La bandera pirata...

Hace tres o cuatro años, en el jardín delantero de una casa del barrio que me habita, dos niños construyeron un refugio pirata con tablones y un mucho de “bricomanía” paterna. Como todo el mundo sabe, un refugio no es pirata si no tiene una bandera negra con una calavera y dos tibias blancas en todo lo alto que amenace a todo aquel que intente acercarse. Y aquí es donde el padre de esas criaturas, con mano izquierda, contándoles una película, con ganas de aprovechar el género, convenció a los niños de que la bandera roja y amarilla que tenían en casa desde que se la regalaron en la Junta por el aniversario de la Constitución, era de unos piratas malos malísimos que surcaron los mares en navíos de madera durante cientos de años en busca de oro y sangre; de ahí sus colores. Y además, para afirmar lo que les decía, esos filibusteros eran “de los nuestros” porque habían nacido en una inmensa mayoría en la tierra en la que vivían esos niños. Entonces pinchó solemnemente un palo de hierro en el césped y en todo lo alto empezó a lucir, presumida y limpia, (aunque un poco arrugada, eso sí) la constitucional bandera de España.

Se podía ver perfectamente desde la calle. La cabaña de los niños no, pero la bandera sobresalía por encima de la valla y cualquiera que se acercara por la zona podía verla. Entonces, los vecinos, extrañados, confusos, alarmados, empezaron a preguntarse qué Ministerio se habría instalado en aquella casa de la noche a la mañana, qué Instituto Oficial iba a abrir allí si ninguno sabía nada, cómo era posible que pusieran una Embajada en el barrio sin avisar a nadie y mil historias parecidas. Incluso, algún malintencionado empezó a correr el rumor de que el padre era de muy de derechas (en estos casos no vale ser simplemente de derechas) y por eso había puesto allí semejante tontería, para “fastidiar” a los demás. A ninguno se le ocurrió (se nos) pensar en que dos chavales soñaban y jugaban absolutamente felices a ser bucaneros, salteadores o corsarios detrás de la tapia y aquella bandera representaba para ellos algo que los distinguía del resto del mundo: era su símbolo y su orgullo.

Créanme, la historia que hoy les cuento es absolutamente verídica. Un poco adornada, pero verídica. La he recordado porque ayer, paseando, vi aquel mástil que un día la sujetó en el aire desnudo y solo. La bandera había desaparecido. No, no se asusten, no han cerrado la presunta Embajada, ni el inexistente Consulado, ni nada por el estilo. Tampoco se han cambiado de casa o el crecimiento les ha obligado a abandonar la niñez. Si yo fuera uno de ellos estaría absolutamente enfadado con la vida y nunca jamás volvería a ser pirata (entiéndanlo, los niños somos así). Desde que se produjo la eclosión balompédica sudafricana y España ganó el Mundial hay banderas piratas en cientos de balcones del barrio. La otra noche vieron por la tele a miles y miles de personas invadiendo las calles y las plazas con banderas rojas y amarillas, tirando cohetes y haciendo mucho ruido, demasiado ruido. Incluso, en la ventana del vecino malintencionado que les quiso denunciar, hay una más grande que la que ellos tenían en el jardín. Y así no se puede, con el barrio lleno de piratas ¿contra quién vamos? Si todos son malos malísimos ¿para qué sirve el juego?

Y van...



Van muriendo las olas a los pies de mi vida...

…Van llegando hasta mí tan despacio que ni siquiera percibo el frescor. Y ese frescor, esté uno como esté, no se puede dejar de sentir porque transmite primitivas emociones a los sentidos. Y ese frescor, viva uno comoquiera que viva, es fundamental para estar despierto, para saber que hay cosas ahí que merecen la pena. Ese frescor, tenga uno la edad que tenga, es el que hace que se disfrute de cada momento sin tener que esperar a mañana.

Tengo la fea costumbre de hacer años todos los años por la misma fecha. Y no he conseguido que éste sea una excepción. Juro haberlo intentado a base de ejercicio, no fumar, no beber y… y mejor lo dejamos ahí no vaya a ser que esto lo lea algún niño y me meta en un problema del que luego no sepa salir. Los acontecimientos que emboscan una existencia me llevaron a lugares donde se esquiva a la alegría, donde ya no se puede ser uno sin sus circunstancias porque esas circunstancias acabaron por nublar la esencia, la arrastraron sin piedad al segundo plano, al “luego me ocupo de esto que ahora no puedo”. Y no me conformo. Me rebelo y revelo al músculo que me dicta cuándo y cómo debo sentir que hay un hombre detrás de los impulsos que espera un nuevo día, que siempre espera un nuevo día, que no se cansará de esperar ese nuevo día.

Este año quiero tener una historia para contar que traiga de la mano cosas buenas. Este año quiero escribir cosas alegres porque nos hacen falta, sobre todo a mí. Este año quiero inventar ilusiones que nos saquen a pasear, si acaso las ilusiones pueden hacer tal cosa. Este año quiero sentir que hay algo más tras la puerta de las rutinas.

Sí, ya lo sé, al año que viene, por estas mismas fechas, estaremos hablando de lo mismo, pero no me negarán que por lo menos lo voy a intentar. De momento, como si fuera una burla para lo serio y para lo feo, he cambiado la cabecera del blog. Si no soy capaz de reírme de mí mismo ¿cómo voy a actuar ante los demás?

Un abrazo para todos los que de vez en cuando se pasan por aquí. Y para los que no, también.

Al volante...


Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra,
al luar y al sueño por la carretera desierta,
conduzco a solas, conduzco casi despacio, y un poco
me parece, o me esfuerzo porque un poco me parezca,
que sigo por otra carretera, por otro sueño, por otro mundo,
que sigo sin que haya Lisboa atrás dejada o Sintra a la que llegar,
que sigo, ¿y que más puede haber en seguir sino no parar, proseguir?
Fernando Pessoa.


Has vuelto, amigo, del claro de luna y del sueño, de esa carretera desierta. Ya no vas casi despacio porque no hay Sintra en el horizonte del viaje a ninguna parte. Todo sucedió en un sueño, por otro mundo, por otra vida. El Chevrolet descansa a la luz de un farol, en las traseras de la Rúa de la Fraternidad. En tu silla, eternamente vacía, se espera lo que luego no vendrá. O sí, que nunca se sabe. La pena que te trajo hasta nuestra esquina cuando aún no habías partido se enjuaga en las calles de Lisboa, se disfraza en palabras de amor resquebrajado, se oculta en la noche esperando otra presa. Para siempre, por siempre, siempre…

Un viejo tranvía...


Lisboa es la ciudad de los tranvías. Viejos artefactos que circulan sobre raíles empotrados en el empedrado, guiados por cables de acero y provistos de incómodos asientos de madera barnizada mil veces y ventanas sin cerrar, artilugios que semejan juguetes antiguos de niño rico o juguetes de antiguo niño rico y que traquetean sin rubor por las estrechas calles tristes de la ciudad, cobijando bajo su techo a carteristas y personas de buena fe que mueven sin querer sus cuerpos al compás de los quiebros, al ritmo de un vaivén exasperado y esperado a la vez, debajo de balcones diminutos de hierro oxidado con ropa blanca vieja tendida al vacío y cuestas tan empinadas que uno tiene la sensación de que unas veces se dirigen directas al infinito y otras veces te transportan al infierno de cabeza. Y es el número 28, el amarillo, el que mejor describe esa esencia ferroviaria que se impregna por todos los rincones del casco histórico, el que recorre de Oeste a Este la irregular orografía de la Dama del Tajo. Y es ese Eléctrico 28 el que me lleva desde la parada más cercana a la Rúa Dos Douradores hasta el Castillo de San Jorge atravesando primero la melancólica Alfama, donde el triste Fado nació rasgado y vivió quebrado, y después el Barrio de Gracia, con sus imponentes miradores. Otras ciudades como Milán, Burdeos o Amsterdam guardan tranvías en sus estampas pero ninguna conserva ni el sabor a viejo ni el destino antiguo de los que recorren casi a tropezones la historia más íntima de la capital de Portugal.

Amália Rodrigues



La música de Alfredo Marceneiro acompaña un pincel que dibuja fielmente la extraña forma de vida que habita en esa ansiedad que te gobierna. En el cuadro que recoge para siempre el desgarro, el amor, los celos, el dolor y el pecado que uniformaron el fado en tu garganta, destaca la negra silueta de la Señora de la voz profunda, la imagen mítica de un grito en la viola. Amalia, pregúntale al viento qué pasó con tu país, tantas veces herido, mil veces llorado en las calles de Alfama. Cantora, pregúntale al sol por qué esconde la luz en tu plegaria. Porque Lisboa no existe sin esa voz. Porque en la soledad duelen más tus melodías. Porque tú, sin saberlo, fuiste esa ciudad.

Arrulla desde el terrado de los placeres a los súbditos de la Dama que no te conocieron, a los que no te oyeron, a los que nunca sabrán ya. Cántales un último fado desde el teatro de los sueños. Ellos, los nietos de Afonso Henriques, fueron siempre un pueblo agradecido y sabrán corresponder con aplausos hacia el cielo.

Pessoa



Con un viejo gabán como envoltorio, bajo la sombra de un sombrero que esconde la verdad y detrás de unas gafas que han visto demasiado, siempre hay un movimiento junto al hombre que amaba la quietud. Dame una palabra que describa lo que veo. Véndeme una expresión que explique lo que siento cuando piso aquellas calles. Flota en el agua la vieja ciudad mientras tú te hundes entre alcohol y poesía, entre soledad y mentiras. Te irás pronto, lo sé. Lisboa, minha amada, no olvides que los recuerdos descansan en el baúl de otro siglo, en un primer piso de Campo de Ourique.

El Tejo...


Bordeando la media luna arribas a Puerto Seguro. Fija atento la mirada José. El rey no se fía porque espera y desespera un viejo día de Todos los Santos que colapsará - otra vez, sí - la fatal causalidad de su amante más querida. Has llegado a tu destino. En la tierra que te arrulla no hay lamprea de semejante tamaño que pueda burlar los seculares ojos romanos de Alcántara como tú lo hiciste, ni ocultarse en el siniestro recorrido por el Monte Fragoso de los canchos y riscos donde vigila la rapaz de la carroña que nunca olvida que su alimento son los muertos. Y tú, lejos de desfallecer, recuperas el brío con la limpia ayuda de un desinteresado Zézere, ése que aportó savia nueva a tus intenciones. Ni siquiera aquella torre que llamaron de Belem pudo sacarte un mísero escudo por el viaje sin retorno y ahora, despacio, sigiloso, entras en la ciudad triunfante, a través de un ancho brazo que el hierro del presumido 25 de abril no es capaz de retorcer en su tramo final. Tendrás que escribir la obra más bella para tu amada, tendrás que sentir vaharadas de mar en las fosas nasales y vivir la eternidad en su regazo. Esa es tu condena. Esa es tu alegría. El mar de la Paja es un fin que no termina nunca, que se abre al Océano para ti sin invitaciones para navegar. Confórmate, oh Tejo, con ver bailar cada mañana a la Dama en el Estuario y a escuchar, cual Ulises, el canto rasgado de un fado en la lejanía. Acostúmbrate, oh Tejo, a sentir como espían sin piedad tus acompasados movimientos desde los siete miradores. Alégrate, oh Tejo, por la fortuna que tuviste al morir donde nacen las ilusiones, a los pies de la Señora a la que diste un nombre. Y una vida.

Ladra ( IV)


Después del adiós una señal en la noche nos empujará a derribar para siempre ese Estado Novo…
Los veinticinco de abril inventan mellas en la curtida piel que hoy se presenta avejentada ante el compañero de algaradas y fatigas. Un pañuelo enamorado cubre el blanco de su techo y la edad que la posee, sin despeinar el alma que entonces tuvo y que guarda en las traseras de sus recuerdos. Treinta y tantos son muchos años y el árbol que un día fue se vence a cada paso, se apaga en cada esquina. Esas calles fueron testigos de cantos pidiendo otra vida que luego pasó de largo por la puerta azul de una humilde morada del barrio obrero, de Gracia. Esas cuestas dieron fe de un pedir para sí, a gritos y en juramento, a la sombra de una encina sin edad, la voluntad de Grándola, Villa morena, tierra de fraternidad.
Niña de los ojos tristes”, por fin cantada sin escenarios, sin censuras de la PIDE, sin un Zeca que partió, busca miel en la rutina que le endulce un diario despertar. Señora del clavel rojo que marchitó en las siete colinas de los siete miradores, es temprano para amarse y tarde para cambiar.
En Radio Renascença siguen sonando aquel himno… En el atardecer sigue siendo abril.

Ladra ( III )


Se le han roto los sueños, porque no tuvo. Sobre una caja de plátanos de Brasil de un amarillo grande que no pueden ser vendidos por no saber yo comprarlos descansa el hombre que vio todo sin salir de aquel puerto, de aquel rincón de Ladra, de una vida con miseria y hambre engañada en queso y pan. La maleta de cartón que acompaña su diario, marinera, de ultramar, guarda con celo el aire. Nada es lo que queda. Nada es lo que hay. Su mirada, perdida en el infinito de una pared encalada del mercado que lo vio nacer, es incapaz de guardar un pensamiento. Demasiado tarde quizás. Demasiado duro, tal vez, para una edad en la que la palabra esperanza sólo puede conjugarse en el verbo perder.

Ladra ( II )


El ir y el venir rellenan los tiempos vagabundos, trapaceros, que colapsan una existencia en la memoria. Entre sus manos habitan artefactos vanos para repasar, utensilios inútiles o herramientas oxidadas. Cada mañana las mismas rutinas, parejas historias, gentes semejantes rebosan el hueco que hay entre el trabajo y una vida en puerto. Desconoce que la Dama, siempre elegante, eternamente coqueta, aprieta su silueta con el cinturón del jornalero del sur, del obrero de aquella parte del río, de las gentes de otro mundo, de los que nunca crearán. El Tajo soporta al hombre que atraviesa su lomo para vender en la otra orilla lo que cristianamente robó, lo que legalmente hurtó, lo que le da de comer. El ferry de Cacilhas lo abandona cerca de la Plaza del Comercio sin recordarle que para vivir hay que sufrir, y que para sufrir no hace falta avanzar.

De acá para allá, arriba y abajo, y vuelta a empezar.

Ladra ( I )


Soy un viajero que busca cachivaches, chismes, cacharros o trastos entre el gentío para adornar lo superficial de una estancia lejana... Soy un turista que husmea entre la quincalla, fruslerías o baratijas esparcidas sin piedad por el solado de cantería y así atusar mañana un rincón de cualquier otra parte… Soy un paseante que observa despacio las chucherías, cuchufletas, bagatelas o tonterías que rellenan los huecos del solar de las antigüedades. Soy un aventurero que después de haber visto por entero lo que se puede ver se sorprende con birrias, menudencias, nimiedades, minucias o cualquiera de las naderías que pueblan las calles de la Vieja Dama. Todo se vende en el mercado de la vida, menos el alma. Todo se negocia en el lugar donde habita el recuerdo tranquilo, menos el sentimiento. Todo se trapichea en Ladra, menos lo que ha de permanecer anclado en la vieja ciudad para siempre: Su nombre es saudade y vive en Lisboa.

Celeste


Un diamante de Angola entre sus dedos da brillo a la tarde limpia y azul de la coqueta Plaza de Rossio. Las palomas que habitan entre las dos fontanas elevan sin querer su grávido estar transportando una memoria a la desértica y esclava Cabo Verde, a un pelado terruño africano que guarda con celo en un rincón del corazón. Para ella el Zambeze desembarca en un puerto del Tejo porque Mozambique desapareció de su horizonte personal un abril, con los claveles rojos de la paz. El paisaje de una exótica Macao y el esfuerzo por recordar el trazado de la caligrafía china ocupan su tiempo en el descanso del parque.

Aunque el coronel partió hace años, el devenir de una historia en aquellas tierras que un día fueron Portugal son un bálsamo para cuando llega la edad en la que no hay qué pensar, cuando los achaques vencen por mayoría al cuerpo que la sujeta, cuando sólo queda en él la viuda de un Cónsul que nadie recuerda.

Celeste, impávida, silente, afable si es preciso, educada hasta el final, contempla engalanada en la tarde la luz de Lisboa mientras vigila cómo pasa urgente la vida en los demás.

Navegar é preciso

Pablo Pámpano. Navegar é preciso.

“Coger pinturas y mezclarlas en la paleta sin tela ante nosotros en la que poder pintar. Mandar traer piedra para burilar sin tener buril ni ser escultor. Hacer de todo un absurdo, perfeccionar haciéndolas fútiles todas nuestras estériles horas. Jugar a escondidas con nuestra conciencia de vivir. Esculpir en silencio nulo todos nuestros sueños de hablar. Estancar en torpor todos nuestros pensamientos en acción. Oír a las horas decirnos que existimos con una sonrisa encantada e incrédula. Ver al Tiempo pintar el mundo y encontrar al cuadro, no sólo falso, sino hueco." Bernardo Soares. Tenedor de libros de la ciudad de Lisboa.

El rostro de la luna se refleja en tu silueta presumida en medio de la bruma que ha conquistado la noche para un sueño eterno. Hay un río que quiere ser mar y rebota azules infinitos sobre las cúpulas de esas iglesias que vieron tanta historia, que gozaron la crónica en las conquistas del non plus ultra, que sufrieron la derrota con fervor religioso y un pañuelo enamorado en la cabeza. En las cuestas, el acero y los cables hacen incisiones de sangre gris en el recorrido que luego el amarillo intenso esparcirá en un contraste imprevisto por toda la ciudad con alegría. No hay cámara capaz de recoger lo que el ojo del artista percibe. Y hay más. El viejo trovador, desde el fondo de una garganta rota y acompañado de un desvencijado acordeón que sólo suena para él, lanza bocanadas de tristeza al cielo bosquejando el contorno de lo que luego serán las nubes, ésas que atenúan el brillo en los tejados de la vieja Alfama. Y hay mucho más. La Dama aguarda, sin reconstruirse, esperando un nuevo cataclismo. Viejas fachadas de presumidos azulejos intermitentemente desgastados, ventanas de madera blanca raídas por el salitre y el viento, suelos dameros blancos, negros, y blancos y negros, y negros y blancos… No hay necesidad de restaurar lo que mañana volverá a caer. Píntalo, querido amigo, para que lo recuerde. Perfílalo, hermano, para que creamos en el día que existió la saudade. Sigue habiendo más. Viven estampas en sus calles de cuento, en sus rastros de otra época, en sus lonjas de plazuela melancólica que hay que guardar para la eternidad. Lisboa sabe que sus gentes venden fruslerías en mercados antiguos, que la edad avanza sin remedio entre la quincalla y que sus costanas estuvieron ahí siempre, guardando baratijas de mercaderes sin otro oficio que el de ver pasar el tiempo. Lisboa espera que un amigo venga y refleje en el arte su mejor dibujo. Las palabras, a veces, no descubren la descripción de lo que ven y es en lo abstracto, en lo figurado, tal vez en lo más puro, donde uno encuentra lo que nunca buscó, lo que pasó inadvertido entre el bullicio, lo que Bernardo, en su error más flagrante, creyó falso y hueco.

Inconcreciones


“Saber que será mala la obra que no se hará nunca. Peor, sin embargo, será la que nunca se haga. La que se hace queda, por lo menos, hecha. Será pobre pero existe, como la planta mezquina en la maceta única de mi vecina tullida. Esta planta es su alegría, y a veces también la mía. Lo que escribo, y reconozco que es malo, puede también proporcionar unos momentos de distracción de algo peor a un u otro espíritu afligido o triste. Eso me basta, o no me basta, pero sirve de alguna manera, y así es toda la vida.” Pessoa. Desasosiego.

De aquí para allá, y vuelta a empezar. Arriba y abajo, a diestra y siniestra, todo sigue igual. Recorro el camino que marca cada mañana laborable la ventana que domina el mundo que me vive, un hueco por el que se cuelan entremezclados sentimientos y noticias, verdades y mentiras, tralará. ¿Buscando qué? Hay tanta gente que no veo a nadie, me creo y siento incapaz de reconocer a ni un sólo y solo ser humano entre el bullicio. Brujos que no son, desalmados que aparentan, genios sin lámpara maravillosa, inocentes, despistados, inocentes despistados, aspirantes, aspirados, aspirantes aspirados... Y en medio de todo ello los más puros, los poetas, los que se salvan, los poetas que se salvan… Entonces doy un vuelco hacia mí mismo, mas tampoco estoy: He salido a hacer un recado, como casi siempre. Nunca estoy cuando me necesito.

Los acontecimientos de los últimos meses me hacen buscar desesperado por y entre las dudas, pero soy tan tonto que sólo encuentro respuestas. ¿Para qué quiero yo respuestas? Cualquiera y en cualquier lugar tiene miles para darte, para regalarte, para equivocarte. Casi siempre para confundirte o para llevarte por donde no quieres ir. Y a mí, en este instante, me valen las soluciones. Y no están ahí, ni en los lugares en los que estoy buscando ni en internet, que es donde está todo. Tal vez no existan. Tal vez sí. O, como las esperanzas – hay cientos, lo sé -, que están escondidas detrás de las estrellas, descansando en su reverso y por eso son imposibles de observar, difíciles de capturar.

En la absurda reflexión, o no, que me trae hoy hasta aquí, descubro que hay palabras que no deberían existir, que nadie tenía que haber inventado. En ellas viven - perdón, quise decir malviven - las enfermedades, los problemas y la miseria. ¿Quién podría definir algo si la palabra que describe su esencia todavía no ha aparecido? Sí, ya lo sé, siempre hay alguien para ponerle el cascabel al gato, para explicar lo indefinido, para determinar lo indefinible, aunque sea mentira. Lo que quiero decir es que en el disparate que represento, o no, que todo es posible, siento que tal vez las cosas pueden ser diferentes en la cara oculta de la luna, pero no hay nadie que sea capaz de demostrármelo.

Perdonen ustedes por las divagaciones, por la vaguedad de las ideas, por la imprecisión de lo que digo, pero lo que parece un blog a veces se transforma en un estado de ánimo. Y hoy ese estado es inconcreto, incierto, y escribiendo me animo a creer que a través de él puedo ser libre, que al contar lo que cuento suelto lastre y puedo quitarle poder a la vida y así, como quien no quiere la cosa, arrebatarle algunas de esas oscuras estrategias que no llevan a ninguna parte. O por lo menos a una parte en la que se esté bien.

Lo mejor de todo, lo que más me gusta de este artefacto virtual, es que luego, cuando lean esto (si acaso hay alguien detrás de mi ventana) sacarán sus propias conclusiones y la mayoría serán como la mía: Absolutamente equivocadas. O no, que todo es posible.


Sigo queriendo ir a Lisboa, amigo Pablo; y alternar en sus tabernas; y pisar el empedrado de su historia; y cantar Vila morena, terra de fraternidade debajo del puente rojo; y traquetear en su amarillo; y llamarle de tú al Tejo; y beber su vinho verde; y oler la fritura de sus calles, y sentir que la Dama se sigue acordando de mí, de ti, de nosotros…

Plaza de toros


Desde la ventana más alta de mi casa,
con un pañuelo blanco digo adiós
a mis versos, que viajan hacia la humanidad.
Y no estoy alegre ni triste.
Ése es el destino de los versos.
Los escribí y debo enseñárselos a todos
porque no puedo hacer lo contrario,
como la flor no puede esconder el color,
ni el río ocultar que corre,
ni el árbol ocultar que da frutos."
Alberto Caeiro

Uno le dio forma, el otro las alas. Uno con la brocha, el otro con savia. Uno en la poesía, otro en la mirada. Uno está en Sevilla y el otro en su casa. Mientras uno, con mucha paciencia, doblaba las rayas y moldeaba letras con capa y espada, el otro, sin pausa, se las desdoblaba para dibujar con ellas un toro con casta. Y aunque desde antes ya se barruntaba es ahora el día que visten las galas...

Uno es otro antes que uno. Otro es uno antes que nada. Son el Sur y el Norte, salen a la plaza...



Portada del libro "Plaza de toros" de José Mª Jurado y Pablo Pámpano.
Publicado por Ediciones de la Isla de Siltolá.

Ahora…

Esta foto es de mi primavera particular.

Ahora es tiempo de dar descanso a las palabras, de relajar la pluma y tapar el tintero para dedicar los esfuerzos a otras cosas, tal vez tan banales como ver crecer una flor o contemplar el vuelo de una mariposa, acaso tan intrascendentes como mirar por una ventana como pasa la tarde o beber agua fresca de una fuente en el camino, quizás tan fútiles como saberte detrás de un sueño o entenderte cuando me miras. Ahora es un adiós momentáneo porque sé que pronto volveré con nuevos bríos y aquellas otras historias que mi cabeza tenga a bien regalarme. Ahora es ayer y mi memoria, que no olvida, nunca olvida, jamás olvida, me trae de vuelta un niño con pantalón corto que juega a la peonza en medio de una calle sin aceras en una tarde que nunca se acaba, un adolescente que corre detrás de niñas que empiezan a gustarse y a gustarme o un joven sin frenos en los pies que busca desesperado inteligencia y diversión, aunque no en la misma proporción ni en el mismo orden. Y ese niño soy yo, pero también eres tú. Y ese adolescente soy tú, pero también eres yo. Y ese joven… de ese joven no me acuerdo porque en este momento he decidido que no me interesan ni el vértigo ni las sensaciones fuertes. Ahora es mañana y mañana ahora duele. Por eso voy a buscar esperanzas y alegrías porque me han dicho que existen, que se dejan coger sin esfuerzo, que es fácil hacerse con ellas, que quieren que alguien como yo las abrace y las quiera.

Si en estos días de primavera ven a alguien por el campo vestido de explorador que corre sin ton ni son tras el aire con un "cazamariposas"… no se asusten porque puedo ser yo. O tal vez seas tú, que no lo sé.

La visita...


La intuición de una mujer es más precisa
que la certeza de un hombre.

Rudyard Kipling


- Tienes que estar allí a las 11. Ha accedido a hablar contigo. No logro entender el porqué pero ha dicho que sí. Lo más extraño es que parece haber despertado del sueño que la ahogaba. Parecía absorta en sus pensamientos más oscuros, en ese limbo del que no puede salir, hasta que le dije tu nombre, hasta que le conté que habías venido a verme desde el pasado y que querías hablar con ella a solas. Me pareció incluso que una sonrisa se dibujó en su boca antes de volver a hablar. Algo se debió activar en su interior, actuaste como un resorte para su perenne bloqueo mental, y me dijo simple y llanamente: Que venga mañana. Es todo lo que puedo decir.

Me introdujeron en un cuarto en el que sólo había una mesa cuadrada y dos sillas de madera, una enfrente de la otra. Las paredes se mostraban despejadas, pintadas de un verde triste y con algún que otro desconchón producido por el paso del tiempo y la humedad. La falta de atención reflejaba un abandono creciente o quizá un traspaso inmediato por cierre de unas instalaciones frías y obsoletas, de otra época. No había ventanas y un viejo fluorescente iluminaba como podía aquel desvencijado recinto. Ni un mísero cuadro adornaba la estancia, tal vez para que no se produjeran agresiones, quizás para que no fueran utilizados como armas en un momento determinado. Era palpable el olor a rancio, a ambiente cerrado y sucio, a cárcel de segunda, a pesar de no ser visible un solo elemento sobre el desgastado solado gris de terrazo que delatara falta de higiene. Ni siquiera pude ver en las paredes la huella dejada por un antiguo crucifijo como los que aparecían de forma y manera invariable en aquellas películas americanas del cine negro. Era un habitáculo de unos veinte o treinta metros cuadrados que servía para que las internas que se encontraban en la enfermería de la cárcel, estuvieran realmente enfermas o no, que a veces eso no importaba, fueran visitadas por sus familiares o amigos íntimos. El sistema penitenciario dictaba que a los pacientes se les podía ver con mayor asiduidad que al resto de los presos comunes. Y ella ahora era una enferma que no debía mezclarse en ningún momento con otras reclusas. Así lo había ordenado el Juez después de estudiar con detenimiento el amplio informe que había redactado el equipo de psicólogos sobre su situación mental.

El corazón se me iba a salir del cuerpo. Era una sensación insoportable, como si la sangre quisiera correr tanto que la máquina encargada de moverla no pudiese con ella, fuera incapaz de trasegarla de un lado para otro, de una vasija a otra. Me hicieron esperar más de quince minutos. Se me hicieron eternos por la quietud del lugar, por el silencio de sus paredes y, sobre todo, por una percepción cerebral de soledad abandonada del que aguarda impaciente. De repente se abrió la puerta: Había llegado el momento de verla. Apareció del brazo de una funcionaria a la que habían dado un uniforme una talla inferior a la que necesitaba su cuerpo, que antes de marcharse dijo con voz seca y autoritaria a la vez: Tienen media hora.

La primera visión fue lamentable, o tal vez se podría calificar como desesperante. Parecía más vieja y estaba muy delgada, casi en los huesos. Vestía una camisa ancha de cuadros, un gastado pantalón vaquero y zapatillas blancas de deporte. En su rostro se apreciaban las huellas que sólo el dolor profundo deja en las personas. Las ojeras perfectamente pintadas de un color indefinido, un color que oscilaba entre el violáceo que hacía de sombra hasta llegar al negro de los bordes; La mirada dirigida hacia un punto que no existe ni existirá en la realidad; Los pómulos marcados en exceso por una pérdida de peso que no ha sido buscada y la sonrisa olvidada sin remedio, engullida por aquel fatídico suceso. Hay dolores que se reflejan en la cara o en la mirada y ni siquiera el paso del tiempo es capaz de borrarlos. Igual que se marca a hierro y fuego a los animales, esos dolores permanecen grabados en la expresión de aquel que los sufrió para siempre. Me miró e intentó sonreír, pero no le salió. Una extraña mueca se dibujó en su cara. Parecía también cansada, muy cansada. Se sentó enfrente, a la otra parte de la mesa, en la única silla libre y agachó la cabeza. Simulaba vergüenza. O la tenía realmente, que no lo supe discernir. Sus ojos se perdían en aquel antiguo tablero con patas que quería ser una mesa, como si buscaran un reflejo que en la madera vieja y gastada es inexistente, imposible tal vez. Su expresión lo decía todo, es decir, no decía nada. Absolutamente nada. Tenía razón su hermana: parecía una muerta en vida. ¿Qué quieres?, preguntó sin más.

“Ayer”


Vinieras y te fueras dulcemente,
de otro camino
a otro camino. Verte,
y ya otra vez no verte.
Pasar por un puente a otro puente.
- El pie breve,
la luz vencida alegre—.
Muchacho que sería yo mirando
aguas abajo la corriente,
y en el espejo tu pasaje
fluir, desvanecerse.
Vicente Aleixandre.

Porque a esa edad no existe el frío, ni nada que detenga un pensamiento. ¿Acaso se puede frenar una forma de pensar? ¿Se pueden empaquetar las ideas de los que ya deciden? ¿Quién se atreve a qué! Porque en esa vida sólo importa el hoy; del mañana ya hablaremos. Tal vez o quizás eran palabras inexistentes, imposibles, en la determinación que procuraba eso que llaman juventud y que no era más que un rebosadero de sensaciones a punto de estallar, un torrente sin freno ni compasión, un grito en la noche que no quiere callar, un… un aula sencilla de un viejo palacio repleta de inquietudes, miradas cómplices y ojeras. Y mucha ilusión. Y podías elegir porque eras libre, aunque entonces lo desconocieras. Y podías burlar porque eras grande, aunque fueras inconsciente (¡qué gran palabra y qué olvidada! In-cons-cien-te). Y podías sentir porque… porque eras joven, aunque ahora – me temo que aquí no cabe el antes - es cuando lo sabes, cuando lo palpas, cuando algunos lo padecen.

Pasó implacable el tiempo y cicatrizaron las heridas. Perdón, quise decir las alegrías. Se relajó la sangre en las venas para dar paso a una rutina que se hizo dueña y señora de lo que nos respira, a un acomodo que envolvió en papel celofán nuestros recuerdos, a una tranquilidad que escondió en su última memoria lo vivido, lo amado, lo bebido... ¡Hubo tanto bebido! ¡Hubo más amado! ¡Hubo tanto de todo sin poseer casi nada! Y llegamos a un puerto más seguro, más abrigado, con las aguas calmas y olvidamos de repente que aquellos días, pirata o marinero, capitán o grumete, honrado o filibustero, fuimos dueños del inmenso mar azul. En nuestras cabezas sólo había sitio para vivir el momento; pero siempre ese momento y no otro. En nuestra alma – si acaso la tuvimos, que no lo sé. ¿Lo sabes tú? -, correr, correr y correr era el único objetivo. La única raya que adornaba nuestros ojos dibujaba el horizonte, por muy lejos que estuviera, - todo mezclado, eso sí - entre fiestas y alborotos, sobre exámenes y libros, tras muchachas y muchachos que mañana no estarían…

Hoy lo he vuelto a recordar. Hoy me he vuelto a sentir como entonces. Aunque sé por qué (siempre hay un motivo para todo), voy a escribir ahora y aquí que no sé por qué, que no tengo ni idea. Luego hay gente que lee esto y me pregunta. Y ya no tengo edad para dar determinadas respuestas, sobre todo si pueden ser comprometidas…

Era sólo un recuerdo, una agradable fragancia, un instante en medio…

Évora



Évora olvidada… Cuando no estás cerca de mí extraño tus callejuelas empedradas que se adornan con faroles que no alumbran, los rincones sin gentes que te habitan y me pierdo en los silencios más profundos que desgrana el humo de los rojos tejados que uniforman tu paisaje. Si Geraldo el “sem pavor” regresara a tus entrañas y padeciera la terrible y angustiosa soledad que te transpira, el cansado abandono que te viste, la desgana evidente de tus romanas ruinas, levantaría de nuevo sus armas contra la injusticia y contra esos Almohades que hoy gritan de júbilo porque sus murallas, tantas veces derribadas por tus huestes, lucen esbeltas en las ciudades que ya no vigilan desde la otra parte de la raya. Oh, Portugal, ayer pintaste tu figura terrenal con fortalezas y hoy condenas a vivir a los insumergibles nietos de Viriato al borde del mar, olvidando que tu gloria también se forjó en esos parajes, en aquellos páramos, en nuestra encrucijada. Oh, Portugal, nunca sabrás lo que perdiste arrebatando su importancia a la alentejana dama de la casa de Avís. Qué triste y sola quedó entre los campos tu hija más querida. Évora olvidada… Évora querida…




La memoria frágil

Tomad si queréis de él:
es mi verso
y será desterrado
por vosotros,
y por todos los hombres
al cieno del olvido.

José María Jurado.

Él dice que la poesía lleva ardiendo en el pecho de los hombres cientos de siglos y que apostar por ella es apostar por lo más noble. Y no sé si es verdad porque no alcanzo… Él quiso reencontrarse con el que un día fue y descubrió por el camino que sigue siendo el mismo. Y no sé si es verdad porque no alcanzo... Él nos mostró en este libro, acendrados, compactos, sus versos del ayer que vienen hoy con el sigilo de una letra muda pero con la gallardía del mástil presumido que asoma en la minúscula. Y no sé si es verdad, porque no alcanzo… Él no quiere perder sus orígenes – nunca quiso – porque su infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero. Y tampoco sé si es verdad porque en el huerto de sus sueños, que en parte fueron los míos, vive una gran encina que cobija entre sus brazos años de vivencias e ilusiones, de ésas en las que se forjan los poetas.

Y por lo que alcanzo a comprender, en su vida, perdón, quise decir en su libro, está recogido el yo pero también el nosotros, el antes pero también el después, el ahora y sobre todo, añado sin complejos, el todavía. Un escritor es escritor cuando publica. Y él tiene un libro. Y sin embargo, un poeta es poeta siempre. Con libro o sin libro. Y él siempre fue y será un poeta. Ahora también tiene un libro, pero eso es lo de menos.

Ah, se me olvidó decirles que también es mi amigo.


José María Jurado en la presentación de La memoria frágil, la letra hache minúscula de la colección “abeZetario” que edita la Diputación Provincial de Cáceres.

 
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