Se mueren…



No escribo porque no siento. No hago porque no puedo. No niego porque me guste. Sencillamente enredo entre las cosas que veo. Y últimamente sólo veo cómo revolotean los despojos… Y es que he llegado a una edad donde asisto a más entierros que a bodas. Mientras, recojo trozos de sentimientos que encuentro en el camino, pero al final no los escribo. Y no escribo porque no siento…

Vengo poco, lo sé. Me entretengo con las rutinas de la vida común, en ese lugar en el que vegetan las cosas tristes entremezcladas con otras que a veces no lo son tanto. Leo en el periódico que ayer falleció el señor que traía a mi estantería los libros de Pessoa. Angel Campos se llamaba. Y me entristezco, sin saber del todo por qué. Estoy enfrascado en la novela de Stieg Larsson, un sueco que falleció un día antes de ver cómo se publicaba su ópera prima: “Los hombres que no amaban a las mujeres”. Y estoy perdido en ella. Y me gusta, porque no sé a dónde me lleva. A veces es mejor no saber a dónde uno va. Y comoquiera que me satisface lo que hace, hoy he comprado su segunda obra: La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina. Un título raro, sí. Lo sé. Me dicen, se cuenta, se rumorea que es mejor que la primera. Ya veremos.

La verdad es que no sé porque escribo todo esto… Bueno, sí… Es que hace muchos días que no tenía nada que decir y la casa virtual hay que alimentarla de vez en cuando para que tampoco se muera… de pena.

El p--- niño...




Últimamente traigo con demasiada frecuencia a mi refugio virtual las historias de esos pequeños artefactos con patas y sin sentimientos que pululan por mi hogar, pero es que creo que están en una edad en las que sus acciones u omisiones merecen un hueco entre mis serias divagaciones…

Esta misma mañana me encontré con el maestro del simpático ser que con cinco años a sus espaldas juega por las habitaciones de mi casa a ser pirata, y me preguntó si ya no hacía deporte. Hago lo que puedo, le contesté. De vez en cuando cogemos las raquetas, salimos de paseo,… lo poco que me permiten el trabajo y los niños, seguí justificándome. Pero ¿por qué me preguntas eso? El maestro, a quien conozco desde mi propia infancia, si es que tuve, me contó que hace unos días pidió a los niños de la clase que describieran a su padre… y todo fue bien hasta que le tocó el turno al mío. Uno explicaba que el suyo era alto y trabajaba en el Ayuntamiento, el otro describía a su progenitor como alguien muy bueno que le daba chucherías, el de más allá… El mío, cuando le tocó, me describió escueta y fielmente, según su leal saber y entender: Mi padre es un gordinflón que trabaja en una oficina.

Tengo que ponerme a dieta ¡ya!

El sitio de su recreo...

Allí estuvimos… luchando con gigantes en un mundo descomunal, midiendo el ángulo formado por ti y por mí en una décima de segundo más, con la chica de ayer que jugaba con las flores de mi jardín, dejándonos llevar por su azul, sin esperar jamás…

Y allí disfrutamos… en el mismo sitio de su recreo.





Hay algo más, recuérdame que hay que ordenar su habitación.

Lo sé



Si pudiera besarte… comprobarías que alrededor de esta antigua efigie merodean, esperando su momento, un montón de sentimientos. Y si pudiera abrazarte… sabrías que el calor que guardé en mis ramas para ti era sol rebosante de pureza. Más sólo puedo pensarte… por el desliz de una vieja estación que este año me ha regalado un puñado de silencios en sus vientos y muchas cavilaciones en sus aguas.

Ahora estoy más tranquilo, sabiéndote detrás de la puerta. Ahora, en la intimidad de este rincón, hablaré despacio con tu fantasma y le diré al oído cosas que nunca soñó, recuerdos que no pueden ser escritos para no dejar ni una sola huella que los delaten, verdades que dejaron escapar una oportunidad que se apareció como inmejorable,…

No mires para otro lado. Sabes que estas palabras son para ti. Puede que la niebla en su espesura me impida saber quién soy, pero recuerdo con claridad de dónde vengo.

Suena en la voz de Antonio Vega “la chica de ayer”…

Otra de niños…



- Mamá, tienes una arruga aquí y otra allí… ¡Estás vieja! - le dijo con esa crudeza que sólo poseen los que viven en una edad infantil mientras señalaba con dedo acusador un punto muy concreto de su rostro.

- ¡Niño! ¡Eso no se le dice a una dama! - interrumpí inmediatamente lo que seguro no iba a acabar bien y para enseñarle a tener una buena postura ante la vida, como sólo un buen padre como yo es capaz de hacer – A una señora no se le dicen esas cosas tan feas. Hay que hacerle sentir bien, se lo merece, y decirle que está muy guapa, que el vestido que se ha puesto le sienta bien,…

Me miró sorprendido y se dirigió de nuevo a ella, como si yo no estuviera en la habitación: - Mamá, estás muy guapa y tu vestido es muy bonito… pero también estás muy vieja porque tienes una arruga aquí y otra allí.

Cosas de niños…


Un niño de siete años que vive conmigo, harto contento, le dice a su madre al volver del colegio: Hoy la profe me ha preguntado qué son las palabras polisémicas... Yo le he dicho que son las que significan más de una cosa... Y le he puesto hasta un ejemplo: la luna… la del cielo y la del coche…

En ese momento un hermano más pequeño que también vive con nosotros se echa a reír y le espeta: ¡Halaaaaa, si la luna no entra en un coche! ¡Qué bruto!

¡Qué curioso!




Doce explicaciones tiene que dar el diccionario de la R.A.E para definir la palabra político. De ellas, la que más me gusta es la que menos refleja al individuo que desempeña ese papel en la actualidad. Dice a secas: Cortés, urbano. Busco términos que puedan estar relacionados, de alguna u otra forma, con ella y me sorprendo otra vez. Plebiscito necesita tan sólo tres definiciones, urna requiere cinco, referéndum se basta con dos, Senado se entiende con cinco, Congreso con seis y votación con dos. ¿Entonces? ¿Tan difícil es averiguar el verdadero significado de “político”? ¿Hay alguna definición más difícil? Sí. Busco la palabra partido. Necesita treinta y cuatro justificaciones de la Academia. ¡Así no se puede arreglar un país!

Para que se hagan ustedes una pequeña idea: el amor, quizás lo más delicado, embarazoso y agotador para que sea explicado con palabras, necesita tan sólo, y digo tan sólo, catorce interpretaciones. Y aún así, algunas no son verdad.

Órdenes son órdenes...


Cinco comensales. La hora de la cena. La única dama de nuestras vidas reprueba esa fea conducta. Todos callamos. Asentimos. Tienes razón mamita, se oye a uno decir. ¡Pelota!, contesta rápidamente el otro. El de las gafas sólo parpadea. Nos miramos sorprendidos. Vale, no volveremos a quitarnos los zapatos, no volveremos a andar por la casa descalzos… Prometemos portarnos bien y llevar nuestros pies abrigados durante el crudo invierno… No te enfades…

Una hora más tarde, cuando ya duermen plácidamente los chavales que hacen ruido en mi hogar, entro en la cocina, el fatídico lugar donde prometimos lo que prometimos…

La orden la hemos entendido, pero puede que todavía sea pronto para asimilarla.

Hago una foto. No me puedo resistir.



El señor de la hojarasca


Se acerca despacio al umbral de mi puerta, al lugar donde recibo al caminante, el otoño con su gris aparecer. La espesa niebla y la fina lluvia matinal me anuncian una estación que siendo nueva se muestra perpetuamente avejentada. Llega el tiempo de la melancolía y de su mano, ¡cómo no!, el de las temidas depresiones. Después de la claridad y el calor del perdido estío, triunfa, marchito y mojado, el señor de la hojarasca que revierte primaveras.

Y sin embargo, ese estado al que me lleva el revolotear agitado de los pájaros buscando no sé qué cosas, la bajada en varios tonos de la recta luz, el acortamiento de los días o el baile incesante de las amarronadas hojas, lejos de amilanar al niño que vive en mí le hace sentir bien. Me gusta esta época del año, quizás porque me proporciona tranquilidad, paz, quietud,… tal vez porque a través de una ventana su visión es reconfortante. El otoño activa algo en mi cabeza y mi sangre – ahora avanza mucho más lenta por mis venas, lo sé – sosiega poco a poco, pausadamente, mi cerebro y su perenne no saber estar quieto.

En el soportal que da paso a mi vida, hay un lugar reservado para él. Cada año, tal vez por suerte, mi otoño es más otoño. Cada año, tal vez por desgracia, yo soy más yo.

¿Qué ha cambiado?


Leo en el blog de Turu la magnífica y clarificadora exposición de Leopoldo Abadía sobre la crisis económica que nos ocupa y preocupa. Diariamente vemos en los medios de comunicación la caída en picado de las Bolsas, la paralización de los mercados financieros, la quiebra de grandes sociedades, el despido masivo de obreros de las grandes fábricas y un sinfín de despropósitos que a nosotros, los seres normales, los que no vemos más allá de nuestra economía familiar, nos tienen “acojonaos”.

Pero ¿qué ha cambiado? ¿Por qué hemos llegado hasta aquí? Creo que el mercado inmobiliario ha arrastrado a todos los demás sectores a un callejón sin salida por culpa, por la gran culpa, de los Bancos, verdaderos dueños y señores del chiringuito financiero. Yo sólo sé que hace un par de años cualquier individuo, “casado” y con dos nóminas más o menos "decentes", iba a un banco a por 180.000 euros para la compra de una vivienda siendo poseedor tan sólo de 600 euros ahorrados con mucho esfuerzo para la señal de un piso, y al final, después de que la Tasadora Oficial del Banco diera un valor muy superior al del mercado al inmueble en cuestión (sobretasación se llama), acababa llevándose 240.000 euros que servían para pagar el piso, el impuesto de transmisiones, el arreglo de la cocina y un flamante BMW. Todo ello a pagar en 35 años (420 cómodos plazos), más 2 de carencia que seguro no vivirán, con un interés muy bajo. Cuando preguntabas por qué habían hecho eso, por qué se habían endeudado en más dinero del que necesitaban, siempre te contestaban que la cuota resultante era sólo un poquito superior al alquiler que estaban pagando hasta ese día, para terminar sentenciando: …y encima ahora es mío. Luego los intereses subieron y esas cuotas dejaron de ser paritarias, pero eso no viene a cuento ahora.

Hoy (prueben a hacerlo si acaso les reciben), el mismo Director de la sucursal del barrio que les animaba a llevarse dinero, a comprar el BMW, a arreglar la cocina... echa para atrás no sólo a los nuevos clientes con capacidad de endeudamiento sino a cualquiera que intente retirar sus propios fondos de la entidad. Para llevarse una cantidad, digamos alta, por la ventanilla hay que escapar a un interrogatorio forzoso por parte del empleado que por turno te corresponda. No saques dinero ahora que te doy (él y sólo él) un 6% y te lo puedes llevar cuando quieras, no saques dinero ahora para comprar una vivienda porque vamos a tener en el banco un montón de pisos de la gente que no paga, no saques dinero ahora que los pisos van a bajar a la mitad…

¿Qué ha cambiado entonces? ¿La educación y la formación? ¿La moralidad? No. Lo único que ha cambiado es que los bancos fueron los primeros que se endeudaron convirtiendo en papel mojado nuestras hipotecas, vendiéndolas al mejor postor, que siempre era un grupo de especuladores de Oklahoma o Lienchenstein, a cambio de un interés, y nadie les dijo que eso no se podía hacer. Prestaron mucho más dinero del que tenían y ahora… ahora no permiten siquiera que una pequeña o mediana empresa, esas que dan empleo directo y “decente” al 80% de los habitantes de nuestro país, negocien un mísero pagaré que les permita funcionar en su día a día, un mísero pagaré que convertido en dinero líquido permita que esa empresa siga dando pedales.

Los bancos, y sobre todo aquellos que tenían la obligación moral y legal para controlar esos bancos, son los culpables. Su avaricia hipotecaria nos ha traído hasta aquí. Nosotros, mejor o peor formados, sólo perseguíamos un sueño lícito: Tener una casa propia y un coche nuevo... Y nos dieron el dinero para ello. Y, a lo peor, no nos lo tenían que haber dado o nos tenían que haber ofrecido otras fórmulas para adquirir esa vivienda.

Alguien que no me habla…



…Y ese alguien que habita y piensa dentro mí guarda ahora un silencio profundo. No sabe que hay un lienzo blanco en mi pared que espera las letras que no tengo, que no sé pintar en soledad. Desconoce que ese cuadro inmaculado y puro me vigila, me acecha, me atosiga,… desde la otra parte de la perversa ventana que me conecta sin remedio a la realidad. Ignora por completo que un viejo amigo se fue de mi lado – es definitivo, lo sé - llevándose las letras que me faltaban por escribir.

Hay un tiempo para todo – también lo sé - y tal vez el mío, en este preciso momento, en este instante quedo, es el de la calma y el sosiego. Aun así, haciendo lo que estoy haciendo ahora, contando nada, barajando palabras, jugando al escondite, lo estoy quebrando. No lo sé hacer de otra manera. ¡Qué se le va a hacer!

No soy nada...


No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.

Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Fernando Pessoa como Álvaro de Campos.



Decía el Señor Soares hablando y divagando – como habla y divaga en el Desasosiego - sobre su cuerpo y su alma: “Parece que este cuerpo destinado para comerciante y esta alma destinada para hombre educado son, cuando están a solas, investidos misteriosamente de algo interior que es exterior a ellos, y que no hablan, sino que se habla en ellos, y la voz dice lo que sería mentira que ellos dijesen”. Y esa voz interior que nadie oye y que no habla sino que se habla en mí o en mi pensamiento y en el de Bernardo, existe. O tiene que existir, que no es igual. Vive y la siento en mí como vive en Bernardo, la oigo y me dice las cosas que tengo que escribir y plasmo casi sin darme cuenta en un papel. Y me inspira sobre determinados temas que desconozco o que creía desconocer hasta ese momento. Incluso, conociendo de algún modo el asunto del que me habla, tengo la sensación de que aquello que habita dentro de mí sabe que más que yo mismo sobre ese determinado asunto en cuestión. Y palpo cada palabra, cada frase, cada párrafo que sale de dentro de mi ser como si las conociera, aunque antes nada hubiera sabido sobre el tema. Y es una sensación extraña que se apodera de mi cerebro, quizás de lo que llaman alma, o de las dos cosas, de forma espontánea y probablemente maravillosa. Parece que alguien habita dentro de mí, alguien que me dice cosas para escribir, alguien a quien conozco sin que nadie me lo haya presentado nunca.

Esto es un camelo…

…O no. Que no lo sé. Me llama poderosamente la atención que cuando leemos un post en un blog amigo siempre creemos que detrás de las palabras virtuales viven los sentimientos reales de aquel o aquella que lo escribió. Parece que literatura y ser humano viajan juntos: No se puede escribir lo que uno no siente o no ha vivido.

Sin embargo creo que no tiene que ser necesariamente así, sobre todo porque hay excepciones: Desde que me conozco – y no fue ayer, lo aseguro – por los alrededores de mi cabeza no dejan de pasar situaciones extrañas, imaginadas, tergiversadas, retorcidas, inventadas,… que nada tienen que ver con el sujeto que cada mañana va al trabajo. Y quizás esto sea lo mejor de tener una bitácora, la posibilidad de inventar otra vida a través de la palabra.

A mí lo que me gusta es escribir, jugar con las letras, componer historias en silencio. Hablar de lo que me pasa y de lo que no me ha ocurrido ni me ocurrirá nunca. De historias cercanas, pero también de aquellas que mi imaginación desbordante me trae de vez en cuando a la orilla del teclado, hayan sucedido o no. El señor que vive detrás de la ventana es un señor como otro cualquiera, pero el monstruo que se atreve a plasmar todo tipo de sentimientos en la red es otra cosa. Mejor o peor, pero otra cosa.

Desde que abrí el blog me he convertido, de alguna manera, en el británico Linus Daff, el inventor de historias de la novela de Marta Rivera de la Cruz, cuyo oficio, con el que se ganó de forma sobrada la vida, era el de inventar pasados para quienes su vida anterior suponía un lastre. Yo, sin embargo y a diferencia del personaje de la novela, intento inventar sueños y los plasmo, sin pensar en sus consecuencias, en el papel. Sean verdad o no, que eso no es importante. Lo realmente importante es despertar en los demás sensaciones. ¿Qué haríamos si no sintiésemos nada? Y es que al final nunca son iguales sensaciones que las del sujeto que escribió en origen: Mil personas leen, mil visiones tendrán.

Si el blog es un trabajo, el mío – hoy pienso así, mañana no lo sé - ha consistido hasta ahora en crear sueños que tuvieran más virtudes que defectos, más positivos que negativos, más héroes que villanos…, sueños que se miran en un espejo que devuelve imágenes mejoradas, porque nadie se mira en un espejo para verse viejo, siempre busca lo mejor de aquello que devuelve el cristal. Y para lo que digo existe un problema: Sólo cuando alguien se compara con el individuo que se reflejaba en el mismo espejo años atrás parece tener noción del paso del tiempo. Envejecemos delante de los espejos sin darnos cuenta. Sólo la visión de la imagen actual comparada con la del pasado ante cualquiera de los varios que pueblan nuestras casas o de los múltiples escaparates que pueblan nuestras ciudades - ¿Quién no observa su cuerpo o su silueta al menos tres o cuatro veces por jornada? – hace que no notemos el cambio definitivo, destructivo y cruel que opera silencioso en nuestros cuerpos. Es entonces cuando nos venimos abajo y dejamos de soñar.

Pues sepan ustedes, si acaso hay alguien detrás de mi ventana, que yo no voy a envejecer. Quiero seguir inventando sueños, aunque sean imposibles. Ya encontraré la pócima que me ayude a conseguirlo. He dicho.

La copa en que libo…


Si la copa en que libas, si el labio que oprimiste
acaban donde todo comienza y se concluye,
piensa que ahora eres el mismo que ayer fuiste,
y más allá no harías nada más que aquí hiciste.

Omar Khayyam


No ambiciono ser lectura, acaso llegar a ser una página en blanco en los límites de tu cuerpo. No pretendo escribirte en la noche, quizás redactarme en los suaves trazos que perfilan tu materia. No deseo palabras lejanas que cuenten nada, tan sólo conjugar aquellos verbos que se atrevan a describir tu ser. No ambiciono otra cosa que no sea poder sentir lo que dentro de mí cuenta en secreto tu alma. Y contárselo a los demás para que me crean.


El azar


Durante muchos años buscó su presencia entre los mejores sueños, pero no halló más que retazos borrosos, en blanco y negro, de una imagen adolescente, de amigos jugando a ser mayores y de risas compartidas por culpa de una edad desenfadada. De vez en cuando ella volvía a su lado para decirle que estaba ahí, en la otra orilla, para que le preguntara cómo podía llegar hasta ese lugar y para averiguar qué había sido de la naturaleza bravía que habitaba aquel ser entonces. Pero él, distraído, sólo alcanzaba a ver una sonrisa. Porque él, entonces y ahora, sólo podía ver sonrisas que luego almacenaba en su alma para siempre. Después ella volvía a desaparecer dejándole un extraño dolor melancólico recostado sobre su inteligencia.

Hoy la ventana que le conecta a la realidad – o el azar, que puede ser lo mismo - la arrastró hasta el centro mismo de sus evocaciones. ¿Cuántos años han pasado? Casi el doble de la edad que tuvieron aquellos días. Es mucho tiempo, él lo sabía. Tal vez una vida que no tuvieron, quizás una existencia que no fueron. Y recordó de repente cómo la luna llena movía a su antojo en aquella noche de verano las olas de aquella playa en un vaivén acompasado mientras él, inconsciente, se aferraba desesperado a la blanca arena para que no se esfumara aquel momento donde espacio y tiempo se habían detenido para los dos. Sólo una imagen. Sólo unas palabras. Acaso unas manos entrelazadas. Volvió a su conciencia una promesa perdida en una noche de agosto: Si tu quieres, la distancia entre nuestros mundos no será un obstáculo insalvable.

Hoy recordó un nombre olvidado, una promesa que no pudo cumplir, una playa que todavía conserva en un apartado oscuro del corazón y, detrás de todo aquello, una sonrisa. También descubrió que sus mundos siempre estuvieron al lado, que nunca existieron más barreras que las que su inexperiencia inventó y que no supo darse cuenta en su momento…

La rutina



Sé, estoy casi convencido, que la felicidad no existe como tal. Nadie es feliz del todo. No conocemos a ningún ser humano del que digamos cuando queremos describirle que es feliz sin equivocarnos en parte. Si sé que la vida nos ofrece momentos felices. Y lo más cercano que una persona puede estar de la felicidad plena es cuando consigue almacenar para sí muchos de esos momentos felices. Cuantos más tengamos, cuantos más vivamos y más continuados sean, más cerca estaremos de lo que utópicamente llaman felicidad. Y lo más curioso es que ese estado de bienestar vive arropado, agazapado diría, en las situaciones más íntimas y no en los momentos estelares de nuestra existencia.

El zorro que quería ser domesticado para tener un amigo reveló al Principito su gran secreto: Sólo con el corazón se puede ver bien, lo esencial es invisible para los ojos. Y es que el disfrute en los quehaceres diarios, el trabajo - si es elegido por uno mismo -, la mujer o el hombre que acompañan nuestra vida - sin son elegidos por uno mismo también -, los descendientes y todas las pequeñas cosas que nos rodean en general pueden dar más placer que un gran viaje, unas largas vacaciones o un premio en la lotería, por poner algunos ejemplos de satisfacción inmediata y fácil. La felicidad, como casi todo lo importante, se encuentra escondida en los pequeños detalles, por muy simples que parezcan, y es invisible por regla general para los ojos. Tan sólo cuando esas pequeñas cosas nos faltan parecemos darnos cuenta de lo que perdimos, de lo verdaderamente importante que eran para nuestra cordura vital.

Uno, que es tan tonto que no lo sabía hasta se le ha ocurrido volver hoy a la rutina para apreciarlo. Así, de repente.

¡Estás loco!


Foto: Alberto Encinas Rivera



Esta mañana la hermana encina ha posado sus viejas manos en el huerto, tu huerto, para recoger en el silencio cientos de abrazos y besos desparramados en el suelo por el paso de los tiempos. Esta mañana, en la soledad de tu recuerdo, la luz del día llegaba fácil y segura, reflejando en el limpio arroyo las caras del emotivo y esperanzador encuentro de ayer. Esta mañana comprobé que aunque las lágrimas no habían secado todavía aquel rostro – aún es pronto, lo sé -, mis recuerdos y vivencias las borraban, poco a poco. Esta mañana, cuando llegué cansado al borde mismo del desconsuelo, apacigüé mi sed con el agua que brotaba desde lo más profundo de la sierra de tus anhelos. Esta mañana dejé caer, vencido, mi cuerpo sobre el poyete del viejo refugio, desde donde pude contemplar de nuevo ese bosque tan verde y tan nuestro. Esta mañana, en aquel puente de piedra, ¿recuerdas?, vi a cientos de niños trabajando alegres bajo el sol, intentando contener para mañana ese riachuelo al que tú, con respeto, llamabas río. Esta mañana te vi sentado entre los niños del cielo y parecías muy contento. Me miraste y comprendí que aquello no se podía parar, que no hacía falta que estuvieras aquí porque nunca habías partido.


Si pienso en lo que quieres que yo haga.
Si tengo que hacer caso a tus palabras.
Si quieres que te diga lo que pienso:
Es de locos, es de locos.

Si quieres que me quite las cadenas
que me hacen sentir seguro aquí abajo.
Es como si me vaciaras la venas:
Estás loco, estás loco.

Solo te pido fuerzas para hacer de mi
debilidad un férreo vendaval.
Desde el convencimiento que tal vez
hoy todo puede ser de nuevo realidad,
que ya estás al llegar.

De todas formas sé que es necesario
andar contracorriente en esta tierra.
Y que en el fondo merece la pena
estar loco, estar loco.

Pachi


Tengo en mi rostro las huellas de las lágrimas de ayer, un reflejo nítido de lo que realmente soy. Tengo en mi alma un agujero enorme, tan grande que no alcanzo a ver las palabras que nos quedaron por decir. Tengo un dolor que me duele sin hacer daño pero que hiere en cada pensamiento y mucha rabia contenida para soltar.


Él, que nunca espera, me esperó. Esperó a que volviera de la isla verde de los pájaros negros, a que el avión que traía mi cuerpo y sus pensamientos tomara tierra, a que llegara a esa casa que recibe al extraño y al que no lo es con esa frase que intuía el mañana y que sólo hoy comprendo: Con Francisco me quedo en vosotros. Esperó a que sacara del coche la última maleta. Entonces, en ese preciso instante, me llamó para decirme que se iba, que no podía más, y que fuera a Sevilla a jugar con él la última partida en lo alto de la colina.




Mi corazón hoy, un día después, es un instrumento que aunque no suena está lleno de sentimientos recién amanecidos que tardaré tiempo en asimilar, una caja inmensa repleta de abrazos y besos de los buenos, de aquellos que tuve que recibir, de esos otros que necesité regalar. Ayer vi el trigo en el trigal en su máximo esplendor, el que sembraste aquellos días sin darte cuenta o no, que no lo sé, y comprobé que todavía hay un tiempo para llegar al final del camino, tu camino, nuestro camino.




Dicen que abriste la puerta, que deseabas partir. Yo creo que no. Esa puerta la utiliza todo el que se va, cualquiera puede abrirla. Seguro que tú preferiste escoger otra vereda, quizás más difícil pero a la larga más útil. Como siempre. Te veo claramente haciendo un hueco en el grueso muro que nos separa del otro lado para que nos llegue después del adiós esa luz que los seres normales no podemos ver.


Sé que ahora estarás poniendo orden en el cielo de tus sueños, diciéndoles cómo hay que hacer las cosas a los que están allí desde siempre, pero no olvides que en tu bosque siempre habrá también un niño esperando a que le digas qué es lo que hay que hacer ahora. Y que ese niño todavía puedo ser yo.









Sigo viendo...






Lo que veo...







 
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