Me sigo moviendo…

Foto Wikimedia

Amanezco. Sentado en un veloz caballo de hierro que olvidó el humo y el chu chú en el andén de una estación de la aldea que me aguanta, adelanto paisajes sin retorno. Todo se mueve a mi alrededor. Todo gira, todo cambia… Demasiada velocidad para un pensamiento, para ese pensamiento que me hace feliz y que escondo de los que no comprenden. Demasiada vista en el horizonte para asumir tan pronto. Compruebo – aquí no cabe la sorpresa - que lo único que permanece anclado al territorio soy yo, ese hombre que conoce lo demás, ese hombre que no percibe cosa alguna de sí. Un, dos, tres… He llegado al destino…

Esta ciudad existe porque la estoy pisando. Sólo por eso. Acabo de descubrir que no era el recuerdo de un año apartado en la memoria de una juventud. Es mucho más. Es parte de la raíz. Nosotros lo sabemos. Ella también. Las calles recogen aún en su empedrado un manojo de cartas amarillas. Esas cartas, la caligrafía perfecta que envidié, anunciaban el después en lo que ayer viví, en lo que ahora vivo. Y son para no leer. O no son para leer. O sí, que tampoco se sabe en este instante quedo…

Veo gentes que se mueven sin ton ni son. Más sin ton que con son. Que van a todos lados y a ninguna parte. De alguna manera este lugar también es ninguna parte. Entre esos seres se desplaza una figura difusa que reconoce con claridad lo que trasluce mi inteligencia, lo que pergeño en el silencio. Lo sé porque sonríe y los demás - no pueden observar más allá, es imposible -, miran al suelo. Nadie sonríe de verdad si no está contento - se percibe en lo que atisban sus ojos -. Nadie dirige esa mirada al suelo si no vive en gris. Sé que yo también algunas veces miro al suelo. Sé que no me gusta el gris…

Ya de vuelta – los billetes no daban otra opción. Mi forma de ser, tampoco -, oigo el chu chú y huelo el humo. No es posible… O sí. Puede que esté regresando a mí, otra vez…

Más tarde, mucho más tarde, aparezco en esa casa. Tres, dos, uno...

Me muevo…


Una bailarina danza en las madrugadas del desvelo que ocupa mi raciocinio. Ayer estuve con ella. Volvió en la noche, desde un sueño de otro tiempo. Se metió en el lugar donde antes el cuerpo que me habita descansaba sin remedio. Lo hizo sin avisar… Para ella no hay puertas que atravesar o muros que saltar. Seguía vistiendo de trapos y brillaba en la oscuridad de la luz y de las palabras. Un día de hace algunos años se aferró a mí cuando metí la mano en la montonera de peleles en aquel tenderete del mercado medieval. Desde entonces, cuando sabe de ese frío que se mete en el cuerpo por donde vegeta el descuido, viene a verme en el silencio, en las tinieblas, donde las imágenes sólo son posibles en una imaginación, donde se conjuga el ser en plenitud. Y me cuenta cosas al oído, muy bajito, de esas que calman la sed. Y me susurra un nombre, es el mío, ese nombre figurado que representa lo mejor de mí mismo... Y me hace bailar... Y cantar... Lará lará lará...

Ayer me dijo que siguiera la senda, que no parara aunque oyera voces o gritos, que sólo uno sabe a dónde va, que uno siempre acaba sabiendo a dónde va...

Ayer bailé hasta el amanecer. Y hoy no estoy cansado.

Rarezas...



Esta noche la ventana que me habla me lleva a otro lugar, cerca de lo indiscreto, lejos de lo cotidiano, de lo que bien me hace.

¿A quién le interesa una verdad si no es su verdad? Hoy se me ha vuelto a caer el cielo encima de lo que tiento y la luna, tantas veces reflejo de lo que miro, se marchó con un cometa sin despedirse, se enamoró de su cola, llevándose la sonrisa. Ya no hay tren en ese andén que espere a lo que no llega. El penúltimo salió ayer... El agua de su antigua chimenea se evaporó en el horizonte de su traqueteo sin calmar una voz ronca y seca como la que me ocupa. ¿A quién le interesa esa verdad si no se puede cantar? La una y media es un punto en el recuerdo que acompaña perenne lo que veo y la maleta que me arrastra, la que guarda mis conjuros, se perdió en el aeropuerto de la ciudad de los espejos, donde todos se miran a sí mismos. Tengo un calendario repleto de fechas que manejan a su antojo lo que no se olvida. Tengo un orden y un concierto anclados a la memoria. El concierto fue un fracaso. El orden calló y cayó desvalido entre el tumulto de los indecisos. ¿A quién le interesa una verdad que no se puede contar? Si te pudiera decir… Si te pudiera cantar… Si te pudiera contar…

Sé que yo también seré tan sólo una fecha en el calendario de otros, pero eso será mañana… De momento todavía sé quién soy y guardo los recuerdos a buen recaudo.

Si es cierto que todo está en su sitio ¿por qué me sigue doliendo la cabeza?

Me siento...


Me siento a la puerta y embebo mis ojos en los colores y en los sonidos del paisaje, y canto lento, sólo para mí, vagos cantos que compongo mientras espero…

Me siento a la puerta y pienso en lo que fui, en lo que ahora no soy…

Me siento a la puerta y veo un lugar que me habita y no existe…

Me siento a la puerta y siento que el todo está en uno mismo…

Pienso, veo y siento… Mi patria soy yo. Va a donde yo voy. Es la infancia de una calle con piedras y una luz sin farolas. Y un amigo que viene a buscarme a la puerta de casa años más tarde. Mi patria soy tú y un te quiero que dejé por olvido en la vergüenza de un pupitre vacío, que no pudo salir de aquel aula. Mi patria me sigue detrás, en la sombra que retiene silencios por saber demasiado. Es también una ola, una risa y un llanto. Es la claridad y el sol, la letra de una canción común y un verde paraje apartado en la sierra, un viejo colegio y uniformes azules con medias, un futuro a esculpir muy despacio en la dura piedra que me sirve de espejo y revela otro yo. Mi patria no sabe de luchas, de antiguas querellas o disputas vanas porque no es de tierra, banderas o signos, ni de raza o cunas, ni linajes vacuos. Sólo ve mañanas… Es verdad tan real y cercana que siento cómo saca los codos o clava sus uñas para defenderse de las alimañas. Y es, por y sobre todo, un sueño de ojos abiertos que levanto cada jornada y que adapto como quiero a esa figura frágil que me sostiene en el aire. Mi patria viene conmigo y cambia cada día, como cambio yo…

Rarará rarararará rarararará rararararaaaa…

Inflexión…


Ah, no es verdad que la vida sea dolorosa o que sea doloroso pensar en la vida. Lo que es verdad es que nuestro dolor sólo es serio y grave cuando lo fingimos tal. Si somos naturales, se pasará lo mismo que ha llegado, se esfumará como ha crecido. Todo es nada, y nuestro dolor en ello. Fernando Pessoa.

A veces, cuando miro para atrás, veo un punto de inflexión que reclama el total de mis atenciones y me enseña con dureza que en el ayer algo recto se torció para siempre. Cuando espero un poco más y reflexiono soy capaz de subir un peldaño y otear claramente que no es más que un punto en una curva que ha cambiado de sentido el gráfico que me representa. Porque lo que llamamos vida, al fin y al cabo es un plano blanco atravesado por una raya muy gorda que fluctúa, que sube o baja, en función de los destinos, de los afectos, de lo sentido, del calor del sol, del estado del viento o del capricho de un gris nubarrón. Hoy, sin embargo, debo haber subido otro escalón y ese punto se difumina en mi consciencia y es sólo un cambio morfológico que padecen las palabras que transcribo. Hoy el dictado viene relajado y no sabe - ni se preocupa por ello - a dónde va. Últimamente nunca sabe a dónde va, pero tampoco importa.

Ayer estuve lejos y comprobé que el todo viaja con uno, que no es sencillo dejar una parte en casa y creer que metiendo en la maleta la ropa que luego nos hará falta estamos preparados para lo que luego vendrá. En un bolso no tienen cabida las cosas intangibles, las invisibles, las inciertas, las que dan respuestas o generan preguntas. Ayer estuve lejos y me lleve conmigo lo que ni siquiera me atrevo a contarme. Sé que el miedo no aporta nada al hombre pero hay ocasiones que se acerca por la espalda, no lo ves venir, y te sorprende. Intuyo que hay que aprender a vencerlo, aunque no de cualquier manera. Hacerle frente con descaro puede ser una solución. Cambiarle las reglas - sus propias reglas, si es preciso -, probablemente otra. Sin dar pasos no se avanza en el camino.

Sigo buscando… Continuaré por el Todo sin olvidarme del Quién, para acabar en el Más, que es donde me encuentro a gusto.

Tengan ustedes un buen día.


Partiré...


El viento es un caballo:
óyelo cómo corre

por el mar, por el cielo.

Quiere llevarme: escucha

cómo recorre el mundo

para llevarme lejos.

Escóndeme en tus brazos

por esta noche sola,

mientras la lluvia rompe

contra el mar y la tierra

su boca innumerable.

Escucha como el viento

me llama galopando

para llevarme lejos.

Pablo Neruda.


Hoy partiré de nuevo… Marcho a lo desconocido. Cogeré el hatillo en el que envuelvo lo que siento y volaré a un mundo que sólo existe en la imaginación que me desvela. Hoy partiré de nuevo hacia lo que nunca espera. Y olvidaré que un día estuve ahí, junto a esa sombra mía que persigue al hombre que no es. Hoy, como ayer, tengo un viaje escondido en la manga que hace trampas al ser que me respira, que le engaña con cuentos extraños de otro tiempo y fábulas imposibles. Mas si queréis saber dónde me hallo, buscadme en los adentros, en ese rincón apartado de la noche donde está lo que se entiende, en el trastero viejo que recoge y recorre sin un orden la distancia… Allí me encontraréis, a bordo y preparado, ligero de equipaje, como siempre, y casi desnudo, como los hijos de la mar y aquel poeta.


Y no voy solo. Así no voy solo... Me llevo en el recuerdo más tierno un abrazo entrañable del viento…


El regalito…


El otro día fui a Madrid. El comentario no tendría ninguna importancia si no fuera por lo que me pasó y que les voy a contar como buenamente pueda.

Tengo una amiga que se enteró de mi visita y que tiene un piso en la capital del reino en el que pasa algunas temporadas. Entonces me dijo que si no me importaba…, que ya que iba a pasar por delante de su puerta…, que tenía que recoger unas cosillas que se le habían olvidado la última vez que fue…, que si se las podía traer..., que no me preocupara por las llaves…, que el portero del inmueble las tenía…, que ella le llamaba para que me las diera….

Hasta esta parte de la historia, justo cuando accedí a realizar el “mandado”, todo iba bien.

Cuando me faltaban unos kilómetros para llegar, me llamó y me dijo: Oye, que te las tienes que apañar tú solito con las llaves y convencerle para que te las entregue…, que no tenía el teléfono del portero y envié un sms a una amiga para que me lo facilitara…, que me lo envió enseguida…, que la contesté en otro sms diciéndole que muchas gracias y que Dios se lo pagara con un buen polvete…

Entonces, en ese momento fue cuando la historia se empezó a torcer. Ahora me comprenderán...

Vale, le dije yo, no es que el mensaje a tu amiga sea el más adecuado pero ¿cuál es el problema? Y mi amiga, a la que voy a llamar a partir de ahora mi ex-amiga, me espeta con una tranquilidad total que ¡¡¡se ha equivocado de teléfono!!!! y le ha deseado ese “polvete” al portero del inmueble. Terminó la conversación telefónica diciéndome: ¿No te pensarás que ahora voy a hablar yo con ese hombre! ¡Nunca voy a volver a llamarle! ¡Arréglatelas como puedas! Adiós.

Y colgó.

He de reconocer que en un principio se me soltó la risa. Incluso la carcajada, diría. Pero cuando llegué a la garita donde se refugiaba aquel hombre me cambió la cara: Sesenta y muchos años, absolutamente afeminado y una cara de cachondeo descomunal.

Cuando intenté presentarme, dejó tranquilamente las gafas en el mostrador y con una sonrisa pícara me dijo un “quería las llaves ¿no?” que me empezó a mosquear. Metió sus manos en el bolsillo y me las entregó diciéndome: Venga, que le acompaño yo a la vivienda…

En ese instante me di cuenta de que aquel individuo había pensado que yo era su regalo, el deseado polvete que había estado esperando toda la mañana gracias al sms de mi ex-amiga…

¡No! Le dije sobresaltado. No venga usted conmigo. Ya me apaño yo solito.

Viento…


Nada soy yo,
cuerpo que flota, luz, oleaje;

todo es del viento

y el viento es aire siempre de viaje.

Octavio Paz


Esas palabras duermen en silencio dentro de un recipiente con forma humana, esperando tal vez un momento más favorable… El verbo busca su espacio lentamente, en las conjugaciones regulares, como yo… Amar, temer, partir… Hay una consciencia que intuye que incluso el viento cambia de aires sin previo aviso. Y el aire sólo sabe a dónde va cuando llega a su destino.

Hay un roble cambiando de forma, evolucionando cada segundo. Debe elegir entre el bambú o el viento.

Desconoce que es viento hace tanto…

Primum vívere…


Hoy tengo casi todas las palabras.
Pero me faltan casi todas.

Cada vez me faltan más.
Apenas si puedo unir éstas que escribo

para decir el resto de ternura

y el hueco de temor
que se esconden en la ausencia de todo,

en la creciente ausencia
que no pide palabras…
Roberto Juarroz.

… Sigo moviendo las letras dentro de lo abstracto…

¡Mira!… ¿Qué ves? Sólo son palabras. Verbos jugando a ser mayores, adjetivos colocados para la ocasión que se adornan a sí mismos, sustantivos perdidos en su propia definición… Si uno no se asoma, tampoco será capaz de ver lo que se mueve detrás de la ventana. Si uno no busca en ese detrás, tampoco sentirá el vértigo… Y sin vértigo no hay nada. Hay que hacer un esfuerzo, lo sé. A veces, aun en el error, merece la pena.

En ocasiones llegan a alcanzar un sentido, diferente en cada cual que las percibe, eso sí, mas no creo que haya que buscar ese sentido en las explicaciones primarias, en las que se tropiezan con el individuo cuando acaba de llegar. No son visibles. Lo que importa se resguarda en la otra cara de la luna, donde nadie ha llegado.

Busco el equilibrio y lo encuentro en el borde del abismo, en ese precipicio que anima a no caer, a mantener una imposible quietud en el límite del acantilado que me mantiene erguido. A mí y a lo que pienso. A mí y a lo que siento... Soy un funámbulo a la orilla del alambre que ha perdido en el tiempo el pie que le sostiene…

Repaso con cariño lo que tengo guardado en el cajón, en ese apartado que me permite respirar cada mañana. Son sólo letras que se unen para lanzarme al vacío. Y el vacío es irresistible. Y esperanzador. Hay tres palabras que amortiguan la caída. Siempre sobró la última. La cantidad, para determinadas cuestiones, sobre todo para las del alma, no es medible. Nunca fue contable. Se siente o no se siente. Se es o no se es… Aquí no cabe el estar. La gran diferencia entre los dos grandes es que en el estar se vive acompañado mientras que en el ser se vive y se enfrenta en soledad. En el ser está uno mismo con sus circunstancias. En el estar permanecen atentos los demás.

Hay también una mirada que se mete en lo que escondo, desde lejos… Ni siquiera las palabras se atreven a explicar... pero eso es otra historia.

Seguimos por lo abstracto, negociando por lo indefinido…

Demorará…


Lo que espero con ansia demorará... Sé que demorará. Aquello que busco en el viejo baúl de la memoria ha partido desde la sombra hacia la claridad, sin esperarme, en uno de esos viajes donde no se encuentran billetes de vuelta, donde las taquillas, clausuradas por orden gubernativa, cuelgan un cartel que amenaza con "vuelva usted mañana". Eternamente mañana. Siempre mañana...

Hay un nada dentro del todo que me representa, mas un día volverá la emoción a brillar donde aquello termina, en el límite de mi propio yo. Y de tu propio tú. Veo también a un loco que me reclama entre los cuerdos, que ahora ríen estridentes y descompasados desde sus propios temores, que también los tienen. Pero nadie le hace caso. Yo tampoco porque nunca estoy cuando me hago falta. El loco soy yo.

Paseo despacio, sin posar los pies, por la soledad que me rodea. Intento escapar. Otra vez. Recorro sigiloso el patio que guarda la fuente que me bebe y salgo por fin a la calle... No hay nadie junto a mi sombra. Una vez más la sombra... Zapatillas, música y una mente en blanco me llevan hasta donde no quería llegar, hasta el principio de todo.

Me salva que tengo una rosa... Me queda en el recuerdo una rosa que alguien robó de madrugada... No se me ocurre otra manera de volar... Tampoco necesito otra... Y en el entretanto sigo moviendo las letras dentro de lo abstracto, rodando en lo absurdo, girando por lo que yo sólo y solo entiendo. O tampoco, que todo puede ser.

Ad líbitum…


Hay un sitio para mí al fondo de la esperanza… Es un lugar escondido donde se alojan los buenos. ¿Quieres venir? Yo te llevo… Una calle donde el sol no vive de los recuerdos, una plaza en la memoria que nace cada mañana, un rincón en el que el aire se respira, siente y habla con la parte que más quiero. Es como un pequeño tramo de esa vida, - perdón, quise decir otra cosa - de esa dulce melodía que interpreto como quiero, donde el ritmo no se impone y la armonía es camelo, donde el autor ha dejado un hueco entre las "confusas", las "difusas", la redonda o la corchea y el compás que a mí me suena retumba entre lo que anhelo. Es un paraje tranquilo donde las letras se cantan, donde basta una palabra, una mísera palabra, y se conjuga otro cuento en el que la bruja mala, el lobo, el ogro y lo negro han salido de parranda y se han perdido lo bueno. Voy a ir a ese lugar que inventé en un desespero…

Hay un sitio para mí al fondo de ese futuro… ¿Quieres venir? Yo te llevo…

Suena Frank. My way…

Veo más...



Veo a Sansón debajo de un templo… Y dos columnas que caen en lo que tuvo que ser un homenaje al Dios del mar. Los filisteos han dejado de reír porque en la modernidad el cielo se ha vuelto a derrumbar con estrépito sobre sus cuerpos. Veo más... Un solo golpe para que cambie la historia. Nunca dejó de transmutar para volver a repetirse… ¿Dónde está Dalila? ¿Cuándo se fue…? La fuerza del hombre, del todopoderoso, ha sido vencida. Hay más… Todavía no sabe que los cascotes de la derrota a veces esconden pequeños triunfos. Hoy el héroe del ayer ha descubierto con asombro que se puede engañar a una vida, pero no a un corazón.

Disperso…

Foto Q.R.

Todo era azul delante de aquellos ojos y era
verde hasta lo entrañable, dorado hasta muy lejos.
Porque el color hallaba su encarnación primera
dentro de aquellos ojos de frágiles reflejos.
Miguel Hernández.

Aquella noche levanté un puente, construí un río, dibujé un paisaje… y los coloqué en medio del frío que en la madrugada me acosaba. Compré una ventana de madera grande con restos de nieve de aquella sierra mora que un día nos vivió y el más confortable sillón, para observarlo todo tras los cristales. Recolecté unas cuantas hojas con un viento suave y las hice revolotear antes mis ojos como en esos otoños que traían placidez hasta la puerta de mi casa. Y muchos colores, verdes, blancos, grises… Y un sol amarillo. Traje el ciprés que cobija mi sombra y la chimenea de la casa antigua repleta de brasas. Y me refugié dentro de un pequeño vaso de vino que desde aquel río, cálido y dulce bajaba por la garganta hasta mi cocina. Allí se guisaban a fuego muy lento un poco de paz, un tiempo perdido y mucha armonía. Y llené con gentes, las que me interesan, las que siempre son, un espacio inerte para hacerlo vivo. Después, para completarlo, cogí tres acordes y unas cuantas notas que fueron hilando, sonriendo y bailando hasta que juntaron una melodía. Y luego, más tarde, para terminar, saqué de un cajón la fotografía, la que más me gusta, la que descubrí no hace muchos días, esa que me observa con tranquilidad, con serenidad y con alegría... Y le di la mano. Y me acompañó por lo que no había. Y creyó también que lo que soñé - porque lo soñé - tal vez existía…

Al amanecer, cuando desperté, allí estaba el río, el paisaje, el puente… me olvidé del frío…

Una llave…

Foto Q.R.

Y allí estaba la puerta cuya llave no vi;
Y allí se alzaba el velo que lo ocultaba todo:

Un vago murmurar cerca de Ti y de Mí
se escuchó...
y después nada, ni de Mí ni de Ti.

Omar Jayyám


Paseé por un campo en el invierno verde del valle que me respira en el estío. Recorrí cada rincón buscando mañanas, mas el futuro no descansa en la campiña, ni en aquellos prados donde el ganado pasta en plenitud, ni en las montañas de cuento dichoso, ni siquiera en lo profundo de esas aguas que cristalinas caen desde la nieve hasta mis ganas de beber, hasta esa sed insaciable que me ocupa.

Entretuve con acierto la aflicción entre seres diminutos que alegres jugaban en estancias de otra época, más señorial o distinguida tal vez. Y sentí que había vida en lo que anhelo…

Engañé a la angustia entre jamón y amistad, entre risas y vino, sorbiendo despacio lo que se me ofrecía, aquello que se me daba sin preguntas inciertas, sin respuestas obligadas.

Me burlé del desaliento de madrugada, junto a un fuego que sin querer arder calentaba los recuerdos que me habitan.

Me planté debajo del gran árbol cuando el sol se apagaba, para fundirme en uno con su savia, para llegar lentamente a los rudos brazos que equilibran su porte, su saber estar indiferente al paso del tiempo. Y pensé en transformarme en flor, su flor, antes de la primavera, si acaso fuera preciso.

Y quise atravesar con todas mis fuerzas esa puerta, la que esconde lo que esconde, cuando percibí que en un descuido – no pudo ser de otra manera - se habían llevado la llave que descerraja los sentimientos. Sepan ustedes que no conseguí abrirla. Ni con palancas ni con tretas, ni con argucias o aspavientos... Mientras tanto la esperanza me susurraba al oído un “espera tranquilo” que calmaba y colmaba la impaciencia. Entonces supe que alguien, que algo, algún día, vendrá para mostrarme el otro lado de lo que siento, para cantarle nuevos versos al alma del poeta...

Foto Q.R.

Pablo…


Ayer disfrutamos de la pintura, el sonido y la palabra en una mezcla perfecta. No ha sido la primera vez. Tampoco será la última. Pablo nos invitó a descifrar con letras su arte y el resultado fue, como no podía ser de otra manera, espectacular. Quince de sus obras para quince autores, amigos, autores amigos… En la presentación, la música y la palabra fueron susurradas e interpretadas por el talento de los niños mientras la imagen se fusionaba con ambas y vigilaba desde las paredes blancas del claustro que nos vio crecer.

Gracias, amigo, por ser así. Gracias, amigo, por contar conmigo…

A mí me puso en suerte un dibujo en el que una pluma, de las de siempre, de las de tintero antiguo, de las de borrón y cuenta nueva, nos enseña su figura en plenitud… y yo, que entiendo lo que entiendo cuando lo entiendo, que siento lo que siento cuando lo siento, que veo lo que veo cuando no miro, que transformo a mi antojo y conveniencia lo que cae en mis manos, le entregué un texto antiguo que ahora, para mi estado de ánimo, encaja perfectamente en este espacio y en este tiempo.



Ahí la tienen, por si no me creen.


La copa en que libo...

Si la copa en que libas, si el labio que oprimiste
acaban donde todo comienza y se concluye,
piensa que ahora eres el mismo que ayer fuiste,

y más allá no harías nada más que aquí hiciste.
Omar Khayyam

No ambiciono ser lectura, acaso llegar a ser una página en blanco en los límites de tu cuerpo. No pretendo escribirte en la noche, quizás redactarme en los suaves trazos que perfilan tu materia. No deseo palabras lejanas que cuenten nada, tan sólo conjugar aquellos verbos que se atrevan a describir tu ser. No ambiciono otra cosa que no sea poder sentir lo que dentro de mí cuenta en secreto tu alma. Y contárselo a los demás para que me crean.






Posdata: Feliz Navidad, si es que existe, a todas las personas de buena voluntad. Y a las que no la tienen, también.

En la ciudad última…


En el ancho estrecho de la clara oscuridad
vivo copiando palabras que se dejan numerar…
Por el claro oscuro de la estrecha anchura
paso buscando números que se puedan "palabrar"...

En la ciudad última cuadrará el círculo de nuevo, se cerrará el tiempo para nosotros. Y para los que fueron como nosotros... Sé que será allí, a la orilla misma del sosiego. Junto al bronce del muelle del Rey antiguo seremos testigos privilegiados del acontecer y comprobaremos con asombro – porque a pesar de todo, todavía cabe la sorpresa - cómo en medio de esa apacible bruma, de esa extraña tranquilidad, una sombra sonríe. Y no dice nada. Porque al que todo sabe no le hacen falta palabras. Y luego vendrá el río con su majestad. Y se encargará - como sólo él sabe cursar - de la lluvia caída, para que llegue despacio hasta el mar de la media luna, en una expedición infinita, sin retornos, sin preguntas vanas, sin respuestas indeseadas. Siempre fue así en la tierra que guarda la paz. Siempre será así donde reside la saudade. Por eso sé que en ese enclave está el final. Entonces, descubriremos que el Reparador de Sueños nos ha estado guiando durante todo el camino y que gracias a él y a sus mágicos abracadabras hemos podido llegar hasta el lugar donde las heridas curan sin remedio. Y no hará falta que nadie sople más, porque el viento de la noche se habrá llevado las nubes que colmaron y calmaron una sed que nunca pedimos, que jamás tuvimos.

No sé cuándo ni cómo - tampoco me preocupa -, pero hoy siento que hay que iniciar ese viaje. Sin dilación. El futuro, si es que existe, no espera…

Abracadabra, pata de cabra… yo este conjuro voy a hacer, me tienes que creer… Abracadabra, pata de cabra…

Una frase…


- Usted me da una frase y yo le construyo un sueño… A veces me las arreglo con una sola palabra…

- ¿Cómo dice?

- Que si me cuenta qué le preocupa, qué le acongoja, en cinco minutos le invento una ilusión y se olvida del problema. Tenga en cuenta que llevo desde que tengo uso de razón haciéndolo. Fabrico sueños para los demás, ese es mi oficio. Hay gente, más de la que usted cree, que no sabe hacerlo, no sabe vivir. Y yo tengo esa virtud, caballero. Invento historias. Una cada cinco minutos. A veces, incluso, tardo menos en hacerlo. Después, como un buen sastre, tomo las medidas del paciente y se las adapto al cuerpo. Es muy importante saber el tipo y el tamaño que se necesita en cada ocasión… No hay dos personas iguales. Tampoco existen dos sueños iguales… Perdone que no me saque la mano del pecho pero el otro día me robaron la cartera…

- Ya, pero eso no vale para nada…

- No se equivoque. Lo más importante que se puede hacer es soñar, aunque sea mentira. Tener un sueño a mano siempre es un buen recurso para los afligidos. El mejor, me atrevería a decirle. Aunque uno sepa que después no se va a poder cumplir. Debe usted saber que muchos son imposibles, irrealizables, inabarcables... Soñar es gratis y mientras dura, cuando uno tiene un buen sueño preparado, la ilusión por él ciega otras muchas cosas feas. Por cierto, esa bata blanca no le sienta bien, debería cambiar su uniforme…

- ¿Cómo dice que se llama?

- Creí que se lo había dicho... Bonaparte. Napoleón Bonaparte.




Sé que he tardado un poco en volver, pero esta mañana, muy temprano, he tenido que ir a buscar el sol. A ver si acaso con la luz…

De fondo suena The boxer... Simón & Garfunkel... Lai la lai…

Un tren a Lisboa…



No sería capaz de describir el más pequeño pormenor del viaje, el más pequeño trecho de visible. He ganado estas páginas por olvido y contradicción. No sé si eso es mejor o peor que lo contrario, que tampoco sé lo que es. El tren afloja, es el Caes do Sodré. He llegado a Lisboa, pero no a una conclusión. Fernando Pessoa.

Sueño un tren que me lleva a Lisboa… Que parte en la noche desde la casona de la “agüela” y recorre despacio la ciudad que un día me vio nacer. Hay preparadas dos mochilas – siempre dos, no lo olviden - con cuatro camisetas, dos pares de calcetines, una cantimplora, cinco engatusados besos para alargar horarios y mucha ilusión. Los besos no los doy yo. La anciana sonríe... Y ese tren, tranquilo en su traqueteo, lento en el caminar, me llevará hasta aquel pueblo de Las Hurdes que contaba con las estrellas más grandes del mundo. Y parará otra vez, para mí, para que las contemple, para que sienta la luz blanca difuminar la consciencia… hasta que me venza el sueño. Despertaré en otro lugar, junto al riachuelo que vive al lado de la gran encina, la más hermosa, la dueña de nuestros secretos, los más lejanos, los que se aferraron a las esperanzas de la sierra madre. Entonces, mientras la mañana refleja mi recuerdo entre la sombra de aquellos pinos, escucharé el silbido del revisor y una voz gritará de antiguo: ¡Viajeeeros al treeen! Y yo, viajero siempre, trotamundos de pensamiento, palabra y omisión, peregrino de anhelos, retornaré a mi asiento, esta vez de primera clase, y retomaré la vida. Más tarde, sólo un poco más tarde, se detendrá en el Foro de los nietos de la loba para que hable con la juventud. Y robaremos cosas. Y llenaremos el cuento con miles de japoneses con cámaras telescópicas. Y reiremos con saña, como se ríe a esa edad...

Después seguiremos al destino. El bailado y pausado traqueteo del viejo tren aliviará los sobresaltos de un viaje inesperado. Y en la frontera desaparecerán las vías para siempre. Para llegar a la ciudad última, a la Lisboa del mar por Alfama, al cachazudo Lusitania le bastan “caminhos do Ferro”, que son más poéticos y más gráciles que nuestros serios raíles. Y yo, ahora, prefiero cosas que no pesen… Santa Apolonia y Chiado me esperan, las calles con cuestas y el olor a mar también. Pessoa y lo incierto, tal vez. Y acaso volveré a ver las lecturas que se me cayeron, las que se callaron aquel día de lluvia. Y buscaré entre los cachivaches de Ladra el sosiego. Y encontraré la saudade en la cafetería de los escritores antiguos y los poetas bohemios que se fueron, junto a la estatua de bronce… en cualquier rincón, en cualquier esquina, en cualquier lugar de la Vieja Dama.

Sueño un tren que nos lleva a Lisboa… En el entretanto, espero tranquilo en el bar de una estación.

Sueños…


En la imagen hay un solar abandonado. Y dos personas, frente a frente.
Una niebla espesa difumina de sus caras los rasgos que definen quiénes son, quiénes pueden ser, quiénes no serán, quiénes serán cuando haya luz.
Se ven pero no se alcanzan. Se miran, se estudian en la distancia, …
Veo más cosas, pero no me detengo a contemplar las circunstancias que dan lugar al todo. Es posible, no probable, que alguna vez uno de los dos hubiera estado antes en aquel lugar. Con otras caras. Con otras vidas. Con otra edad.
Desconozco si es como lo percibo. Tampoco lo intento averiguar porque me invade el sopor cuando intento pensar en ello.
Uno de ellos soy yo, termino siendo yo.
Giro el cuerpo a derecha e izquierda. Miro hacia atrás. No hay nada. Las otras cosas son nada.
El vacío rodea mi cuerpo.
Lo único que queda está en el frente. Y no sé quién tengo delante. O sí.
La niebla va desapareciendo, poco a poco.
Descubro lentamente la visión y me aferro a lo que no quiero ver.
Se van borrando los cuerpos.
Al final se pierden… como se pierde en el olvido casi todo. O no.
La historia vuelve a empezar:
En la imagen queda otra vez el solar abandonado. Y dos personas frente a frente.
Entonces me despierto… O tampoco, que todo es posible.


El maullido...


Yo no.
Yo no suscribo.
Yo no conozco al gato.
Todo lo sé, la vida y su archipiélago,
el mar y la ciudad incalculable,
la botánica,
el gineceo con sus extravíos,
el por y el menos de la matemática,
los embudos volcánicos del mundo,
la cáscara irreal del cocodrilo,
la bondad ignorada del bombero,
el atavismo azul del sacerdote,
pero no puedo descifrar un gato.
Mi razón resbaló en su indiferencia,
sus ojos tienen números de oro.
Pablo Neruda.


En la aterida y temprana mañana de aquel domingo se acercó hasta mí para preguntarme si le invitaba a un café. ¿Quiere usted también una magdalena?, le dije convencido sorprendiendo a mi desconfiada inteligencia, a la recelosa sospecha por la presencia mal vestida de un extraño. ¿Por qué le tendría yo que invitar a una magdalena si no lo conozco de nada?, pensé. Me vendría muy bien, gracias, porque no he comido nada desde ayer, alegó en un tono que en otro momento hubiera parecido una excusa.

Volvió a la mesa, la única vacía de aquel bar, y con un gesto torero y desenfadado hacia una de las sillas que le rodeaban me incitó a acompañarle. No sé por qué, pero me senté con él. Durante diez o quince minutos o yo qué sé cuánto tiempo no hablamos, ni una sola palabra se cruzó entre nuestras perdidas miradas. Creo que él observaba el horizonte. Y yo tampoco. Dio buena cuenta del desayuno y tras limpiarse con una servilleta de papel como sólo saben hacerlo los señores en el después de un festín, me miró a los ojos y dijo: ¿A usted no le “aúllan” los gatos?

Tampoco sé por qué pero en aquel momento no me sorprendió la pregunta. O sí, que ahora no lo recuerdo bien. Le quise decir que ya me había maullado alguno, pero le contestó mintiendo la otra voz que habla por mí cuando estoy en el lugar donde se esconden las palabras: Todavía no.

Se levantó de la silla, se puso un raído abrigo gris, ajustándose un sucio fular al cuello y se marchó. Un segundo antes de abandonar la cafetería y dejarme con la soledad y un café medio vacío como únicos compañeros se dio la vuelta y me dijo: ¡Ya le aullarán!

Entonces supe que ese día los dos estábamos ocupando un mismo espacio. Y aunque aún no me había dado cuenta, su experiencia ya lo sabía.

Para Qq.
Él sabe por qué,
aunque no sepamos el cuándo.

 
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