El último libro


Un libro de amores,
de flores
fragantes y bellas,
de historias de lirios que amasen estrellas;
un libro de rosas tempranas
y espumas
de mágicos lagos en tristes jardines,
y enfermos jazmines,
y brumas
lejanas
de montes azules...
Un libro de olvido divino
que dice fragancia del alma, fragancia
que puede curar la amargura que da la distancia,
que sólo es el alma la flor del camino.
Un libro que dice la blanca quimera
de la Primavera,
de gemas y rosas ceñida,
en una lejana, brumosa pradera
perdida...

Antonio Machado.



Busco con ansiedad el último libro, el que hable en voz baja con mi interior, el que diga y enseñe a la razón aquello - lo que sea, que da igual - que arranque del letargo, de sus nervudas raíces, al ruin humano que vegeta dentro de mí. Por eso creo que a veces no termino algunos, por culpa, por la gran culpa, por la grandísima culpa de ese perenne rastreo. Por eso creo que siempre estoy indagando, porque no acierto a descansar en algunas páginas o a reflejarme en esas historias. Por eso creo que siempre tengo diez o doce ejemplares, de los más diversos y dispersos temas, esperando en un selecto apartado de mi estantería particular, en esa que yacen las esperanzas y malviven los estados oníricos efímeros. Tal vez, que no lo sé, únicamente aguardan agazapados, acurrucados, escondidos o encogidos el momento adecuado en mi particular estado de ánimo para ser elegidos para una gloria que a buen seguro tendrán.


La culpa la tengo yo por ser un individuo que no tiene ideas y malvive como puede de unos sentimientos tan extraños que nunca llego a controlar. Compulsivos muchas veces, sí, pero sentimientos al fin y al cabo.


Sí, ya lo sé, se me ha vuelto a ir la cabeza... pero estamos en la etapa africana del verano, en la calle abrasan sus cuarenta grados y todavía no me he ido de vacaciones.

La caída de la red...


Buenos días, dígame… le atiende Elorín… ¿en qué podemos ayudarle?

La voz suave, aplatanada y dulce de quién está al otro lado del teléfono me hace dudar y en un principio no sé si he llamado al número de información de Timofón o a la playa donde se rueda el anuncio “me estás estresando” del ron Malibú.

- Pues mire señorita… quería saber por qué llevo toda la mañana sin conexión a internet. No sé si es un problema de mi ordenador o de la compañía suministradora…

- No se preocupe usted, “broder”… Estamos trabajando en ello para restablecer el servicio próximamente… es que se ha caído la red…

- ¿Cómo dice…? ¿Qué se ha caído qué?

- … La red, que se ha caído la red.

- Ya, lo entiendo - le dije sorprendido a la amable señorita para luego volver a preguntar - y ¿por qué no la recogen?

- No comprendo, caballero…

- Que digo yo que si la red se ha caído tendrán que bajar a recogerla ¿no?

- Sigo sin entenderle, “mihenmano”…

- Verá usted señorita… es la cuarta o quinta vez en los dos últimos meses que llamo a este número de teléfono de atención al consumidor, que en este caso soy yo, y siempre me dicen lo mismo, que se ha caído la red. Yo no sé a dónde se ha caído y tampoco entiendo ni por qué nadie va a recogerla ni por qué tardan tanto en hacerlo… Lo único que sé es que cada vez que a ustedes se les cae esa dichosa red no tengo conexión a internet y yo sin esa conexión ya no sé vivir. ¿No la pueden atar un poco más fuerte para que no se caiga?

La señorita cortó de repente la conversación transoceánica y yo… yo me quedé otra vez con cara de bobo y sin internet. ¿Alguien lo entiende?




Nota del autor.- Alguno, extrañado, se preguntará cómo conseguí hablar con un ser humano directamente, un ser humano de los de verdad, saltándome el protocolo de la maquinita, esa que empieza a decirte, después de escuchar durante cinco minutos el “Letitbí” de los “Bitels” interpretado por “Paul Mauriat”, sin miramiento alguno: si la llamada es para una avería… pulse 1, si la llamada es por un despiste de un primo… pulse 2, si la llamada es porque usted estaba aburrido y no sabía que hacer… pulse 3… Tengo un truco: Cuando la máquina habla y empieza con el jueguecito de los “pulse” uno debe permanecer en silencio, totalmente callado. La maquinita no está preparada para que el que está al otro lado de la línea no le hable. Entonces, enseguida, de repente, te ponen con lo que llaman “un operador”. Y ese operador, aunque esté en el Caribe, te habla, te escucha… aunque no te entienda. Pruébenlo.

El olvido que seremos…


Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres y los que seremos.

Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el término. La caja,
la obscena corrupción y la mortaja,
los triunfos de la muerte y las endechas.

No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre;
pienso con esperanza en aquel hombre
que no sabrá quien fui sobre la tierra.

Bajo el indiferente azul del cielo,
esta meditación es un consuelo.

Jorge Luis Borges


“Sobrevivimos por unos frágiles años, todavía, después de muertos, en la memoria de otros, pero también esa memoria personal, con cada instante que pasa, está siempre más cerca a desapacerecer. Los libros son un simulacro de recuerdo, una prótesis para recordar, un intento desesperado por hacer un poco más perdurable lo que es irremediablemente finito.”


No suelo recomendar libros. De vez en año inserto un post que habla de alguno que cayó en mis manos y descolocó mis sentimientos durante un breve espacio de tiempo, pero no me gusta decirle a la gente lo que tiene que leer o lo que no: Allá cada uno con sus “cadaunadas”. La reseña que aparece en el margen izquierdo de esta bitácora con el título “Estoy en” sólo muestra el ejemplar – cuando no se me olvida cambiarlo - que en ese momento estoy destrozando, sin más pretensión que la de ofrecer una información adicional por si a alguien, principalmente a seres humanos a los que les guste la lectura, le pudiera interesar o no sabe en ese momento qué comprar o regalar a un ser querido. Más de una vez el que suscribe, que soy yo, ha adquirido algún libro publicitado en alguna que otra página amiga. Incluso los he llegado a leer, pero eso no viene a cuento ahora.

Hoy sí, hoy voy a recomendarles uno. Hacía tiempo que no lo pasaba tan bien y tan mal delante de una novela. Hacía más tiempo todavía que mi corazón no me decía que siguiera leyendo y mi cabeza no me obligaba a subrayar frases de forma compulsiva para que luego no se me olvidaran. Es un libro autobiográfico en el que se sentirán representados aquellos que tuvieron la suerte de tener un padre de verdad, esos que disfrutaron de una existencia en familia, aquellos que vieron en su hogar una figura paterna que influyó, por su noble condición, con sus aciertos y con sus errores, en la forma de encarar la vida y en el carácter que se creó con el correr del tiempo dentro de uno mismo.

Si este verano tienen algún rato libre… no se lo pierdan. Lean despacio, recréense, disfruten…

“Todos los amigos que fueron al entierro de Héctor Abad Gómez tenían miedo. Algunos, para protegerse, se escondieron desvergonzadamente tras los árboles . Sólo dos de ellos se atrevieron a hablar: Carlos Gaviria recordó aquellas horrorosas palabras pronunciadas en Salamanca, en tiempos de la guerra civil española, por un franquista de infame recordación, Millán Astray: «¡Viva la muerte, abajo la inteligencia!»

El otro que habló fue el escritor Manuel Mejía Vallejo, paisano (ambos eran de Jericó) y uno de los amigos más cercanos a Abad, quien dijo valientemente este corto discurso:

Vivimos en un país que olvida sus mejores rostros, sus mejores impulsos, y la vida seguirá en su monotonía irremediable, de espaldas a los que nos dan la razón de ser y de seguir viviendo. Yo sé que lamentarán la ausencia tuya y un llanto de verdad humedecerá los ojos que te vieron y te conocieron. Después llegará ese tremendo borrón, porque somos tierra fácil para el olvido de lo que más queremos. La vida, aquí, están convirtiéndola en el peor espanto. Y llegará ese olvido y será como un monstruo que todo lo arrasa, y tampoco de tu nombre tendrán memoria. Yo sé que tu muerte será inútil, y que tu heroísmo se agregará a todas las ausencias.”

Volverán las oscuras golondrinas…

¡Contumaz!, esa es la palabra que describe perfectamente a ese animal alado. He buscado el significado en el diccionario, que para eso está, y me dice que contumaz es alguien obstinado, tenaz en mantener un error. Y las poéticas golondrinas lo son y ¡en qué medida!

Una pareja de golondrinas pretende hacer un nido para criar golondrinos – que no es lo que ustedes están pensando – en la puerta de mi garaje. Yo las disuado y ellas dicen que no. Yo rompo su nido en construcción y ellas, como si nada, vuelven a empezar.

Pensarán que uno no sabe que son especie protegida… Pensarán que uno desconoce que los nidos de esas aves no se pueden tocar so pena en forma de multa cuantiosa… Pensarán que uno no tiene sentimientos... Pensarán que uno desconoce también que no se las puede molestar bajo ningún concepto… ¡Nada de eso! Sólo intento disuadirlas para que hagan su hogar en otro lado y lleguen a tiempo para poner sus huevos y alimentar a sus crías con tranquilidad.

Y todo ello ocurre porque son absolutamente contumaces. La pareja de golondrinas en cuestión, que debe ser muy “nueva”, se empeña una y otra vez en hacer el nido en el vértice superior derecho del portón que da acceso a mi garaje, entre el travesaño fijo superior y la puerta abatible. Así, cada vez que abro la puerta – seis o siete veces por día – el nido se rompe en mil pedazos. Pero ellas, erre que erre, dando coces contra el aguijón, cogiendo en mal latín, diente con diente, haciendo de rey y de roque, vuelven sobre su construcción. Visto lo visto sólo tengo dos opciones: o dejo que críen allí y no utilizo el coche en dos o tres meses o antes de que terminen el nido las disuado para que lo hagan en otro sitio. Opté por la segunda, que era la más lógica – además podría irme de vacaciones con la familia -, y no dejan de sorprenderme porque cada vez que abro la puerta y se rompe el nido… ellas vuelven a empezar. Calculo que llevan iniciados cuarenta y siete, más o menos.

Un chaval que vive en mi casa no entiende el juego que nos traemos entre manos las volátiles y el que suscribe y me dice, me implora, me suplica, que las deje, que hagan su casa, que quiere ver los pollitos, que si no tenemos coche en el verano que no pasa nada porque vamos “adondesea” en avión, que son muy bonitas y azules. Y yo, comento con los labios entrecerrados: Sí, bonitas y azules, pero más tontas que Abundio.

Ya decía Gustavo Adolfo, que de estos pájaros entendía un rato, que volverían las oscuras golondrinas en mi balcón sus nidos a colgar, y que, otra vez, con el ala a sus cristales jugando llamarían, pero que aquéllas… aquéllas que aprendieron nuestros nombres… ésas… ¡no volverían! Pues bien que lo siento por Don Gustavo pero eso no es verdad porque esos artefactos azules con alas no han colgado su nido en balcón alguno – ni intención tienen -, ni juegan con el ala en los cristales – no les da tiempo con tanto ajetreo - y por más que les he dicho cómo me llamo - incluso se lo he gritado para asombro de algún que otro vecino que observa atónito a un individuo al que creían cuerdo hacer aspavientos y gritar su propio nombre al viento - vuelven. Siempre vuelven, aunque acaben sabiendo de memoria el patronímico, el mote y el marital del sujeto que gesticula de forma absurda y vocifera su nombre y apellidos a pleno sol cada jornada.



Ahí, donde está la mancha de barro, lo intentan hacer.

La tarifa nocturna


“La tarifa nocturna de la electricidad tiene los días contados. El día 1 de julio entra en vigor un nuevo sistema de precio basado en la discriminación horaria (TDH), lo que supondrá un mayor número de horas a coste más bajo (lo que se conoce como 'horas valle'), pero con un porcentaje de descuento menor que el que obtienen hoy día las familias dadas de alta en una modalidad que prima el uso de los electrodomésticos durante la noche, cuando los requerimientos energéticos son menores. De hecho, estos hogares se ahorraban hasta un 55 por ciento por poner la lavadora o el lavavajillas entre las 23,00 y las 7,00 horas en invierno y entre las 00,00 y las 8,00 en verano. La denominada 'Tarifa 2.0N' podía aplicarse a cualquier cliente en baja tensión cuya potencia contratada no excediese de los 15 Kw, siempre que contara con el equipo de adecuado.

La medida, promovida por el Ministerio de Industria, Turismo y Comercio, no ha sido bien recibida. La Unión de Consumidores de España (UCE) ha pedido el amparo del Defensor del Pueblo, ya que considera un abuso que los abonados vayan a desembolsar un 40 por ciento más que en la actualidad. «La nueva tarifa es más cara porque el usuario paga la potencia máxima para las 24 horas del día», comentan. A su juicio, esto vulnera los derechos fundamentales de los ciudadanos, además de suponer un grave perjuicio económico. Y agregan que los consumidores han recibido ya cartas de sus compañías informándoles de que cambiarán la potencia y que les cobrarán por ello los derechos de acceso.”

¿Cómo dice…? ¿318 euros…? Pero ¿por qué? Hace unos años instalé calefacción eléctrica en mi casa y me acogí a la llamada Tarifa Nocturna. Dos mil euros invertidos en radiadores, cables, acumuladores y otras zarandajas que ahora tendré que tirar. Firmé un contrato con una compañía eléctrica que, bajo el paraguas de Papá Estado, me aseguraba suministro eléctrico limpio a un precio “razonable”. La tarifa nocturna era una ventaja para contratante y contratado porque esos radiadores cargaban – es decir, gastaban luz - durante la noche y, al parecer, como todos estábamos dormidos – o durmiendo que dijo Don Camilo una vez – y la energía no se acumula (requerimientos energéticos menores les llaman) además de hacerle un favor a las Compañías… el ahorro era considerable para el ciudadano.

El otro día recibí una carta en la que se me conminaba a pasar por las oficinas de esa Compañía que tan bien me trató ab initio para autorizar un cambio de potencia, necesario (¿para quién?) y obligatorio (para mí). Y es que alguien que manda – El Ministerio de Industria, por ejemplo - había decidido de forma unilateral y abusiva romper un contrato que los contratantes, con sus pactos, cláusulas y condiciones, habíamos tenido por conveniente y que no afectaba, para mayor seguridad, ni a la moral ni al orden público, que decía aquella ley.

En Derecho y en casi todo en la vida, añado yo, el que la hace la paga. Y yo, Señoría, no he hecho nada. Más bien lo contrario, ya que hasta el día de hoy he abonado los recibos que puntual y mensualmente me han girado vía bancaria, hubiera saldo o no. Son ellos los que han vulnerado los principios más elementales. Son ellos los que han roto un contrato sin previo aviso. Son ellos los que – ahora sí viene al caso – con nocturnidad y alevosía han vulnerado el contrato que tan alegremente firmamos entonces. Son ellos los que, para mi mayúscula sorpresa, me dicen que tengo que abonar 318 euros por ese cambio obligatorio más un 40% de incremento mensual por arreglar su descosido, por cambiar algo que me obligan a cambiar, por ser tan gilipollas y hacer caso a las cosas a las que nunca hay que hacer caso…

Si ni siquiera nos podemos fiar ya de Papá Estado – auténtico valedor de los derechos de los ciudadanos como yo - … ¿cómo me voy a fiar de los demás?

Tu risa

Sólo pretendí que te sintieras bien, aunque fuera por un momento, un diminuto instante… Ni quise perturbar tu realidad, ni quise pisar las flores que con tanto esmero habías plantado en tu jardín. Sólo anhelé llegar hasta el lugar donde te duele porque en ese sitio me duele a mí también.


Hoy, y nada más que hoy, siento que nací para soñar alegrías y para correr por esos campos donde nacen las satisfacciones, para entregar sonrisas a todo aquel que me las pida… Son gratis, oiga. ¡Última oportunidad, señoras y señores! ¡Llévense dos por el precio de una!



Llegará ese día…



Leer, leer, leer, vivir la vida
que otros soñaron.
Leer, leer, leer, el alma olvida
las cosas que pasaron.
Se quedan las que quedan, las ficciones,
las flores de la pluma,
las solas, las humanas creaciones,
el poso de la espuma.
Leer, leer, leer; ¿seré lectura
mañana también yo?
¿Seré mi creador, mi criatura,
seré lo que pasó?

Miguel de Unamuno


Llegará un día en el que no volveréis a ver el fondo de mi rostro reflejado en el agua de este limpio estanque de juramentos, ofrecimientos y compromisos. Llegará un momento en el que las palabras agotarán – no podría ser de otra manera - su ciclo natural en mi interior y tendré que abandonar mi casa con pena, quizás por no tener más para contar, tal vez por carecer de medios para decir... En ese instante sabré que no hay vuelta atrás, que parto para no volver, sin equipaje que me ancle y con los recuerdos que me quepan por bandera, tal cual llegué a esta orilla aquella mañana de primavera.


Ese día, si he conseguido que se hayan grabado en el corazón de quien tuvo la osadía y la paciencia de leer estelas de sentimiento, habré triunfado. Mi único deseo, la última ambición del ser humano que vive en mí ahora, es que algunas palabras buenas, acaso las mejores (si es que las hubo), permanezcan en los rincones de la memoria de aquellos emigrantes anónimos que construyeron paso a paso, sin darse cuenta, este teatro virtual de verdades a medio formar donde uno es quien no dice ser y otro fue lo que realmente pudo ser.



A Turu, con cariño, que me dio una frase para
que yo construyera sin escrúpulos otra mentira.

Ayer estuve…


Ayer estuve donde el arte de las musas le roba el poder a la palabra, en un lugar donde los sonidos, siempre sensibles, eternamente frágiles, se hacen dueños del espacio y del tiempo.

Ayer estuve donde esa palabra calla, aunque sea por un instante, por un solo instante, para que los dedos vuelen por entre la misma esencia del ébano, el marfil, el arce escogido o el barnizado a mano y así, despacio, suavemente, puedan interpretar a su manera lo que vieron, lo que aprendieron, lo que saben ejecutar en vida independiente y libre, cada uno por su lado.

Ayer estuve allí, en un rincón del alma donde se juntan pensamiento y cuerpo al son que marcan los compases, donde fluyen sin querer los saberes naturales de los más pequeños, los de aquellos que por edad no temen ni a la soledad del escenario ni a sí mismos, los de aquellos que respiran todavía sin fantasmas.

Ayer disfruté oyendo, viendo y sintiendo como oyen, ven y sienten los que quieren disfrutar.

Ayer la sombra fui yo. Hoy el reflejo de aquello eres tú. Y ellos también.


Para Luc




Días de alto en las lecturas… y de sol desprevenido. No hay tiempo, no tengo tiempo… Vivimos camufladas épocas de un pan que amenaza ser escaso bajo el boato europeo de infames crisis que no son y un maravilloso Circo del de siempre, del de ¡pasen y vean…!, del de ¿Cómo estás ustedeeees…?, para engañar convenientemente las hambres del que menos se da cuenta, que también puedo ser yo. Y es que las “eurocopas” del fútbol, los “rolangarros” y el “uinblendón” del tenis, las carreras de “fennandoalonso” y las motos de Pedrosa, Bautista y el inestable Lorenzo y algún que otro deporte de cuyo nombre no me acuerdo, dictan a pie juntillas lo “cojonudos” que somos los españoles delante de una tele de plasma y una cerveza fresquita bebida a la sombra de un bar con aire acondicionado. Si a todo eso le añadimos el ajetreo del fin de curso escolar, no queda un rato libre para descansar o un espacio de tiempo para dedicar a los libros, esos artefactos con hojas blancas, tinta negra y pasta dura que tanto bien me hacen. No soy capaz de hacer el equipaje del Rey José, Pepe Botella para los amigos... No soy consciente de los ejemplares que he ido almacenando para cuando sea posible, que será probablemente en el mes del descanso… Sólo un hueco, un pequeño recoveco diario, trae de vez en cuando ante mis ojos y para que lo reparta por el conocimiento, cuando lo tengo, “Las estaciones lentas”, “puñados de palabras en las que, a veces, pueden/las cosas respirar,/compartir con nosotros el estremecimiento/que las mantiene vivas...”



Dicho lo divino - que a nadie importa, ni a mí siquiera… -, paso a describir - por deseo expreso de una amiga virtual - lo mundano, para lo que por sistema tengo un rato para perder:


No me gusta (aunque no creo que importe):

1.- El “bacalao” y todo tipo de música que tenga como único fin el ruido.
2.- La manipulación política en los medios de comunicación.
3.- Que haya que comprobar a diario y previamente si los dibujos animados de la tele son adecuados para los niños o no.
4.- Que desordenen el desorden natural de mis cosas.
5.- Que me digan lo que tengo que hacer.


Me gusta (sí me importa):

1.- Leer cualquier cosa y escribir.
2.- Aprender a tocar el piano, si es que acaso se puede, a esta edad.
3.- Hacer felices a los míos.
4.- Moverme en moto por la ciudad.
5.- Una salida extra con los amigos recordando lo bien que lo pasábamos hace tanto.


No entiendo (ni falta que hace, creo):

1.- Para qué sirve el Ministerio de Igualdad (a no ser que valga para que los hombres alcancemos en derechos a las mujeres o “miembras”).
2.- Por qué los niños españoles nunca acaban de aprender inglés aunque se pasen media vida estudiándolo.
3.- Por qué si quince autonomías remamos en la misma dirección siempre acabamos en el puerto de las dos que reman contracorriente.
4.- Por qué, desde que se instauró la democracia, el inquilino que por turno y número de votos reside en la Moncloa acaba convirtiéndose sin remedio en un auténtico “gilipollas” a los dos años, aproximadamente, de vivir allí.
5.- Por qué se siguen pelando tan mal los palotes.


Me gustaría (esto va para la galería, esa que espera convencida que detrás de las palabras que malviven en el blog resida un hombre cuerdo o comprometido):

1.- Que los coches funcionaran con aire o, a menos perder, que la gasolina bajara a la mitad.
2.- Que no hubiera guerras.
3.- Que no existiera el hambre en el mundo.
4.- Que la gente, incluyendo en este apartado a las personas, transeúntes y peatones en general, fuera feliz.
5.- De ésta (con acento en la e por riesgo de ambigüedad) ya no me acuerdo, así que no sería importante.


Y como dijo el poeta en una de sus lentas estaciones:

Desde lejos me observan como lo haría ese cielo
común de los pastores…

Buenos días a todos y a todas en el segundo día de un verano que se prevé caluroso, como siempre que es verano y hace calor. ¡Faltaría más...!

A Lola...



Ayer se fue de nuestro lado, sin hacer ruido. Y yo, perdido en esos recuerdos de la infancia donde su sola presencia era signo de alegría para los más pequeños, busco desesperado algún madero salvador al que asirme fuertemente. Me duelen los dolores más extraños, los que reflejan callados la parte dulce en los adentros, los que me dicen al oído que un lejano día fui feliz con poca cosa, los que me cuentan en silencio que ella estuvo allí, que fue parte principal de aquello que hoy rememoro y reformo a mi antojo. Y siento que me falta algo por hacer, una palabra por decir, una frase que compense la balanza, para que los “te doy” que regalaba sean recíprocos. Y la encontré en la poesía de alguien que también formó parte del nosotros familiar, de un ayer plagado de vivencias.


"Allá: todo está allí, en esa orilla.
Todo está en ti, mujer: todo en la amada.
Sobre mi seco pozo de silencio
espero la humedad de tu palabra,

lo mismo que la hiedra: brocal solo,
lodo y cal solo hacia las nuevas aguas.
Aquí todo está aquí, en esta orilla,
hacia mi pozo lleno de nostalgias.

Todo está aquí. Todo está en ti, canción;
eres canción, paisaje, tarde clara,
mis hijos, versos míos, tierra madre…
abre, llueve en mi pozo tu palabra.

Aquí, sobre mi pozo de silencio,
donde mi seca voz amurallada,
llueve, canción, mujer, llueve mi voz,
llueve tu voz, tu hiedra en mi antesala.”

ALFONSO ALBALÁ ( España, 1924 - 1974 )



Y ya no oiré esa voz en la ventana reclamando que abra mi puerta a los detalles para con esos que hoy son como yo fui ayer… Ya no podré esperar lo que no llega… Ya no…

Con lo puesto…



Pintada, no vacía:
pintada está mi casa
del color de las grandes
pasiones y desgracias.

Regresará del llanto
adonde fue llevada
con su desierta mesa
con su ruidosa cama.

Florecerán los besos
sobre las almohadas.
Y en torno de los cuerpos
elevará la sábana
su intensa enredadera
nocturna, perfumada.

El odio se amortigua
detrás de la ventana.

Será la garra suave.
Dejadme la esperanza.

Canción última. Miguel Hernández.


Vengo con lo puesto, que no es nada. No traigo siquiera un equipaje que pueda sobrecargar mis recuerdos. Salí desnudo esta mañana temprano por entre los campos del conocimiento, ya secos pues la estación que aparece lo solicita sin remedio... Vagué sin esperanza entre las callejas de mi memoria, si acaso existía y no fue otra de mis dispersas divagaciones… Me detuve a última hora del mediodía en esta mi casa, un lugar vacío de sentimientos, proclamas y soflamas desde hace tanto que ni sé si algún día estuvo su despensa repleta…

Pero no se asusten, que sólo traigo palabras… Es lo único que pude recoger. Las encontré en esos campos que retuercen mi entendimiento y en esas estrechas callejas que transitan por entre mis evocaciones. Y son de aliento y consuelo, de felicidad y alegría, de esperanza en mañana quizás… Las reparto, pues mi generosidad no conoce límite para lo que no hace falta o es innecesario. Digo que las reparto, que las envuelvo en papel de regalo para aquel que las quiera recoger. Las esparzo sin temor entre las gentes de bien que viven tras los hilos que sujetan mi ventana al resto del mundo y que nunca sé quiénes son, si existen o son otra invención más. ¿Quién no quiere un consuelo? ¿Alguien desprecia un apoyo? ¿Acaso se reniega de un razonamiento para rebatir?

Traigo de todo y para todos… ¿Qué otra cosa podía hacer si no poseo más que este don, sabiendo muy dentro que no es un tal porque siempre es traición? Sé que vuelvo a descolocar mi conciencia a borbotones, que no llego – nunca podré llegar - al lugar que quisiera, más me hacía falta decir que vivo y que estoy aquí.

Algunas veces se me va la cabeza. Otras veces... también.


Sonríe...





Smile though your heart is aching
Smile even though it’s breaking
When there are clouds in the sky, you’ll get by
If you smile through your fear and sorrow
Smile and maybe tomorrow
You’ll see the sun come shining through for you

Light up your face with gladness
Hide every trace of sadness
Although a tear may be ever so near
That’s the time you must keep on trying

Smile, what's the use of crying?
You'll find that life is still worthwhile
If you just smile

---------------------------------

Sonríe aunque te duela el corazón.
Sonríe incluso aún si se está rompiendo;
aún cuando haya nubes en el cielo, te las arreglarás.
Si sonríes en medio de tu temor y dolor...
sonríe y, quizás mañana,
verás el sol brillando para ti.

Ilumina tu rostro con alegría,
oculta todo signo de tristeza,
aunque una lágrima pueda estar siempre cerca.
Este es el tiempo en que tienes que seguir intentándolo;

Sonríe, ¿de qué sirve llorar?
Encontrarás que la vida aún es valiosa
si sólo sonríes





Charlie Chaplin. Algunos lo llamábamos Charlot. Buenos días a todos.



El atasco


El otro día fui a Madrid. Los trescientos kilómetros que separan la ciudad donde habitualmente trabajo de la capital del país se pueden hacer desde hace unos meses por autovía. Todo el recorrido con el coche a ciento veinte por hora, ni uno más ni uno menos. En los tiempos que corren no se puede correr – Sí, ya sé que la frase es un contrasentido, pero es la realidad -. Si vas a más velocidad, si se te ocurre ir más rápido, si te da por pisar el acelerador sin darte cuenta… te hacen unas maravillosas fotos los señores de la Guardia Civil que te dejan sin puntos. Y yo sin puntos ya no sé conducir.

Todo iba viento en popa hasta que en las cercanías de la gran urbe, en la salida dieciocho – que antes era la dieciséis, que antes era la… - para ser más exacto, me di de bruces contra un atasco. Sí, un atasco, una cosa de esas en las que una ingente cantidad de vehículos a motor se quedan parados en fila india hasta que al “espabilao” que va primero le da por arrancar otra vez (¿Por qué se pondrá el primero si siempre es el que va más despacio?). En ese lugar, a diestra y siniestra, millones de personas descargan sus tarjetas de crédito y débito en cualquiera de las grandes superficies comerciales que han construido en lo que antes era campo yermo. Y todo ello para que tengamos algo que hacer, para entretenernos durante el fin de semana. Allí se puede encontrar de todo lo que no necesitamos: muebles en fascículos que luego uno nunca acaba de encajar por culpa del tornillo “strongen” que desapareció misteriosamente de la caja verde, ropa de moda que luego no te pones porque se pasa de ídem cuando deja de llover, artefactos varios para mejorar la salud haciendo deportes que no sabías ni que existieran, cachivaches para trabajar en el jardín si es que acaso lo tenemos y si después los sabemos utilizar, clínicas para ponerse o quitarse cosas del cuerpo en 24 horas, hipermercados con comida de todos los países del mundo donde se come algo, establecimientos de comida rápida y mala pero que regalan a los niños un bonito juego que no sirve para nada y que es casi imposible montar, etcétera.

Pues bien, cuando llevaba diez minutos en el susodicho atasco, empecé a impacientarme… empecé a acordarme de la madre del que iba primero (esto me han dicho luego que es lo habitual cuando uno por culpa del tráfico se colapsa a la entrada de Madrid). Después me acordé del alcalde inútil que consentía aquel embudo infame en pleno siglo XXI – esto no me costó trabajo alguno porque últimamente todos se meten con él, esa es la verdad, y los insultos me salían solos -. Después salieron de mi boca cosas como “aquí no vuelvo”, “no sé cómo pueden vivir aquí”, “esto es de locos”, “esto no es calidad de vida”, “es insufrible”, “así va el país”, “la culpa es de Zapatero” (antes le echaba la culpa a Aznar, pero esos eran otros atascos), “¿quién me manda a mí! y mil cosas más que no me acuerdo porque eran “palabrotas”. Finalmente... finalmente recapacité, que no sé lo que es pero la verdad es que me quedé muy tranquilo.

Y es que me acordé que cinco años atrás - o seis o nueve, que da lo mismo para lo que quiero contar – para llegar desde la ciudad donde entonces también vivía hasta la capital de España, que era la misma también, había que transitar por carreteras inmundas, atravesar muchos pueblos e invertir cuatro horas y media en hacer el mismo recorrido que hoy se hace en dos horas y treinta y cinco minutos (dos horas y media de viaje y cinco minutos de atasco en la salida dieciocho, que antes era la dieciséis, que antes era…) sin pasar de ciento veinte, ni uno más ni uno menos.

Y es que el ser humano, especie en la que me incluyo, es así: De lo malo nos solemos olvidar con una facilidad asombrosa cuando probamos lo bueno. Entonces creemos que lo hemos tenido toda la vida. Y como tenemos derecho a ello lo exigimos.

Napoleón en Chamartín


Don Benito Pérez Galdós terminó Napoleón en Chamartín en el año 1874. Hace 134 años, más o menos. Y sin embargo ¡que actual reflejo de los males y padecimientos de nuestra nación! ¡Qué fiel radiografía de nuestros caracteres! Ponga el lector, si acaso hay alguien, en cada párrafo el evento actual que tenga por conveniente. Diviértase un rato. Sustituya a Mañara y a Godoy, incluso a Bonaparte, por personajes políticos de la democracia en que vivimos. Se sorprenderá.


"¿Pues quién lo fue entonces? Esto sí que ni la historia, ni la tradición, ni los viejos, ni yo podemos decíroslo. ¿No habéis observado que todos los movimientos populares llevan en su seno un germen de traición, cuyo misterioso origen jamás se descubre? En todo aquello que hace la plebe por sí y de su propio brutal instinto llevada, se ve tras la apariencia de la pasión un tejido de alevosías, de menguados intereses o de criminales engaños; pero ningún sutil dedo puede tocar los hilos de esta tela escondida en cuyas mallas quedan enredados y cogidos mil bárbaros incautos."

"Mañara había adulado a la plebe imitándola. Con este animal no se juega. Es como el toro que tanto divierte, y de quien tantos se burlan; pero que cuando acierta a coger a uno, lo hace a las mil maravillas. Vimos caer a Godoy, favorito de los reyes, y ahora hemos visto caer a Mañara, favorito del pueblo. Todas las privanzas que no tienen por fundamento el mérito o la virtud suelen acabar lo mismo. Pero nada hay más repugnante que la justicia popular, la cual tiene sobre sí el anatema de no acertar nunca, pues toda ella se funda en lo que llamaba Cervantes el vano discurso del vulgo, siempre engañado."

"¡Oh España, cómo se te reconoce en cualquier parte de tu historia adonde se fije la vista! Y no hay disimulo que te encubra, ni máscara que te oculte, ni afeite que te desfigure, porque a donde quiera que aparezcas, allí se te conoce desde cien leguas con tu media cara de fiesta, y la otra media de miseria, con la una mano empuñando laureles, y con la otra rascándote tu lepra."

"El pueblo español es de todos los que llenan la tierra el más inclinado a hacer chacota y burla de los asuntos serios. Ni el peligro le arredra, ni los padecimientos le quitan su buen humor; así vemos que rodeados de guerras, muertes, miseria y exterminio, se entretiene en componer cantares, creyendo no ofender menos a sus enemigos con las punzantes sátiras que con las cortadoras espadas."

"Yo, que observo lo que pasa, veo que esa controversia está en las entrañas de la sociedad española, y que no se aplacará fácilmente, porque los males hondos quieren hondísimos remedios, y no sé yo si tendremos quien sepa aplicar estos con aquel tacto y prudencia que exige un enfermo por diferentes partes atacado de complicadas dolencias. Los españoles son hasta ahora valientes y honrados; pero muy fogosos en sus pasiones, y si se desatan en rencorosos sentimientos unos contra otros, no sé cómo se van a entender. Mas quédese esto al cuidado de otra generación, que la mía se va por la posta al otro mundo, con más prisa de lo que yo deseo."

"No había sacado en limpio gran cosa, ni disipado mis dudas, sobre lo que hoy llamaríamos la situación política, y lo único que vi con alguna claridad fue la general animadversión de que era objeto el Príncipe de la Paz (Godoy), quien se acusaba de corrompido, dilapidador, inmoral, traficante de destinos, polígamo, enemigo de la Iglesia, y, por añadidura de querer sentarse en el trono de nuestros Reyes, lo cual me parecía el colmo de la atrocidad. También vi de un modo clarísimo que todas las clases sociales amaban al Príncipe de Asturias, siendo de notar, que cuantos anhelaban su próxima elevación al trono, fiaban tal empresa a la amistad de Bonaparte, cuyos ejércitos estaban entrando ya en España para dirigirse a Portugal."

"Y aunque ese hombre es una buena pieza y ha hecho muchas maldades, la mitad de lo que dicen es mentira. También habrás visto que hoy le escupen muchos que antes le adulaban; es que saben que va a caer, y la sombra del árbol carcomido no le gusta a la gente. ¡Ah!, me parece que aquí vamos a ver grandes cosas, sí señor, grandes cosas. Digo y repito, que de esto va a resultar lo que nadie piensa, y muchos que hoy se restriegan las manos de contento, llorarán mañana a moco y baba; y si no, acuérdate de lo que te digo."


A lo mejor son figuraciones mías. A lo peor no. El caso es que me parece haberlo vivido, siendo yo tan joven, de alguna u otra forma. No sé.

Agua…



Tiene que llover para que escriba. Tiene que caer mucha agua del cielo para que se borren para siempre los rastros de la primavera que bloquean mis pensamientos, si es que los tuve alguna vez. La estación de las flores no hace bien a mi estado de ánimos: Demasiados colores para absorber, demasiadas fragancias que aspirar o estornudar, demasiada vida naciendo a la vez… Hoy llueve. Y llueve como si no hubiera llovido nunca. ¡Intensos chaparrones de a quince minutos y a cada hora, oiga! Miles de gotas gordas y frías remojan mi corazón, que parece a estas alturas un garbanzo preparado para cocer.


Cuando esto pasa, cuando llueve como si no hubiera llovido nunca, como si mañana no pudiera volver a llover, como si fueran a cerrar por defunción las nubes del cielo, en la ciudad donde vivo sus habitantes, incluso las personas de buena fe, dejan a un lado el paraguas. En su lugar sacan de los garajes sus polvorientos coches. Así están a cubierto y evitan, de paso y ya que estamos puestos, un obligado y molesto lavado dominical. Entre una y otros se inundan las calles que recorro cada rutina, digo cada mañana, de atascos varios. Y a primera hora el desastre era enorme, dantesco diría si fuera un hombre culto.


Entonces recuerdo que ayer fue distinto y el agua estaba donde debía y tenía que estar. Ayer tuve la suerte de estar con dos amigos ahí, en el centro mismo de la primavera, en un rincón desde el que nace la vida a borbotones. A una hora de casa inicia la savia su larga andadura, se manifiesta la alegría en estado puro y pleno. Sin colorantes ni conservantes.


Lo siento por los que no pudisteis estar porque os perdisteis un espectáculo sin igual. Y para todos los públicos.



Inmigrantes...



La inmigración es un problema mayúsculo para los países desarrollados, puede que sin marcha atrás por la dirección de sus maquiavélicas, acaparadoras, dirigidas, interesadas y mastodónticas economías con pies de barro. Pero ¿quién nos ha dicho a nosotros que el nuestro es un país desarrollado? ¿Qué nos hizo pensar que estamos dentro del selecto club de grandes naciones civilizadas? ¿Quién marca los parámetros del bienestar?


Durante muchos años nuestros predecesores, con una maleta de cartón o un hatillo por toda posesión, partieron a trabajar, a buscarse vida y fortuna en el extranjero, allende los mares, allende las montañas. Y el extranjero entonces eran Argentina, Paraguay, Chile o México. Y también Alemania, Francia o Suiza. No fueron entonces los países árabes, pero también pudieron ser.


Cada vez que veo a un inmigrante no puedo dejar de pensar en que ellos son nosotros hace unos cuantos años. Son el ayer a todo color de nuestros abuelos, padres o tíos reciclados en el tiempo. Las mismas maletas, las mismas inseguridades, los mismos caminos a la inversa… Y es que mientras el mundo siga dando vueltas - que las seguirá dando, estoy seguro - mañana nosotros podemos volver a ser ellos. Y viceversa.


Ya lo fuimos un día. ¿Qué será mañana…? ¿Alguien lo sabe?

Un amigo virtual


Tengo un amigo virtual - al que leo siempre con devoción y emoción por sus exquisitas maneras, por su forma única de contar lo que ve y porque sabe mucho más de la vida que el que esto escribe - que en los comentarios de la entrada anterior me dice que esté tranquilo, que la adolescencia se supera y que me siente ya casi maduro.


Su comentario podría ser uno más, pero no lo es. Sus palabras podrían ser de cualquiera, pero no lo son. Primero provocó la sonrisa y después pude comprobar (estas cosas se saben) que me había llegado donde sólo llegan las cosas que tienen que llegar. Hacía mucho tiempo que alguien no veía en mí el adolescente que fui. Hacía mucho tiempo que no lo veía ni yo – creo que eso es peor, pero ahora no viene al caso -. Puede parecer extraño lo que digo pero por las mañanas, cuando me asomo al espejo, empiezo a ver a mi padre. Sí, el señor de la otra parte, el que en pijama se refleja en el cristal, ya no soy yo. Es un señor mucho más serio, un respetable padre de familia. Ya no están ahí ni la ingenuidad de una joven mirada o el brillo que deja en la piel la adolescencia, ni el ardor guerrero o el optimismo intrínseco y apasionado que recoge esa edad. Tampoco se atreve, como antaño lo hiciera, a desafiar al individuo que le mira por encima del hombro desde aquel lado de la vida. Además, es plenamente consciente de que ese desaguisado no lo arregla ni una hidratante, ni una exfoliante de las caras.


Decía en el post anterior que cierro libros antes de llegar a la página cien. Que los últimos que han caído en mis manos no han tenido un final feliz, puede que por mi culpa, por mi grandísima culpa. Y que probablemente todo era debido a la “abstemia” primaveral. Ahora sé que no - gracias Turu - que la culpa es del adolescente que vive en mí que está dando sus últimos coletazos. Por eso, por esa rebeldía que aun me queda, por esa necesidad de independencia y de afirmación de mi propio yo, esta mañana he ido a la librería y me he comprado las tres series de los Episodios Nacionales de Don Benito Pérez Galdós. Y los voy a leer. Ya lo decía mi madre: Al que no quiere caldo… dos tazas. ¿O eran tres? ¡Yo qué sé!

Me pierdo…



Siento que…

Me pierdo… por los valles… entre las gentes… y no escribo ¿Con qué…?
Empiezo un libro… sigo con otro… cierro los tres… y no escribo ¿Sobre qué…?
Esto me ocupa… aquello me preocupa… lo ajeno también… y no escribo ¿Por qué…?
Una simple reunión… nueva sinrazón… quehaceres difusos… lo describo ¿Para qué?



Juego con las letras de ayer…

Me pierdo empezando un libro que ocupa una simple reunión…
Por los valles sigo con otro y aquello me preocupa, nueva sinrazón…
Entre las gentes cierro los tres, lo ajeno también, quehaceres difusos…
No escribo, y no escribo, y no escribo, lo describo… ¿Para qué…?


Cuento lo que cuento, sin venir a cuento…

Me pierdo en los libros. Los cierro para siempre sin llegar a la página cien. Uno primero, luego otro… ya van tres. Así veinte veces, veinte veces tres. Señales de cartón a medio camino me enseñan lo lejos que queda el final al que no llegaré. No alcanza donde tiene que alcanzar lo que cuentan, no me hablan como tienen que hablar las historias, no me dicen lo que tienen que decir... Así veinte veces, veinte veces tres. Un escritor japonés, una chica de Nevada, una primavera en Praga, la periodista en Kabul… y termino, casi siempre, delante de Torquemada. Así veinte veces, veinte veces tres.

Sigo sin ver el final de estos días de luz y flores que tapan mi conocimiento, si es que alguna vez lo tuve. Debo tener “abstemia” primaveral. Seguro.

Clarividencia


Con cuatro años tiene las ideas muy claras, clarísimas diría.

Una voz adulta preguntó a la hora de comer, supongo que en plan de broma: Y ¿si tuvierais una hermanita?

Él levantó sus manos al cielo en señal de protesta y dijo convencido: ¡Halaaaaaaa!… ¡Imposible! ¡No se puede!

¿Por qué imposible…? ¿Por qué no se puede…?, lo interrogué interrumpiendo su explicación.

Es que no se puede porqueeeee… tendríamos que hacer una nueva habitación y… y… y… ¡Llenarla entera de juguetes!

No hizo falta que yo añadiera nada. Estaba todo dicho esta vez.

De otro amigo...

ese que la recorrió mil y una noches... y al final, que era el principio, la encontró.




Os presento a la Dama del Tejo, la Señora del río, la Dueña del Estuario... ¿Acaso hay mejor representación? A lo mejor no. A lo peor sí, pero esto es un regalo de un amigo y como tal lo enmarco y lo coloco con todo merecimiento en el salón de esta mi casa virtual.

 
subir