Amadineyá



El presidente iraní, Mahmoud Ahmadineyad – que cada uno lo pronuncie como quiera, si es capaz -, ha concedido una entrevista a Televisión Española. Se nos ha vendido como un logro porque con ese Presidente no debe hablar casi nadie que no sea iraní, entre otras cosas porque el iraní es muy difícil. Además, da la casualidad de que desde que llegó al poder parece empeñado en producir energía atómica “para buscar la paz y la hermandad”, conduciéndole su religión a "adorar a Dios y a la dignidad de los hombres”. Y la mía. Y no hace falta fabricar 50.000 centrifugadores atómicos para enriquecer un uranio que ya es rico de por sí (Aquí no sé si he dicho alguna burrada, pero es lo que leo en los periódicos y ya se sabe que casi todo se lo inventan…)


Pero yo no traigo aquí este tema por eso, ni por lo otro, ni por lo de más allá. Bueno por lo de más allá sí. Resulta que la presentadora, una tal Pepa Bueno, tuvo que ponerse el velo islámico para hablar con el Señor “Amadineyá”. Y digo tuvo que ponerse porque no creo que habitualmente esa señora lleve en la cabeza un pañuelo como si fuera una actriz de “Jolivuú” de los años cincuenta.


¿Eso está mal? Yo creo que no. “A donde fueres, haz lo que vieres” dice el refrán. En términos generales y eliminando todo aquello que vaya contra natura como la ablación y cosas peores (que aunque parezca increíble las hay) , si voy de viaje a un país en el que por Ley o Religión, que en esos sitios viene a ser lo mismo porque no han separado todavía los poderes, las mujeres llevan pañuelo en la cabeza y los hombres hacen el pino con las orejas, tendré que adaptarme a lo que hacen allí. Si no soy capaz de hacer el pino con las orejas, ya sea por principios, ya sea porque es francamente difícil, pues no voy y seguro que no pasa nada. Y si soy periodista, no entrevisto.


Ahora bien, cuando el Señor “Amadineyá” venga a España – algún día tendrá que venir porque somos la segunda o tercera potencia mundial, no estoy seguro del todo del puesto que ocupamos – la señora Bueno, Pepa para los amigos, le tendrá que entrevistar otra vez. Y esa vez no aceptaré que lleve pañuelo en la cabeza. Y si él no sabe hacer el pino con las orejas, que no venga.


Hala.


Tal y como no soy

Aquí estoy yo otra vez, tal y como no soy… que decía el Poeta.


No se me había olvidado que tenía un blog, es que estuve en una Procesión de Sevilla y no he conseguido volver hasta hoy. Era tan larga que iba desde Híspalis hasta la ciudad donde el destino quiso que viviera. Eso sí, era una Procesión muy especial: millones y millones de coches encerrados en una carretera nacional. Había tantos vehículos, incluso coches, camiones, “fragonetas”, autobuses y algún que otro turismo o similar, que si entraba alguno más se desbordaba la carretera.

Pero lo conseguí. He regresado. Vuelvo a la bendita rutina.

Sí, ya sé que eso me pasó el Domingo de resurrección pero… ¡qué más da! Lo importante es decir algo, aunque sea mentira.


Posdata: ¿un vehículo es igual que un coche?

Carta para no enviar




Tengo dos libros del desasosiego de un tal Pessoa. Dos empresas editoriales diferentes. Dos traducciones distintas. Dos traductores distantes. Leo un pequeño fragmento de Carta para no enviar:


1.- La amo como al poniente o al claro de luna, con el deseo de que el momento permanezca, pero sin que sea mía en él más que la sensación de tenerlo.


2.- La amo como al ocaso o a la luz de la luna, con el deseo de que ese instante permanezca, pero sin que sea mío en él nada más que la sensación de haberlo vivido.


Me quedo con la segunda. No sé si el traductor era mejor. No sé si tradujo literalmente lo escrito. No sé si tengo capacidad para juzgar…


Sé que me gusta más por lo que dice, o lo que no dice, o lo que no sé si dice. Creo que recogió mejor lo que el alma contó al escritor en Lisboa hace ya...




La tónica




Leo últimamente las noticias de la España jurídica con estupor. Hay una serie de jueces y magistrados que se consideran progresistas. Hay otra serie de ellos que se consideran conservadores. Ambos están bajo el paraguas de sus respectivas asociaciones perfectamente organizadas. Ambos están politizados y llevando a cabo encarnizados combates por controlar el Poder Judicial. Ambos están y son adoctrinados por el partido político que por turno corresponda.



Busco en el diccionario - que para eso está - la palabra Justicia y me dice que es una virtud que inclina a dar a cada uno lo que le pertenece o lo que le corresponde. ¡Bien! También me dice que es el Derecho, la razón y la equidad. ¡Muy bien!



Vuelvo a buscar en el mismo diccionario la palabra Ley y me dice que es cada una de las normas o preceptos de obligado cumplimiento que una autoridad establece para regular, obligar o prohibir una cosa, generalmente en consonancia con la justicia y la ética.



Pues bien, partiendo de la base de que las palabras generalmente no mienten, que la justicia para ser considerada como tal ha de ser justa y que el juez ha de aplicarla observando lo que establecen las leyes, pregunto inocentemente: ¿No hay una sola justicia? ¿No hay una misma Ley para todos? ¿Acaso la justicia conservadora es distinta de la justicia progresista? Que yo sepa, no se permite a un ciudadano elegir al juez que le va a condenar o absolver según su tendencia política. Que soy conservador… quiero un juez conservador. Que soy progresista… quiero a uno de los míos que me tratará mejor.

Por lo visto, por lo leído, por lo comentado… el único juez del que te puedes fiar en este país es del juez de la Tónica. El de la “tónica jueps”, digo.

Claro que la “tónica jueps” también puede ser de naranja o limón. Pensándolo mejor… voy a buscar en el diccionario la palabra ética, a ver qué me cuenta.



Se vende



Hoy me encontré en un periódico el siguiente anuncio:


Se vende unfamiliar.

Precio muy económico. Urge.

Interesados llamar al 900.000.007



¡Ya! Vende un familiar. Lo que quiere el tío es vender a un precio barato a la suegra. Seguro que tiene 85 años y es una metomentodo. Si no fuera así ¿por qué alguien querría vender un familiar?


A lo mejor se refiere a una vivienda, pero es tan importante la ortografía que no sé… A lo peor pretende vender a su esposa, o a una tía, o… ¡Yo qué sé!




El acto



Ayer hubo un acto en la ciudad donde respiro casi todos los días. Uno de los que merecen la pena. Cultural. Casi doscientas personas en la puesta de largo de una buena novela. Una hora de estimulación cerebral y espiritual de la mano presentadora y sabia de un maestro. Un corto espacio de tiempo para enseñar, desmigajar, seccionar, componer y recomponer el trabajo que realizó en secreto durante dos largos años el escritor. Una satisfacción.


Por esas casualidades de la vida, tuve la dicha y varias invitaciones - no sé en qué orden exactamente - para llevar a gente, incluso personas y algún que otro lector anónimo al lugar. Y las utilicé. Y las gasté entre amigos, que para eso están. Intenté no comprometer a aquel al que lo uno pudiera perjudicar y trastocar lo otro, que seguro era más importante. Y fueron todos. O casi todos, que no es lo mismo pero al final – tiempo al tiempo – acaba siendo igual.


Entre los elegidos había dos lectores privados – me consta - que ejercen de políticos en su vida pública, cada uno a su manera, uno cayendo a la diestra y otro a la siniestra. Dos almas opuestas que confluyen en la pasión por los libros. Al ser un acto cultural que en teoría, no en la práctica subvencionada, está muy por encima de sus quehaceres diarios y donde podrían sentarse entre el público como si fueran normales, pensé que no faltarían. Quizás el de la izquierda… No sé el de la derecha...


Y faltaron los dos. Y se perdieron una presentación magistral. Y se perdieron ser normales, como yo. Espero que, cuando menos, no se pierdan la novela. Espero que, cuanto más, se pierdan la política. Llegarían más lejos.

El guaraní





Llegó tan justo que trajo un poco menos de lo puesto, una triste maleta de desgastado cartón casi vacía que él veía medio llena y abrochada su camisa blanca hasta la nuez. Hipotecó por cuatro meses parte de su vida y su pequeña casa sin despensa en Asunción para pagar el pasaje hacía el país que llamaban de las maravillas. Atrás dejó tirados al hambre, a su mujer y a una hija pequeña, de la que sólo pudo despedirse, muy a su pesar, mientras dormía. El paso que dio era tan grande y tan alto que, siendo el octavo de diez en el escalafón familiar y el segundo en atreverse a cruzar el charco para los ojos de sus hermanos, fue el primero en mandar dinero para engordar a su famélica madre y a su prolija descendencia.



Los primeros días contaba angustiado lo que faltaba para que llegaran los primeros meses y los primeros ahorros, que venían escasos después de doce horas por jornada, sin papeles, agarrado a una paleta. Fue un tiempo de soledad, trabajo a destajo, silencio profundo y nanas no cantadas en guaraní. Pero dos años después de la congoja, consiguió reunir plata suficiente para traer a trabajar honesta y legalmente, como limpia empleada de un hogar feliz, a su esposa y también para traer a una nueva esperanza a la que ya no se parecía en tamaño a su pequeña niña dormida. Le resbalaban sin querer las lágrimas por la mejilla cuando me decía que su linda indígena no sabía quién era ese señor moreno que le quería dar la mano y la abrazaba sin ningún motivo y que los primeros meses de convivencia fueron muy duros, durísimos.



Ahora son cuatro. Ahora son españoles. Ahora tienen una casa abandonada en Paraguay que nadie compra porque nadie puede comprar. Ahora tienen un empleo ¿estable? y no pasan hambre. Ahora ahorran para que puedan comprar una vaca y dos gallinas los del otro lado del Atlántico. Ahora tienen un futuro para sus hijas españolas, igual de futuro e igual de español que el que tienen nuestros hijos.



En la confianza que da una barra diaria de bar, hoy me preguntó si yo había notado alguna vez el racismo en la ciudad. Le dije que no y no le mentí. Le dije que no podía ser racista aquel que sólo había convivido con una raza, si es que la española era una raza. Le dije, finalmente, que dentro de unos años, cuando su familia entera y sus vecinos y los amigos de sus vecinos y los amigos de los amigos de sus vecinos estuvieran aquí, en el país de las maravillas, me lo volviera a preguntar. Entonces lo sabré o no lo sabré, esa es la cuestión.




Mentiras buenas





Cuando uno, valgo como ejemplo yo mismo, entra en un blog y después – casi siempre tiene que ser después, aunque conozco a un insensato que lo hace antes – de leer una entrada que le ha llamado la atención quiere comentar algo, lo que sea, lo que le apetezca, se encuentra que los comentarios allí no son libres como el sol cuando amanece, como el ave que escapó de su prisión y puede, al fin, volar, no son libres. Los miedos del autor del blog le han hecho moderar o no permitir los comentarios de cualquiera, que en este caso también iba a ser yo.


Así, muchos blogs, la inmensa mayoría, son mentiras, aunque en parte son lo que llamo “mentiras buenas”. Son mentiras porque en ellos no se refleja la cruda realidad, no se refleja la vida tal cual es y sólo se mantiene en ellos lo que nos interesa y no nos hace daño. El administrador de sus propias palabras, el dueño de la tribuna, el periodista de sí mismo, el responsable de la plataforma virtual, hace desaparecer lo que no le gusta, lo que va en contra de su forma de ser y de pensar, incluidos lógicamente los insultos y las descalificaciones varias. Sin embargo digo que son buenas, por una simple razón: si logramos arrancar a la vida las cosas feas, las que no nos gustan, las que nos ofenden, las que nos agravian, las que nos hieren, las que nos hunden, las que nos vilipendian, … esta vida se convierte automáticamente en una vida mucho más plena, más hermosa y más placentera. Aunque, eso sí, falsa – que todo hay que decirlo -.


Por no tener no tengo la más mínima idea de por qué tengo yo que escribir sobre esto que escribo ahora, pero me ha venido a la cabeza de repente. Y cuando una cosa viene de repente es mejor soltarla, no vaya a ser que explote.



Un palabro


La mayoría de las cosas cuando se repiten hasta la saciedad acaban cansando. Por mucho que nos guste una comida si la comemos casi todos lo días la acabamos aborreciendo, excepto el pan nuestro de cada día que a más de uno nos gustaría aborrecer para guardar la línea y no podemos – creo que la mía, la línea digo, la he perdido hace tiempo pero no sé dónde, así que tampoco sé cómo voy a hacer para guardarla, pero ese es otro problema que no viene a cuento hoy -. También hay palabras que aburren, como decía la canción, de tanto usarlas. En ese momento dejan de ser palabras y se convierten en palabros. Un palabro es una palabreja, una palabra extraña o rara, una palabra soez o malsonante. Y también, añado yo, repetitiva hasta la saciedad.


Según la RAE, ciudadanía es la cualidad y derecho de ciudadano y el conjunto de los naturales de un pueblo o nación, pero también es civismo e interés en la comunidad. ¿Acaso hay muchas palabras que describan la cualidad de una persona como ésta? Ya digo yo que no. Si alguien tiene “carta de ciudadanía” tiene todo lo que tiene que tener en un Estado de Derecho para no ser atropellado o ultrajado por los demás, en teoría. ¿No es esta carta de ciudadanía el sueño de los habitantes del tercer mundo cuando viajan al primero, si no se hunde el cayuco antes?


Sin embargo… yo me he cansado de la ciudadanía y sobre todo de su abuso electoral. ¿Qué ha pasado con los oriundos, urbanos, vecinos, residentes, naturales, cívicos, nacionales y pobladores habitantes de un país, región o ciudad? Ahora todos recibimos educación para la ciudadanía, somos la ciudadanía, hacemos fundaciones para la ciudadanía, nos creemos ciudadanía europea, tenemos cartas de ciudadanía e, incluso, hay crisis de ciudadanía. La palabra ciudadanía se ha convertido en el término más utilizado por los políticos, aparte del insulto que sigue en el primer puesto del “ranking” con diferencia, para embaucar a un nacional sobre su verdadera condición. Y aburren. Mucho.


Ya decía Aristóteles, que era macedonio, como la fruta, y no ese griego que hacía barcos y era “muchimillonario” de vocación, que mercaderes e industriales no deben ser admitidos a la ciudadanía, porque su género de vida es abyecto y contrario a la virtud. Y digo yo que se le debieron olvidar los políticos, que casi siempre tienen la culpa de todo, como yo.




El cole





Hoy han derribado mis primeras emociones, mis primeros y uniformados recuerdos, mi primer horario obligatorio, mis primeros tirones de brazo para arrastrarme a ese lugar “horrendo” en el que no se podía levantar uno en toda la mañana, ni aun haciendo creer entre saltos y piernas cruzadas que era necesario partir al vaciado del depósito.


Hoy ha muerto Sor Encarnación, aquella monja chiquitita que me enseñó que la letra “o” no debía ser cuadrada, no era aconsejable, aunque a mí así mejor me resultara su ajuste en ese papel eternamente cuadriculado. Aquella monja que ponía de color rojo la palma de mi mano con una regla si le tiraba del pelo a Andresín, cuando tenía pelo y era Andresín, y que premiaba con bolitas de anís la caligrafía limpia y reluciente en el cuaderno de Rubio o la lectura correcta de “La Cartilla”. Aquella señora que vigilaba para que nos bebiéramos una botella de leche que casi siempre acababa hecha pedazos en el patio de las flores. Aquella dama que volvía a vigilar, una y otra vez, para que no importunáramos a las niñas en el recreo, un recreo separado del nuestro por los tiempos y una pared. Hoy se han evaporado mis primeras y profundas letras entre cascotes, mis primeros números en zigzag entre el polvo, mis primeros mocos de la manga del descolorido “babi”, que llevaron primero mis hermanas, entre los golpes de un gigantesco mazo. Hoy han matado mi infancia.


Sor Encarnación falleció hace más de veinte años, pero hoy la han enterrado otra vez. Hoy han derribado el viejo colegio donde pasé mis primeros años de formación, donde di mis primeros pasos en la lectura, donde jugué a los buenos y a los malos por primera vez, donde hice amigos que a pesar de los años transcurridos todavía conservo, donde...


En su lugar van a construir un edificio grande y reluciente con muchas ventanas. Van a hacer viviendas y locales, como siempre. ¿No podían haber dejado allí una plaza para que la calle respirara mejor? ¿No podían haber puesto, entre flores naranjas, un busto de aquella monjita que enseñó a leer y a escribir a tanta gente de mi ciudad? Digo yo.


Sí, ya lo sé, eso no es rentable, pero me hacía ilusión imaginar que el mundo a veces puede ser de otra manera, aunque nos cueste dinero. Lo peor de todo es que alguno que aprendió a leer y a escribir con ella ahora participará en la construcción del edificio y no se percatará de que en ese trozo aire que llenará de ladrillos, en ese espacio virtual que cementará para siempre, estará ordenando también tabicar su infancia, que también fue la mía. Sin darse cuenta.



Otra vez el niño




No. No me refiero al fenómeno meteorológico, pero podría ser porque algunas veces me produce sequías extremas, grandes inundaciones y violentos huracanes. En buen sentido, eso sí, pero eso es lo que consigue hacerme sentir el condenado preguntón en mi interior, si es que tengo interior.


El otro día me lo encontré interrogando a la mujer que domina mis sentimientos sin darme cuenta. ¿Es éste tu número del móvil? Sí hijo, muy bien, ese es. ¡Qué listo eres!, le decía la madre. Era ese momento uno de esos momentos en los que el que suscribe - que soy yo - está orgulloso de su herencia y habla de “mi hijo” en lugar de “mira la que ha preparado tu hijo”, pero eso no viene a cuento ahora.


Siguió con su interrogatorio particular: ¿Es éste el número del móvil de papá? Por supuesto que sí, ¡qué memoria tienes!, le contestó de nuevo con cariño. Ahí, como ya tenía el sentimiento de paternidad exaltado, confirmé a mis pensamientos que la madre hablaba de memoria, pero quería decir inteligencia, como la mía.


Volvió a decir en alto nueve dígitos, que son como los números pero cuando nos referimos al teléfono o a cualquier cosa moderna, ante el asombro de su progenitora: ¿Es éste el número de teléfono de casa? ¡Requetebién! Le contestó por tercera vez animándole, sabiendo perfectamente que lo único que no le hace falta a ese niño – o a cualquier niño en general - es que lo animen, que luego pasa lo que pasa.


Durante un instante se hizo el silencio. Durante un instante no hubo preguntas. Durante un instante no hizo falta responder. Pero se acabó ese instante y el que respondió fue él: ¡Perfecto! ¡Ya puedo perderme tranquilamente!



El reloj




¡Tengo un reloj en mi coche! Sí, ya sé que casi todos los coches tienen un reloj, pero yo lo tengo desde ayer. Aunque lo compré - por decirlo de alguna manera, porque los coches normalmente se adquieren con agravantes: financiación, plazos, etc -, hace más de cuatro años hasta ayer no me di cuenta que unos números fluorescentes que me miraban desde el cuadro de instrumentos decían la hora o, lo que es lo mismo, conformaban en sintonía lo que básicamente podríamos considerar como un reloj.


Entonces pensé, porque yo me las gasto así y cuando me apetece pienso, ¡qué feliz tiene que ser el individuo que no tiene necesidad de saber en qué hora vive! ¿Hay alguien así? ¿Existe?


No es mi caso, que quede claro. Yo no sabía que el coche tenía reloj porque soy así de inútil. Ni más, ni menos. La hora la tengo que mirar cada dos por tres, que en este caso es una expresión que quiere decir a menudo y no tiene por qué ser seis. La vida moderna nos marca los tiempos a todas horas y esos tiempos, normalmente, hay que mirarlos en un reloj. Sobretodo porque si no lo hacemos llegamos tarde. Y quedamos mal. Y así no se puede ir a ningún lado, por lo menos puntuales.



Algún día...


Canto lento, sólo para mí, vagos cantos
que compongo mientras espero…




Algún día escribiré sobre él…


… Contaré cómo cada mañana de domingo me lo encontraba delante de aquella “olivetti” en su maravilloso ritual, provista la boca del “ducados” asesino, que asomaba ya bajo su elegante y antiguo bigote canoso y enganchado eternamente entre sus distanciados paletos, mientras describía, unas veces para el periódico, el que fuera, otras para él, de forma reflexiva, pero con la mayor celeridad que dan las pulsaciones acostumbradas y amaestradas de dos índices, aquello que en la incómoda e insomne noche había rondado por los alrededores de su cabeza, que casi nunca era poco…


Algún día relataré cómo su perra, aquél cruce entre raza soberana de caza y chucho pordiosero, su público más fiel y leal, su alegre dama de compañía, sentada sobre sus patas traseras y con el hocico apuntando al techo en posición de porcelana cara, esperaba pacientemente el sonido del papel saliendo del carro que indicaba que ya había llegado la hora de partir a la vida, que estaba unos pisos más abajo…


Algún día podré decir a los que vienen detrás de mí, cuando lo entiendan, cuando maduren el fruto, cuando lleguen a la edad de comprender sin sobresaltos que detrás de aquella vieja foto en blanco y negro, que se posa en mi mesilla desde siempre, se escondía la persona de la que viene parte del rojo que corre por sus venas, cómo aprendí lo poco o mucho que sé de la continua y reconfortante observación de sus ademanes, diría a veces quijotescos, y su saber estar en cualquier lugar…


Algún día explicaré mis ahora inexplicables y secretas conexiones con él a través de una quinta dimensión privada, allá por las cuevas de la memoria donde me adentro en la intimidad de mis delirios, en la que me sigue asesorando de forma privilegiada y certera sobre las cosas que nos quedan por hacer y que tengo que realizar…


Algún día podré terminar felizmente aquella pequeña obra, la más importante para mí, - sé que durante algún tiempo todavía no me podré quitar el casco -; podré finalizar la empresa a que me comprometí, quizás en una premeditada inconsciencia consciente, y que le prometí, armándome caballero aún sin el necesario caballo ni la obligada coraza, linaje o entrenamiento, en su tálamo final…


Sé que algún día lo contaré. Algún día seré capaz de escribirlo, quizás cuando esté suficientemente cualificado para describirlo. O, por lo menos, cuando no coincida la fecha que marca el calendario con el día que le vio nacer.




La Onu y lo otru.






La otra noche, en la paz que refleja mi hogar cuando el pequeñín ya está soñando que es un pirata malo con la pata de palo que come “pollo asao”…, la mujer que domina mis sentimientos, mi vástago mayor y mi otro yo (el que quiere aprender cosas) nos encontrábamos leyendo – cada uno un libro, que todo hay que decirlo. Sí un libro, una cosa de esas que se parece a un cuaderno pero con las pastas más gordas y que ya lo compras con las letras escritas dentro e incluso, en ocasiones, se regala – cuando otro chaval que vive en mi casa que tiene cinco años se unió al grupo.


El ambiente era excelente, de otra época, dos adultos y dos churumbeles en paz total, con la tele encendida pero sin volumen – no la quitamos del todo porque dicen que las familias de hoy sólo ven juntos la televisión y si la quitamos nos desintegramos, creo – y leyendo tranquilamente… ¿Tranquilamente? ¡No! De repente, el de cinco años, que está en los inicios de su formación (como yo), empezó a leer como leen en su Colegio (que para eso va), muy bien, muy claro, muy alto, altísimo, a gritos diría: Entonces Piglet preguntó que si el invierno venía tendría que saludarle y meterlo en casa, contestando Winnie de pooh que el invierno no era ningún señor, que era una estación…


Sus carcajadas, que es como reírse pero cuando uno no tiene freno alguno, retumbaban en la estancia dejando una cara de estupefacción estupefacta a los restantes ex-lectores que nos encontrábamos en la sala. Entonces, ahí salió de dentro de mí el instinto de padre que siempre he llevado dentro, le dije: Hijo mío… así no se debe leer... tienes que hacerlo sin hablar... sólo pensando… si lo haces así, los demás no nos enteramos de lo que pone en nuestros libros… Vamos a hacer una prueba: cuando yo cuente tres, los cuatro vamos a leer en voz alta, cada uno su libro, y entonces… entonces te darás cuenta que es mejor que todos leamos sin hablar.


Entonces pasó. Entonces el que se dio cuenta fui yo, lo vi perfectamente claro entre el ruido de las frases que salían de cada libro, en el Babel que se produjo en la habitación: ¡Ya sé porqué no funciona la ONU! Estaba claro: Allí cada uno lee un libro distinto, para distintas edades, con distintos dibujos, de diferente grosor y además… ¡Todos leen a la vez y en voz alta! Así no hay forma de aclararse ni, menos aún, de arreglar el mundo. ¿No?


Ni que decir tiene que mi churumbel, aunque lo entendió, siguió leyendo muy bien, muy claro, muy alto, altísimo, a gritos diría. El padre que llevo dentro de mí se dio perfecta cuenta (a veces pasa) de que las cosas son como son y que todavía no sabía hacerlo de otra manera. Todo llegará.



Los visitantes





Hace tiempo instalé en el blog un contador de visitas. Hasta hace poco sólo lo había utilizado para saber cuántos internautas, que son como las personas pero con conexión a internet, me visitaban por primera vez, cuántos repetían – algunos son tan osados que vuelven - y cuántas páginas se cargaban, que quiere decir, creo, no estoy del todo seguro, se leían –porque hay gente o personas (que da lo mismo en este caso) que lee lo que escribo, aunque tampoco sé para qué - .


Pero he descubierto una opción nueva – no descubro más opciones porque vienen en inglés técnico y yo domino sólo el coloquial, que es más bajito y se deja -, en la que puedo contemplar en un mapamundi muy chulo de dónde viene cada uno. Como soy tan cotilla, también me gustaría saber quiénes son, pero eso no se puede: mis visitantes son sólo números. Cada lágrima que aparece en el mapa corresponde al ordenador de un señor/a virtual que ha venido a echar un rato conmigo, aunque yo en ese momento no esté. Entonces me he dado cuenta que para esto de los blogs no existen ni las fronteras ni hace falta siquiera que uno esté en casa para que haya invitados.


Tengo visitantes de Perú, México con equis, Argentina, Paraguay – ¿para qué? Paraguay, que decía el gran Tip -, Uruguay, Chile, Venezuela, Colombia, Bolivia, Botswana – que debe ser un país -, Sudáfrica y hasta un californian@ que me visita desde la mítica San Francisco prácticamente todos los días. Sé que de España vienen a verme asiduamente, que quiere decir a menudo, un día sí y otro no, de las Islas Canarias – esta visita me ha dicho mi subconsciente que me gusta mucho, pero yo, el consciente, no sé por qué -, Galicia, Aragón, Madrid, Valencia del Cid... ¿Valencia? Eso no puede ser. Bueno que vengan de Valencia sí, pero el que viene de Valencia tenía que venir de un pueblo que está muy cerca de donde vivo, que para eso están las “ipés” y sé que esa que dice que viene de Valencia es la suya – más que nada porque aparece el nombre de su blog -. Pero… ¿para qué se va a Valencia si luego tiene que hacer quinientos kilómetros de vuelta? No lo entiendo ¿o sí? Debe ser cosa del “cigueñá” o de “la tapa del delco”, como decían antiguamente los mecánicos cuando se averiaba un coche y no tenían ni idea de cuál era la avería. Ahora la culpa es o del “servidor”, como yo, - que por no tener, tampoco tiene ni idea - o de las “páginas wes” – que vienen, como su propio nombre indica, de los pistoleros y forajidos que pueblan internet. O no. Yo qué sé -. Así que mi amigo, todas las mañanas, incluso alguna tarde, tiene que hacer mil y pico kilómetros virtuales para entrar en mi blog, que está a sólo 100 kilómetros del suyo.


¡Vaya vuelta más tonta! Podía haber venido a verme por la trocha, que es por donde venimos los que siempre hemos querido atajar. Digo yo.





Para el listillo: Ya sé que lo que digo no es exactamente así, pero no sabía sobre qué escribir y tú sabes que sin esto, como sin lo otro y lo de más allá ya no puedo estar.





El Senado






El Senado romano fue la primera institución de su tipo y por mucho tiempo fue considerado como el modelo constitucional en su sentido de Cámara “Revisora”. En nuestra Constitución de 1978 al Senado se le otorgaron la función de representación del pueblo español, la potestad legislativa de forma subordinada, la presupuestaria – de forma subordinada igualmente -, el control de la acción del gobierno y otras muchas que podríamos llamar, que no considerar, “menores”. Pero en caso de desacuerdo con el Congreso de los Diputados éste tiene casi siempre la última palabra, pudiendo imponer su criterio por el voto de la mayoría absoluta de sus miembros. Y ahí está para mí el verdadero problema de nuestra ¿joven? democracia: Los que disponen en el Congreso son por tradición democrática del mismo color que los que deciden en el Senado – actualmente no, pero da igual. Si el Senado rechaza una Ley, el Congreso la aprueba a su vuelta sin problemas amparándose en sus mayorías y pactos -.


Y por eso, y en definitiva, nuestro Senado ha ido muriendo, poco a poco y, me atrevería a decir, no vale para nada. En la práctica sólo la suspensión de una autonomía por causas excepcionales es función única del Senado. Es decir, su única función soberana nunca se ha tenido que utilizar.


¿Para qué vale entonces? ¿Por qué no se reforma? ¿Por qué no se le otorga la representación de los territorios de forma real? ¿Por qué uno de Albacete vale menos que uno de Tarragona en pleno siglo XXI? ¿Por qué no se impide a aquellos partidos regionalistas que tienen menos de un 5% de los votos en el ámbito nacional la entrada en el Congreso para que representen a sus autonomías en el Senado? ¿Por qué tenemos que seguir sometidos a los chantajes periféricos de minorías?


Si el Senado fuera una verdadera cámara de representación territorial ejercería fehacientemente la función de control del gobierno (su verdadera función y la de mayor envergadura para tranquilidad de los ciudadanos). De este modo si en el Congreso se aprobara una Ley que favoreciera, por ejemplo, a dos autonomías de las que ni siquiera quieren ser autonomías, cuando ésta llegara al Senado sería rechazada por las otras quince (entre las que estaría la mía para mi propio regocijo, que todo hay que decirlo) y, lo que es más interesante, con los votos unánimes de las diestras y siniestras regionales. Luego, a su vuelta al Congreso, exigiría – yo - el voto favorable de una mayoría que sobrepasara con creces la absoluta para poder llevarla adelante y no tan sólo el voto de la mayoría que la inició.


En los tiempos de reformas que vivimos, muchas de las cuales son absolutamente innecesarias o, cuando menos, accesorias para la mayoría de los españoles, el presidente del Gobierno que tuviera los arrestos suficientes para hacer algo parecido, fuera del partido que fuera, contaría con mi voto (si es que vale para algo) para siempre. Creo.



Mi calle





En la esquina marrón de mi calle vive el pensamiento…


En el aire tan puro, que en parte usurpa mi cuerpo, se respira profunda la frigidez del enero y la calidez de sus gentes, cuando las hay…


En el más acá, que está justo enfrente, hay una ventana que me vigila sigilosamente tras los empañados cristales…


En el empedrado gris que hace dameros para dibujar mi acera habita la tranquilidad…


En el humo oloroso de encina quemada que anunció el invierno vuelan los recuerdos de un tiempo lejano y a la vez tan joven…


En el sucio asfalto que puebla mi suelo dormitan inquietas las hojas tristes que no resistieron aquel raro otoño...


En la verja pintada de nuevo, de una equivocada tintura más clara, se posa una mirla sin saber por qué…


En mi breve y enjuto jardín, casi verde, diría aterido –si fuera un color -, ya no quedan flores para repartir, aunque sí algún fruto sin buena presencia para regalar…


En la tarde tan corta y tan fría golpea, detrás de un chaval, un balón de cuero una y otra vez…


En mi calle, como en cualquier calle, se vive y se duerme… y se vive… y se sueña… y se mira… una y otra vez.


En mi calle ya no vivo yo. En mi calle pernoctan tan sólo mis sentimientos…


(Todo esto me lo ha dicho esta mañana el señor que vive dentro de mí que me cuenta, cuando quiere, las cosas que digo y a veces escribo).



En la esquina verde de mi calle… en el aire oloroso de encina… en el empedrado sucio… en el asfalto aterido… en el jardín gris… en la verja breve y enjuta… en la tarde olorosa de encina… en el más acá que usurpa mi cuerpo…

Los "Joyas"


Es un premio que nos damos en mi casa por estas fechas: al más guapo, al más listo, al mejor, al más trabajador, … Este año yo me he llevado sólo dos: El Joya al más mandón y el Joya al más cabezón. Menos da una piedra. Peor suerte, o mejor, según se mire, ha tenido mi chiquitín. Le han correspondido 9 hermosos Joyas, 9: al más simpático, al más revoltoso, al más madrugador (éste no es bueno, por lo menos para los padres que quieren descansar de madrugada como yo), al más pequeño, al más… ¿Absurdo? No. O sí. No sé.


El caso es que los premios que los actores han entregado estos días atrás son parecidos a los que nos entregamos cada año en mi casa. Nos han copiado, creo. Son iguales hasta en el formato: Ellos mismos se lo guisan, ellos mismos se lo comen y ellos mismos se los dan. ¡Así gana una estatua sorda de bronce cualquiera!


Pero ¿dónde está el público, juez implacable y justiciero, que todo lo ve? (Creo que en sus casas viendo la tele con media hora de retraso). ¿Dónde están los espectadores, tantas veces sufridores, de las películas españolas? (La mitad no va al cine desde que hubo una guerra y la otra mitad tampoco va, aunque dice que sí). ¿Por qué no intervienen en su concesión? (No tenemos datos). Y sobre todo ¿por qué hay que concederlos si cada vez va menos gente a ver sus películas? (No sabe, no contesta). ¿Acaso hay que mantener un “glamour”, - ¡qué palabra más hortera! -, que no tienen?


Y digo yo que si el ganador del festival de Horrorvisión, digo Eurovisión, lo elige el público, la ganadora del concurso de Miss Ex-paña es elegida también por el “púbico”, digo el público, (¿en qué estaría yo pensando?) y hasta el Presidente del Gobierno en demos gracias, digo democracia, también lo elige el público… ¿por qué los actores se dan los premios ellos solos?


Creo, intuyo, percibo que debe ser porque creen que las personas, incluso la gente y algún que otro peatón, no entienden de cine y no van a ser capaces de elegir a los mejores (Torrente tendría más estatuas que el Museo Capitolino de Roma). Pues como los que eligen los ganadores de los Goyas sean los mismos que eligen los vestidos de las actrices para la gala, estamos “apañaos". ¿Por qué se empeñarán en ponerles vestidos fluorescentes sujetos por una “tiranta” que llegan hasta los zapatos? ¿Acaso no se dan cuenta que tirando tanto de la tela hacia abajo luego se les ven la te…, digo los pechos, a casi todas?


De momento me sigo quedando con los Joyas, unos premios mucho más humildes pero más divertidos que los de la tele. Y además no hace falta vestirse de “regalo” para recogerlos.

Cuerpo a cuerpo







“Entre la vida y yo hay un cristal tenue.
Por más claramente que vea y comprenda
la vida, no puedo tocarla”.

Fernando Pessoa.




Un paso atrás desde el mirador es suficiente para ver sin que te vean, para iniciar detrás de un limpio cristal un relato, para continuar con él desde el anonimato y terminar, después de cuadrar un astuto e ingenioso círculo, lo que sólo sus analíticos ojos han sido capaces de captar. Las 357 páginas de la nueva novela de Eugenio Fuentes se me aparecieron condensadas y con una intensidad superior y sostenida que sólo la madurez de su autor y el conocimiento de su detective, que parece habitar dentro de él, pueden conseguir.



Ricardo Cupido ha crecido, pero no en tamaño – ya era alto en las otras entregas -, sino hacia el lugar donde el camino es más largo: el interior de cada uno. Ya no sólo es sagaz, ahora también es inteligente y reflexivo. Algunas de sus observaciones, deliberaciones y consideraciones sobre lo que ve, sobre lo que ofrece la vida, sobre lo cotidiano, son simplemente excelentes, para subrayar y recordar. Su buen Sancho, el Alkalino, tampoco tiene desperdicio.



Por otra parte, el reflejo que la novela hace del mundo militar y de sus realidades, unas veces caducas, otras absurdas y brillantemente imposibles, me transportaron directamente al Cuartel de mi infancia, el que se intuía desde mi propio mirador en la casa de mi abuela, donde pasé muchos ratos tras ese “cristal tenue” contemplando las idas y venidas de camiones, jeeps, soldados en formación y escuchando, siempre a las mismas horas, el toque de una corneta que quería estar afinada.



Es un libro que no se puede dejar cuando se empieza. Es una novela de dos veces, una para descubrir acelerada e irresistiblemente la trama y los secretos que esconden sus personajes y, otra, para reposar de forma tranquila y meditada el fondo de lo que trasluce.



He sido uno de los primeros en leerla. Mi cercanía al cuidado y amado jardín de Samuel, que contemplo cada mañana sin darme cuenta, y a una parada de autobús similar a la que aparece en la novela, me ha convertido en privilegiado testigo de lo que acontece. CUERPO A CUERPO de EUGENIO FUENTES será este año una verdadera sorpresa para los que no conocían auto y autor y una confirmación para los que ya habíamos entablado amistad con Ricardo Cupido.




A los veinte de enero...




A los veinte de enero
cuando más hiela
sale un capitán fuerte
a poner bandera...






Le amarraron a un tronco
y allí le dieron
la muerte con saetas
verdugos fueron...








Salga usted Jarramplas
no tenga miedo
que cuando usted salga
todos corremos.
..








¡A la guerra, a la guerra
y al arma, al arma
Sebastián valeroso
venció batalla!

 
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