Su comentario podría ser uno más, pero no lo es. Sus palabras podrían ser de cualquiera, pero no lo son. Primero provocó la sonrisa y después pude comprobar (estas cosas se saben) que me había llegado donde sólo llegan las cosas que tienen que llegar. Hacía mucho tiempo que alguien no veía en mí el adolescente que fui. Hacía mucho tiempo que no lo veía ni yo – creo que eso es peor, pero ahora no viene al caso -. Puede parecer extraño lo que digo pero por las mañanas, cuando me asomo al espejo, empiezo a ver a mi padre. Sí, el señor de la otra parte, el que en pijama se refleja en el cristal, ya no soy yo. Es un señor mucho más serio, un respetable padre de familia. Ya no están ahí ni la ingenuidad de una joven mirada o el brillo que deja en la piel la adolescencia, ni el ardor guerrero o el optimismo intrínseco y apasionado que recoge esa edad. Tampoco se atreve, como antaño lo hiciera, a desafiar al individuo que le mira por encima del hombro desde aquel lado de la vida. Además, es plenamente consciente de que ese desaguisado no lo arregla ni una hidratante, ni una exfoliante de las caras.
Decía en el post anterior que cierro libros antes de llegar a la página cien. Que los últimos que han caído en mis manos no han tenido un final feliz, puede que por mi culpa, por mi grandísima culpa. Y que probablemente todo era debido a la “abstemia” primaveral. Ahora sé que no - gracias Turu - que la culpa es del adolescente que vive en mí que está dando sus últimos coletazos. Por eso, por esa rebeldía que aun me queda, por esa necesidad de independencia y de afirmación de mi propio yo, esta mañana he ido a la librería y me he comprado las tres series de los Episodios Nacionales de Don Benito Pérez Galdós. Y los voy a leer. Ya lo decía mi madre: Al que no quiere caldo… dos tazas. ¿O eran tres? ¡Yo qué sé!


























