Primum vívere…


Hoy tengo casi todas las palabras.
Pero me faltan casi todas.

Cada vez me faltan más.
Apenas si puedo unir éstas que escribo

para decir el resto de ternura

y el hueco de temor
que se esconden en la ausencia de todo,

en la creciente ausencia
que no pide palabras…
Roberto Juarroz.

… Sigo moviendo las letras dentro de lo abstracto…

¡Mira!… ¿Qué ves? Sólo son palabras. Verbos jugando a ser mayores, adjetivos colocados para la ocasión que se adornan a sí mismos, sustantivos perdidos en su propia definición… Si uno no se asoma, tampoco será capaz de ver lo que se mueve detrás de la ventana. Si uno no busca en ese detrás, tampoco sentirá el vértigo… Y sin vértigo no hay nada. Hay que hacer un esfuerzo, lo sé. A veces, aun en el error, merece la pena.

En ocasiones llegan a alcanzar un sentido, diferente en cada cual que las percibe, eso sí, mas no creo que haya que buscar ese sentido en las explicaciones primarias, en las que se tropiezan con el individuo cuando acaba de llegar. No son visibles. Lo que importa se resguarda en la otra cara de la luna, donde nadie ha llegado.

Busco el equilibrio y lo encuentro en el borde del abismo, en ese precipicio que anima a no caer, a mantener una imposible quietud en el límite del acantilado que me mantiene erguido. A mí y a lo que pienso. A mí y a lo que siento... Soy un funámbulo a la orilla del alambre que ha perdido en el tiempo el pie que le sostiene…

Repaso con cariño lo que tengo guardado en el cajón, en ese apartado que me permite respirar cada mañana. Son sólo letras que se unen para lanzarme al vacío. Y el vacío es irresistible. Y esperanzador. Hay tres palabras que amortiguan la caída. Siempre sobró la última. La cantidad, para determinadas cuestiones, sobre todo para las del alma, no es medible. Nunca fue contable. Se siente o no se siente. Se es o no se es… Aquí no cabe el estar. La gran diferencia entre los dos grandes es que en el estar se vive acompañado mientras que en el ser se vive y se enfrenta en soledad. En el ser está uno mismo con sus circunstancias. En el estar permanecen atentos los demás.

Hay también una mirada que se mete en lo que escondo, desde lejos… Ni siquiera las palabras se atreven a explicar... pero eso es otra historia.

Seguimos por lo abstracto, negociando por lo indefinido…

Demorará…


Lo que espero con ansia demorará... Sé que demorará. Aquello que busco en el viejo baúl de la memoria ha partido desde la sombra hacia la claridad, sin esperarme, en uno de esos viajes donde no se encuentran billetes de vuelta, donde las taquillas, clausuradas por orden gubernativa, cuelgan un cartel que amenaza con "vuelva usted mañana". Eternamente mañana. Siempre mañana...

Hay un nada dentro del todo que me representa, mas un día volverá la emoción a brillar donde aquello termina, en el límite de mi propio yo. Y de tu propio tú. Veo también a un loco que me reclama entre los cuerdos, que ahora ríen estridentes y descompasados desde sus propios temores, que también los tienen. Pero nadie le hace caso. Yo tampoco porque nunca estoy cuando me hago falta. El loco soy yo.

Paseo despacio, sin posar los pies, por la soledad que me rodea. Intento escapar. Otra vez. Recorro sigiloso el patio que guarda la fuente que me bebe y salgo por fin a la calle... No hay nadie junto a mi sombra. Una vez más la sombra... Zapatillas, música y una mente en blanco me llevan hasta donde no quería llegar, hasta el principio de todo.

Me salva que tengo una rosa... Me queda en el recuerdo una rosa que alguien robó de madrugada... No se me ocurre otra manera de volar... Tampoco necesito otra... Y en el entretanto sigo moviendo las letras dentro de lo abstracto, rodando en lo absurdo, girando por lo que yo sólo y solo entiendo. O tampoco, que todo puede ser.

Ad líbitum…


Hay un sitio para mí al fondo de la esperanza… Es un lugar escondido donde se alojan los buenos. ¿Quieres venir? Yo te llevo… Una calle donde el sol no vive de los recuerdos, una plaza en la memoria que nace cada mañana, un rincón en el que el aire se respira, siente y habla con la parte que más quiero. Es como un pequeño tramo de esa vida, - perdón, quise decir otra cosa - de esa dulce melodía que interpreto como quiero, donde el ritmo no se impone y la armonía es camelo, donde el autor ha dejado un hueco entre las "confusas", las "difusas", la redonda o la corchea y el compás que a mí me suena retumba entre lo que anhelo. Es un paraje tranquilo donde las letras se cantan, donde basta una palabra, una mísera palabra, y se conjuga otro cuento en el que la bruja mala, el lobo, el ogro y lo negro han salido de parranda y se han perdido lo bueno. Voy a ir a ese lugar que inventé en un desespero…

Hay un sitio para mí al fondo de ese futuro… ¿Quieres venir? Yo te llevo…

Suena Frank. My way…

Veo más...



Veo a Sansón debajo de un templo… Y dos columnas que caen en lo que tuvo que ser un homenaje al Dios del mar. Los filisteos han dejado de reír porque en la modernidad el cielo se ha vuelto a derrumbar con estrépito sobre sus cuerpos. Veo más... Un solo golpe para que cambie la historia. Nunca dejó de transmutar para volver a repetirse… ¿Dónde está Dalila? ¿Cuándo se fue…? La fuerza del hombre, del todopoderoso, ha sido vencida. Hay más… Todavía no sabe que los cascotes de la derrota a veces esconden pequeños triunfos. Hoy el héroe del ayer ha descubierto con asombro que se puede engañar a una vida, pero no a un corazón.

Disperso…

Foto Q.R.

Todo era azul delante de aquellos ojos y era
verde hasta lo entrañable, dorado hasta muy lejos.
Porque el color hallaba su encarnación primera
dentro de aquellos ojos de frágiles reflejos.
Miguel Hernández.

Aquella noche levanté un puente, construí un río, dibujé un paisaje… y los coloqué en medio del frío que en la madrugada me acosaba. Compré una ventana de madera grande con restos de nieve de aquella sierra mora que un día nos vivió y el más confortable sillón, para observarlo todo tras los cristales. Recolecté unas cuantas hojas con un viento suave y las hice revolotear antes mis ojos como en esos otoños que traían placidez hasta la puerta de mi casa. Y muchos colores, verdes, blancos, grises… Y un sol amarillo. Traje el ciprés que cobija mi sombra y la chimenea de la casa antigua repleta de brasas. Y me refugié dentro de un pequeño vaso de vino que desde aquel río, cálido y dulce bajaba por la garganta hasta mi cocina. Allí se guisaban a fuego muy lento un poco de paz, un tiempo perdido y mucha armonía. Y llené con gentes, las que me interesan, las que siempre son, un espacio inerte para hacerlo vivo. Después, para completarlo, cogí tres acordes y unas cuantas notas que fueron hilando, sonriendo y bailando hasta que juntaron una melodía. Y luego, más tarde, para terminar, saqué de un cajón la fotografía, la que más me gusta, la que descubrí no hace muchos días, esa que me observa con tranquilidad, con serenidad y con alegría... Y le di la mano. Y me acompañó por lo que no había. Y creyó también que lo que soñé - porque lo soñé - tal vez existía…

Al amanecer, cuando desperté, allí estaba el río, el paisaje, el puente… me olvidé del frío…

Una llave…

Foto Q.R.

Y allí estaba la puerta cuya llave no vi;
Y allí se alzaba el velo que lo ocultaba todo:

Un vago murmurar cerca de Ti y de Mí
se escuchó...
y después nada, ni de Mí ni de Ti.

Omar Jayyám


Paseé por un campo en el invierno verde del valle que me respira en el estío. Recorrí cada rincón buscando mañanas, mas el futuro no descansa en la campiña, ni en aquellos prados donde el ganado pasta en plenitud, ni en las montañas de cuento dichoso, ni siquiera en lo profundo de esas aguas que cristalinas caen desde la nieve hasta mis ganas de beber, hasta esa sed insaciable que me ocupa.

Entretuve con acierto la aflicción entre seres diminutos que alegres jugaban en estancias de otra época, más señorial o distinguida tal vez. Y sentí que había vida en lo que anhelo…

Engañé a la angustia entre jamón y amistad, entre risas y vino, sorbiendo despacio lo que se me ofrecía, aquello que se me daba sin preguntas inciertas, sin respuestas obligadas.

Me burlé del desaliento de madrugada, junto a un fuego que sin querer arder calentaba los recuerdos que me habitan.

Me planté debajo del gran árbol cuando el sol se apagaba, para fundirme en uno con su savia, para llegar lentamente a los rudos brazos que equilibran su porte, su saber estar indiferente al paso del tiempo. Y pensé en transformarme en flor, su flor, antes de la primavera, si acaso fuera preciso.

Y quise atravesar con todas mis fuerzas esa puerta, la que esconde lo que esconde, cuando percibí que en un descuido – no pudo ser de otra manera - se habían llevado la llave que descerraja los sentimientos. Sepan ustedes que no conseguí abrirla. Ni con palancas ni con tretas, ni con argucias o aspavientos... Mientras tanto la esperanza me susurraba al oído un “espera tranquilo” que calmaba y colmaba la impaciencia. Entonces supe que alguien, que algo, algún día, vendrá para mostrarme el otro lado de lo que siento, para cantarle nuevos versos al alma del poeta...

Foto Q.R.

Pablo…


Ayer disfrutamos de la pintura, el sonido y la palabra en una mezcla perfecta. No ha sido la primera vez. Tampoco será la última. Pablo nos invitó a descifrar con letras su arte y el resultado fue, como no podía ser de otra manera, espectacular. Quince de sus obras para quince autores, amigos, autores amigos… En la presentación, la música y la palabra fueron susurradas e interpretadas por el talento de los niños mientras la imagen se fusionaba con ambas y vigilaba desde las paredes blancas del claustro que nos vio crecer.

Gracias, amigo, por ser así. Gracias, amigo, por contar conmigo…

A mí me puso en suerte un dibujo en el que una pluma, de las de siempre, de las de tintero antiguo, de las de borrón y cuenta nueva, nos enseña su figura en plenitud… y yo, que entiendo lo que entiendo cuando lo entiendo, que siento lo que siento cuando lo siento, que veo lo que veo cuando no miro, que transformo a mi antojo y conveniencia lo que cae en mis manos, le entregué un texto antiguo que ahora, para mi estado de ánimo, encaja perfectamente en este espacio y en este tiempo.



Ahí la tienen, por si no me creen.


La copa en que libo...

Si la copa en que libas, si el labio que oprimiste
acaban donde todo comienza y se concluye,
piensa que ahora eres el mismo que ayer fuiste,

y más allá no harías nada más que aquí hiciste.
Omar Khayyam

No ambiciono ser lectura, acaso llegar a ser una página en blanco en los límites de tu cuerpo. No pretendo escribirte en la noche, quizás redactarme en los suaves trazos que perfilan tu materia. No deseo palabras lejanas que cuenten nada, tan sólo conjugar aquellos verbos que se atrevan a describir tu ser. No ambiciono otra cosa que no sea poder sentir lo que dentro de mí cuenta en secreto tu alma. Y contárselo a los demás para que me crean.






Posdata: Feliz Navidad, si es que existe, a todas las personas de buena voluntad. Y a las que no la tienen, también.

En la ciudad última…


En el ancho estrecho de la clara oscuridad
vivo copiando palabras que se dejan numerar…
Por el claro oscuro de la estrecha anchura
paso buscando números que se puedan "palabrar"...

En la ciudad última cuadrará el círculo de nuevo, se cerrará el tiempo para nosotros. Y para los que fueron como nosotros... Sé que será allí, a la orilla misma del sosiego. Junto al bronce del muelle del Rey antiguo seremos testigos privilegiados del acontecer y comprobaremos con asombro – porque a pesar de todo, todavía cabe la sorpresa - cómo en medio de esa apacible bruma, de esa extraña tranquilidad, una sombra sonríe. Y no dice nada. Porque al que todo sabe no le hacen falta palabras. Y luego vendrá el río con su majestad. Y se encargará - como sólo él sabe cursar - de la lluvia caída, para que llegue despacio hasta el mar de la media luna, en una expedición infinita, sin retornos, sin preguntas vanas, sin respuestas indeseadas. Siempre fue así en la tierra que guarda la paz. Siempre será así donde reside la saudade. Por eso sé que en ese enclave está el final. Entonces, descubriremos que el Reparador de Sueños nos ha estado guiando durante todo el camino y que gracias a él y a sus mágicos abracadabras hemos podido llegar hasta el lugar donde las heridas curan sin remedio. Y no hará falta que nadie sople más, porque el viento de la noche se habrá llevado las nubes que colmaron y calmaron una sed que nunca pedimos, que jamás tuvimos.

No sé cuándo ni cómo - tampoco me preocupa -, pero hoy siento que hay que iniciar ese viaje. Sin dilación. El futuro, si es que existe, no espera…

Abracadabra, pata de cabra… yo este conjuro voy a hacer, me tienes que creer… Abracadabra, pata de cabra…

Una frase…


- Usted me da una frase y yo le construyo un sueño… A veces me las arreglo con una sola palabra…

- ¿Cómo dice?

- Que si me cuenta qué le preocupa, qué le acongoja, en cinco minutos le invento una ilusión y se olvida del problema. Tenga en cuenta que llevo desde que tengo uso de razón haciéndolo. Fabrico sueños para los demás, ese es mi oficio. Hay gente, más de la que usted cree, que no sabe hacerlo, no sabe vivir. Y yo tengo esa virtud, caballero. Invento historias. Una cada cinco minutos. A veces, incluso, tardo menos en hacerlo. Después, como un buen sastre, tomo las medidas del paciente y se las adapto al cuerpo. Es muy importante saber el tipo y el tamaño que se necesita en cada ocasión… No hay dos personas iguales. Tampoco existen dos sueños iguales… Perdone que no me saque la mano del pecho pero el otro día me robaron la cartera…

- Ya, pero eso no vale para nada…

- No se equivoque. Lo más importante que se puede hacer es soñar, aunque sea mentira. Tener un sueño a mano siempre es un buen recurso para los afligidos. El mejor, me atrevería a decirle. Aunque uno sepa que después no se va a poder cumplir. Debe usted saber que muchos son imposibles, irrealizables, inabarcables... Soñar es gratis y mientras dura, cuando uno tiene un buen sueño preparado, la ilusión por él ciega otras muchas cosas feas. Por cierto, esa bata blanca no le sienta bien, debería cambiar su uniforme…

- ¿Cómo dice que se llama?

- Creí que se lo había dicho... Bonaparte. Napoleón Bonaparte.




Sé que he tardado un poco en volver, pero esta mañana, muy temprano, he tenido que ir a buscar el sol. A ver si acaso con la luz…

De fondo suena The boxer... Simón & Garfunkel... Lai la lai…

Un tren a Lisboa…



No sería capaz de describir el más pequeño pormenor del viaje, el más pequeño trecho de visible. He ganado estas páginas por olvido y contradicción. No sé si eso es mejor o peor que lo contrario, que tampoco sé lo que es. El tren afloja, es el Caes do Sodré. He llegado a Lisboa, pero no a una conclusión. Fernando Pessoa.

Sueño un tren que me lleva a Lisboa… Que parte en la noche desde la casona de la “agüela” y recorre despacio la ciudad que un día me vio nacer. Hay preparadas dos mochilas – siempre dos, no lo olviden - con cuatro camisetas, dos pares de calcetines, una cantimplora, cinco engatusados besos para alargar horarios y mucha ilusión. Los besos no los doy yo. La anciana sonríe... Y ese tren, tranquilo en su traqueteo, lento en el caminar, me llevará hasta aquel pueblo de Las Hurdes que contaba con las estrellas más grandes del mundo. Y parará otra vez, para mí, para que las contemple, para que sienta la luz blanca difuminar la consciencia… hasta que me venza el sueño. Despertaré en otro lugar, junto al riachuelo que vive al lado de la gran encina, la más hermosa, la dueña de nuestros secretos, los más lejanos, los que se aferraron a las esperanzas de la sierra madre. Entonces, mientras la mañana refleja mi recuerdo entre la sombra de aquellos pinos, escucharé el silbido del revisor y una voz gritará de antiguo: ¡Viajeeeros al treeen! Y yo, viajero siempre, trotamundos de pensamiento, palabra y omisión, peregrino de anhelos, retornaré a mi asiento, esta vez de primera clase, y retomaré la vida. Más tarde, sólo un poco más tarde, se detendrá en el Foro de los nietos de la loba para que hable con la juventud. Y robaremos cosas. Y llenaremos el cuento con miles de japoneses con cámaras telescópicas. Y reiremos con saña, como se ríe a esa edad...

Después seguiremos al destino. El bailado y pausado traqueteo del viejo tren aliviará los sobresaltos de un viaje inesperado. Y en la frontera desaparecerán las vías para siempre. Para llegar a la ciudad última, a la Lisboa del mar por Alfama, al cachazudo Lusitania le bastan “caminhos do Ferro”, que son más poéticos y más gráciles que nuestros serios raíles. Y yo, ahora, prefiero cosas que no pesen… Santa Apolonia y Chiado me esperan, las calles con cuestas y el olor a mar también. Pessoa y lo incierto, tal vez. Y acaso volveré a ver las lecturas que se me cayeron, las que se callaron aquel día de lluvia. Y buscaré entre los cachivaches de Ladra el sosiego. Y encontraré la saudade en la cafetería de los escritores antiguos y los poetas bohemios que se fueron, junto a la estatua de bronce… en cualquier rincón, en cualquier esquina, en cualquier lugar de la Vieja Dama.

Sueño un tren que nos lleva a Lisboa… En el entretanto, espero tranquilo en el bar de una estación.

Sueños…


En la imagen hay un solar abandonado. Y dos personas, frente a frente.
Una niebla espesa difumina de sus caras los rasgos que definen quiénes son, quiénes pueden ser, quiénes no serán, quiénes serán cuando haya luz.
Se ven pero no se alcanzan. Se miran, se estudian en la distancia, …
Veo más cosas, pero no me detengo a contemplar las circunstancias que dan lugar al todo. Es posible, no probable, que alguna vez uno de los dos hubiera estado antes en aquel lugar. Con otras caras. Con otras vidas. Con otra edad.
Desconozco si es como lo percibo. Tampoco lo intento averiguar porque me invade el sopor cuando intento pensar en ello.
Uno de ellos soy yo, termino siendo yo.
Giro el cuerpo a derecha e izquierda. Miro hacia atrás. No hay nada. Las otras cosas son nada.
El vacío rodea mi cuerpo.
Lo único que queda está en el frente. Y no sé quién tengo delante. O sí.
La niebla va desapareciendo, poco a poco.
Descubro lentamente la visión y me aferro a lo que no quiero ver.
Se van borrando los cuerpos.
Al final se pierden… como se pierde en el olvido casi todo. O no.
La historia vuelve a empezar:
En la imagen queda otra vez el solar abandonado. Y dos personas frente a frente.
Entonces me despierto… O tampoco, que todo es posible.


El maullido...


Yo no.
Yo no suscribo.
Yo no conozco al gato.
Todo lo sé, la vida y su archipiélago,
el mar y la ciudad incalculable,
la botánica,
el gineceo con sus extravíos,
el por y el menos de la matemática,
los embudos volcánicos del mundo,
la cáscara irreal del cocodrilo,
la bondad ignorada del bombero,
el atavismo azul del sacerdote,
pero no puedo descifrar un gato.
Mi razón resbaló en su indiferencia,
sus ojos tienen números de oro.
Pablo Neruda.


En la aterida y temprana mañana de aquel domingo se acercó hasta mí para preguntarme si le invitaba a un café. ¿Quiere usted también una magdalena?, le dije convencido sorprendiendo a mi desconfiada inteligencia, a la recelosa sospecha por la presencia mal vestida de un extraño. ¿Por qué le tendría yo que invitar a una magdalena si no lo conozco de nada?, pensé. Me vendría muy bien, gracias, porque no he comido nada desde ayer, alegó en un tono que en otro momento hubiera parecido una excusa.

Volvió a la mesa, la única vacía de aquel bar, y con un gesto torero y desenfadado hacia una de las sillas que le rodeaban me incitó a acompañarle. No sé por qué, pero me senté con él. Durante diez o quince minutos o yo qué sé cuánto tiempo no hablamos, ni una sola palabra se cruzó entre nuestras perdidas miradas. Creo que él observaba el horizonte. Y yo tampoco. Dio buena cuenta del desayuno y tras limpiarse con una servilleta de papel como sólo saben hacerlo los señores en el después de un festín, me miró a los ojos y dijo: ¿A usted no le “aúllan” los gatos?

Tampoco sé por qué pero en aquel momento no me sorprendió la pregunta. O sí, que ahora no lo recuerdo bien. Le quise decir que ya me había maullado alguno, pero le contestó mintiendo la otra voz que habla por mí cuando estoy en el lugar donde se esconden las palabras: Todavía no.

Se levantó de la silla, se puso un raído abrigo gris, ajustándose un sucio fular al cuello y se marchó. Un segundo antes de abandonar la cafetería y dejarme con la soledad y un café medio vacío como únicos compañeros se dio la vuelta y me dijo: ¡Ya le aullarán!

Entonces supe que ese día los dos estábamos ocupando un mismo espacio. Y aunque aún no me había dado cuenta, su experiencia ya lo sabía.

Para Qq.
Él sabe por qué,
aunque no sepamos el cuándo.

Despierto y veo...



Despierto de aquel día de sol y veo tus pies sumergidos en el verano de la fresca y pura orilla del Sur. Hay una mirada perdida en el horizonte, tal vez intentado llegar hasta la ultima línea del último confín con el último pensamiento, acaso preparando un camino imposible o ajustando las cuentas que no le cuadran al alma. Intento seguir tu estela, acompasando ese pensamiento con vivencias que llegan hasta el fondo, mas no alcanzan el lugar donde cobijo la inteligencia y la razón. Sé que quisiste imaginar el paisaje sin haber estado allí, pero hay campos que no se pueden ver ni en sueños, amigo.

En determinados estados del ánimo, las palabras huyen del papel para alojar sus miedos en el conocimiento. Atropellan los sentimientos e impiden, de algún modo, coordinar el lenguaje, expresar lo que se quiere decir. En ese momento sólo apetece gritar, liberar miserias. Hoy los alaridos que arrancan y arrasan mi garganta son tan desgarrados que siento que el cielo se abre ante mí y las nubes se apartan para que pueda ver el camino por el que te fuiste. Hoy tengo una vieja pluma nueva que me ayudará en el después a reescribir lo vivido y lo amado, hermano.

Mañana seré yo el que invada ese lugar, el que cuando sienta el agua mojar mis pies, mirará hasta el final desde la base del continente, buscándote. Entonces me dirás, con la verdad que sólo tú me decías las cosas, que enarene el recuerdo intranquilo y amase con ternura lo de ayer. Y yo, obedeceré. Y tú, desde esa parte, desde el azul infinito, desde el lugar donde se pierde la última raya, me dirás otra vez que todo está bien. Y yo, por fin, reconfortaré mi espíritu sabiéndote a mi lado mientras buscamos juntos esperanzas y alegrías.

Buen viaje amigo, buen viaje hermano.

J.R.

Y un día...


Disfruté tanto tanto cada parte

y gocé tanto tanto cada todo,
que me duele algo menos cuando partes
porque aquí te me quedas de algún modo.

… Si uno fuera a llorar cuando termina
no alcanzaran las lágrimas a tanto…

(Silvio. Requiem. Frag.)

Y un día dejará de llover detrás de nuestros cristales. Juntaremos las manos y saldremos de nuevo al campo, todos juntos, como hicimos siempre, a respirar aire puro. Y comprobaremos que el sol sigue saliendo por donde solía para que las flores nos puedan enseñar sus colores; que los árboles, presumidos, mecerán sus ramas a nuestro paso, más firme que nunca; que la tierra tendrá que dejar que marquemos en su cuerpo las huellas, esta vez sin rechistar. Y aunque todo parezca igual, sabremos por ese olor a tierra mojada que la hierba ese día es más fuerte y más verde que nunca.

Entonces seremos libres para quitarle poder a la vida, para arrebatarle de un tirón sus oscuras estrategias, para robar impunemente lo que sólo fue capaz de expoliar en la desdicha, en el más mínimo descuido de aquel ser. Porque tenemos derecho. Por eso lo haremos. Y porque somos muchos y no se nos vence fácilmente…

Estaré allí, estaremos ahí...

Y en nuestra orquesta los cobres destacaron sobre los demás sonidos, tapando el desgarrador aullido de los violines.

A San.

(…) Así como tu cuerpo era de frágil,
enérgica y viril era tu alma.
De un solo trago largo consumiste
la muerte tuya, la que te destinaban,
sin volver un instante la mirada
atrás, tal hace el hombre cuando lucha.
Inmensa indiferencia te cubría
antes de que la tierra te cubriera.
El llanto que tú mismo no has llorado,
yo lo lloro por ti. En mí no estaba
el ahuyentar tu muerte como a un perro
enojoso. E inútil es que quiera
ver tu cuerpo crecido, verde y puro,
pasando como pasan estos otros
de tus amigos, por el aire blanco
de los campos, vivamente.
Volviste la cabeza contra el muro
con el gesto de un niño que temiese
mostrar fragilidad en su deseo.
Y te cubrió la eterna sombra larga.
Profundamente duermes. Mas escucha:
Yo quiero estar contigo. NO ESTÁS SOLO.
(Luis Cernuda)


A Consum.

Estaré allí, cuando despiertes. Cuando decidas volver de ese oscuro rincón en el que ni el tiempo, juez implacable, se atreve a pasar verás que alguien se acordó de quién eres o cómo fuiste un día.
Estaré allí, junto a tu sombra. En la rutina del silencio me encontrarás vigilante y preparado por si fuera necesario acometer empresas para las que nunca estuvimos preparados, para las que nadie está preparado.
Estaré allí, en tu reverso. Cuando las traseras de tu memoria decidan recordar los hechos que te llevaron a ese espacio infinito en el que sumerges la mente, tan sólo tendrás que silbar o extender la mano para sentir de nuevo el calor de un ser humano.
Estaré allí, en la conciencia. Porque la conciencia no permite el descanso hasta que alguien decide apoyar los sufrimientos más íntimos, los sentimientos imposibles, los que acompañan a uno en la soledad...

Estaré allí, no lo olvides.

Estaremos ahí, por si lo olvidas.

¿Razonamiento lógico?

Hacía tiempo que no traía a este lugar a esos extraños seres que convierten mi casa en un hogar, pero el sucedido de ayer creo que merece ser contado para que estén preparados si les ocurre algo parecido.

Por mandato expreso de un simpático profesor, compré un instrumento musical en la tienda de un amigo para un chaval de siete años que vive conmigo y que cuando sea mayor quiere ser como Camalardo, su personaje favorito de los dibujos animados.

Las instrucciones eran claras: Marca XX, modelo XX, color XX. Y así se hizo. O así se tenía que haber hecho, porque cuando desempaquetamos aquel artefacto la sorpresa del niño fue mayúscula – la mía también, por qué no decirlo - y el aparato era más grande de lo previsto, más dorado de lo esperado, más instrumento de lo que iba a tocar en su vida, más caro, incluso, que el que usaba el profesor, más… Algo no cuadraba. El señor de la tienda se había equivocado y nos había dado uno que valía cuatro veces más que el que habíamos adquirido. Pagué un Seat 600 y me llevé a casa un Mercedes último modelo con todos los extras. Más o menos.

Llamé a la tienda y les comuniqué el error. Gracias por la llamada, me dijo aliviado el comerciante, porque antes o después - justo en el momento en el que advirtiera que faltaba en la colección la trompeta de Louis Armstrong, pensé yo -, me habría vuelto loco buscándolo…

Entonces sucedió. Cuando colgué, el pequeño me miró con cara de sorpresa y me dijo: ¿Por qué has llamado?, ¡Nos lo podíamos haber quedado, tonto!

En ese momento de debilidad es cuando un buen padre como yo tiene que hacer ver a un chaval cómo son las cosas, cómo hay que actuar en esta vida, cómo hay que respetar las reglas y ser honrado siempre. Yo no me puedo quedar con algo que no es mío, le contesté. Piensa que si me hubieran dado otro peor hubiera llamado a la tienda y me lo habrían cambiado también. Además, si no lo hubiera devuelto, no me sentiría bien.

Después de unos instantes de reflexión se dirigió de nuevo a mí convencido: Yo también fui honrado una vez.

La seguridad de su reflexión me hizo ver que la conversación iba a tirar por unos derroteros que no eran los deseados pero no tuve más remedio que continuar y escuchar su disertación: Un día, en el cole, me encontré un Gormiti. Era el que más me gustaba porque era el número 1 de la serie agua, pero al final del recreo vino un niño y me dijo que era suyo. Entonces se lo tuve que devolver…

A pesar del pequeño matiz que introdujo y que va desde la obligatoriedad (se lo tuve que…) a la deseada voluntariedad (se lo devolví), le dije que había hecho muy bien y que no era tan difícil renunciar a lo que no es de uno.

Pensé que aquella frase iba a poner el punto final a lo que nos traíamos entre manos y había entendido el mensaje. Sobra decir que no fue así. Se dio la vuelta y abandonó la estancia, sentenciando con aire de suficiencia: Tienes razón porque yo tampoco me sentí bien cuando se lo di.

Anuncio de otoño...

Un pavoroso ventarrón sopló sobre mi existencia, llevándose parte de los tejados y las cornisas de la ciudad que me vive. Un terrible y repentino aguacero se desplomó sobre mi conciencia y arrancó los árboles de mi calle, desparramando a latigazos sus hojas en un otoño súbito. Una inmensa granizada se precipitó al vacío de mi alma, colapsando los tragantes que alivian la cordura de mi barrio. Un amargo festival de rayos y centellas se rebeló en la memoria, revelando parques sin niños o jardines sin flores en la anegada oscura oscuridad de aquella noche.

El después fue un inmenso mojito de hojas machacadas entre el agua y el hielo acumulado. También un correr y no parar entre katiuskas con olor a alcanfor rescatadas del olvido. El paisaje terminó adornando su vestidura con lo que fue la vida de miles e incautos gorriones que esta vez, como nosotros, no vieron venir lo que se avecinaba. El silencio sepulcral de la mañana da fe de lo que digo. Perdón, quise decir de lo que escribo.

En el mucho después, en la seca recogida de la catastrófica catástrofe, se hicieron cientos y cientos de montones verdes para que las máquinas se dieran un merecido festín. En mi calle, sin embargo, ahí siguen ocho días más tarde. Han empaquetado la tormenta y la han dejado ahí, tal vez para que recordemos lo que puede volver a pasar, acaso como un serio aviso de lo que irremediablemente volverá a suceder mañana.


NOTA: Las fotos han sido sacadas de internet al azar. Mientras estuve achicando agua se me olvidó hacer alguna que diera fe de lo que pasó.

A pesar…


Dime por favor donde no estás
en qué lugar puedo no ser tu ausencia
dónde puedo vivir sin recordarte,
y dónde recordar, sin que me duela.
Dime por favor en que vacío,
no está tu sombra llenando los centros;
dónde mi soledad es ella misma,
y no el sentir que tú te encuentras lejos.
Jorge Luis Borges.

A pesar de esa distancia de los últimos meses que ahora comprendo – compañero del alma, tan temprano -, la memoria que reflejo me contaba que estabas ahí, detrás de los recuerdos más cercanos, en un despacho repleto de casas por hacer, en un aula gris de un antiguo palacio, en un viaje interrumpido por la suerte, en apuntes de Derecho subrayados, en una reunión de viejos amigos por celebrar, en una larga conversación a media mañana… A pesar de que la vida aleja a cada cual por su vereda – un manotazo duro, un golpe helado - , el encuentro fue común en nuestros días y el verdadero apego, el que llegó desde la infancia y vivencias paralelas, nunca perdió su compostura. Cuando la ausencia se hace presente sin previo aviso, cuando la desgracia rompe en un momento la rutina – y sin calor de nadie y sin consuelo, voy de mi corazón a mis asuntos -, se agiganta el valor de la amistad y un profundo agujero barrena el alma. Y es para siempre. Entonces se añora lo vivido y se teme el ahora como si uno mismo fuera parte de lo que no le sucedió.

Ayer, cuando partías, comprobé que todo puede ser diferente si hay un sentido final para lo que hacemos, si somos capaces de apartar la rutina material de una existencia, si somos capaces de creer que hay algo más detrás de aquella puerta que lo cierra todo - que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero -. Y es que llegamos a ser tan necios que programamos los mañanas sin disfrutar de lo inmediato, de esas pequeñas cosas que hacen más grande – y más feliz - a un hombre si supiera que en cada momento, en cada instante, hay algo de valor que aprovechar, algo para querer, todo para disfrutar. Por eso quiero que sepas que he roto esa agenda repleta de citas sin escribir que guardaba en un cajón para el mañana y que ya no voy a cumplir, no pienso cumplir. Intentaré vivir día a día, minuto a minuto, segundo a segundo, para no perder nada en el camino que luego me pueda hacer falta. A mí o a mi alma, si es que tengo.

Hoy sé que tú lo supiste ver.

Buen viaje, amigo. Buen viaje, Antonio.

Copenhague ...











Y de repente…


Y de repente, las ganas. A los pies de las Marismas me dijo el que sabía, el que siempre sabe, el que no descansa, que a veces es así, que no tiene importancia alguna la indolencia porque la vacación en el diario, en lo que uno hace cada día por costumbre, es necesaria. Sencillamente no es el momento y otras ocupaciones, acaso más importantes, rellenan el hueco que dejan la pluma y el tintero en la mente. Es tiempo para recopilar o asumir, para empapar o embeber, para observar y absolver. Del mañana ya hablaremos…
En ello estoy perdido…

Vivo en lagunas que poblaron los deseos de transmitir, de contar algo que me despierte y active el sopor que vegeta en mí y reflejo nítidamente en los demás, los que sin interés me acompañan. Ha pasado más de un mes desde el último esfuerzo. Hoy sé que es diferente porque se ha vuelto a poner en marcha el mecanismo que pone mi cuerpo delante del blanco inmaculado y me impulsa a contar cosas, aunque en el después no tengan sentido o posibilidad alguna de rehabilitación. O sean mentira, que todo es posible a estas alturas de la comedia. Tal vez ni siquiera estoy allí, donde la mar acuna con fandangos y alegría el continente, y el todo fue soñado.

No ha cambiado nada. O cuando menos eso quiero creer. Los acontecimientos de los últimos meses permanecen inalterables. ¿Acaso son inalterados? Una llamada confirma lo que digo aunque no soy dueño de la certeza que tranquiliza el absoluto, que adormece la falta de sosiego. Y es que esta vez sí importan los detalles porque cualquier cambio, por pequeño que sea, afecta al estado de ánimo.

El Sur sigue siendo un bullicio continuado. ¿O es continuo? Se siente y se padece de puertas hacia fuera. Y se vive al día. El ruido no se cansa nunca de gritar y el sueño, el que proporciona descanso a los sentidos, es cada vez más difícil. El silencio descansa en el lugar del que partí pero el intenso ¿o es inmenso? calor me impide ratificarlo y permanezco anclado a ese paisaje de azul infinito y sal, de despintadas barcas y puestas de sol imposibles, de blanca luna llena y mareas.

Hay frentes que hay que acometer sin pausa en el mañana. Mas mañana es hoy y en unas horas partiré en busca de lo que no perdí, de lo que siempre está ahí, en las traseras de la tranquilidad. Sé que de donde vengo y a donde vuelvo no son el mismo lugar. No importa y me conformo.

En el entretanto entretengo los pensamientos en este rincón secreto de sosiego donde la cabeza se mece al compás de las olas mientras suena de fondo una salve rociera. En el horizonte vive la sierra madre y el frío, la huerta y el agua clara. En la recámara diviso Copenhague y al Príncipe Hamlet perdonando la vida a su tío Claudio. Ser o no ser…

 
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