento más que en la actualidad. «La nueva tarifa es más cara porque el usuario paga la potencia máxima para las 24 horas del día», comentan. A su juicio, esto vulnera los derechos fundamentales de los ciudadanos, además de suponer un grave perjuicio económico. Y agregan que los consumidores han recibido ya cartas de sus compañías informándoles de que cambiarán la potencia y que les cobrarán por ello los derechos de acceso.”

¿Cómo dice…? ¿318 euros…? Pero ¿por qué? Hace unos años instalé calefacción eléctrica en mi casa y me acogí a la llamada Tarifa Nocturna. Dos mil euros invertidos en radiadores, cables, acumuladores y otras zarandajas que ahora tendré que tirar. Firmé un contrato con una compañía eléctrica que, bajo el paraguas de Papá Estado, me aseguraba suministro eléctrico limpio a un precio “razonable”. La tarifa nocturna era una ventaja para contratante y contratado porque esos radiadores cargaban – es decir, gastaban luz - durante la noche y, al parecer, como todos estábamos dormidos – o durmiendo que dijo Don Camilo una vez – y la energía no se acumula (requerimientos energéticos menores les llaman) además de hacerle un favor a las Compañías… el ahorro era considerable para el ciudadano.

El otro día recibí una carta en la que se me conminaba a pasar por las oficinas de esa Compañía que tan bien me trató ab initio para autorizar un cambio de potencia, necesario (¿para quién?) y obligatorio (para mí). Y es que alguien que manda – El Ministerio de Industria, por ejemplo - había decidido de forma unilateral y abusiva romper un contrato que los contratantes, con sus pactos, cláusulas y condiciones, habíamos tenido por conveniente y que no afectaba, para mayor seguridad, ni a la moral ni al orden público, que decía aquella ley.

En Derecho y en casi todo en la vida, añado yo, el que la hace la paga. Y yo, Señoría, no he hecho nada. Más bien lo contrario, ya que hasta el día de hoy he abonado los recibos que puntual y mensualmente me han girado vía bancaria, hubiera saldo o no. Son ellos los que han vulnerado los principios más elementales. Son ellos los que han roto un contrato sin previo aviso. Son ellos los que – ahora sí viene al caso – con nocturnidad y alevosía han vulnerado el contrato que tan alegremente firmamos entonces. Son ellos los que, para mi mayúscula sorpresa, me dicen que tengo que abonar 318 euros por ese cambio obligatorio más un 40% de incremento mensual por arreglar su descosido, por cambiar algo que me obligan a cambiar, por ser tan gilipollas y hacer caso a las cosas a las que nunca hay que hacer caso…

Si ni siquiera nos podemos fiar ya de Papá Estado – auténtico valedor de los derechos de los ciudadanos como yo - … ¿cómo me voy a fiar de los demás?

Tu risa

Sólo pretendí que te sintieras bien, aunque fuera por un momento, un diminuto instante… Ni quise perturbar tu realidad, ni quise pisar las flores que con tanto esmero habías plantado en tu jardín. Sólo anhelé llegar hasta el lugar donde te duele porque en ese sitio me duele a mí también.


Hoy, y nada más que hoy, siento que nací para soñar alegrías y para correr por esos campos donde nacen las satisfacciones, para entregar sonrisas a todo aquel que me las pida… Son gratis, oiga. ¡Última oportunidad, señoras y señores! ¡Llévense dos por el precio de una!



 
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