Lisboa, meu amor.


En otra vida fui portugués. En otra vida nací en Lisboa.

¡Ah, qué mañana es ésta, que me despierta a la estupidez de la vida, y a su gran ternura! Casi lloro, viendo aclararse ante mí, debajo de mí, la vieja calle estrecha, y cuando los cierres de la tienda de la esquina ya se revelan castaño sucio en la luz que se extravía un poco, mi corazón siente un alivio de cuento de hadas verdaderas, y empieza a conocer la seguridad de no sentir.
¡Qué mañana esta amargura! Y ¿qué sombras se apartan? ¿Qué misterio ha habido? Nada: el ruido del primer tranvía como un fósforo que va a iluminar la oscuridad del alma, y los pasos altos de mi primer transeúnte que son la realidad concreta que me dice, con voz de amigo, que no esté así.

Fernando Pessoa. Del libro del desasosiego.

Cogí el Elevador de Santa Justa que me transportó al cielo de Alfonso I Henriques para visitar la Igreja do Carmo, vestida de huesos desde aquel fatídico 1755. Tomo un café en la pequeña plaza de la que arranca el Largo do Carmo, donde un bigotudo y flaco sesentón canta a Dylan, de forma extraña, en un perfecto inglés, guitarra en mano y suave armónica que aprieta su hambre al cuello.
Desde los salones de té del pavilhao chinés, en la Rua de Pedro V, 68, contemplo sus paredes repletas de vitrinas con antigüedades y miniaturas de todo tipo, principalmente motivos de guerras antiguas y nuevas. Millones y millones de soldaditos de plomo en continua batalla con los de las estanterías superiores e inferiores. Desde fuera parece un restaurante chino y su bermeja puerta permanece en ocasiones cerrada para que sólo al más osado que llama le permitan pasar.
Llego hasta A Brasileira, lugar en el que dicen que se sirve el mejor café del mundo. Observo como Luiz de Camoés, el mayor poeta en lengua portuguesa que se atrevió, incluso, a hacer sonetos en castellano, vigila desde lo alto de su promontorio en la plaza a la que da nombre a un sentado y triste Pessoa que mira con recelo y de reojo al viperino Antonio Ribeiro "Chado", el chillón, que recita de manera impensable venenosos poemas desde el siglo XVI. No se miran. No se atreven. Ni siquiera parecen conocerse.
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Compruebo feliz la llegada del eléctrico 28, el pequeño tranvía amarillo que da color a la gris ciudad, en su sinuoso recorrido por el empedrado de la vieja y empinada Lisboa. Calles imposibles. Madera y hierro se funden en uno para llevar juntos a turista y carterista por las cuestas y callejas de la bella ciudad: Chiado, Alfama, Barrio alto, Castelo de San Jorge y Baixa conocen de memoria su traqueteo. La Praza do Comercio parece ser el final de sus correrías bajo la atenta mirada de un Tejo moribundo.
Lisboa es un río, Lisboa es un mar, Lisboa es el agua que mira al pasar... Lisboa es un puente, otro puente y más… Lisboa son palomas desplumadas, palomas cojas, palomas con exceso de confianza hacia los locos humanos, palomas que picotean los restos de pasteis en las mesas de la Casa Brasileira. Lisboa es turista, es cosmopolita, es la Rua Augusta, es el viejo Tejo, es la libertad. Son siete colinas sin la presumida Roma, son siete balcones llenos de emociones, siete miradores para ver con arte como los tejados de la vieja Alfama flotan en el mar, siete santuarios de mirada incrédula, siete maravillas… Lisboa está en cuesta para que sus casas aparezcan superpuestas y el navegante pueda ver por completo, sin perder detalle, su fisonomía al pasar.
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Lisboa espera, sin reconstruirse, sin posibilidad alguna, pacientemente. Lisboa espera siempre que un viejo fado cante y llore sus desventuras delante de un escaparate de moda. Viejas fachadas de presumidos azulejos intermitentemente desgastados, ventanas de madera blanca raídas por el salitre y el viento, suelos dameros blancos y negros, negros y blancos, blancos… Lisboa espera, sin fin, el momento de la llegada del nuevo cataclismo, sin esperanza alguna, sin necesidad de restaurar lo que inevitablemente, un día, volverá a caer.

Los setecientos

Algunos volverán en féretros de madera de cedro, inertes cuerpos tallados en el sagrado sándalo del Líbano que el burocrático e interesado francés separó de la romana Siria. Les ungirán con su volátil aceite y los devolverán uniformados como héroes de una nación sin patria. Setecientos hijos de buenas madres parten a controlar lo que no tiene control con el permiso de los próceres, que no prohombres, de la marchita rosa, la desplumada gaviota y la malvada serpiente.


Y todo ello será contemplado por las fenicias Tiro y Sidón, atacadas sin piedad, una y mil veces, por las incursiones mesopotámicas y cartaginesas. Cae una, se yergue la otra, en sucesiva hegemonía bajo el yugo del joven rey Pigmalión. Nada cambia. La historia repite lo irrepetible.


¡Oh Israel! ¡Oh pueblo elegido por Yavhé para vagar y divagar por los siglos de los siglos! ¡Oh Salomón! ¿Dónde está tu justicia? David, tu hijo más joven, el elegido, yace ahora estrellado después de derrumbar con ira su propio templo.


La vieja Beritus, tantas veces destruida en su envidiosa carrera por igualar a la milenaria Jerusalen, esconde en sus entrañas cientos de inocentes cuerpos aplastados por la implacable sed de los vampiros del sur.


¿En nombre de quién se hace tanto daño? ¿Qué Dios es capaz de soportar tanta ingratitud? ¿Acaso Alá? ¿Tal vez Yavhé? ¿El Dios de los cristianos? ¿Ni uno sólo de los grises mandatarios puede entender que es el mismo? Mahoma y Jesús lloran desde allá las desgracias que infligieron a sus desagradecidos pueblos… Abraham repasa la Torah, sigue buscando un error, un solo error que le otorgue la luz suficiente, la luz que sacará a su pueblo del oscuro túnel del tiempo.

Me voy pal Sur





Tengo que cambiar el aire, la luz, los olores… Voy a cambiar el aire, la luz, los olores… ¡Me voy pal Sur!

Durante unos días seré yo, otra vez. Echo de menos el mercado, sus perfumes, su suelo húmedo y gris, la baldía discusión con las señoras sobre la subida de los precios y lo mal que está la mar, el color de los pescados en los blancos mostradores, los paquetes de papel envolviendo las gambas, el chorro de agua fina de las coquinas purificándose…

Durante unos días seré yo, otra vez. Echo de menos la luz que sin darme cuenta inunda mis pupilas y me hace sentir que estoy en otra tierra, que también es ya mi tierra, el calor de sus despreocupadas gentes y, por supuesto, que me llamen "fenómeno" con esa alegría que sólo allí se tiene...

Durante unos días seré yo, otra vez. Echo de menos la desatención por el vestido, por el móvil, por sentirme imprescindible. Necesito sentarme en una terraza y a la umbría del mediodía beberme dos o tres "vazos" acompañados de mi familia y amigos y de alguna que otra tapa de "choquitos" que tan bien me sientan.

Durante unos días seré yo, otra vez. Echo de menos el mar, la mar, ¡sólo la mar! Su color azul inmenso, los barcos de vela que adornan su pelo, las sinuosas marismas y sus blancas salinas, la larguísima playa de arena fina, la bocana del puerto y el ruido del motor de los pesqueros que me susurran de madrugada,…

Durante unos días seré yo, otra vez. ¡Mañana me voy pal Sur!

Si alguien va para el Sur, no pregunte por mí. Allí soy otro. Allí soy yo. Y no me conocen.

Hasta la vuelta.



Posdata: Y no me llevo quince cocineros. No los necesito. No me hacen falta. Los de allí "fritan" los "pescaítos" como nadie.





Los calzoncillos



Siempre me dio vergüenza comprarlos. Sé que es un trauma, mi pequeño trauma, mi particular trauma, pero no logro superarlo. Uno va a las tiendas y compra lo que le hace falta, sin miedo, sin aspavientos, sin desmesuras, sin conocimiento a veces, pero nunca he sido capaz de comprar calzoncillos. Tampoco he entendido la cultura que por la ropa interior tienen las mujeres y la naturalidad con la que piden sus tallas, telas y colores. Soy incapaz de entrar en una tienda y solicitar de forma espontánea a una dependienta, porque habitualmente además es una mujer, que quiero unos calzoncillos de la talla G, 50% algodón y 50% poliester. Además, no puedo soportar la posterior mirada al espacio que va entre mi cintura y el inicio de mis piernas de esa señora cotejando que la talla que le he dicho es la correcta. Creo, además, que la palabra "slip" fue adoptada por el castellano para que la pudiéramos usar aquellos a los que nos da vergüenza comprar calzoncillos.
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Hace poco me encontraba absolutamente incómodo con la ropa interior que llevaba puesta porque alguien había planchado la goma que la sujeta a la cintura y me picaban ¡cómo picaban! No lo pude resistir y decidí comprar unos nuevos en una tienda que me salió al paso. Una vez hube seleccionado un par ellos, me coloqué en la fila para abonarlos. Entretanto, con mis flamantes calzoncillos en la mano, un chaval de doce o trece años de edad que me precedía y que ese día debía haber comido alubias, alivió parte de su carga y un pesado olor inundó la estancia. No pude evitar pensar que para las personas que estaban en la tienda yo no era más que un simple señor que se había cagado durante la jornada laboral y había decidido entrar de forma súbita a comprar nueva ropa interior. No tuve más remedio que coger a vuelapluma unos cuantos pares de calcetines y una camiseta interior, que no me hacía falta, para evitar ser el centro de atención de tan concurrida sala.
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Ayer me volvió a suceder. Hace poco descubrí unos "slips" de microfibra y sin costuras que en nada se parecen a los que venía usando asiduamente. Los había visto un día, por casualidad, haciendo la compra general en el Carrefour. Así que allí me dirigí para comprar unos cuantos (de esto siempre hay que comprar unos cuantos para no volver a por ellos en una temporada). Con el sigilo que me caracteriza y una vez que tuve cuatro en mi poder, me puse en una caja en la que casualmente no había nadie esperando. ¡Ya está! ¡Pago y me voy! ¡Solucionado! ¡Pasé el trago!…
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¡Qué iluso! La cajera debía estar en prácticas. No sabía cómo funcionaba la cinta transportadora, ni el mecanismo exacto con el que se abría la caja. Después de diez minutos de pruebas ya se había generado una cola de cinco carros y siete u ocho personas observando qué pasaba entre la cajera y aquel señor que tenía cuatro calzoncillos en la mano. Pero ahí no acabaron mis problemas. El precio que me solicitó se me hizo muy alto. Al revisar el ticket comprobé que me había cobrado siete. Señorita, la espeté, se ha equivocado, me ha cobrado "siete de estos" y sólo he comprado "cuatro". Pues tiene que ir a "atención al cliente" para que le devuelvan el dinero, me dijo muy segura. ¡Pero si me acaba de cobrar! A regañadientes y aceptando las "normas de la empresa" y evitando las miradas de los que esperaban impacientemente me dirigí rápidamente allí.
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Detrás del mostrador un joven se afanaba en atender a varias personas a la vez. Cuando me tocó el turno e intentando que nadie se enterara de lo que me pasaba, le dije en voz baja: Es que he comprado "cuatro de estos" y me han cobrado siete. ¿Calzoncillos? Preguntó en voz alta el idiota (porque hay que ser idiota para no saber que lo que tenía entre las manos eran unos calzoncillos de microfibra de última generación sin costuras). Sí, contesté. Es que la chica de la caja me ha dicho que aquí me devolverían lo cobrado indebidamente. No se preocupe, ahora paso el código y le devuelvo el dinero, me dijo.
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¡Ya está! Me devuelve mi dinero y me voy. De repente me sobrecogí de nuevo. El idiota volvía a hacer de las suyas: ¡Mariiii! ¿Cuál es el código de los calzoncillos? Es que le tengo que devolver el dinero a este señor, gritó de nuevo señalándome "calzoncillo en alto" ante la mirada curiosa de no sé cuántas personas. Ya no sabía qué hacer, no sabía si dejar los calzoncillos allí, renunciar a recuperar el dinero o saltar el mostrador y empezar a golpear al idiota. Después de varios intentos fallidos el maldito código fue bien recibido por el ordenador, me devolvió mi dinero y finalmente pude salir de allí.
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Ya no habrá próxima vez. Ya no habrá vergüenzas. Cuando tenga que volver a comprar calzoncillos lo haré como Supermán. Me pondré unos encima de los pantalones y una capa en la espalda con un letrero que diga: ¡Voy a comprar calzoncillos! ¿Pasa algo?

Probando, probando...

Estoy probando todos los tipos de letras que aparecen en mi blog para elegir el que más me gusta. Cursiva para los textos de los demás. Negrita para incidir en algo. ¿Acaso no se nota? Para los gustos se inventaron los colores. El tamaño no importa, según dicen las malas lenguas. ¡Vaya mes más tonto que llevo!

El reencuentro

Aquella expedición descubrió con asombro que aquella leyenda era verdad. Viejos marinos borrachos en mugrientas tabernas habían contado durante generaciones la existencia de aquel lugar. El cielo se tornó negro en pleno día y la calma se hizo en el agua de una manera absolutamente siniestra hasta convertir las velas cuadradas del viejo bergantín en porcelana. Empezaron a sonar suaves melodías que a modo de cantos de sirena atrapaban la conciencia de quiénes escuchaban como si Ulises aun estuviera vivo. Todo ello se entremezclaba con tenues voces que lanzaban contra el barco variopintos mensajes melodiosos y desgarradores a la vez, bellas promesas llenas de ternura, cantos de amor y pasión… En ese pedazo de mar se habían depositado durante años los recuerdos de muchas generaciones, recuerdos que habían llegado a través de los ríos de la vida y que las corrientes habían transportado gratuitamente. Nunca se pudo fijar el punto exacto del encuentro en los mapas y ni siquiera el capitán se atrevió a inscribir, a fuer de ser considerado loco, en las cartas de navegación los hechos. Aquel lugar estaba en el corazón de cada uno y sólo aquel que pretendiera de veras encontrarlo, lo hallaría para siempre. El mar de la memoria lo llamaron.



De repente se encontraron en mar abierto. Se hizo el día, desaparecieron los cantos y mensajes y las velas comenzaron de nuevo a ondear al viento. Todos parecían despertar de un agradable sueño. Todos, menos el capitán. Aquel individuo permanecía impasible mirando al horizonte, como si no hubiera querido salir nunca de aquel lugar al que se aferraba como el náufrago a su tabla, como si algo le atrapara para siempre. ¿Qué recuerdos le habrían sobrecogido? ¿Qué voces hicieron que no quisiera o pudiera regresar a su estado normal? Después de tres días con sus noches sin articular una sola palabra, una sola frase, una sola expresión, un marinero oyó como decía en voz baja y desgarradora a la vez: ¡Madre!


Durante muchos años vagó por los hospicios de todo el país. Su rebeldía sólo era entendible por la crueldad que el destino le había marcado y que ni sus más íntimos colaboradores conocían. Durante mucho tiempo sólo le mantuvo vivo la memoria de su madre, a la que en los últimos tiempos no era capaz de poner cara ni en sueños. Su rostro se había borrado y eso le dolía en lo más profundo. Pero la memoria es tan aleatoria y tan imprevisible que por fin pudo hablar con ella, sentir su cariño, sus abrazos, su voz dulce y suave… Nunca conoció a su padre y su madre, quien le amó como nadie podría jamás amar y como sólo una madre es capaz, le abandonó cuando tenía cinco años por culpa de la mal llamada gripe española. Desde entonces todo fue una ruina. Su pensamiento nunca comprendió la soledad. ¿Quién puede comprender la soledad de un niño? Hasta hoy, cuando se reencontró con ella, cuando el mar de la memoria hizo posible que terminara de escribir esa página maldita, cuando por fin comprendió que la vida es ruin con los propios que la generan, cuando entendió que su madre nunca le había abandonado, que siempre estuvo con él…

La Dama de noche

Imagínate
que eres mi dama,
mi último sueño,
mi más roja flama.
Imagínate
que somos nosotros,
tú y yo para siempre,
que no eres de otro".






Mi dama ya no huele. Cuando niño, en la casa de mis abuelos, solíamos jugar en aquel viejo y sombrío patio, bañarnos en la fuente de piedra que un día tuvo peces de colores y soportar el riego constante de mi padre, al que una simple manguera le hacía feliz.

Aquella casa, hoy convertida en un triste y moderno despacho de abogados, aparejadores, contables, agentes inmobiliarios y demás sujetos potencialmente peligrosos, ha dado la espalda al viejo patio. Y la dama ya no huele…

Las noches de verano destacaban por el extraño frescor de aquel lugar en mitad del desierto, la fragancia que desprendía la Dama al atardecer y por la exuberancia de sus maravillosas flores blancas. Empezaba el tiempo de calor y la Dama liberaba todo su arsenal de colores y olores. Pero ya no...

He llegado incluso a hacerle la "emboscada de la buganvilla", a la que se le hace pasar sed y calor durante unos días y luego se la inunda de agua para que, en un concierto total, exploten sus flores al unísono. Nada. Ni por esas…

He terminado en el convencimiento de que todavía espera a su particular jardinero. Pero no volverá. Hace años partió a regar otros campos. Ella sigue ahí, esbelta, floreada, engalanada sólo para él… pero sin soltar una pizca de su perfume. Espera paciente e infinitamente a su Galán. Espera en vano. No volverá.


ia

¡Por las barbas de mi corcel! ¡Nos han descubierto! A mí y al individuo que vive dentro de mi cuerpo que me cuenta las cosas que escribo. Y además parece que les gustan. Ahora ¿qué tengo que hacer? ¿He de agradecer a cada uno los benévolos comentarios que hicieron? ¿Tengo que hacerme el despistado y mirar para otro lado? ¿Estoy obligado a escribir de forma continua o puedo seguir haciéndolo cuando quiera? La red me vuelve a sobrepasar. Sólo yo tengo las claves que dan acceso al blog y eso me ha hecho pensar, equivocadamente de nuevo, que nadie podía acceder a él. Sin embargo, el "Señor Gugel", con quién me unía hasta ayer una buena amistad, hace milagros y divulga los pensamientos de forma expansiva y compulsiva. Y llegaron hasta ia. ¿Quién es ia? ¿Existe? ¿Es un ser humano como yo? ¿Acaso es un invento de mi imaginación? No lo sé. Mejor que así sea. Así podré imaginarla como quiera. Va por ti.



Ia se lía y me deslía, una y otra vez. Cabalga en la red buscando palabras y encuentra unas cuantas que le hacen pensar. Pensando, pensando vuelve a cabalgar desde Pergolese hasta Benavente y no se detiene… vuelve a cabalgar. Y el Conde se esconde para no ser visto… e ia lo saca de nuevo a la luz. Y averigua pronto las cosas que quiere y las desmigaja y las recomienda, una y otra vez.

Ia me pasa y me sobrepasa, casi me traspasa, el anonimato la ha hecho valiente y dice las cosas que quiere decir… ella cree que nadie vigila su blog, su mundo perdido, el gran desahogo, pero se equivoca: lo vigilo yo y otros como yo que leen a destiempo cuando tienen tiempo. E ia se lía y se deslía y se va liando y desenredando, una y otra vez. Y la reconozco aunque no la he visto y la miro hondo y la veo pronto por y entre lo escrito. Y otra vez se lía y lo deslía… una y otra vez. Con hilo de seda, madeja de lana, ovillo de letras ata a su corcel. E ia cabalga, cabalga de nuevo, una y otra vez y lo va liando y desenredando…

Descarga



Volví a la encrucijada dónde forjé mi vida sin darme cuenta. Y volví para verte. Todo me resultó muy extraño y, a la vez, muy cercano. Hablé de nuevo con ellos. Todavía sabían de mi amor, lo recordaban con agrado, a pesar del tiempo transcurrido. Los pinos y, sobre todo, su memoria, me transportaron a aquel tiempo en el que pasar junto a ti era una constante ilusión y querernos estaba considerado casi pecado. Pensé que no quedaban testigos, pensé de forma equivocada otra vez.

Pero no te preocupes: esta vez no habrá vergüenzas, el tiempo las ha curado. Sólo quedan cicatrices que marcan mi piel con tu memoria. Debes saber que allí volvió a mi boca el amargo sabor del olvido y el corazón se me incrustó de nuevo entre las cuerdas vocales. Ya no estaban tus manos, ni tu cálido pecho y, sin embargo, te sentí de nuevo.

Han pasado los años, muchos años, y no he aprendido nada. El correr del tiempo nada me ha enseñado. Siempre acabo en los mismos errores y me siguen punzando los mismos dolores. Siempre vuelvo a aquel sitio, a aquel bosque donde contábamos estrellas en las noches de verano. Pero esta vez no tuve en cuenta la memoria de esos pinos que entretanto nos acurrucaban. Ellos no olvidan, no nos olvidan, a pesar de la edad.

Y volaban las plegarias por el huerto… Peticiones acumuladas por el tiempo que el viento trajo y llevó a su antojo, súplicas para ser un poco mejores, un poco más altos, un poco más … Y volaban a tan baja altura que tuve que agacharme para contemplar la esbelta figura de la hermana encina, más guapa que nunca, más elegante, más... Los años, para ella, triste y descortésmente sólo para ella, han sido una bendición. Y no sentí envidia por su buena suerte porque su altanero porte es debido en parte a los cientos y cientos de jóvenes abrazos que plantamos para su abono. Es testigo único de lo que ocurrió. Ella y el espíritu del viejo huesudo que la consagró.

Y llegué hasta el río de la vida, contenido fuertemente en verano para que sus limpias aguas purificaran nuestros cuerpos. Y hablé con los marros que pueblan su suelo. Ya echaban de menos los jubilosos gritos del anual reencuentro. El puente miraba despacio, como casi siempre, casi diría con celos por verme allí abajo, entre la corriente y los alegres fantasmas de mi pasado. Luego subí a verle. Me enseñó sus vistas y la madreselva que ahora y desde siempre arropa sus piedras...

Me detuve un rato junto al viejo refugio. Descargué mi peso en el sombrío poyete que junto a cientos de espaldas lo sustentaron desde el comienzo. Sólo quería decirle adiós de nuevo. A pesar de la brocha y los tintes, sufre en silencio el paso del reloj. Él no me lo dijo, pero se intuía: Parecía añorar otros tiempos. Sus desvencijadas ventanas habían vigilado sin descanso los grandes arbustos del camino del pueblo, su transformación de retoños setos a gigantes tiesos... No era todo triste, era su consuelo, ver crecer la vida, ver crecer lo nuestro... A pesar de reformas y años, conservaba el sabor de lo viejo. Me detuve a decirle "me voy", pero sólo salió un "hasta luego".

Abandono despacio la sierra… los olores, el vino y su pueblo. Dejo atrás el frescor de sus bosques, el correr de sus aguas y el viento. Dejo atrás un cajón de recuerdos por si alguien tiene a bien recogerlos.

Adolescencia...

ADOLESCENCIA

Vinieras y te fueras dulcemente,
de otro camino
a otro camino. Verte,
y ya otra vez no verte.
Pasar por un puente a otro puente.
- El pie breve,
la luz vencida alegre—.
Muchacho que sería yo mirando
aguas abajo la corriente,
y en el espejo tu pasaje
fluir, desvanecerse.

Vicente Aleixandre, 1924-1927


Desde mi adolescencia me envían recuerdos de felicidad que compartimos juntos, señales de tiempos remotos en los que la vida salía a borbotones por todos y cada uno de los poros de mi cuerpo.

Desde mi juventud llegan a mi memoria imágenes que creía perdidas. Las fotos de mi pasado revelan que estuve allí, que siempre estuve allí, entre pinos y agua clara, entre estrellas y luciérnagas, entre sol y calor.

Ahora, desde esta maldita cuarentena que me apresa, se me aparecen las cosas de otra manera: añoradas, sosegadas, meridianas, transparentes… Y en muchas estás tú. En casi todas. Marcando, con el instinto animal más básico, el territorio en el que pisas, demostrando al inexperto fotógrafo que el centro de la borrosa foto tenías que ser tú, derrochando la vitalidad insultante que te vestía, comprobando de reojo si está todo en orden, en tu orden, esperando tan sólo a lo que estás esperando, a propósito y sin darte cuenta…

El lector




Dicen que tengo que adjetivarme. Voy buscando por la red, ¿hay otro lugar? No encuentro nada. Un racimo de páginas escolares explican detallada y sucintamente los conceptos básicos. Nada se parece a lo que anhelo. Y juro que he buscado por todos los rincones.

Alguien se los llevó todos. ¿Quién se guardó los calificativos? ¿Acaso ya no quedan determinativos? Los posesivos, por los tiempos de "libertad" que corren, de momento no me interesan. Quizás los indefinidos… La red, por su obligatoria ascendencia sajona, está llena de demostrativos. No me valen. No hay nada que demostrar, no se trata de eso.

De repente, sin casualidad, accedo a una página que siempre estuvo conmigo: http://www.jmjurado.org. Ahí estaban todos: publicitados para los expertos, escondidos para que cualquier profano los pudiera desvirgar, desdoblados para que se puedan leer, manufacturados con cariño y pasión, trabajados desde el más oscuro de los rincones…

El lector de almanaques se llama. Me detengo largo rato. La página, su propio nombre lo indica, tiene ALMA. Allí descubro, cuando lo entiendo, lo más profundo de las palabras, tienen vida casi todas. También es MANÁ, caído del cielo para que los recientes nos alimentemos. Cuenta con un recio ANAQUEL, donde se sostienen los libros de la sabiduría, la que por empezar tan tarde ya no podré alcanzar.

Ahí empezaré a adjetivarme, si soy capaz.

Pablito creaciones


“Empiezan a hacer efecto las setas de colores y los brebajes.
En el bosque ya sólo se oyen las antiguas melodías del ausente.
Por siempre”.





Pablito es un niño con cuerpo de oso. O un oso con cuerpo de oso...


Su nacimiento vino con una gran línea recta que él, según creció, poco a poco, deformó para hacer con ella filigranas, pajaritas y “dibujinos” de alambre.


Siempre sonríe, sin darse cuenta, por culpa de esos dientes de conejo que le ayudaron a convertirse en el hermano guapo de los Pampis. Es tan diferente a la razón que su madre ha sido la única madre del mundo en tener dos hijos únicos. “Mi juanpablito es diferente” decía su padre cuando no podía explicar lo que no se podía explicar. Y es verdad, nadie se extrañó cuando un día se le cayó el pecho a la altura de la cintura para que sus abrazos fueran más confortables. Era diferente.


Renglones torcidos, pintura de nubes, globos de colores, diseños en el aire... forman parte de su mundo. Y del mío ya también.


Pablito Creaciones le llaman…

El foro.


Mi querido y ya entrañable foro y, sobre todo, sus habitantes (unos más que otros) y comentarios han despertado en mí la necesidad de contar cosas e historias que no sabía, ni podía siquiera imaginar, guardaba en mi interior. Ha sido y es una herramienta fundamental e iniciática para muchos de los que lo hemos poblado y la mayoría aun no lo sabe, no ha llegado a descubrirlo. Ha forjado lazos que de otra manera habrían sido imposibles. Ha hecho que despierten sentimientos en muchas personas que desconocíamos que existieran. Nos ha enseñado la otra parte de las personas y, en su inmensa mayoría aunque con alguna excepción, era la mejor parte. Personalmente, he dicho y escrito cosas que jamás hubiera imaginado que estuvieran escondidas en mi cabeza…

Del viejo foro saldrían ya varios libros y alguna que otra película. Casi seguro que antes una película que un libro, pero eso son sólo matices. Miles y miles de mensajes insertados en un formidable "encuentro" digital. Varias generaciones mezcladas entre sí…

A padre

Reconstruiré mi cuerpo.
Recompondré sus cenizas.
Renaceré de nuevo.
Quiero gritar una vez
Quiero gritar siempre:
Estoy vivo.


No quiero volar más allá de donde pueda
No estaré más lejos de donde llegue
Siempre a tu lado, contigo siempre.


Reconstruiré mi cuerpo
pedazo a pedazo,
para que me conozcas
y así te seguiré.


Quiero sentir la fuerza de las cosas
Quiero beber el agua que transpiras
Siempre a tu lado, contigo siempre.


Recompondré sus cenizas
esparcidas por el mundo
con el pasar de los años
para fundirme contigo.


Siento la dicha de tu presencia
Anhelo el momento en el que habitas
Siempre a tu lado, contigo siempre.


Renaceré de nuevo,
Renovaré la savia
que fluye por mis entrañas
para beberla contigo.

El vuelo nocturno



Al Señor Juardo.
A Peich.





Estoy haciendo un viaje a mi interior.
Necesito “adjetivarme”.
Volveré pronto.


Como decía Chateaubriand, el escritor original no es aquel que no imita a nadie, sino aquel que nadie puede imitar. Yo me estoy buscando a mí mismo (como ese viejo compañero de clase que se perdió en el camino) y ni siquiera me quiero imitar. Busco en mi interior sin olvidar que con toda seguridad el viaje más largo es adentro de uno mismo. Es tan fuerte el sentimiento que hoy me gustaría dejarlo todo y dedicarme a escribir, por puro placer, por ensayar libremente con las recién descubiertas letras. Pero no para los demás, sólo para mí, para los míos y para mis dos cómplices amigos de la red, con los que extrañamente no tengo vergüenzas. Me he enganchado a las letras, a las mías y a las de los demás, sobre todo a estas últimas. Como creo que me dijo mi amigo, uno de ellos, al que conocí hace poco pero que es de los de “siempre”, si pretendes viajar haz un vuelo y, a ser posible, que sea nocturno. Así se lo entendí y en eso estoy.



Ahora también, dentro de ese viaje, me dedico a los blogs, esa idiotez que se inventó para que cada uno dijera lo que de otra manera no puede decir (perdóneme Señor Juardo). Son un nuevo mundo para mí. Observo compulsivamente y desde el anonimato las letras que juntan los aspirantes a escritores y los escritores que no quieren aspirar. Incluso las de los que nunca serán. Y estoy grata y absolutamente sorprendido. Hay gente que tiene cosas para decir. Y a veces son interesantes. Vanidosas en su mayoría, pero interesantes.


Creo que todo esto que escribo viene a cuento por lo que me sucedió hace unos días. Por encargo del Juzgado, me designaron como Perito (para determinados actos llego a ser considerado un hombre cualificado) para tasar un inmueble en una localidad de la denominada Campiña Sur de la provincia de "---". Como quiera que la “embargada” tenía su domicilio habitual en "---" y yo no quería hacer 400 kilómetros para encontrarme la vivienda cerrada, por puro egoísmo se me ocurrió salirme del personaje judicial y me puse el traje de persona. Fui a visitarla a su domicilio (ni por asomo estoy obligado a ello) en una zona humilde y apartada de las que todavía existen en la ciudad que presumo conocer como nadie y que nunca terminaré de descubrir. La primera sorpresa me la llevé con la barriada: No parecía estar en mi ciudad, era un pueblo distinto al que yo vivo, todo era extraño y volvió a mí el “síndrome de Lugo” (*). La segunda fueron sus habitantes: gente que miraba con asombro mi vestimenta, me llamaban de usted y a los que mi moto les debía parecer un ovni. La tercera y más importante me la proporcionó la “embargada”: ¡Cuánta ignorancia y sufrimiento puede haber en la parte más baja de la pirámide! Me introdujo directamente en su destartalada casa y en el papel del “Señol Jues” del poema de Gabriel y Galán que tanto gusta recitar al padre de Daniel.


A la salida, ya totalmente descolocado y con el corazón estrujándome por lo vivido, que si tengo ocasión delante de unas cervezas contaré, tropecé de bruces con el Colegio en el que otro amigo siempre decía que teníamos que haber estudiado nosotros por la libertad que presuntamente tenían sus niñas y de la que seguro carecían las nuestras. No era verdad, no es verdad. Bueno, lo de las niñas puede que sí. Su aspecto era deplorable. Lo único reluciente era la recién estrenada bandera autonómica que pendía de un viejo mástil. Por unos instantes me imaginé en él. Por unos instantes me soñé viviendo la que fue mi entrañable y cariñosa infancia en aquel barrio. Por unos instantes intenté ver a mi madre en una de aquellas señoras que tranquilamente descansaban de no hacer nada a la solana de las porterías de los inmuebles. Algo se revolvió dentro de mí. Desde entonces no paro de pensar en ello, ni siquiera he podido olvidar el suceso después de haber entregado en el Juzgado la generosa tasación, que en parte pretendía lavar mi conciencia y que nunca nadie me agradecerá. He estudiado, he vivido y he tenido una familia de las de la parte alta de la pirámide de mi ciudad. No en el sentido de la exclusividad y nobleza sino en el de la formación y cultura. Y ahí es donde están las oportunidades. Y hay que aprovecharlas. Donde yo estuve el otro día, en la base, no hay oportunidades. De eso estoy seguro. Por no tener, no tienen ni el criterio suficiente para subir alguna de sus inclinadas escaleras. Y hasta hace unos días no me había dado cuenta, no había valorado mi suerte. Un simple cambio de cuna por error en la maternidad donde nací podía haberme llevado allí para siempre, a llamar de usted al que apareciera montado en un ovni y vestido como el cura de San Mateo.


Por culpa, principalmente, del terror diario de los telediarios, que acostumbran y desnudan de sentimientos al ser humano y vacunan por aburrimiento y repetición gratuitamente contra la culpabilidad a todo el que los sufre, las grandes catástrofes no consiguen su perverso objetivo y salimos indemnes, sin una pequeña mella a pesar de los gráficos daños que recibimos. Todo parece ocurrirle a los demás y generalmente a muchos kilómetros de distancia. Y, sin embargo, una pequeña circunstancia, un pequeño encargo laboral, una corta visita, hacen que se despierten en uno las expresiones más íntimas.


No puedo dejar de pensar que el nombramiento se efectuó por lo que jurídicamente llamamos insaculación. El azar es así. La suerte me buscó a mí. De una lista de cuarenta profesionales posibles, salieron tres. Bola una, bola dos, bola tres y al saco. Aquella mano, presuntamente inocente, sacó la mía, me tocó a mí. Ahora voy a responder a la suerte, quiero responder a la suerte. Ella ha puesto en mi cabeza cosas que por la costumbre, la rutina y la buena vida se olvidan para siempre o ni siquiera se llegan a conocer. Necesito ser mejor. Y necesito escribirlo. Para mí, para los míos y para mis dos amigos de la red.



POSDATA: Desde aquel día también tengo necesidad irremediable de abrazar. Los míos tiemblan cuando me ven llegar. ¡Que viene el oso! dicen mis churumbeles instantes antes de salir a correr despavoridos. Recordadme, si se me olvida, que os dé un fuerte abrazo cuando os vuelva a ver.





(*) Síndrome de Lugo: Me ha pasado en tres o cuatro ocasiones a lo largo de mi vida: la angustia se apodera de mí y no puedo respirar. Siento la necesidad de salir rápidamente de un determinado lugar. Entro en un espacio en el que los sentimientos me dicen que ya he estado y he vivido. ¿Una existencia anterior? El recuerdo no es nada agradable. Es como si muchos años atrás hubiera vivido alguna experiencia traumática en ese sitio, pero no sé cuál. La pequeña y bonita ciudad de Lugo fue el escenario del mayor “síndrome” que he sufrido. Entramos mi querida esposa, testigo principal del suceso, y yo en la ciudad amurallada y, al llegar a un viejo parque, me empecé a encontrar mal. Otra vez la angustia y más fuerte que nunca. El maravilloso fin de semana que nos prometíamos allí quedó inmediatamente suspendido. Tuvimos que salir de esa ciudad a la que posiblemente no volveré. Nunca he logrado averiguar por qué me pasa eso.

Cartas del alelomorfo

Primera entrega ¿acaso la última?

Dice la RAE que alelomorfo es aquello que se presenta bajo diversas formas, como yo. Si hablamos de genes, alelomorfo es el par que ocupa el mismo lugar en los cromosomas homólogos, como la mayoría de los que tengo yo también en mi cerebro. En el hombre son alelomorfos los genes para el color de los ojos o para la forma del lóbulo de la oreja, a lo que yo añado ¿qué más da el color de los ojos o la forma de la oreja en una persona si se supone que no influyen en su interior? ¿O sí…? ¿Por qué los niños heredan lo malo de sus padres? ¿Por un par? ¡Vaya gracia!

Todo lo que aquí os escribo y os escribiré puede ser verdad. O no. Depende del ávido lector (Esto me suena). O tampoco. Yo qué sé.

Inicio

Hoy empieza esto. A ver si soy capaz de ponerlo en marcha. Por cierto ¿qué es un blog?

 
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