Un amigo virtual


Tengo un amigo virtual - al que leo siempre con devoción y emoción por sus exquisitas maneras, por su forma única de contar lo que ve y porque sabe mucho más de la vida que el que esto escribe - que en los comentarios de la entrada anterior me dice que esté tranquilo, que la adolescencia se supera y que me siente ya casi maduro.


Su comentario podría ser uno más, pero no lo es. Sus palabras podrían ser de cualquiera, pero no lo son. Primero provocó la sonrisa y después pude comprobar (estas cosas se saben) que me había llegado donde sólo llegan las cosas que tienen que llegar. Hacía mucho tiempo que alguien no veía en mí el adolescente que fui. Hacía mucho tiempo que no lo veía ni yo – creo que eso es peor, pero ahora no viene al caso -. Puede parecer extraño lo que digo pero por las mañanas, cuando me asomo al espejo, empiezo a ver a mi padre. Sí, el señor de la otra parte, el que en pijama se refleja en el cristal, ya no soy yo. Es un señor mucho más serio, un respetable padre de familia. Ya no están ahí ni la ingenuidad de una joven mirada o el brillo que deja en la piel la adolescencia, ni el ardor guerrero o el optimismo intrínseco y apasionado que recoge esa edad. Tampoco se atreve, como antaño lo hiciera, a desafiar al individuo que le mira por encima del hombro desde aquel lado de la vida. Además, es plenamente consciente de que ese desaguisado no lo arregla ni una hidratante, ni una exfoliante de las caras.


Decía en el post anterior que cierro libros antes de llegar a la página cien. Que los últimos que han caído en mis manos no han tenido un final feliz, puede que por mi culpa, por mi grandísima culpa. Y que probablemente todo era debido a la “abstemia” primaveral. Ahora sé que no - gracias Turu - que la culpa es del adolescente que vive en mí que está dando sus últimos coletazos. Por eso, por esa rebeldía que aun me queda, por esa necesidad de independencia y de afirmación de mi propio yo, esta mañana he ido a la librería y me he comprado las tres series de los Episodios Nacionales de Don Benito Pérez Galdós. Y los voy a leer. Ya lo decía mi madre: Al que no quiere caldo… dos tazas. ¿O eran tres? ¡Yo qué sé!

Me pierdo…



Siento que…

Me pierdo… por los valles… entre las gentes… y no escribo ¿Con qué…?
Empiezo un libro… sigo con otro… cierro los tres… y no escribo ¿Sobre qué…?
Esto me ocupa… aquello me preocupa… lo ajeno también… y no escribo ¿Por qué…?
Una simple reunión… nueva sinrazón… quehaceres difusos… lo describo ¿Para qué?



Juego con las letras de ayer…

Me pierdo empezando un libro que ocupa una simple reunión…
Por los valles sigo con otro y aquello me preocupa, nueva sinrazón…
Entre las gentes cierro los tres, lo ajeno también, quehaceres difusos…
No escribo, y no escribo, y no escribo, lo describo… ¿Para qué…?


Cuento lo que cuento, sin venir a cuento…

Me pierdo en los libros. Los cierro para siempre sin llegar a la página cien. Uno primero, luego otro… ya van tres. Así veinte veces, veinte veces tres. Señales de cartón a medio camino me enseñan lo lejos que queda el final al que no llegaré. No alcanza donde tiene que alcanzar lo que cuentan, no me hablan como tienen que hablar las historias, no me dicen lo que tienen que decir... Así veinte veces, veinte veces tres. Un escritor japonés, una chica de Nevada, una primavera en Praga, la periodista en Kabul… y termino, casi siempre, delante de Torquemada. Así veinte veces, veinte veces tres.

Sigo sin ver el final de estos días de luz y flores que tapan mi conocimiento, si es que alguna vez lo tuve. Debo tener “abstemia” primaveral. Seguro.

Clarividencia


Con cuatro años tiene las ideas muy claras, clarísimas diría.

Una voz adulta preguntó a la hora de comer, supongo que en plan de broma: Y ¿si tuvierais una hermanita?

Él levantó sus manos al cielo en señal de protesta y dijo convencido: ¡Halaaaaaaa!… ¡Imposible! ¡No se puede!

¿Por qué imposible…? ¿Por qué no se puede…?, lo interrogué interrumpiendo su explicación.

Es que no se puede porqueeeee… tendríamos que hacer una nueva habitación y… y… y… ¡Llenarla entera de juguetes!

No hizo falta que yo añadiera nada. Estaba todo dicho esta vez.

De otro amigo...

ese que la recorrió mil y una noches... y al final, que era el principio, la encontró.




Os presento a la Dama del Tejo, la Señora del río, la Dueña del Estuario... ¿Acaso hay mejor representación? A lo mejor no. A lo peor sí, pero esto es un regalo de un amigo y como tal lo enmarco y lo coloco con todo merecimiento en el salón de esta mi casa virtual.

Para un amigo...

ese que todavía no fue... porque no pudo.



Nada de esto me interesa, nada de esto deseo. Pero amo al Tajo porque hay una ciudad grande a su orilla. Disfruto del cielo porque lo veo desde un cuarto piso de una calle de la Baja (Baixa). Nada el campo o la naturaleza me puede dar que valga la majestad irregular de la ciudad tranquila, bajo la luna, vista desde la Gracia o desde San Pedro de Alcántara. No hay para mí flores como, bajo el sol, el colorido variadísimo de Lisboa. La belleza de un cuerpo desnudo sólo la sienten las razas vestidas. El pudor vale sobre todo para la sensualidad como el obstáculo para la energía.




Lisboa es la ciudad de los tranvías. Viejos artefactos que circulan sobre raíles empotrados en el empedrado, guiados por cables de acero y provistos de incómodos asientos de madera barnizada mil veces y ventanas sin cerrar, artilugios que semejan juguetes antiguos de niño rico o juguetes de antiguo niño rico y que traquetean sin rubor por las estrechas calles tristes de la ciudad, cobijando bajo su techo a carteristas y personas de buena fe que mueven sin querer sus cuerpos al compás de los quiebros, al ritmo de un vaivén exasperado y esperado a la vez, debajo de balcones diminutos de hierro oxidado con ropa blanca vieja tendida al vacío y cuestas tan empinadas que uno tiene la sensación de que unas veces se dirigen directas al infinito y otras veces te transportan al infierno de cabeza. Y es el número 28, el amarillo, el que mejor describe esa esencia ferroviaria que se impregna por todos los rincones del casco histórico, el que recorre de Oeste a Este la irregular orografía de la Dama del Tajo. Y es ese Eléctrico 28 el que me llevó desde la parada más cercana a la Rúa Dos Douradores hasta el Castillo de San Jorge atravesando primero la melancólica Alfama, donde el triste Fado nació rasgado y vivió quebrado, y después el Barrio de Gracia, con sus imponentes miradores. Otras ciudades como Milán, Burdeos o Amsterdam guardan tranvías en sus estampas pero ninguna conserva ni el sabor a viejo ni el destino antiguo de los que recorren casi a tropezones la historia más íntima de la capital de Portugal.


Para encontrar una razón intrínseca al desasosiego que vive y vegeta latente en los rincones de cada barrio o a la saudade lisboeta y a su inseparable anclaje en el tiempo es preciso recorrer sus calles en tranvía y subir y bajar tantas cuantas veces haga falta para mirar y ver el río desde sus balcones y atalayas naturales, desde sus ventanas abiertas de par en par al nacimiento perenne del mar. La ciudad bañada en el Tajo, la Señora que flota en el río, la que irremediablemente se ahogará cuando se colapsen sus entrañas cobra entonces una dimensión especial y espacial diferente, una visión única que sólo es apreciable desde cada una de sus lomas, desde cada una de sus históricas siete colinas. En cualquiera de esos puntos se aparecen, al que mire y sea capaz de ver, sus añejas vivencias plenas de misterio nocturno enfrentadas a siglos de luz y sol. Es allí, al atardecer, donde se puede contemplar sin sonrojarse tanto el paisaje teñido de añil infinito y ocre azafranado como la poesía que se escapa como humo liviano entre los huecos que separan los viejos tejados de la Alfama. Pocas metrópolis – ninguna, diría - que se precien de tales por su importancia, biografía y trayectoria pueden presumir de vistas tan naturales y tan panorámicas como las que ofrece el Castillo de San Jorge, el mirador de Gracia o el imponente de San Pedro de Alcántara. Incluso el de Santa Justa parece haber estado allí, recreándose en el agua, antes incluso de la construcción humana del Elevador al que da nombre. El mismo París, capital de capitales, tuvo que levantar en un tiempo antiguo la mayestática Torre Eiffel y en otro moderno La Defense para que el visitante pudiera darse cuenta de los tesoros que escondía la llanura enredada en los brazos del Sena, unos tesoros que sus colinas, que también las hay, no alcanzaban a contemplar con la solvencia requerida para su ganado estatus de dueña del continente.

Esta vez llamó…


Llamó a mi puerta ayer por la mañana…




… y la dejé pasar.



Iba a escribir una canción pero se ha ido. No es mi culpa que tenga un alma viajera, que entra y sale por donde quiere, que viene y va dejando dolores...

Todos los años me acaba pasando lo mismo…

La hoguera



¡La hoguera, madre, la hoguera! Olor a barrio antiguo y humo, a niños eternos que buscan y roban maderas, a permisos puntualmente concedidos para tratar con brasas y rescoldos… Danzas alegres alrededor del purificador fuego, sagrado y cristiano como nunca. Cada año, cada siglo… los mismos rituales, las mismas gentes provistas de antorchas, los mismos vecinos clamando venganzas. La ciudad entera arde con las tropas de Alfonso IX de Borgoña. Ha llegado la hora… ¡Muerte a los moros! ¡Muerte al sarraceno! ¡Muerte al invasor! ¡Viva el Rey! ¡Viva San Jorge!

Cuenta la leyenda que un capitán cristiano tenía por amante a una bella princesa musulmana. En el año 1.229 las tropas de Alfonso IX de León intentaban en vano y por sexta vez en ocho años la reconquista de la ciudad en poder de un Said agareno, padre de la enamorada. Gracias a los favores de la joven mora, el capitán cristiano conoció un túnel subterráneo que atravesaba las fortificadas murallas almohades. La ruta que sirvió para encuentros secretos de amor y pasión, en la víspera del 23 de abril sirvió como camino expedito para que los cristianos sorprendieran en la noche a sus enemigos y abrieran las puertas a sus tropas. Esa noche Cáceres fue recuperada para la cristiandad y dotada de fueros por el rey leonés. Era la víspera de San Jorge, máximo protector de los ejércitos de este lado del Señor.

En el fuero concedido se manda que la celebración en honor a San Jorge habría de consistir en la quema de hogueras por parte de sus vecinos para simular los distintos asentamientos de las tropas cristianas que tomaron la ciudad. Esas hogueras no se encendían por los soldados tanto para protegerse del frío como para prender las “brevas” y flechas de fuego que asaeteaban a los moros.


Y así se viene haciendo desde hace tanto…


La Dama del Tejo…




… Llegué muy pronto hasta la plaza del barrio de Rossío donde se iba a producir el evento al atardecer. Nada nuevo bajo un sol que castiga sin piedad el empedrado y que dio luz a través de los tiempos a tantas corridas de toros, desfiles militares y festejos de todo tipo, improvisados unas veces y brutalmente previstos otras, para un pueblo obediente y acogedor. Hasta los arcos moriscos adheridos a la imponente fachada del Teatro María II parecían haber estado allí siempre, incluso antes de su construcción sobre el solar en el que se encontraban los restos del antiguo Palacio de Estaus y su sórdida historia secular. Ese edificio, diseñado inicialmente como alojamiento para los nobles que visitaban la ciudad por negocios o cortesía, se utilizó con posterioridad y durante un largo periodo de tiempo como sede de una cruel Inquisición portuguesa que enjauló en sus sótanos a convictos herejes para después quemarlos vivos en el mismo lugar de la plaza donde ahora se levantan impolutos los monumentos que la embellecen.


Cada ciudad guarda en su memoria una forma de mirarla y sólo el que se preocupa de conocer y estudiar sus entresijos previos es capaz de ver que lo que ahora se antoja hermoso y puro un día fue cárcel y castigo para muchas almas inocentes de otra época. Las cosas nunca son como parecen o como se nos aparecen aunque el ser humano se preocupe una y otra vez de enterrar sus maldades con edificios solemnes, estatuas de héroes a caballo sobre pedestales de mármol blanco, fuentes italianas con caños de agua limpia y peces de color naranja, placas que conmemoran las hazañas de algún aventajado ciudadano o un acontecimiento glorioso de la villa. Y la erigida en el epicentro mismo de la antigua desgracia al primer emperador de Brasil Don Pedro IV, al fin y al postre culpable directo de la independencia de la colonia en mil ochocientos veintidós, no dejaba de ser un parche de oro sobre la grieta de sangre y sufrimiento que un día manó a borbotones desde las mismas entrañas de aquel solado de cantería.


Me encontraba en el corazón de la eterna Lisboa y necesitaba estar todavía más despierto, más ágil de pensamiento, por lo que decidí calmar la sequedad de mi garganta tomando una botella de agua y una “bica” de exquisito café “brasileiro” en las inmediaciones de la plaza, un elixir denso, breve y aromático como ninguno y que tampoco nadie sabe hacer como ellos. La calidad, el tipo de grano, su tueste, el agua elegida y la presión de la cafetera son fundamentales para captar los sabores que atesora el fruto maduro de la planta americana. Así fue como me encontré sin darme apenas cuenta sentado en una silla de la terraza de la cafetería “Nicola”, inmaculado espacio para imperecederas tertulias de escritores y artistas sin rancio abolengo, un lugar donde las palabras anidaron y reivindicaron para la lengua lusitana un merecido hueco a perpetuidad.


Desde aquel privilegiado asiento de hierro pude contemplar de forma sosegada el panorama que me ofrecía la vista del foro, su amplitud, su belleza, sus tiendas de moda, el teatro María II y, sobre todo, la cantidad de personas que iban de un lado para otro sin importarles ni quién era yo ni qué motivos me habían traído hasta allí. No pude evitar que mi pensamiento se transportara al mismo lugar unas horas más tarde, imaginar de forma aproximada cómo sería ese mismo escenario al atardecer, a la hora en que los desconocidos nos encontraríamos por primera vez, si acaso las gentes continuarían habitándolo con el mismo frenesí y el mismo bullicio matutino de sábado de compras y si alcanzarían algunos de ellos a ser testigos cualificados de todo lo que en ese instante aconteciera…

Creo que vencí…


Le gusta leer, mucho. Todas las noches negociamos el tiempo y las páginas que puede avanzar antes de apagar su luz de cabecera. Tiene una edad muy temprana pero ya han pasado por su estantería bastantes libros, entre los que se encuentran – ¡Cómo no! - Harry Potter I, II, III, IV, V, VI,… Las Crónicas de Narnia o El ejército negro I y II.

El viernes su profesor le dijo que ya tenía que leer algo más denso… Papá ¿qué es más denso?, me preguntó.

Según la R.A.E. denso es algo compacto, muy pesado según su volumen. Para mí y según esa definición es especialmente denso Harry Potter con sus novecientas páginas de pesadez por volumen y sus historias inabarcables para una mente rígida y compacta como la que poseo, pero no creo que eso venga a cuento ahora.

Era mi oportunidad. Sabía que se había abierto un hueco para que entrara otro tipo de luz. Ni corto ni perezoso me planté con él el sábado por la mañana en la librería del barrio y le compré tres libros por el precio de uno sólo de cualquiera de los otros que lee habitualmente y que nos “atropellan” en las estanterías más importantes y más visibles de cualquier establecimiento comercial: Robinson Crusoe de Daniel Defoe, Miguel Strogoff y Cinco Semanas en Globo de Julio Verne.

Creo que a esto es a lo que se refiere tu profesor - le dije con el corazón henchido -, pero te advierto que en estos libros no vas a encontrar trucos de magia, ni naves espaciales, ni armas que no sean las fabricadas con un palo y cuerdas por un náufrago y que se utilizan para cazar lo que se va a comer, ni espadas siderales con rayo láser, ni reinos de oscuridad, ni animales que hablen, ni criaturas mitológicas que resucitan tropecientas mil veces, ni… Aquí encontrarás otra cosa, literatura pura y dura quizás. Encontrarás invención e imaginación, otra forma de contar verdades y mentiras… Robinson, por ejemplo, es la historia de un hombre que después de un naufragio se encuentra sólo en una isla. Todo lo que inventa es para sobrevivir. Sólo tiene sus manos y una gran imaginación. Como la vida misma, hijo…

Su cara era de extrañeza ante todo aquello que le contaba, pero esta mañana vi cómo guardaba el libro en su mochila para que su “profe” le diera el permiso conveniente – en la edad de formación el de un padre no es suficiente y lo acepto resignado - y autorizara la lectura de aquellas historias prohibidas, de otra época.

Creo que por una vez vencí, pero sólo fue para que él mañana venciera…

En la boca de los niños…




Al otro lado del teléfono se encuentra esa mujer que le dio vida. Él, entusiasmado, como si fuera el primer cumpleaños al que asiste dice: - Mamá, le hemos regalado a Pacheco un ordenador de juguete en el que se ven las “contemplaciones”.

Ella, extrañada por la aseveración de su zagal, le pregunta sin más: - ¿Qué contemplaciones…?

Él, con ese aire de suficiencia que tienen los niños de sietes años cuando saben de lo que están hablando, contesta convencido: … pues qué contemplaciones van a ser: la Osa Mayor, la Osa Menor,…


La R.A.E debería tener en cuenta que su diccionario no siempre dice la verdad. Cuando uno decide salir de noche y mirar al cielo, lo que realmente está haciendo es “contemplar” el firmamento. ¿Acaso alguien sale a “constelar” las estrellas?

Pues eso.

Sin razones (reales)


Buscamos palabras en nuestro interior con armonía, mucho celo y cuidado extremo para componer en silencio limpios sentimientos. Sacamos de lo más profundo de nuestra inteligencia, si acaso la tenemos, aquello que habitualmente podemos - y a veces, raramente, queremos - por llenar de promesas de sueños esos malditos cuadernos del diablo. Arrancamos, si es menester, pequeños trozos de un sangrante y dolorido corazón para dar vida a un párrafo que se nos antoja eterno. Soplamos con todas nuestras fuerzas al mismísimo viento si queremos comprobar el vuelo rasante de esas nubes que amenazan grises nuestro entorno. Pero algunas veces - porque la justicia existe en nuestra memoria interna - vencemos y comprobamos que la gloria de esa batalla pasa a formar parte de nuestra orgullosa milicia de versos, de nuestras flamantes tropas de prosa o de nuestro valiente ejército de verdades.


Alegarán que es un subgénero perverso y vacuo, boicotearán nuestros quehaceres diarios con soflamas de purismo seráfico, hundirán si pueden nuestra elección más íntima y pajarearán sin ningún disimulo nuestras creaciones puras para rebatir hasta el último punto de lo escrito… más no podrán porque la voluntad de un ser no puede ser plegada por el que hace tiempo malvive encorvado y encorsetado en las normas que a ellos, sus propios creadores, hicieron esclavos.

Sinrazones (aparentes)

Llevo varios días sin historias que contar. Llevo varios días intentando plasmar en el papel sentimientos o historias deformadas convenientemente para no herir las susceptibilidades del lector y, por supuesto, del autor – al que también hay que tener en cuenta -. Llevo varios días en la equivocada creencia de que hay una obligación moral y mayor que me lleva a alimentar de palabras esta bitácora, aunque acaben siendo mentiras. Llevo varios días diciéndome a mí mismo que el blog es un entretenimiento y no una condena a cadena perpetua, una forma de sacar textos o “partes del otro yo vagabundo” que de otra forma nunca llegarían a ser al exterior, que es donde vivimos los demás.


El señor que vive dentro de mí y que me cuenta las cosas que digo y a veces transcribo parece dormir, plácidamente. Un sueño profundo que le impide sostener conversación alguna con alguien tan importante para él como el que esto escribe, que no es otro que el que le soporta y le escucha cuando a él le viene en gana. Y yo, el que vive en el mundo virtual, no soy capaz de juntar una sola letra sin su ayuda. Las cosas que veo y siento no llegan al papel, no creo que tengan una entidad suficiente para ser públicas. A lo mejor las que sí llegaron a los demás en otro tiempo tampoco tenían esa entidad, pero el estado de ánimo fue en ese momento diferente y vieron la luz… o el ocaso, que todo puede ser.


Quizás la primavera - tan querida por unos, tan apartada por mí - está haciendo otra vez de las suyas. ¡Cuán lejos queda el Otoño! ¡Qué largo me lo fiáis Don Diego!

Sierras Norte




Tengo un amigo al que le gustaba mucho hacer “dibujinos”. Se hizo mayor y montó una empresa de comunicación gráfica y arte.

Hoy me sorprendí con uno de sus últimos trabajos:

Divagaciones (de ayer…)



Cuando era más joven podía recordar todo, hubiera sucedido o no. Mark Twain.


¡Qué temprano me he levantado! ¡Pero si es domingo! Hoy no tengo nada que hacer. ¿Para qué me levanto? Y los lunes no hay quién pueda conmigo…

Voy a escribir. Me apetece escribir. Con el café todavía caliente, enciendo el ordenador y miro por la ventana. ¡Qué día más perro! ¡Parece otra vez invierno! Tarareo, no se me va esta canción de la cabeza... es día de frío y vienes a casa, vienes de la tarde cansada de un jueves… pero es domingo, por la mañana y domingo…

Y escribo. Y emborrono. Y rectifico. Y vuelvo a escribir…

Que la piel que te recubra
sea la piel que yo de dejo.
Que la tuya la gastaste
por cobijar tus pequeños.

Que la flor que yo te envío
sea la flor de mi recuerdo.
Que su aroma y su fragancia
invadan todo tu cuerpo.

Sigo escribiendo y emborronando….

Y así,… tiempo con año,
y así,… tiempo con tiempo,
con el olor de las rosas
y el abrigo de mi cuerpo
puedas sentir el calor
que guardo yo en mis adentros,
que me quema, que me aturde,
que pace en mis sentimientos.

Ya sé. Anoche me acosté tarde… como todas las noches. ¿Por qué me acuesto siempre tarde? Arropé a los niños. ¡Qué felicidad transpiraban! ¿Con qué soñarán? El mayor, siempre colocado, siempre en el centro de la cama, preparado para la foto. Y arropado, siempre arropado hasta el cuello… El mediano, ¡ay el mediano!, el cuerpo entero encima de la almohada, cabalga a lomos de su corcel. ¿Qué soñará? Le sobra toda la cama ¿para qué la compraríamos tan grande? Le coloco, le arropo, le beso... El chiquitín, con los pies atravesados en los barrotes de la cuna… parece un niño Jesús de escayola… ¡La lata que da durante el día!.. Abre los ojos… ¡Duérmete niño, duérmete! Ya está. Que la piel que yo…por cobijar tus pequeños…

Me puse el pijama, sin hacer ruido, entre tinieblas, con el sigilo propio de un espía, con la impaciencia de aquel que no quiere molestar. Entré en la cama, mi cama, nuestra cama. ¡Qué sensación! ¿Hay algo más confortable? Alguien la calentó por mí. Me agarro, me aferro, me coloco… puedas sentir…el olor de las rosas… Intento soñar, me duermo, intento…, me duermo… y el abrigo de su cuerpo… que me quema… que su aroma…, me duermo…


Me estoy ablandando. Voy a comprar el periódico.



Ayer ya estaba aquí...





No es la nieve la que se posa en las ramas...


... la explosión del blanco inmaculado está presente por todo el Valle del Jerte...


... luego, cuando vengan los de Madrid a la Fiesta del Cerezo, se habrán marchado las flores, como casi siempre...


... el resto de frutales, con sana envidia, intentan demostrar que ellos también pueden... mas de otra manera...



La primavera ha venido, nadie sabe cómo ha sido... bueno yo sí, ha venido como la Semana Santa, antes de tiempo...

Las vistas del Valle ayer eran impresionantes y blancas. Espectaculares.

El meme y el memo



No me gustan. Dice el individuo que me ha nominado que hasta ahora él había intentado esquivarlos. Yo hasta que él me ha propuesto lo había conseguido. Y digo que no me gustan porque en ningún momento identifico en el blog a la persona que escribe las palabras públicas y al hacer un meme siempre tienes que descubrir algo del que está detrás de la bitacora, que en este caso soy yo. Elegí el anonimato y en la red soy alelo, sin más. Así quiero seguir (excepto para raras excepciones). Pero a ese individuo no le puedo negar lo que pide porque es de esas personas que aún habiendo tenido con él encuentros esporádicos parece que lo conociera de toda la vida y desde el primer momento lo adopté como amigo. Supongo que a él le paso algo parecido. O no. Yo qué se.

Me pide que diga en público cinco rarezas, cinco cosas extrañas que me identifiquen, que destaquen sobre las demás. Y yo digo que eso es imposible. No tengo ni una sola rareza. Estoy convencido de que los raros son los demás (más o menos como el que va por la autovía en dirección contraria y cree que los demás son los que circulan mal). Aún así lo voy a intentar.

Ahí voy:

1.- Soy extremadamente protector. Los míos, familiares y amigos, son lo primero. Con razones o sin ellas. Y lo peor es lo segundo, cuando no hay motivos para la defensa, porque sigo en mis trece e invento lo que sea para tener razón. Si hay que defender a uno de los tuyos siempre tengo razón. Y eso a veces no puede ser bueno, creo.

2.- Nunca tiro nada. Salí de casa de la madre hace ya quince años. Todavía mantengo allí un cajón de artilugios y cachivaches que no “permito” sean tirados a la basura. Guardo alguna camisa y algún pantalón de cuando tenía 17 años, pero soy incapaz de tirarlos o reconocer que ya no me están bien. Los calzoncillos de la suerte, para mi desgracia, fueron hechos trizas en los primeros días de convivencia marital. Todavía los recuerdo con cariño y emoción.

3.- Soy obsesivamente ordenado para según qué cosas. Los libros rectos. Los cuadros también. Cada cosa en su sitio. Mi mesa de trabajo tiene que estar siempre vacía, en ella sólo puede estar lo que en ese momento me traiga entre manos. Los bolígrafos en el bote. Los expedientes en su sitio. Y sin embargo siempre tengo, tanto en el trabajo como en casa, un cajón o un departamento del armario con la puerta cerrada para que no se vea por terceros, absolutamente desordenado, lleno hasta arriba de cosas que no sé para qué valen pero que por los motivos apuntados en el artículo segundo del presente meme conservo como un tesoro.

4.- No aguanto que toquen mis cosas, ni que las descoloquen, ni que intervengan en ellas. Si alguien interviene en mi “pequeño mundo” me cabreo. Si yo no ordeno la vida de los demás – esto tiene pinta de ser una mentira de las gordas pero hay que dramatizar un poco para dar emoción a esto - ¿por qué tienen que ordenar la mía?

5.- Tengo un carácter muy fuerte durante diez minutos. Cuando me enfado, los que me conocen, esperan ese tiempo de forma prudente porque las réplicas pueden ser descomunales. A mi favor, diré que en el minuto once se me ha olvidado todo, incluso por qué me enfadé. Y eso a veces me “jode” todavía más. Y me vuelvo a cabrear, pero esta vez no sé por qué. No hay nada peor que estar cabreado sin ningún motivo. Bueno, sí hay muchas cosas peores pero a mí la que me fastidia es esa.

Acabo de descubrir que tengo muchas más rarezas, pero como sólo me piden cinco…

Y voy a romper las reglas del meme, por puro egoísmo. No voy a nominar a nadie porque entonces, mañana, pasado o al otro… volverán a proponerme a mí para otro… Y como soy como soy… tendré que hacerlo. Así que…. con Dios.

Bueno sí, voy a proponer a Ricardo Arrecife, él dice que se llama de otra manera pero la red es así y al final te acaban llamando por el apellido del blog, porque sé que estas cosas le gustan. Y si no le gustan que se aguante como yo.


POSDATA.- Las cinco rarezas pueden ser una mentira como un castillo de grandes. El autor siempre se describe menos malo de lo que es y raramente, excepto cuando se mira en el espejo, se ve mal. Y yo no voy a ser una excepción. Así que como en las paredes en las que no se pueden pegar carteles: Se hace responsable a la empresa anunciadora.

La vida sigue...




Pasó el tiempo de comicios, afortunadamente. Y pasó que ganaron todos, desgraciadamente y como siempre. Todos menos yo, que en los últimos tiempos – será por la edad - no me conformo con nada y sigo esperando un gran pacto nacional que aborde sin complejos temas absolutamente fundamentales para nuestro futuro y el de los que vendrán como la Educación (¿tan difícil es ponerse de acuerdo en un 70% de los temas?), la reforma de una Ley Electoral que refleje las intenciones verdaderas de los ciudadanos o la modificación de un Senado para que acoja la auténtica representación y con atribuciones de los territorios. También sigo esperando, y esto sé que es una ilusión, la llegada de un partido de centro – quince diputados, no pido más - que haga de visagra entre las descomunales fuerzas de la diestra y la siniestra en detrimento de los periféricos que nos ahogan una elección sí y otra también. Y, por supuesto, una reforma constitucional que no diferencie entre ciudadanos de primera, segunda o tercera clase.

Ahora puedo decir, pasada la terrible campaña que nos oprimía sin piedad, que he echado de menos que se hablara de los precios. Sí, ya sé que parece que es de lo único que han hablado los candidatos con esos índices coloreados que nos enseñaban de lejos para que nos fijáramos bien. Pero yo he echado de menos que el uno preguntara y el otro explicara por qué hace un año la compra semanal para una familia de cinco personas ascendía a 80-90 euros y hoy, la misma compra, el mismo carro, el mismo individuo comprando los mismos o similares productos se gasta 120-130 euros. ¿A qué se debe esto? ¿De donde sale ese brutal incremento? ¿También la culpa es del petróleo?

He echado de menos que el uno preguntara y el otro explicara por qué vale más en el “Carreful” la carne de ternera – por poner un ejemplo – que el año pasado y sin embargo el ganadero – auténtico excluido de la campaña electoral – se ve obligado a vender su producto al precio de hace diez años pagando la cebada, el maíz y la avena para alimento al doble de precio que la temporada anterior. Me consta que hay muchos de ellos que han optado esta temporada por dejar las madres “vacías” porque vale más el engorde que lo que les pagan por ellas cuando han llegado a la edad de ser filetes.

Se perdieron los candidatos en el precio del pollo – se repitió el concepto hasta la saciedad y la suciedad – y ninguno explicó por qué el calabacín en las lonjas se paga al agricultor a 20 céntimos el kilo y cuando uno pasea por el “Eroski” lo encuentra a 3,80 euros. O el paso de las judías verdes de 30 céntimos en origen a 5,10 en el supermercado. O los tomates. O las cebollas, O las frutas… ¿Por qué tanta diferencia? ¿No sería más justo que el agricultor cobrara un poco más y nosotros pagáramos un poco menos? ¿No sería más justo que se impidiera gravar los productos más allá de un tanto por ciento y que en las etiquetas identificativas figurara también el precio de origen para que nos hiciéramos una pequeña idea de la salvajada? Y no me vale que se me diga que eso no se puede hacer, que es imposible en un Estado moderno, que es intervencionismo puro y duro porque entonces los taxistas, los abogados, los notarios y un sinfín de profesiones que tienen tarifas establecidas por leyes y convenios estarían más intervenidos que en la China mandarina.

Se habló de la crisis de la construcción en el sentido único de que los implicados especuladores se lo merecen. Más o menos. Pero no se habló de los alicatadores, albañiles, soladores, carpinteros, electricistas, yesistas y un sinfín de profesiones que viven directamente de ese presunto “especulador” y de su futuro próximo. Tampoco se habló de la hostelería y otras actividades varias como los fabricantes de aparatos sanitarios, componentes electrónicos, parquets y suelos de madera en general, ventanas de aluminio, … todos ellos hijos directos de ese presunto especulador y que cargarán en primer lugar con sus crímenes. Y nadie se planteó que en España, en estos últimos 10 años, lo que realmente ha subido es el suelo para construir y no la construcción, ni de la falta del necesario para que la demanda sea superior a la oferta y regule de forma transparente el mercado, ni de las paralizaciones locales y autonómicas de los planes de urbanismo por plazos desesperada, exasperada y exageradamente largos, …

Durante la campaña se nos mostraron los defectos y virtudes de muchas cosas, se nos ofrecieron millones de índices, se nos mostraron infinitas poses… pero creo que se quedaron algunas y muy importante en el tintero. No pasa nada. La vida sigue…

Me aburre


Me aburre. Me cansa todo lo que huela a campaña electoral: Cejas maquilladas en exceso y trajes sin abrochar para que se vea la corbata de la suerte, defensores del título interrumpiendo una vez sí y otra vez también, aspirantes sin respuestas a preguntas elementales, deformación de realidades y creación de personajes ficticios... Posiciones divergentes que hasta el más tonto conoce de antemano. Debates encasillados en absurdos parámetros y teledirigidos a espectadores que nos lo tragamos todo. ¿Acaso creen que voy a cambiar mi voto? ¿Acaso creen que no analizo críticamente los hechos y deshechos de unos y otros durante los cuatro últimos años o más? ¿Es que creen que somos marionetas de trapo? Lo malo, lo peor, lo más triste… es que a lo peor tienen razón. Y sí cambiamos el voto por esas poses televisivas, por esos datos macroeconómicos sesgados que a ambos cuadran, por ese saber estar o no durante una hora delante de las cámaras, por esas encuestas parciales e interesadas que diariamente despachan los medios de influencia – perdón, quise decir de comunicación -, por esa forma de presentar al personaje que representan. Nos piensan borregos. Y tristemente podemos llegar a ser tales.

Cientos de miles de euros gastados por cada partido político en mítines que tienen como único objetivo captar una gran frase, una buena frase, una frase grandilocuente para quince tristes segundos de un telediario o "terrordiario", que yo creo que son lo mismo. Grandes vallas publicitarias con una cara retocada por los “fotochós” para crear un persona distinta al humano que vive y al que aspira a vivir en La Moncloa. Una cantidad ingente de banderitas, mecheros, llaveros y tontunas varias que supongo cuestan una fortuna al total de los españoles, voten o no, piensen o no, se manifiesten o no… ¿De donde salen esos dineros?

No quiero participar en este teatro de mentiras. No quiero ser el payaso del circo. No quiero que se gasten nuestros cuartos en decorados franceses para debates encorsetados y pactados contractualmente de antemano, ni en artilugios o artefactos publicitarios que a partir del domingo no servirán para nada.

Aspiro a ver un día frente a frente a los dos candidatos - o a más si es que existen - delante de una cámara – o de un micrófono -, sin presentadores, sin decorados, sin guiones, el uno frente al otro, en un dialogo total que transparente sus ideas de forma definitiva y su forma de encarar las realidades nacionales de una forma nítida, creíble. Sin papelitos con índices coloreados y sin tanto maquillaje del caro.


¡Qué alivio!… Si no lo digo reviento… Se me estaba poniendo la cara ya como al niño del anuncio de Wolkswagen.

Copiotas virtuales


No es la primera vez que me pasa pero no deja de sorprenderme. Hay gente en la red que se dedica a copiar los trabajos de los demás. Y eso en principio no es bueno, no puede ser bueno.

Hace dos días volvió a pasar. Un texto de mi blog fue copiado entero por otra internauta. Esta vez, por lo menos, citó la fuente y enlazó tanto la cabecera como el pie del post directamente a mi blog. El problema es que, a mi humilde entender, el texto que yo hice no tiene nada que ver con el lugar en el que se ha colocado: Jamás pensé escribir guiones para Los hombres de Paco. ¡Lo juro!

He comprobado que es habitual este tipo de sucesos en la red. Ahí tenéis dos ejemplos de lo que digo.

Para intentar evitar este tipo de cosas y gracias a Blog and Web he insertado un código en la plantilla HTML del blog que deshabilita el botón derecho y no se pueden copiar los textos del blog sin el permiso del autor, o cuando menos es más difícil.

El Código hay que insertarlo justo antes de "/head".

Os invito a insertarlo en vuestras bitácoras. Ahí lo tenéis:

<script type='text/javascript'>

/*Mensaje que puedes personalizar*/
var mensajeerror = "Pide permiso al autor. ¡Gracias. ";
if(document.layers) window.captureEvents(Event.MOUSEDOWN);
function bloquear(e){
if (navigator.appName == 'Netscape' && ( e.which == 2 || e.which == 3))
{
alert(mensajeerror);return false;
}
if (navigator.appName == 'Microsoft Internet Explorer' && (event.button == 2 || event.button == 3))
{
alert(mensajeerror);return false;
}
}
window.onmousedown=bloquear;
document.onmousedown=bloquear;

</script>


El único problema que os encontraréis (bastante gordo, por cierto) es que como he deshabilitado el botón derecho no lo podéis copiar. No pasa nada. Entráis en Blog and Web y seguís las instrucciones. Yo, con el trabajo que me ha costado, paso de volver a habilitar el botón derecho.


Les oí…


Les oí decir que traían remedios, remiendos y consuelo para los males del mundo… mas me pesó no encontrarme enfermo en ese momento. Les oí vender conjuros, sortilegios y embrujos para que olvidáramos nuestros pesares… pero no me hicieron falta porque siempre me consideré un hechizado y un maldito. Les oí cantar y contar bienaventuranzas por todos los foros y plazas del país… pero era tarde porque la afonía me ahoga desde hace tanto que ni me acuerdo.


Y les vi levantar los brazos en señal de alegría… Y les vi pedir un trozo de nuestra voluntad, sólo un pedazo decían, tan sólo por un instante dominical… Y les vi actuar en aquel teatro de sueños irrealizables que cierra de forma y manera invariable el telón un día después cada cuatro años, un lugar donde descansan olvidadas las promesas rotas e incumplidas, un teatro en el que nadie, nunca, jamás, pase lo que pase, pierde…


Les oí cambiar la verdad, mi verdad, que es la única que entiendo. Les vi camuflarse entre la gente para que no supiéramos qué era lo que escondían. Les sentí, como yo sólo siento, cuando arengaban a las masas con fantásticas propuestas vacías y maravillosos logros de plastilina para comprobar, finalmente y de nuevo, que el asenso del ser humano tiene un precio y que sólo oímos lo que queremos escuchar. Lo demás no nos interesa.

 
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