
Hace tiempo instalé en el blog un contador de visitas. Hasta hace poco sólo lo había utilizado para saber cuántos internautas, que son como las personas pero con conexión a internet, me visitaban por primera vez, cuántos repetían – algunos son tan osados que vuelven - y cuántas páginas se cargaban, que quiere decir, creo, no estoy del todo seguro, se leían –porque hay gente o personas (que da lo mismo en este caso) que lee lo que escribo, aunque tampoco sé para qué - .
Pero he descubierto una opción nueva – no descubro más opciones porque vienen en inglés técnico y yo domino sólo el coloquial, que es más bajito y se deja -, en la que puedo contemplar en un mapamundi muy chulo de dónde viene cada uno. Como soy tan cotilla, también me gustaría saber quiénes son, pero eso no se puede: mis visitantes son sólo números. Cada lágrima que aparece en el mapa corresponde al ordenador de un señor/a virtual que ha venido a echar un rato conmigo, aunque yo en ese momento no esté. Entonces me he dado cuenta que para esto de los blogs no existen ni las fronteras ni hace falta siquiera que uno esté en casa para que haya invitados.
Tengo visitantes de Perú, México con equis, Argentina, Paraguay – ¿para qué? Paraguay, que decía el gran Tip -, Uruguay, Chile, Venezuela, Colombia, Bolivia, Botswana – que debe ser un país -, Sudáfrica y hasta un californian@ que me visita desde la mítica San Francisco prácticamente todos los días. Sé que de España vienen a verme asiduamente, que quiere decir a menudo, un día sí y otro no, de las Islas Canarias – esta visita me ha dicho mi subconsciente que me gusta mucho, pero yo, el consciente, no sé por qué -, Galicia, Aragón, Madrid, Valencia del Cid... ¿Valencia? Eso no puede ser. Bueno que vengan de Valencia sí, pero el que viene de Valencia tenía que venir de un pueblo que está muy cerca de donde vivo, que para eso están las “ipés” y sé que esa que dice que viene de Valencia es la suya – más que nada porque aparece el nombre de su blog -. Pero… ¿para qué se va a Valencia si luego tiene que hacer quinientos kilómetros de vuelta? No lo entiendo ¿o sí? Debe ser cosa del “cigueñá” o de “la tapa del delco”, como decían antiguamente los mecánicos cuando se averiaba un coche y no tenían ni idea de cuál era la avería. Ahora la culpa es o del “servidor”, como yo, - que por no tener, tampoco tiene ni idea - o de las “páginas wes” – que vienen, como su propio nombre indica, de los pistoleros y forajidos que pueblan internet. O no. Yo qué sé -. Así que mi amigo, todas las mañanas, incluso alguna tarde, tiene que hacer mil y pico kilómetros virtuales para entrar en mi blog, que está a sólo 100 kilómetros del suyo.
¡Vaya vuelta más tonta! Podía haber venido a verme por la trocha, que es por donde venimos los que siempre hemos querido atajar. Digo yo.
Para el listillo: Ya sé que lo que digo no es exactamente así, pero no sabía sobre qué escribir y tú sabes que sin esto, como sin lo otro y lo de más allá ya no puedo estar.