El rostro de la luna se refleja en tu silueta presumida en medio de la bruma que ha conquistado la noche para un sueño eterno. Hay un río que quiere ser mar y rebota azules infinitos sobre las cúpulas de esas iglesias que vieron tanta historia, que gozaron la crónica en las conquistas del non plus ultra, que sufrieron la derrota con fervor religioso y un pañuelo enamorado en la cabeza. En las cuestas, el acero y los cables hacen incisiones de sangre gris en el recorrido que luego el amarillo intenso esparcirá en un contraste imprevisto por toda la ciudad con alegría. No hay cámara capaz de recoger lo que el ojo del artista percibe. Y hay más. El viejo trovador, desde el fondo de una garganta rota y acompañado de un desvencijado acordeón que sólo suena para él, lanza bocanadas de tristeza al cielo bosquejando el contorno de lo que luego serán las nubes, ésas que atenúan el brillo en los tejados de la vieja Alfama. Y hay mucho más. La Dama aguarda, sin reconstruirse, esperando un nuevo cataclismo. Viejas fachadas de presumidos azulejos intermitentemente desgastados, ventanas de madera blanca raídas por el salitre y el viento, suelos dameros blancos, negros, y blancos y negros, y negros y blancos… No hay necesidad de restaurar lo que mañana volverá a caer. Píntalo, querido amigo, para que lo recuerde. Perfílalo, hermano, para que creamos en el día que existió la saudade. Sigue habiendo más. Viven estampas en sus calles de cuento, en sus rastros de otra época, en sus lonjas de plazuela melancólica que hay que guardar para la eternidad. Lisboa sabe que sus gentes venden fruslerías en mercados antiguos, que la edad avanza sin remedio entre la quincalla y que sus costanas estuvieron ahí siempre, guardando baratijas de mercaderes sin otro oficio que el de ver pasar el tiempo. Lisboa espera que un amigo venga y refleje en el arte su mejor dibujo. Las palabras, a veces, no descubren la descripción de lo que ven y es en lo abstracto, en lo figurado, tal vez en lo más puro, donde uno encuentra lo que nunca buscó, lo que pasó inadvertido entre el bullicio, lo que Bernardo, en su error más flagrante, creyó falso y hueco.
Navegar é preciso
“Coger pinturas y mezclarlas en la paleta sin tela ante nosotros en la que poder pintar. Mandar traer piedra para burilar sin tener buril ni ser escultor. Hacer de todo un absurdo, perfeccionar haciéndolas fútiles todas nuestras estériles horas. Jugar a escondidas con nuestra conciencia de vivir. Esculpir en silencio nulo todos nuestros sueños de hablar. Estancar en torpor todos nuestros pensamientos en acción. Oír a las horas decirnos que existimos con una sonrisa encantada e incrédula. Ver al Tiempo pintar el mundo y encontrar al cuadro, no sólo falso, sino hueco." Bernardo Soares. Tenedor de libros de la ciudad de Lisboa.
El rostro de la luna se refleja en tu silueta presumida en medio de la bruma que ha conquistado la noche para un sueño eterno. Hay un río que quiere ser mar y rebota azules infinitos sobre las cúpulas de esas iglesias que vieron tanta historia, que gozaron la crónica en las conquistas del non plus ultra, que sufrieron la derrota con fervor religioso y un pañuelo enamorado en la cabeza. En las cuestas, el acero y los cables hacen incisiones de sangre gris en el recorrido que luego el amarillo intenso esparcirá en un contraste imprevisto por toda la ciudad con alegría. No hay cámara capaz de recoger lo que el ojo del artista percibe. Y hay más. El viejo trovador, desde el fondo de una garganta rota y acompañado de un desvencijado acordeón que sólo suena para él, lanza bocanadas de tristeza al cielo bosquejando el contorno de lo que luego serán las nubes, ésas que atenúan el brillo en los tejados de la vieja Alfama. Y hay mucho más. La Dama aguarda, sin reconstruirse, esperando un nuevo cataclismo. Viejas fachadas de presumidos azulejos intermitentemente desgastados, ventanas de madera blanca raídas por el salitre y el viento, suelos dameros blancos, negros, y blancos y negros, y negros y blancos… No hay necesidad de restaurar lo que mañana volverá a caer. Píntalo, querido amigo, para que lo recuerde. Perfílalo, hermano, para que creamos en el día que existió la saudade. Sigue habiendo más. Viven estampas en sus calles de cuento, en sus rastros de otra época, en sus lonjas de plazuela melancólica que hay que guardar para la eternidad. Lisboa sabe que sus gentes venden fruslerías en mercados antiguos, que la edad avanza sin remedio entre la quincalla y que sus costanas estuvieron ahí siempre, guardando baratijas de mercaderes sin otro oficio que el de ver pasar el tiempo. Lisboa espera que un amigo venga y refleje en el arte su mejor dibujo. Las palabras, a veces, no descubren la descripción de lo que ven y es en lo abstracto, en lo figurado, tal vez en lo más puro, donde uno encuentra lo que nunca buscó, lo que pasó inadvertido entre el bullicio, lo que Bernardo, en su error más flagrante, creyó falso y hueco.
El rostro de la luna se refleja en tu silueta presumida en medio de la bruma que ha conquistado la noche para un sueño eterno. Hay un río que quiere ser mar y rebota azules infinitos sobre las cúpulas de esas iglesias que vieron tanta historia, que gozaron la crónica en las conquistas del non plus ultra, que sufrieron la derrota con fervor religioso y un pañuelo enamorado en la cabeza. En las cuestas, el acero y los cables hacen incisiones de sangre gris en el recorrido que luego el amarillo intenso esparcirá en un contraste imprevisto por toda la ciudad con alegría. No hay cámara capaz de recoger lo que el ojo del artista percibe. Y hay más. El viejo trovador, desde el fondo de una garganta rota y acompañado de un desvencijado acordeón que sólo suena para él, lanza bocanadas de tristeza al cielo bosquejando el contorno de lo que luego serán las nubes, ésas que atenúan el brillo en los tejados de la vieja Alfama. Y hay mucho más. La Dama aguarda, sin reconstruirse, esperando un nuevo cataclismo. Viejas fachadas de presumidos azulejos intermitentemente desgastados, ventanas de madera blanca raídas por el salitre y el viento, suelos dameros blancos, negros, y blancos y negros, y negros y blancos… No hay necesidad de restaurar lo que mañana volverá a caer. Píntalo, querido amigo, para que lo recuerde. Perfílalo, hermano, para que creamos en el día que existió la saudade. Sigue habiendo más. Viven estampas en sus calles de cuento, en sus rastros de otra época, en sus lonjas de plazuela melancólica que hay que guardar para la eternidad. Lisboa sabe que sus gentes venden fruslerías en mercados antiguos, que la edad avanza sin remedio entre la quincalla y que sus costanas estuvieron ahí siempre, guardando baratijas de mercaderes sin otro oficio que el de ver pasar el tiempo. Lisboa espera que un amigo venga y refleje en el arte su mejor dibujo. Las palabras, a veces, no descubren la descripción de lo que ven y es en lo abstracto, en lo figurado, tal vez en lo más puro, donde uno encuentra lo que nunca buscó, lo que pasó inadvertido entre el bullicio, lo que Bernardo, en su error más flagrante, creyó falso y hueco.
Inconcreciones
“Saber que será mala la obra que no se hará nunca. Peor, sin embargo, será la que nunca se haga. La que se hace queda, por lo menos, hecha. Será pobre pero existe, como la planta mezquina en la maceta única de mi vecina tullida. Esta planta es su alegría, y a veces también la mía. Lo que escribo, y reconozco que es malo, puede también proporcionar unos momentos de distracción de algo peor a un u otro espíritu afligido o triste. Eso me basta, o no me basta, pero sirve de alguna manera, y así es toda la vida.” Pessoa. Desasosiego.
De aquí para allá, y vuelta a empezar. Arriba y abajo, a diestra y siniestra, todo sigue igual. Recorro el camino que marca cada mañana laborable la ventana que domina el mundo que me vive, un hueco por el que se cuelan entremezclados sentimientos y noticias, verdades y mentiras, tralará. ¿Buscando qué? Hay tanta gente que no veo a nadie, me creo y siento incapaz de reconocer a ni un sólo y solo ser humano entre el bullicio. Brujos que no son, desalmados que aparentan, genios sin lámpara maravillosa, inocentes, despistados, inocentes despistados, aspirantes, aspirados, aspirantes aspirados... Y en medio de todo ello los más puros, los poetas, los que se salvan, los poetas que se salvan… Entonces doy un vuelco hacia mí mismo, mas tampoco estoy: He salido a hacer un recado, como casi siempre. Nunca estoy cuando me necesito.
Los acontecimientos de los últimos meses me hacen buscar desesperado por y entre las dudas, pero soy tan tonto que sólo encuentro respuestas. ¿Para qué quiero yo respuestas? Cualquiera y en cualquier lugar tiene miles para darte, para regalarte, para equivocarte. Casi siempre para confundirte o para llevarte por donde no quieres ir. Y a mí, en este instante, me valen las soluciones. Y no están ahí, ni en los lugares en los que estoy buscando ni en internet, que es donde está todo. Tal vez no existan. Tal vez sí. O, como las esperanzas – hay cientos, lo sé -, que están escondidas detrás de las estrellas, descansando en su reverso y por eso son imposibles de observar, difíciles de capturar.
En la absurda reflexión, o no, que me trae hoy hasta aquí, descubro que hay palabras que no deberían existir, que nadie tenía que haber inventado. En ellas viven - perdón, quise decir malviven - las enfermedades, los problemas y la miseria. ¿Quién podría definir algo si la palabra que describe su esencia todavía no ha aparecido? Sí, ya lo sé, siempre hay alguien para ponerle el cascabel al gato, para explicar lo indefinido, para determinar lo indefinible, aunque sea mentira. Lo que quiero decir es que en el disparate que represento, o no, que todo es posible, siento que tal vez las cosas pueden ser diferentes en la cara oculta de la luna, pero no hay nadie que sea capaz de demostrármelo.
Perdonen ustedes por las divagaciones, por la vaguedad de las ideas, por la imprecisión de lo que digo, pero lo que parece un blog a veces se transforma en un estado de ánimo. Y hoy ese estado es inconcreto, incierto, y escribiendo me animo a creer que a través de él puedo ser libre, que al contar lo que cuento suelto lastre y puedo quitarle poder a la vida y así, como quien no quiere la cosa, arrebatarle algunas de esas oscuras estrategias que no llevan a ninguna parte. O por lo menos a una parte en la que se esté bien.
Lo mejor de todo, lo que más me gusta de este artefacto virtual, es que luego, cuando lean esto (si acaso hay alguien detrás de mi ventana) sacarán sus propias conclusiones y la mayoría serán como la mía: Absolutamente equivocadas. O no, que todo es posible.

Sigo queriendo ir a Lisboa, amigo Pablo; y alternar en sus tabernas; y pisar el empedrado de su historia; y cantar Vila morena, terra de fraternidade debajo del puente rojo; y traquetear en su amarillo; y llamarle de tú al Tejo; y beber su vinho verde; y oler la fritura de sus calles, y sentir que la Dama se sigue acordando de mí, de ti, de nosotros…
De aquí para allá, y vuelta a empezar. Arriba y abajo, a diestra y siniestra, todo sigue igual. Recorro el camino que marca cada mañana laborable la ventana que domina el mundo que me vive, un hueco por el que se cuelan entremezclados sentimientos y noticias, verdades y mentiras, tralará. ¿Buscando qué? Hay tanta gente que no veo a nadie, me creo y siento incapaz de reconocer a ni un sólo y solo ser humano entre el bullicio. Brujos que no son, desalmados que aparentan, genios sin lámpara maravillosa, inocentes, despistados, inocentes despistados, aspirantes, aspirados, aspirantes aspirados... Y en medio de todo ello los más puros, los poetas, los que se salvan, los poetas que se salvan… Entonces doy un vuelco hacia mí mismo, mas tampoco estoy: He salido a hacer un recado, como casi siempre. Nunca estoy cuando me necesito.
Los acontecimientos de los últimos meses me hacen buscar desesperado por y entre las dudas, pero soy tan tonto que sólo encuentro respuestas. ¿Para qué quiero yo respuestas? Cualquiera y en cualquier lugar tiene miles para darte, para regalarte, para equivocarte. Casi siempre para confundirte o para llevarte por donde no quieres ir. Y a mí, en este instante, me valen las soluciones. Y no están ahí, ni en los lugares en los que estoy buscando ni en internet, que es donde está todo. Tal vez no existan. Tal vez sí. O, como las esperanzas – hay cientos, lo sé -, que están escondidas detrás de las estrellas, descansando en su reverso y por eso son imposibles de observar, difíciles de capturar.
En la absurda reflexión, o no, que me trae hoy hasta aquí, descubro que hay palabras que no deberían existir, que nadie tenía que haber inventado. En ellas viven - perdón, quise decir malviven - las enfermedades, los problemas y la miseria. ¿Quién podría definir algo si la palabra que describe su esencia todavía no ha aparecido? Sí, ya lo sé, siempre hay alguien para ponerle el cascabel al gato, para explicar lo indefinido, para determinar lo indefinible, aunque sea mentira. Lo que quiero decir es que en el disparate que represento, o no, que todo es posible, siento que tal vez las cosas pueden ser diferentes en la cara oculta de la luna, pero no hay nadie que sea capaz de demostrármelo.
Perdonen ustedes por las divagaciones, por la vaguedad de las ideas, por la imprecisión de lo que digo, pero lo que parece un blog a veces se transforma en un estado de ánimo. Y hoy ese estado es inconcreto, incierto, y escribiendo me animo a creer que a través de él puedo ser libre, que al contar lo que cuento suelto lastre y puedo quitarle poder a la vida y así, como quien no quiere la cosa, arrebatarle algunas de esas oscuras estrategias que no llevan a ninguna parte. O por lo menos a una parte en la que se esté bien.
Lo mejor de todo, lo que más me gusta de este artefacto virtual, es que luego, cuando lean esto (si acaso hay alguien detrás de mi ventana) sacarán sus propias conclusiones y la mayoría serán como la mía: Absolutamente equivocadas. O no, que todo es posible.
Sigo queriendo ir a Lisboa, amigo Pablo; y alternar en sus tabernas; y pisar el empedrado de su historia; y cantar Vila morena, terra de fraternidade debajo del puente rojo; y traquetear en su amarillo; y llamarle de tú al Tejo; y beber su vinho verde; y oler la fritura de sus calles, y sentir que la Dama se sigue acordando de mí, de ti, de nosotros…
Plaza de toros
Desde la ventana más alta de mi casa,
con un pañuelo blanco digo adiós
a mis versos, que viajan hacia la humanidad.
Y no estoy alegre ni triste.
Ése es el destino de los versos.
Los escribí y debo enseñárselos a todos
porque no puedo hacer lo contrario,
como la flor no puede esconder el color,
ni el río ocultar que corre,
ni el árbol ocultar que da frutos."
Alberto Caeiro
con un pañuelo blanco digo adiós
a mis versos, que viajan hacia la humanidad.
Y no estoy alegre ni triste.
Ése es el destino de los versos.
Los escribí y debo enseñárselos a todos
porque no puedo hacer lo contrario,
como la flor no puede esconder el color,
ni el río ocultar que corre,
ni el árbol ocultar que da frutos."
Alberto Caeiro
Uno le dio forma, el otro las alas. Uno con la brocha, el otro con savia. Uno en la poesía, otro en la mirada. Uno está en Sevilla y el otro en su casa. Mientras uno, con mucha paciencia, doblaba las rayas y moldeaba letras con capa y espada, el otro, sin pausa, se las desdoblaba para dibujar con ellas un toro con casta. Y aunque desde antes ya se barruntaba es ahora el día que visten las galas...
Uno es otro antes que uno. Otro es uno antes que nada. Son el Sur y el Norte, salen a la plaza...
Uno es otro antes que uno. Otro es uno antes que nada. Son el Sur y el Norte, salen a la plaza...

Portada del libro "Plaza de toros" de José Mª Jurado y Pablo Pámpano.
Publicado por Ediciones de la Isla de Siltolá.
Ahora…
Ahora es tiempo de dar descanso a las palabras, de relajar la pluma y tapar el tintero para dedicar los esfuerzos a otras cosas, tal vez tan banales como ver crecer una flor o contemplar el vuelo de una mariposa, acaso tan intrascendentes como mirar por una ventana como pasa la tarde o beber agua fresca de una fuente en el camino, quizás tan fútiles como saberte detrás de un sueño o entenderte cuando me miras. Ahora es un adiós momentáneo porque sé que pronto volveré con nuevos bríos y aquellas otras historias que mi cabeza tenga a bien regalarme. Ahora es ayer y mi memoria, que no olvida, nunca olvida, jamás olvida, me trae de vuelta un niño con pantalón corto que juega a la peonza en medio de una calle sin aceras en una tarde que nunca se acaba, un adolescente que corre detrás de niñas que empiezan a gustarse y a gustarme o un joven sin frenos en los pies que busca desesperado inteligencia y diversión, aunque no en la misma proporción ni en el mismo orden. Y ese niño soy yo, pero también eres tú. Y ese adolescente soy tú, pero también eres yo. Y ese joven… de ese joven no me acuerdo porque en este momento he decidido que no me interesan ni el vértigo ni las sensaciones fuertes. Ahora es mañana y mañana ahora duele. Por eso voy a buscar esperanzas y alegrías porque me han dicho que existen, que se dejan coger sin esfuerzo, que es fácil hacerse con ellas, que quieren que alguien como yo las abrace y las quiera.
Si en estos días de primavera ven a alguien por el campo vestido de explorador que corre sin ton ni son tras el aire con un "cazamariposas"… no se asusten porque puedo ser yo. O tal vez seas tú, que no lo sé.
Si en estos días de primavera ven a alguien por el campo vestido de explorador que corre sin ton ni son tras el aire con un "cazamariposas"… no se asusten porque puedo ser yo. O tal vez seas tú, que no lo sé.
La visita...
La intuición de una mujer es más precisa
que la certeza de un hombre.
Rudyard Kipling
que la certeza de un hombre.
Rudyard Kipling
- Tienes que estar allí a las 11. Ha accedido a hablar contigo. No logro entender el porqué pero ha dicho que sí. Lo más extraño es que parece haber despertado del sueño que la ahogaba. Parecía absorta en sus pensamientos más oscuros, en ese limbo del que no puede salir, hasta que le dije tu nombre, hasta que le conté que habías venido a verme desde el pasado y que querías hablar con ella a solas. Me pareció incluso que una sonrisa se dibujó en su boca antes de volver a hablar. Algo se debió activar en su interior, actuaste como un resorte para su perenne bloqueo mental, y me dijo simple y llanamente: Que venga mañana. Es todo lo que puedo decir.
Me introdujeron en un cuarto en el que sólo había una mesa cuadrada y dos sillas de madera, una enfrente de la otra. Las paredes se mostraban despejadas, pintadas de un verde triste y con algún que otro desconchón producido por el paso del tiempo y la humedad. La falta de atención reflejaba un abandono creciente o quizá un traspaso inmediato por cierre de unas instalaciones frías y obsoletas, de otra época. No había ventanas y un viejo fluorescente iluminaba como podía aquel desvencijado recinto. Ni un mísero cuadro adornaba la estancia, tal vez para que no se produjeran agresiones, quizás para que no fueran utilizados como armas en un momento determinado. Era palpable el olor a rancio, a ambiente cerrado y sucio, a cárcel de segunda, a pesar de no ser visible un solo elemento sobre el desgastado solado gris de terrazo que delatara falta de higiene. Ni siquiera pude ver en las paredes la huella dejada por un antiguo crucifijo como los que aparecían de forma y manera invariable en aquellas películas americanas del cine negro. Era un habitáculo de unos veinte o treinta metros cuadrados que servía para que las internas que se encontraban en la enfermería de la cárcel, estuvieran realmente enfermas o no, que a veces eso no importaba, fueran visitadas por sus familiares o amigos íntimos. El sistema penitenciario dictaba que a los pacientes se les podía ver con mayor asiduidad que al resto de los presos comunes. Y ella ahora era una enferma que no debía mezclarse en ningún momento con otras reclusas. Así lo había ordenado el Juez después de estudiar con detenimiento el amplio informe que había redactado el equipo de psicólogos sobre su situación mental.
El corazón se me iba a salir del cuerpo. Era una sensación insoportable, como si la sangre quisiera correr tanto que la máquina encargada de moverla no pudiese con ella, fuera incapaz de trasegarla de un lado para otro, de una vasija a otra. Me hicieron esperar más de quince minutos. Se me hicieron eternos por la quietud del lugar, por el silencio de sus paredes y, sobre todo, por una percepción cerebral de soledad abandonada del que aguarda impaciente. De repente se abrió la puerta: Había llegado el momento de verla. Apareció del brazo de una funcionaria a la que habían dado un uniforme una talla inferior a la que necesitaba su cuerpo, que antes de marcharse dijo con voz seca y autoritaria a la vez: Tienen media hora.
La primera visión fue lamentable, o tal vez se podría calificar como desesperante. Parecía más vieja y estaba muy delgada, casi en los huesos. Vestía una camisa ancha de cuadros, un gastado pantalón vaquero y zapatillas blancas de deporte. En su rostro se apreciaban las huellas que sólo el dolor profundo deja en las personas. Las ojeras perfectamente pintadas de un color indefinido, un color que oscilaba entre el violáceo que hacía de sombra hasta llegar al negro de los bordes; La mirada dirigida hacia un punto que no existe ni existirá en la realidad; Los pómulos marcados en exceso por una pérdida de peso que no ha sido buscada y la sonrisa olvidada sin remedio, engullida por aquel fatídico suceso. Hay dolores que se reflejan en la cara o en la mirada y ni siquiera el paso del tiempo es capaz de borrarlos. Igual que se marca a hierro y fuego a los animales, esos dolores permanecen grabados en la expresión de aquel que los sufrió para siempre. Me miró e intentó sonreír, pero no le salió. Una extraña mueca se dibujó en su cara. Parecía también cansada, muy cansada. Se sentó enfrente, a la otra parte de la mesa, en la única silla libre y agachó la cabeza. Simulaba vergüenza. O la tenía realmente, que no lo supe discernir. Sus ojos se perdían en aquel antiguo tablero con patas que quería ser una mesa, como si buscaran un reflejo que en la madera vieja y gastada es inexistente, imposible tal vez. Su expresión lo decía todo, es decir, no decía nada. Absolutamente nada. Tenía razón su hermana: parecía una muerta en vida. ¿Qué quieres?, preguntó sin más.
“Ayer”
Vinieras y te fueras dulcemente,
de otro camino
a otro camino. Verte,
y ya otra vez no verte.
Pasar por un puente a otro puente.
- El pie breve,
la luz vencida alegre—.
Muchacho que sería yo mirando
aguas abajo la corriente,
y en el espejo tu pasaje
fluir, desvanecerse.
Vicente Aleixandre.
de otro camino
a otro camino. Verte,
y ya otra vez no verte.
Pasar por un puente a otro puente.
- El pie breve,
la luz vencida alegre—.
Muchacho que sería yo mirando
aguas abajo la corriente,
y en el espejo tu pasaje
fluir, desvanecerse.
Vicente Aleixandre.
Porque a esa edad no existe el frío, ni nada que detenga un pensamiento. ¿Acaso se puede frenar una forma de pensar? ¿Se pueden empaquetar las ideas de los que ya deciden? ¿Quién se atreve a qué! Porque en esa vida sólo importa el hoy; del mañana ya hablaremos. Tal vez o quizás eran palabras inexistentes, imposibles, en la determinación que procuraba eso que llaman juventud y que no era más que un rebosadero de sensaciones a punto de estallar, un torrente sin freno ni compasión, un grito en la noche que no quiere callar, un… un aula sencilla de un viejo palacio repleta de inquietudes, miradas cómplices y ojeras. Y mucha ilusión. Y podías elegir porque eras libre, aunque entonces lo desconocieras. Y podías burlar porque eras grande, aunque fueras inconsciente (¡qué gran palabra y qué olvidada! In-cons-cien-te). Y podías sentir porque… porque eras joven, aunque ahora – me temo que aquí no cabe el antes - es cuando lo sabes, cuando lo palpas, cuando algunos lo padecen.
Pasó implacable el tiempo y cicatrizaron las heridas. Perdón, quise decir las alegrías. Se relajó la sangre en las venas para dar paso a una rutina que se hizo dueña y señora de lo que nos respira, a un acomodo que envolvió en papel celofán nuestros recuerdos, a una tranquilidad que escondió en su última memoria lo vivido, lo amado, lo bebido... ¡Hubo tanto bebido! ¡Hubo más amado! ¡Hubo tanto de todo sin poseer casi nada! Y llegamos a un puerto más seguro, más abrigado, con las aguas calmas y olvidamos de repente que aquellos días, pirata o marinero, capitán o grumete, honrado o filibustero, fuimos dueños del inmenso mar azul. En nuestras cabezas sólo había sitio para vivir el momento; pero siempre ese momento y no otro. En nuestra alma – si acaso la tuvimos, que no lo sé. ¿Lo sabes tú? -, correr, correr y correr era el único objetivo. La única raya que adornaba nuestros ojos dibujaba el horizonte, por muy lejos que estuviera, - todo mezclado, eso sí - entre fiestas y alborotos, sobre exámenes y libros, tras muchachas y muchachos que mañana no estarían…
Hoy lo he vuelto a recordar. Hoy me he vuelto a sentir como entonces. Aunque sé por qué (siempre hay un motivo para todo), voy a escribir ahora y aquí que no sé por qué, que no tengo ni idea. Luego hay gente que lee esto y me pregunta. Y ya no tengo edad para dar determinadas respuestas, sobre todo si pueden ser comprometidas…
Era sólo un recuerdo, una agradable fragancia, un instante en medio…
Évora
Évora olvidada… Cuando no estás cerca de mí extraño tus callejuelas empedradas que se adornan con faroles que no alumbran, los rincones sin gentes que te habitan y me pierdo en los silencios más profundos que desgrana el humo de los rojos tejados que uniforman tu paisaje. Si Geraldo el “sem pavor” regresara a tus entrañas y padeciera la terrible y angustiosa soledad que te transpira, el cansado abandono que te viste, la desgana evidente de tus romanas ruinas, levantaría de nuevo sus armas contra la injusticia y contra esos Almohades que hoy gritan de júbilo porque sus murallas, tantas veces derribadas por tus huestes, lucen esbeltas en las ciudades que ya no vigilan desde la otra parte de la raya. Oh, Portugal, ayer pintaste tu figura terrenal con fortalezas y hoy condenas a vivir a los insumergibles nietos de Viriato al borde del mar, olvidando que tu gloria también se forjó en esos parajes, en aquellos páramos, en nuestra encrucijada. Oh, Portugal, nunca sabrás lo que perdiste arrebatando su importancia a la alentejana dama de la casa de Avís. Qué triste y sola quedó entre los campos tu hija más querida. Évora olvidada… Évora querida…




La memoria frágil
es mi verso
y será desterrado
por vosotros,
y por todos los hombres
al cieno del olvido.
José María Jurado.
y será desterrado
por vosotros,
y por todos los hombres
al cieno del olvido.
José María Jurado.
Él dice que la poesía lleva ardiendo en el pecho de los hombres cientos de siglos y que apostar por ella es apostar por lo más noble. Y no sé si es verdad porque no alcanzo… Él quiso reencontrarse con el que un día fue y descubrió por el camino que sigue siendo el mismo. Y no sé si es verdad porque no alcanzo... Él nos mostró en este libro, acendrados, compactos, sus versos del ayer que vienen hoy con el sigilo de una letra muda pero con la gallardía del mástil presumido que asoma en la minúscula. Y no sé si es verdad, porque no alcanzo… Él no quiere perder sus orígenes – nunca quiso – porque su infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero. Y tampoco sé si es verdad porque en el huerto de sus sueños, que en parte fueron los míos, vive una gran encina que cobija entre sus brazos años de vivencias e ilusiones, de ésas en las que se forjan los poetas.
Y por lo que alcanzo a comprender, en su vida, perdón, quise decir en su libro, está recogido el yo pero también el nosotros, el antes pero también el después, el ahora y sobre todo, añado sin complejos, el todavía. Un escritor es escritor cuando publica. Y él tiene un libro. Y sin embargo, un poeta es poeta siempre. Con libro o sin libro. Y él siempre fue y será un poeta. Ahora también tiene un libro, pero eso es lo de menos.
Ah, se me olvidó decirles que también es mi amigo.
Sólo un momento…
Cuando te voy a escribir
se emocionan los tinteros:
los negros tinteros fríos
se ponen rojos y trémulos,
y un claro calor humano
sube desde el fondo negro.
Cuando te voy a escribir,
te van a escribir mis huesos:
te escribo con la imborrable
tinta de mi sentimiento.
Miguel Hernández.
Delante de este lienzo blanco que me invita a contar y a cantar cosas, a ir - como lloró el poeta en Orihuela - de mi corazón a mis asuntos, reflexiono sobre los últimos acontecimientos que rodean mi existencia y sé que algo ha cambiado. Volviendo a este lugar, en el que nacen y mueren las palabras, sé que las ganas de escribir están de nuevo presentes. La cabeza utiliza mecanismos para convencernos de lo que somos o nunca seremos, para decirnos verdades o engañarnos sin piedad con cualquier excusa, para hacernos ver que ordena y manda habitualmente sobre nuestras intenciones, para contarnos mentiras que luego, a su propia conveniencia y antojo, terminan siendo importantes o banales. Pero ella también se sorprende... A veces ocurre que la vida te arrastra a otros lugares, a otros juegos, a otros quehaceres y olvidas lo que hacías en el diario. Y te separas de ello sin darte apenas cuenta. Pero un día, el más pequeño detalle te hace volver a aquello que más te gusta, como si no hubiera pasado nada. Y la verdad es que nunca pasó nada…
La otra noche acudí a la presentación de un libro. Sé que los tiempos se han alargado en la publicación de historias, sucedidos o relatos en este artefacto virtual que tanto me quiere. Sé que unas veces se prolongaron porque decidí hacer el camino hacia dentro y escribía sólo para mí. Pero también sé que en los últimos meses este no era el caso y esta edad que me ahoga convenció a mi otro yo, el agreste, para trabajar más en lo físico que en lo intelectual, que supongo también hacía falta. Creo que, como en otras ocasiones, el señor que vive dentro de mí y me cuenta las cosas que luego escribo dormía. O simplemente estaba cansado por tanto e inesperado ajetreo. Y todo esto que transcribo viene a cuento porque durante la presentación de ese libro (un libro de miedos), pude comprobar que mientras la voz grave del autor daba vida al trabajo elaborado en soledad, cuando ese autor hacía partícipes a los demás – que en este caso también era yo - de una obra cuajada en el silencio, hice de algún modo mías sus palabras y volvieron de repente las ganas de escribir, de desnudar sentimientos, de sentir la emoción de los tinteros. Y me vi dentro de él. Y deseé plantarme de nuevo ante ustedes, si acaso hay alguien ahí detrás, para contárselo.
Duro sólo un momento, pero fue un momento que me ha traído de nuevo hasta este extraño lugar donde se mira sin ser visto, donde se esparcen compulsivas y libres las palabras.
Sin ti no “Hai ti”
La vida es una tragedia para los que sienten, y una comedia para los que piensan.
Jean de la Bruyere
Intento asimilar la hecatombe dentro de mí y el yo que percibe las emociones me dice que está a punto de rebosar, que no entra una sola imagen que refleje angustia o padecimiento en mi cerebro. Observo detenidamente las acciones y reacciones de la opinión pública sobre el terremoto que ha asolado Haití. Y cuanto más dolor retengo, más me dice mi raciocinio que el mundo está mal hecho, que casi nada funciona bien. ¿Cómo se puede aguantar tanto sufrimiento? ¿Cómo es posible que estemos inmunizados a las imágenes que recibimos a través de la caja tonta o la pantalla del ordenador? ¿Cómo podemos obviar que antes de la catástrofe los que han sobrevivido ya eran muertos en vida y tampoco hicimos nada por ellos? ¿Cómo podemos seguir con nuestras rutinas y olvidar en unos días lo que ha pasado? ¿Basta con una simple aportación dineraria en una cuenta bancaria para purgar nuestras conciencias? ¿Es suficiente el propósito de no olvidar lo sucedido para reconfortarnos, para seguir viviendo en paz?
Un conocido me dijo una vez que hasta para morirse hay días buenos y días malos. Y con las catástrofes, ya sean atentados, ya sean producidas por la Naturaleza, creo que también. Son diferentes a nuestro sentir según el lugar en el que ocurran.
El día que derribaron las Torres Gemelas “sólo” (va entrecomillado porque ese sólo también es un sólo gigantesco, aunque en este párrafo lo voy a hacer pequeño) murieron alrededor de tres mil personas y, sin embargo, durante más de un año estuvimos pendientes de las noticias que nos llegaban desde ese lado del Atlántico. Cientos de reportajes colapsaron nuestras arterias, colaboramos en la búsqueda de sobrevivientes, seguimos con pasión lo que fue la vida de muchas de las víctimas, el padecimiento de sus familiares y amigos después de los sucesos. Nos apenamos con ellos, llegamos a sentir en cierto modo que todos éramos parte de aquel ataque a la razón… Creo que a pesar del tiempo transcurrido seguimos sintiendo esos hechos como algo que también nos pasó a nosotros.
En el Tsunami de Sumatra (he tenido que buscar el nombre del lugar donde las olas arrasaron la pobreza porque no lo recordaba) fallecieron alrededor de 230.000 personas. Y aunque al principio estuvimos todos y todo el día pendientes de lo que pasó, en dos o tres meses desapareció la catástrofe de nuestras vidas y casi nadie se ha vuelto a preocupar del fatídico siniestro, de averiguar cómo está en la actualidad la zona, si todavía es necesario ayudar, si llegó nuestra ayuda hasta los necesitados… Creo que la duración de esta desgracia en nuestras retinas se debió a la “novedad”. Era una catástrofe nueva, otra forma de devastación y retuvimos durante más tiempo en nuestras cabezas sus consecuencias. Nada más. Si esto que digo no es así hagan memoria: ¿Alguien se acuerda del terremoto del año 2005 en Pakistan que dejó 126.000 muertos, 450.000 heridos y 4.300.000 personas damnificadas? ¿Y del terremoto de Indonesia del año 2006 que dejó más de 8.000 muertos? ¿Y del de Pisco en Perú en el año 2007 que mató a más de 1.000 personas? ¿Y del de China en 2008 en el que fallecieron casi 100.000 personas? Todos ellos duraron en nosotros lo que duró la información en las noticias o en la primera página de los periódicos y los muertos acabaron escondiéndose, como siempre, detrás de una cifra, de una mísera cifra. A mí, cuando menos, las imágenes de todos ellos se me confunden y como los telediarios no han vuelto a ofrecernos reportajes, documentales o noticias de esos lugares tengo la sensación de que nunca ocurrieron. O que sucedieron muy lejos de mis sensaciones.
Ahora es Haití, la damnificada. Un país que ya era pobre antes. Un lugar olvidado por el resto del mundo hasta que un gran terremoto lo ha devuelto a la actualidad. Y es increíble comprobar cómo el ser humano (que en este caso también soy yo) se acostumbra a todo, incluso a lo más amargo. A ver vivos entre los muertos, entre el gris de los pesados escombros. A escuchar que cien mil vidas perdidas no son nada más que un número. A ver cómo los perros dejan de ladrar entre las ruinas de lo que fue Puerto Príncipe porque ya no queda vida. A palpar esa conmoción general que hace que los hijos de Papá Doc deambulen sin ton ni son por calles apestadas de cadáveres y heridos. A ver miembros seccionados en mitad de lo que fue un parque. O muertos blanquecinos entre cascotes. A sentir la putrefacción, la ruindad de las bandas callejeras o la insensibilidad más absoluta ante el llanto de los niños.
Me vienen ahora a la memoria el Prestige o el incendio de Guadalajara, pequeñas desgracias (digo esto con absoluto respeto) si las comparamos con la de Haití. Entonces nos movilizamos para exigir la dimisión de los dirigentes que no habían hecho su trabajo, justicia para los afectados, compensación para los familiares de los fallecidos, cárcel para los culpables y un largo etcétera de demandas y querellas. Justas todas ellas, probablemente, pero “absurdas” ante el tamaño de lo sucedido en el Caribe ahora. Y yo me pregunto: ¿Qué pasará en Haití mañana? ¿Procesarán a los responsables de una construcción sin control que ha hecho caer las casas como fichas de dominó? ¿Meterán en la cárcel a los que corruptamente se han apropiado durante años de los dineros de su pueblo y no han realizado las infraestructuras necesarias que hubieran evitado en parte tanta bestialidad? ¿Devolverán sus vidas a aquellos que aún vivos ya están muertos? ¿Castigarán a los que guardaron en un cajón las recomendaciones de los que sabían? ¿Volverán a caer en los mismos errores?
Desgraciadamente creo saber las respuestas a las preguntas. Sin embargo voy a abrir una pequeña puerta a la esperanza. Pero eso será mañana, que hoy no tengo tiempo.
Jean de la Bruyere
Intento asimilar la hecatombe dentro de mí y el yo que percibe las emociones me dice que está a punto de rebosar, que no entra una sola imagen que refleje angustia o padecimiento en mi cerebro. Observo detenidamente las acciones y reacciones de la opinión pública sobre el terremoto que ha asolado Haití. Y cuanto más dolor retengo, más me dice mi raciocinio que el mundo está mal hecho, que casi nada funciona bien. ¿Cómo se puede aguantar tanto sufrimiento? ¿Cómo es posible que estemos inmunizados a las imágenes que recibimos a través de la caja tonta o la pantalla del ordenador? ¿Cómo podemos obviar que antes de la catástrofe los que han sobrevivido ya eran muertos en vida y tampoco hicimos nada por ellos? ¿Cómo podemos seguir con nuestras rutinas y olvidar en unos días lo que ha pasado? ¿Basta con una simple aportación dineraria en una cuenta bancaria para purgar nuestras conciencias? ¿Es suficiente el propósito de no olvidar lo sucedido para reconfortarnos, para seguir viviendo en paz?
Un conocido me dijo una vez que hasta para morirse hay días buenos y días malos. Y con las catástrofes, ya sean atentados, ya sean producidas por la Naturaleza, creo que también. Son diferentes a nuestro sentir según el lugar en el que ocurran.
El día que derribaron las Torres Gemelas “sólo” (va entrecomillado porque ese sólo también es un sólo gigantesco, aunque en este párrafo lo voy a hacer pequeño) murieron alrededor de tres mil personas y, sin embargo, durante más de un año estuvimos pendientes de las noticias que nos llegaban desde ese lado del Atlántico. Cientos de reportajes colapsaron nuestras arterias, colaboramos en la búsqueda de sobrevivientes, seguimos con pasión lo que fue la vida de muchas de las víctimas, el padecimiento de sus familiares y amigos después de los sucesos. Nos apenamos con ellos, llegamos a sentir en cierto modo que todos éramos parte de aquel ataque a la razón… Creo que a pesar del tiempo transcurrido seguimos sintiendo esos hechos como algo que también nos pasó a nosotros.
En el Tsunami de Sumatra (he tenido que buscar el nombre del lugar donde las olas arrasaron la pobreza porque no lo recordaba) fallecieron alrededor de 230.000 personas. Y aunque al principio estuvimos todos y todo el día pendientes de lo que pasó, en dos o tres meses desapareció la catástrofe de nuestras vidas y casi nadie se ha vuelto a preocupar del fatídico siniestro, de averiguar cómo está en la actualidad la zona, si todavía es necesario ayudar, si llegó nuestra ayuda hasta los necesitados… Creo que la duración de esta desgracia en nuestras retinas se debió a la “novedad”. Era una catástrofe nueva, otra forma de devastación y retuvimos durante más tiempo en nuestras cabezas sus consecuencias. Nada más. Si esto que digo no es así hagan memoria: ¿Alguien se acuerda del terremoto del año 2005 en Pakistan que dejó 126.000 muertos, 450.000 heridos y 4.300.000 personas damnificadas? ¿Y del terremoto de Indonesia del año 2006 que dejó más de 8.000 muertos? ¿Y del de Pisco en Perú en el año 2007 que mató a más de 1.000 personas? ¿Y del de China en 2008 en el que fallecieron casi 100.000 personas? Todos ellos duraron en nosotros lo que duró la información en las noticias o en la primera página de los periódicos y los muertos acabaron escondiéndose, como siempre, detrás de una cifra, de una mísera cifra. A mí, cuando menos, las imágenes de todos ellos se me confunden y como los telediarios no han vuelto a ofrecernos reportajes, documentales o noticias de esos lugares tengo la sensación de que nunca ocurrieron. O que sucedieron muy lejos de mis sensaciones.
Ahora es Haití, la damnificada. Un país que ya era pobre antes. Un lugar olvidado por el resto del mundo hasta que un gran terremoto lo ha devuelto a la actualidad. Y es increíble comprobar cómo el ser humano (que en este caso también soy yo) se acostumbra a todo, incluso a lo más amargo. A ver vivos entre los muertos, entre el gris de los pesados escombros. A escuchar que cien mil vidas perdidas no son nada más que un número. A ver cómo los perros dejan de ladrar entre las ruinas de lo que fue Puerto Príncipe porque ya no queda vida. A palpar esa conmoción general que hace que los hijos de Papá Doc deambulen sin ton ni son por calles apestadas de cadáveres y heridos. A ver miembros seccionados en mitad de lo que fue un parque. O muertos blanquecinos entre cascotes. A sentir la putrefacción, la ruindad de las bandas callejeras o la insensibilidad más absoluta ante el llanto de los niños.
Me vienen ahora a la memoria el Prestige o el incendio de Guadalajara, pequeñas desgracias (digo esto con absoluto respeto) si las comparamos con la de Haití. Entonces nos movilizamos para exigir la dimisión de los dirigentes que no habían hecho su trabajo, justicia para los afectados, compensación para los familiares de los fallecidos, cárcel para los culpables y un largo etcétera de demandas y querellas. Justas todas ellas, probablemente, pero “absurdas” ante el tamaño de lo sucedido en el Caribe ahora. Y yo me pregunto: ¿Qué pasará en Haití mañana? ¿Procesarán a los responsables de una construcción sin control que ha hecho caer las casas como fichas de dominó? ¿Meterán en la cárcel a los que corruptamente se han apropiado durante años de los dineros de su pueblo y no han realizado las infraestructuras necesarias que hubieran evitado en parte tanta bestialidad? ¿Devolverán sus vidas a aquellos que aún vivos ya están muertos? ¿Castigarán a los que guardaron en un cajón las recomendaciones de los que sabían? ¿Volverán a caer en los mismos errores?
Desgraciadamente creo saber las respuestas a las preguntas. Sin embargo voy a abrir una pequeña puerta a la esperanza. Pero eso será mañana, que hoy no tengo tiempo.
Corre por si acaso….
Llevo algunos años buscando la Navidad en lo más alto del Sur, a quinientos y pico kilómetros del lugar donde resido y pienso. Llevo algunos años intentando deslizar mi cuerpo sobre dos tablas que casi nunca me hacen caso. Llevo algunos años viendo cómo unos pequeños seres que viven en mi hogar se desplazan mucho mejor que yo sobre esas tablas del demonio, como si las llevaran puestas de serie. Llevo algunos años viendo cómo disfrutan los míos, familia y amigos, de ese frío blanco de diciembre que adorna las ramas de los árboles de luces de colores y nieve. Llevo algunos años adelantando en la autovía a los Reyes Magos para que no lleguen antes que yo a casa…
Y este año no podía ser de otra forma. En la tarde del día 5 de enero y alejándome poco a poco de la ciudad que vio llorar al último rey nazarí, pude observar que por un camino paralelo a la carretera que me traía de vuelta circulaba lentamente una carroza con tres sujetos disfrazados de Reyes Magos (Esto lo cuento así por si alguno todavía no sabe que los reyes somos los padres y Juan Carlos y Sofía). Nos saludaron efusivamente al pasar. Por el espejo retrovisor pude ver la cara del pequeñín: Habíamos adelantado a los Reyes y no se encontrarían la puerta de nuestro hogar cerrada a cal y canto. Llegaríamos antes que ellos para dejarles, como todos los años, agua para los camellos, algunos dulces que luego me tengo que comer yo y los zapatos de cada cual colocados a los pies de la chimenea (Esto lo he visto en algunas películas y la estampa es muy bonita, preciosa diría si no fuera un poco cursi).
Doscientos o trescientos kilómetros más tarde – que da igual para lo que voy a contar – paramos a tomar un café, a estirar las piernas y a otras cosas que aquí no se deben explicar. Pero no elegimos bien el sitio porque había que atravesar un pueblo y a esas horas los cincos de enero en las calles principales de todos los pueblos se desarrolla con algarabía y alboroto la famosa Cabalgata. Y nos pararon. Y tuvimos que abandonar los coches para verla. Todos bajamos ipso facto. ¿Todos? ¡No! El pequeñín se quedó dentro del coche y cuando le fui a buscar me dijo absolutamente sorprendido: ¡Ya están aquí!
En su pequeña cabeza no encajaba algo. ¿Cómo era posible que nos hubieran adelantado si iban montados en un artefacto que no pasaba de dos por hora y nosotros íbamos en un “supercoche” con un montón de caballos y “nosécuantas gárgolas”? ¿Cómo podíamos haberlos dejado en el camino y ahora estaban delante de nuestras narices? Son Magos, le dije, por eso ya están aquí, por eso han llegado antes que nosotros. Sobra decir que mis explicaciones parecieron convencerle y bajó del coche. Y recogió tantos caramelos como pudo…
Veinte minutos después, cuando volvimos y me disponía a salir de nuevo a la carretera, me dijo convencido y a voz en grito: ¡Papito, date prisa y corre todo lo que puedas!
Serían Magos, pero él no se fiaba. Y bien que hacía, que luego pasa lo que pasa...
Y este año no podía ser de otra forma. En la tarde del día 5 de enero y alejándome poco a poco de la ciudad que vio llorar al último rey nazarí, pude observar que por un camino paralelo a la carretera que me traía de vuelta circulaba lentamente una carroza con tres sujetos disfrazados de Reyes Magos (Esto lo cuento así por si alguno todavía no sabe que los reyes somos los padres y Juan Carlos y Sofía). Nos saludaron efusivamente al pasar. Por el espejo retrovisor pude ver la cara del pequeñín: Habíamos adelantado a los Reyes y no se encontrarían la puerta de nuestro hogar cerrada a cal y canto. Llegaríamos antes que ellos para dejarles, como todos los años, agua para los camellos, algunos dulces que luego me tengo que comer yo y los zapatos de cada cual colocados a los pies de la chimenea (Esto lo he visto en algunas películas y la estampa es muy bonita, preciosa diría si no fuera un poco cursi).
Doscientos o trescientos kilómetros más tarde – que da igual para lo que voy a contar – paramos a tomar un café, a estirar las piernas y a otras cosas que aquí no se deben explicar. Pero no elegimos bien el sitio porque había que atravesar un pueblo y a esas horas los cincos de enero en las calles principales de todos los pueblos se desarrolla con algarabía y alboroto la famosa Cabalgata. Y nos pararon. Y tuvimos que abandonar los coches para verla. Todos bajamos ipso facto. ¿Todos? ¡No! El pequeñín se quedó dentro del coche y cuando le fui a buscar me dijo absolutamente sorprendido: ¡Ya están aquí!
En su pequeña cabeza no encajaba algo. ¿Cómo era posible que nos hubieran adelantado si iban montados en un artefacto que no pasaba de dos por hora y nosotros íbamos en un “supercoche” con un montón de caballos y “nosécuantas gárgolas”? ¿Cómo podíamos haberlos dejado en el camino y ahora estaban delante de nuestras narices? Son Magos, le dije, por eso ya están aquí, por eso han llegado antes que nosotros. Sobra decir que mis explicaciones parecieron convencerle y bajó del coche. Y recogió tantos caramelos como pudo…
Veinte minutos después, cuando volvimos y me disponía a salir de nuevo a la carretera, me dijo convencido y a voz en grito: ¡Papito, date prisa y corre todo lo que puedas!
Serían Magos, pero él no se fiaba. Y bien que hacía, que luego pasa lo que pasa...
El bosque encantado…
El hecho, sin embargo, es que la libertad en sí nada vale; valen dos cosas relacionadas con ella. La primera es el fin al que apunta, que es la acción útil del espíritu constructivo. La segunda es la conquista de la libertad.
Fernando Pessoa.
Ayer volví al bosque encantado. Así lo llaman esos pequeños seres que juegan y viven en mi hogar. En aquel mágico lugar el verde y el agua se desplazan a su antojo por entre las piedras y la tierra. El verde siempre está presente, aunque estemos en lo más alto del tórrido verano o en lo más profundo del gélido invierno. El agua sólo cuando la hay, porque la última vez que pisé los canchos de su río había desaparecido. El panorama era desolador. Alguien se la había llevado. Y todos apuntaban a una triste señora que se hacía llamar Sequía. ¿Hay algo más triste que un cauce sin vida? Hacía más de treinta años, me contó un lugareño que pasaba por allí – supongo que mi cara de sorpresa me delató y dio paso a la conversación que mantuvimos -, que ese fenómeno no ocurría. Me dijo también que su carencia había dado lugar a peleas, disputas y querellas entre vecinos, familiares o amigos por su uso. O mal uso, añado yo. Que se habían tenido que reunir para repartirse las escasas horas de riego y que, aún así, aparecían mangueras rotas, cortadas a navaja o desviadas intencionadamente a otros lares. Que incluso había noches que tenían que dormir en la finca para vigilar que nadie robara con alevosía y nocturnidad el líquido elemento. Y es que cuando alguien tiene necesidad imperiosa de regar huertas – aplíquese aquí el ejemplo de la vida que cada uno tenga por conveniente - so pena de perder los dineros que proporcionan alegremente los frutales, entonces deja de ser él mismo y es capaz de cualquier cosa.
Pero ayer el agua había regresado. Con fuerza. Con mucha fuerza. Y mi bosque volvía a ser libre, sin humanas ataduras que lo acomplejaran o legales complejos que lo desnudaran.
Ya verán ustedes como este verano, si Doña Sequía persiste en su terca actitud, volverán las oscuras golondrinas del balcón sus nidos a colgar… Al tiempo. De momento quédense con estas estampas que dan fe de lo que digo. Los niños que vinieron conmigo también pueden dar fe pero es mejor no preguntarles. En estas fechas tienen la cabeza repleta de fantasías, turrones, regalos y demás zarandajas y a lo peor no se acuerdan.
Feliz entrada de año a todos los que lean y vean esto. Y a los que no, también.

Fernando Pessoa.
Ayer volví al bosque encantado. Así lo llaman esos pequeños seres que juegan y viven en mi hogar. En aquel mágico lugar el verde y el agua se desplazan a su antojo por entre las piedras y la tierra. El verde siempre está presente, aunque estemos en lo más alto del tórrido verano o en lo más profundo del gélido invierno. El agua sólo cuando la hay, porque la última vez que pisé los canchos de su río había desaparecido. El panorama era desolador. Alguien se la había llevado. Y todos apuntaban a una triste señora que se hacía llamar Sequía. ¿Hay algo más triste que un cauce sin vida? Hacía más de treinta años, me contó un lugareño que pasaba por allí – supongo que mi cara de sorpresa me delató y dio paso a la conversación que mantuvimos -, que ese fenómeno no ocurría. Me dijo también que su carencia había dado lugar a peleas, disputas y querellas entre vecinos, familiares o amigos por su uso. O mal uso, añado yo. Que se habían tenido que reunir para repartirse las escasas horas de riego y que, aún así, aparecían mangueras rotas, cortadas a navaja o desviadas intencionadamente a otros lares. Que incluso había noches que tenían que dormir en la finca para vigilar que nadie robara con alevosía y nocturnidad el líquido elemento. Y es que cuando alguien tiene necesidad imperiosa de regar huertas – aplíquese aquí el ejemplo de la vida que cada uno tenga por conveniente - so pena de perder los dineros que proporcionan alegremente los frutales, entonces deja de ser él mismo y es capaz de cualquier cosa.
Pero ayer el agua había regresado. Con fuerza. Con mucha fuerza. Y mi bosque volvía a ser libre, sin humanas ataduras que lo acomplejaran o legales complejos que lo desnudaran.
Ya verán ustedes como este verano, si Doña Sequía persiste en su terca actitud, volverán las oscuras golondrinas del balcón sus nidos a colgar… Al tiempo. De momento quédense con estas estampas que dan fe de lo que digo. Los niños que vinieron conmigo también pueden dar fe pero es mejor no preguntarles. En estas fechas tienen la cabeza repleta de fantasías, turrones, regalos y demás zarandajas y a lo peor no se acuerdan.
Feliz entrada de año a todos los que lean y vean esto. Y a los que no, también.








Vengo poco…
Cuidaos del rencor de los escritores sin lectores.
Miguel de Unamuno sobre Azaña.
Miguel de Unamuno sobre Azaña.
Últimamente vengo poco a esta casa virtual. Lo sé. Sin embargo, lo que no sé con certeza absoluta son los porqués. Tampoco sé con certeza casi nada, pero eso no viene a cuento ahora.
La máxima de Juvenal “Mens sana in corpore sano” no se cumple en el que suscribe estas letras. Y digo que no se cumple porque en los últimos meses, en los que me he dedicado con alevosía y premeditación a cuidar el cuerpo haciendo ejercicio diario y eliminando algunos productos nocivos de mi dieta, he “abandonado” la escritura. A la vez que mejoraba el físico, perdía peso y volvía a ser yo y no mi padre el que estaba cada mañana enfrente de mí en el espejo, desaparecían los escritos y los sucedidos de mis perspectivas.
En el análisis mental me doy cuenta de que no me cansé de escribir. Me gusta y mucho. Tampoco me aburrí del blog. Me acostumbré a publicar historias en él cada semana y lo siento como algo mío, algo que no puedo dejar. Más o menos.
Puede que el tiempo que dedicara a escribir o a leer, que también leo menos, ahora lo invierta en mover las piernas al ritmo de la música del ipod. Puede que sólo sea una etapa diferente a la anterior. Puede que…
No lo sé. Me apetecía contárselo a aquellos que un día sí y otro también vienen por aquí, a esos a los que no les importa que uno se equivoque un día sí y otro también, a esos que he conocido a través de la ventana rectangular de este artefacto que me sujeta al mundo y que de alguna manera están metidos en mi diario, en mis rutinas, en mis quehaceres.
A todos ellos y aunque suene a tópico quería desearles que pasen una feliz Navidad. Ni más, ni menos.
Estampas de un verano…
Ah, sí, yo sé lo que adorasteis.
Vosotros pensativos en la orilla,
con vuestra mejilla en la mano aún mojada,
mirasteis esas ondas, mientras acaso pensabais en un cuerpo:
Un solo cuerpo dulce de un animal tranquilo.
Tendisteis vuestra mano y aplicasteis su calor
a la tibia tersura de una piel aplacada.
¡Oh suave tigre a vuestros pies dormido!
Vicente Aleixandre.
Vosotros pensativos en la orilla,
con vuestra mejilla en la mano aún mojada,
mirasteis esas ondas, mientras acaso pensabais en un cuerpo:
Un solo cuerpo dulce de un animal tranquilo.
Tendisteis vuestra mano y aplicasteis su calor
a la tibia tersura de una piel aplacada.
¡Oh suave tigre a vuestros pies dormido!
Vicente Aleixandre.
Tengo esas olas clavadas en mi memoria adolescente, aunque entonces no lo supe describir. Eran leves ondulaciones que mecían y tranquilizaban de alguna manera el joven e inexperto músculo que bombea calor sin descanso. Un lento cabalgar de espuma, de frío, de salada sal… Esas ondas se batían como alas de gaviota y latían como yo cuando sentía…
Recuerdo de forma clara que muy de mañana, cuando el mar desfallecía en su retirada, derrotado, tal vez vencido, para que los que no tenían nada que hacer y los que sí pudieran pisar con firmeza sus lamidos nocturnos, recorría paso a paso y con el tibio sol en lontananza el camino que otros hicieron antes, que yo mismo hice antes, que nosotros fuimos capaces de pintar con el peso de unos cuerpos cuasi desnudos mucho antes. Una nueva huella sustituía a las que se anduvieron, a las que se borraron para no volver, a las que se olvidaron para que cada jornada fuera diferente en el borde mismo de la materia. Y siento que en la lejanía, en la seguridad que proporciona una tierra alejada de la costa, todavía puedo describirlas, recordar cómo partían, cómo venían al encuentro, cómo volvían sin parar, una y otra vez, cómo morían a mis pies, cómo mojaban sin remedio y cómo volvían a marchar sin añoranza ni memoria.
En ocasiones jugué a averiguar su recorrido, imperfecto y acompasado, alocado y metódico - ¿o es melódico? - a la vez. Llegué a intuir que en el compás, su compás, nuestro compás, acariciaban poco a poco la arena, siempre igual, rindiéndose vencidas a la base del viejo continente, aplacando la sed de una tierra que no sabe beber, tal vez desesperadas por no poder romper las líneas rectas que la naturaleza caprichosa intenta quebrar en su último esfuerzo. Siempre el mismo ritmo, la misma cadencia, las mismas pautas…
Hoy, mi memoria, me trajo debajo del brazo los recuerdos de ese ayer. Y me dice que un día esas olas acompañaron mi cuerpo hasta el final, hasta esa línea que separa la tierra del azul. Y que no me cansé de mirar lo que nunca vi, lo que nunca pude demostrar, lo que acaso sólo existió en mi corta visión. Hoy sentí celos de esos días, de ese sol y de ese agua. También de las dunas vigilantes que me hicieron compañía durante el trayecto. A mí y a la soledad del caminante que optó por volver de ese lugar donde los hombres se pierden para siempre. Tal vez sólo para contarlo.
Creo que todo esto pasó cuando la vida en otra edad se me ofrecía de otra manera. Y hoy lo he vuelto a recordar. No sé por qué. Tampoco importa…


NOTA: Las fotografías son de la vuelta, al atardecer. El sol se va por el oeste, sin remedio... Se puede pinchar sobre ellas...
Dudas
Como esta vida que no es mía
y sin embargo es la mía,
como este afán sin nombre
que no me pertenece y sin embargo soy yo.
Luis Cernuda.
y sin embargo es la mía,
como este afán sin nombre
que no me pertenece y sin embargo soy yo.
Luis Cernuda.
Ahora, cuando otoña y mis ojos ven cómo vuelven las flores a ese barrio que me aguanta, sé que he perdido algo importante. Ahora que la lluvia no quiere caer en el campo de mis sueños , sé que he olvidado algo fundamental. Ahora, delante de este artefacto que expande sentimientos sin ton ni son, sé que he perdido el criterio . Y es que sin él, camino sin rumbo por el mundo de las letras porque cuando uno no sabe a dónde va… es que tampoco viene de ninguna parte .
Yo, que creí en las gentes, sé que vivo en el entretanto y ahora, en este instante quedo, he llegado a descreer incluso de mí, del ser que me arropa en el frío. Siento que el caminar es un todo, más he olvidado el paso a paso que compone el equilibrio y da alas a la razón, tal vez a la verdad. Sin motivo aparente, sin causa que lo justifique o que lo ampare, invisto solemnemente en los actos que represento la figura que porto y transporto de casos y cosas que desvirtúan el fin .
Lo único que me consuela es que todavía guardo encerrada y encerada un alma de niño dentro del hombre que refleja mi estructura. Y una promesa. Si acaso eso vale para algo …
Yo, que creí en las gentes, sé que vivo en el entretanto y ahora, en este instante quedo, he llegado a descreer incluso de mí, del ser que me arropa en el frío. Siento que el caminar es un todo, más he olvidado el paso a paso que compone el equilibrio y da alas a la razón, tal vez a la verdad. Sin motivo aparente, sin causa que lo justifique o que lo ampare, invisto solemnemente en los actos que represento la figura que porto y transporto de casos y cosas que desvirtúan el fin .
Lo único que me consuela es que todavía guardo encerrada y encerada un alma de niño dentro del hombre que refleja mi estructura. Y una promesa. Si acaso eso vale para algo …
Yo estuve allí…
… Aunque eso ocurrió nueve meses después de la caída y ciento veinticinco muertos más tarde de su construcción. Entonces, en el verano del año 90, no quedaba casi nada en pie de aquella raya que separó los dos mundos y sólo pude contemplar unos cuantos metros de ese muro de la vergüenza que los políticos habían dejado como testimonio de lo que una vez ocurrió, tal vez para que los turistas como yo nos pudiéramos entretener, tal vez porque quisieron enterrar en el periodo más breve posible los recuerdos de una terrible historia.
Me sorprendió Berlín y la cantidad de árboles (todos catalogados) que poblaban sus calles y parques, fruto del “Contrato del bosque permanente” de 1915. Me sobrecogí en un pedazo de bunker con las paredes convertidas en galería de imágenes de aquellos seres grises con “cara de malo” y galones que exterminaron como pasatiempo y la ingrata compañía de la voz de Hittler arengando a las tropas como melodía de fondo. Me impresionó Nefertiti - ¿qué hace allí? - en el Museo Egipcio, antes de su restauración y de su actual traslado a la Isla de los Museos. La Potsdamer Platz, el Checkpoint Charlie, las obras de remodelación del edificio del Reichstag, la impactante imagen nocturna de la Iglesia Memorial Kaiser Wilhelm bombardeada por los aliados en la Batalla de Berlín y restaurada en cristal, la Alexanderplatz y los 368 metros de la extraña torre de la televisión (testigos privilegiados de la vida del Este), la archifamosa Puerta de Brandeburgo y la Columna de la victoria son lugares emblemáticos de la capital que no hace falta descubrir porque cualquier visitante puede conocer en uno de esos tour, “a paquete completo”, en los que el guía va cantando y contando desde el primer asiento del autobús eso de “a la izquierda tienen ustedes el Museo Antiguo y a la derecha una señora típica alemana que se acaba de comer una salchicha de Frankfurt con chucrut y mostaza”.
Pero en aquel viaje la liberada zona roja (no sólo la alemana) y sus ciudades prohibidas eran el objetivo. Además de Berlín pude recorrer Leizpig, Dresden o Postdam en Alemania o ver Praga y una prostitución infantil de carretera amparada por los propios padres en sus alrededores, Bratislava, su pobreza y su semejanza con cualquier ciudad del interior de Portugal y la Budapest de la “Tierra de los hombres” o magiares que beben “Unicum”, un licor que sabe a rayos y que destroza para siempre a 40º la garganta del que se atreva a probarlo.
De todo ello, de todo lo que pude asimilar durante el recorrido, hay tres cosas que destacaría sobremanera después de tantos años: La cantidad de grúas que se alzaban sobre los tejados de cualquiera de las ciudades rojas – el paisaje era irreal -, la falta de gente en las calles de Leizpig o Dresden y, sobre todo, la cantidad de antenas parabólicas recién compradas que poblaban las fachadas uniformes y tristes de los edificios de la Alemania del Este o Chequia. Cualquier pueblo o ciudad que atravesaras estaba repleto de pequeñas plataformas amarillas que como hongos daban color a los edificios. Supongo que tras muchos años de información unidireccional o, simplemente, por la absoluta carencia de ella, los habitantes, ávidos por conocer el nuevo mundo, antes de tirar el Trabant, buscar un trabajo mejor remunerado en el paraíso del Oeste o intentar adquirir una nueva casa en cinco mil cómodos plazos, buscaron saber. Porque entonces y ahora no hay nada peor que no saber qué es lo que pasa. Y ellos habían estado durante muchos años sordos y ciegos. De eso no tengo dudas. De otras muchas cosas sí, pero ahora no vienen a cuento.
Me sorprendió Berlín y la cantidad de árboles (todos catalogados) que poblaban sus calles y parques, fruto del “Contrato del bosque permanente” de 1915. Me sobrecogí en un pedazo de bunker con las paredes convertidas en galería de imágenes de aquellos seres grises con “cara de malo” y galones que exterminaron como pasatiempo y la ingrata compañía de la voz de Hittler arengando a las tropas como melodía de fondo. Me impresionó Nefertiti - ¿qué hace allí? - en el Museo Egipcio, antes de su restauración y de su actual traslado a la Isla de los Museos. La Potsdamer Platz, el Checkpoint Charlie, las obras de remodelación del edificio del Reichstag, la impactante imagen nocturna de la Iglesia Memorial Kaiser Wilhelm bombardeada por los aliados en la Batalla de Berlín y restaurada en cristal, la Alexanderplatz y los 368 metros de la extraña torre de la televisión (testigos privilegiados de la vida del Este), la archifamosa Puerta de Brandeburgo y la Columna de la victoria son lugares emblemáticos de la capital que no hace falta descubrir porque cualquier visitante puede conocer en uno de esos tour, “a paquete completo”, en los que el guía va cantando y contando desde el primer asiento del autobús eso de “a la izquierda tienen ustedes el Museo Antiguo y a la derecha una señora típica alemana que se acaba de comer una salchicha de Frankfurt con chucrut y mostaza”.
Pero en aquel viaje la liberada zona roja (no sólo la alemana) y sus ciudades prohibidas eran el objetivo. Además de Berlín pude recorrer Leizpig, Dresden o Postdam en Alemania o ver Praga y una prostitución infantil de carretera amparada por los propios padres en sus alrededores, Bratislava, su pobreza y su semejanza con cualquier ciudad del interior de Portugal y la Budapest de la “Tierra de los hombres” o magiares que beben “Unicum”, un licor que sabe a rayos y que destroza para siempre a 40º la garganta del que se atreva a probarlo.
De todo ello, de todo lo que pude asimilar durante el recorrido, hay tres cosas que destacaría sobremanera después de tantos años: La cantidad de grúas que se alzaban sobre los tejados de cualquiera de las ciudades rojas – el paisaje era irreal -, la falta de gente en las calles de Leizpig o Dresden y, sobre todo, la cantidad de antenas parabólicas recién compradas que poblaban las fachadas uniformes y tristes de los edificios de la Alemania del Este o Chequia. Cualquier pueblo o ciudad que atravesaras estaba repleto de pequeñas plataformas amarillas que como hongos daban color a los edificios. Supongo que tras muchos años de información unidireccional o, simplemente, por la absoluta carencia de ella, los habitantes, ávidos por conocer el nuevo mundo, antes de tirar el Trabant, buscar un trabajo mejor remunerado en el paraíso del Oeste o intentar adquirir una nueva casa en cinco mil cómodos plazos, buscaron saber. Porque entonces y ahora no hay nada peor que no saber qué es lo que pasa. Y ellos habían estado durante muchos años sordos y ciegos. De eso no tengo dudas. De otras muchas cosas sí, pero ahora no vienen a cuento.
A vueltas con…
Una caída tonta. Cinco días de escayola – la alergia que produjo el algodón sintético en mi fina piel obligaron, so pena de perder el miembro (cosa que no me hacía ninguna gracia), a retirarla - y veintidós con el brazo en cabestrillo han conseguido que mi esbelto cuerpo deje de sintonizar con las extremidades superiores. El problema no se ve a simple vista. Hay que estirar los brazos para apreciar el detalle. El diestro, que se libró del accidente, marca las seis en punto. El siniestro, que paga las consecuencias de la tontuna, las ocho y veinte. Paciencia y rehabilitación, me dijeron. En ello estamos. Corriente, estiramientos, giros, extensiones, ejercicios de todas clases… Nada. Las ocho y veinte. Ni un minuto más. Frases como “es que a nadie se le ocurre con tu edad…” o “¡Cómo te atreviste a montar en patinete!” martillean constantemente mi cerebro, si es que alguna vez lo tuve.
Y yo me pregunto ¿Qué edad…? ¿Acaso existe una edad para ser feliz? ¿Tal vez había una plaquita en el artefacto que prohibiera conducirlo a los mayores de seis años o un letrero que señalara amenazante: carga máxima autorizada “20 kilos”?
Lo único cierto de toda esta historia es que el patinete y la cuesta estaban ahí, reclamando mi presencia sin cesar. La tentación fue grande para alguien que guarda un niño en su interior. La velocidad de bajada fue constante, de eso no hay dudas. De la de aterrizaje no tengo datos o, cuando menos, no los tengo fiables porque el propio mamporro en sí obnubiló mis pensamientos durante un largo rato. Más o menos el tiempo que duraron los dolores iniciales. Tampoco tuve opción de apretar los frenos porque no había tales. Sé que la caída o vuelo rasante fueron perfectos porque evité estampar el rostro en el duro cemento. La resistencia de los huesos… ¡Ay!… la resistencia de los huesos fue inferior a la altura desde la que caí. Ese apartado del sucedido sí lo tengo claro.
Y ahí fue donde empezó el calvario porque entonces, y sólo entonces, el izquierdo empezó a retraerse – a acojonarse diría si no fuera una palabrota – y empezó a doblar hasta que marcó la fatídica hora: las ocho y veinte. En punto. Y así sigue. Cinco días de escayola después. Veintidós días con el brazo en cabestrillo más tarde. Varias sesiones posteriores de estiramientos y putadas varias que se supone debían dar fin al llamado proceso de recuperación del hombre, que en este caso soy yo.
Ahora tengo dos opciones: O busco la armonía caminando con el brazo derecho encogido para que los dos miembros marquen la misma hora, aunque alguien pueda pensar que en lugar de desodorante me he echado laca por error en las axilas, o insisto en la rehabilitación hasta llegar a conseguir que mis brazos estén más rectos que el mástil de un velero, aunque el fisio me haya dicho en la última sesión y en tono serio un mosqueante “a ver hasta dónde podemos llegar”.
¡Claro! ¡Como él lo tiene todo recto! Yo pienso llegar hasta el final. Voy a utilizar la segunda opción. Cueste lo que cueste. Aunque tenga que invertir en ello media vida. Y que nadie me saque de ahí que me cabreo. ¡Hala!
Si por lo menos marcara las ocho y doce…
Lo único cierto de toda esta historia es que el patinete y la cuesta estaban ahí, reclamando mi presencia sin cesar. La tentación fue grande para alguien que guarda un niño en su interior. La velocidad de bajada fue constante, de eso no hay dudas. De la de aterrizaje no tengo datos o, cuando menos, no los tengo fiables porque el propio mamporro en sí obnubiló mis pensamientos durante un largo rato. Más o menos el tiempo que duraron los dolores iniciales. Tampoco tuve opción de apretar los frenos porque no había tales. Sé que la caída o vuelo rasante fueron perfectos porque evité estampar el rostro en el duro cemento. La resistencia de los huesos… ¡Ay!… la resistencia de los huesos fue inferior a la altura desde la que caí. Ese apartado del sucedido sí lo tengo claro.
Y ahí fue donde empezó el calvario porque entonces, y sólo entonces, el izquierdo empezó a retraerse – a acojonarse diría si no fuera una palabrota – y empezó a doblar hasta que marcó la fatídica hora: las ocho y veinte. En punto. Y así sigue. Cinco días de escayola después. Veintidós días con el brazo en cabestrillo más tarde. Varias sesiones posteriores de estiramientos y putadas varias que se supone debían dar fin al llamado proceso de recuperación del hombre, que en este caso soy yo.
Ahora tengo dos opciones: O busco la armonía caminando con el brazo derecho encogido para que los dos miembros marquen la misma hora, aunque alguien pueda pensar que en lugar de desodorante me he echado laca por error en las axilas, o insisto en la rehabilitación hasta llegar a conseguir que mis brazos estén más rectos que el mástil de un velero, aunque el fisio me haya dicho en la última sesión y en tono serio un mosqueante “a ver hasta dónde podemos llegar”.
¡Claro! ¡Como él lo tiene todo recto! Yo pienso llegar hasta el final. Voy a utilizar la segunda opción. Cueste lo que cueste. Aunque tenga que invertir en ello media vida. Y que nadie me saque de ahí que me cabreo. ¡Hala!
Si por lo menos marcara las ocho y doce…
Hoy sé…
Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo,
botón de pensamiento que busca ser la rosa;
se anuncia con un beso que en mis labios se posa
al abrazo imposible de la Venus de Milo.
Adornan verdes palmas el blanco peristilo;
los astros me han predicho la visión de la Diosa;
y en mi alma reposa la luz como reposa
el ave de la luna sobre un lago tranquilo.
Y no hallo sino la palabra que huye,
la iniciación melódica que de la flauta fluye
y la barca del sueño que en el espacio boga;
y bajo la ventana de mi Bella-Durmiente,
el sollozo continuo del chorro de la fuente
y el cuello del gran cisne blanco que me interroga.
Rubén Darío
Hoy sé que no puedo escribir pues he perdido en el trayecto la costumbre, mi gran aliada en esta biografía de lo que alguna vez ocurrió – o pudo ocurrir -. Hoy sé que las palabras abandonaron como cobardes ratas una barca que iba a la deriva y el carel es un abismo sin remos que puedan corregir una dirección equivocada. Hoy sé que no puedo conjugar el verbo que me habita sin anteponer el estar al ser o el padecer al parecer. Hoy, como ayer, olvidé que en el diario está escondido el secreto del todo. Hoy, sin darme apenas cuenta, soy consciente de las limitaciones que lastran al intruso cuando se adentra sin permisos en el reino de las Humanidades. Si la diosa del amor y la belleza pudiera escapar del frío mármol que la aprieta y recuperar sus miembros superiores, tal vez viniera a socorrer en abrazos y besos lo que siento y no puedo explicar, lo que veo y se queda como corolario en el archivo de mi memoria, sin transmitir. Hoy, en un intento fallido de acercamiento al Principado de Felix Sarmiento, observo como ríe Víctor Hugo con la desunión de la vieja Europa mientras Gavidia enseña alejandrinos a una Centro América que sigue durmiendo silenciosa e inerme. Hoy, con estas letras y a mi agreste manera, estoy quebrando de nuevo las leyes de lo imposible. No sé hacerlo de otra forma. Tampoco importa pues los visitantes ocasionales de esta humilde morada – si es que los hay – no me lo tendrán en cuenta…
botón de pensamiento que busca ser la rosa;
se anuncia con un beso que en mis labios se posa
al abrazo imposible de la Venus de Milo.
Adornan verdes palmas el blanco peristilo;
los astros me han predicho la visión de la Diosa;
y en mi alma reposa la luz como reposa
el ave de la luna sobre un lago tranquilo.
Y no hallo sino la palabra que huye,
la iniciación melódica que de la flauta fluye
y la barca del sueño que en el espacio boga;
y bajo la ventana de mi Bella-Durmiente,
el sollozo continuo del chorro de la fuente
y el cuello del gran cisne blanco que me interroga.
Rubén Darío
Hoy sé que no puedo escribir pues he perdido en el trayecto la costumbre, mi gran aliada en esta biografía de lo que alguna vez ocurrió – o pudo ocurrir -. Hoy sé que las palabras abandonaron como cobardes ratas una barca que iba a la deriva y el carel es un abismo sin remos que puedan corregir una dirección equivocada. Hoy sé que no puedo conjugar el verbo que me habita sin anteponer el estar al ser o el padecer al parecer. Hoy, como ayer, olvidé que en el diario está escondido el secreto del todo. Hoy, sin darme apenas cuenta, soy consciente de las limitaciones que lastran al intruso cuando se adentra sin permisos en el reino de las Humanidades. Si la diosa del amor y la belleza pudiera escapar del frío mármol que la aprieta y recuperar sus miembros superiores, tal vez viniera a socorrer en abrazos y besos lo que siento y no puedo explicar, lo que veo y se queda como corolario en el archivo de mi memoria, sin transmitir. Hoy, en un intento fallido de acercamiento al Principado de Felix Sarmiento, observo como ríe Víctor Hugo con la desunión de la vieja Europa mientras Gavidia enseña alejandrinos a una Centro América que sigue durmiendo silenciosa e inerme. Hoy, con estas letras y a mi agreste manera, estoy quebrando de nuevo las leyes de lo imposible. No sé hacerlo de otra forma. Tampoco importa pues los visitantes ocasionales de esta humilde morada – si es que los hay – no me lo tendrán en cuenta…
Mercedes Sosa
De entre todas... me quedo con las dos Marías. Una por el desgarro... La otra por la esperanza...
Verídico…
Suena el teléfono y contesto a la llamada, como hago casi siempre que suena el teléfono y lo oigo…
- ¿Dígame?
- Buenos días. Llamo de "Fonjaus" (Phone house) y quería hablar con Gema Calvo Maduro.
- ¡Casiiii…!
- ¿Cómo dice? No le comprendo…
- Que casi acierta… Es verdad que no tengo mucho pelo. Por mi edad podría considerárseme un hombre maduro. Pero por mi voz habrá adivinado a estas alturas que no soy Gema.
Se echó a reír y se despidió diciéndome: Perdone la equivocación y tenga usted un buen día señor maduro.
Si me llega a decir “tenga usted un buen día señor calvo” me cabreo. Fijo.
- ¿Dígame?
- Buenos días. Llamo de "Fonjaus" (Phone house) y quería hablar con Gema Calvo Maduro.
- ¡Casiiii…!
- ¿Cómo dice? No le comprendo…
- Que casi acierta… Es verdad que no tengo mucho pelo. Por mi edad podría considerárseme un hombre maduro. Pero por mi voz habrá adivinado a estas alturas que no soy Gema.
Se echó a reír y se despidió diciéndome: Perdone la equivocación y tenga usted un buen día señor maduro.
Si me llega a decir “tenga usted un buen día señor calvo” me cabreo. Fijo.
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