Le había enseñado a plantar sandías, a regar las patatas y las cebollas con mimo, a manejar el mecanismo del goteo, a curar las heridas del viejo manzano y a azufrar las parras para que no se las coman el “mildiu” o los ácaros, a utilizar la mula mecánica para que la tierra pueda respirar, a abonar los cerezos… Eran tareas que no cuadraban en su estampa urbana, en su visión de niño de diez años – casi once diría él - que nunca ha roto un plato y que devora libros por placer en su tiempo libre.
A mitad de mañana hacían un pequeño descanso a la sombra. A mitad de mañana tomaban un tentempié mientras repasaban los trabajos que ya habían terminado y los que les quedaban por hacer. A mitad de mañana, cuando llegábamos los demás, comprobábamos la felicidad de ambos. El patrón por fin había encontrado alguien en la familia que le seguía, un obrero muy joven y obediente, un tipo perfecto al que modelar a partir de ahora...

El otro...
Los cerezos habían empezado a entregar su sangre en forma de burbujas y había llegado el momento de recolectar. Durante un par de horas – más tiempo para los que no tienen costumbre es inviable- todos colaboramos en las tareas. ¿Todos? ¡Todos no! Uno de los churumbeles, el que tiene ocho años en su cuerpo y una lagartija que mueve su alma, hacía el trabajo a su manera: Cogía una cereza y se comía dos, cogía tres y se comía cinco… No sé qué capacidad tiene el estómago de un niño de esa edad pero el suyo debía estar a punto de explotar.
¡Ese muchacho se va a poner malo!, gritó alguien cuando vio su boca, sus mangas y sus bolsillos manchados de un rojo intenso. No te preocupes, está acostumbrado - le contesté inmediatamente -. Lo del año pasado fue peor…
Y es que el año pasado en el mismo lugar, por las mismas fechas, hizo lo mismo. Antes de llevar una cereza a la cesta, la miraba, la inspeccionaba y… se la comía. Mientras, su otra mano ya tenía otra de mejor tamaño que luego miraba, inspeccionaba y… se la volvía a comer.
Casi no llega a casa. Casi se caga a medio camino. Casi prepara la de San Quintín. Pero es feliz porque para él el campo es un gran árbol cuajado de cerezas, una especie de paraíso terrenal en el Valle del Jerte. Luego se olvida de la flojera de vientre y vuelve a las andanzas…
A primera hora del día siguiente fue a buscarle el abuelo. ¡Vamos! - le dijo -, levántate que tenemos que ir a la finca a coger cerezas otra vez. ¡No, "agüelo"! A esa finca yo no voy que esa finca a mí me da “cagalera” - contestó él convencido -.

Y es que son como dos gotas de agua…El uno y el otro.




















