La visita...


La intuición de una mujer es más precisa
que la certeza de un hombre.

Rudyard Kipling


- Tienes que estar allí a las 11. Ha accedido a hablar contigo. No logro entender el porqué pero ha dicho que sí. Lo más extraño es que parece haber despertado del sueño que la ahogaba. Parecía absorta en sus pensamientos más oscuros, en ese limbo del que no puede salir, hasta que le dije tu nombre, hasta que le conté que habías venido a verme desde el pasado y que querías hablar con ella a solas. Me pareció incluso que una sonrisa se dibujó en su boca antes de volver a hablar. Algo se debió activar en su interior, actuaste como un resorte para su perenne bloqueo mental, y me dijo simple y llanamente: Que venga mañana. Es todo lo que puedo decir.

Me introdujeron en un cuarto en el que sólo había una mesa cuadrada y dos sillas de madera, una enfrente de la otra. Las paredes se mostraban despejadas, pintadas de un verde triste y con algún que otro desconchón producido por el paso del tiempo y la humedad. La falta de atención reflejaba un abandono creciente o quizá un traspaso inmediato por cierre de unas instalaciones frías y obsoletas, de otra época. No había ventanas y un viejo fluorescente iluminaba como podía aquel desvencijado recinto. Ni un mísero cuadro adornaba la estancia, tal vez para que no se produjeran agresiones, quizás para que no fueran utilizados como armas en un momento determinado. Era palpable el olor a rancio, a ambiente cerrado y sucio, a cárcel de segunda, a pesar de no ser visible un solo elemento sobre el desgastado solado gris de terrazo que delatara falta de higiene. Ni siquiera pude ver en las paredes la huella dejada por un antiguo crucifijo como los que aparecían de forma y manera invariable en aquellas películas americanas del cine negro. Era un habitáculo de unos veinte o treinta metros cuadrados que servía para que las internas que se encontraban en la enfermería de la cárcel, estuvieran realmente enfermas o no, que a veces eso no importaba, fueran visitadas por sus familiares o amigos íntimos. El sistema penitenciario dictaba que a los pacientes se les podía ver con mayor asiduidad que al resto de los presos comunes. Y ella ahora era una enferma que no debía mezclarse en ningún momento con otras reclusas. Así lo había ordenado el Juez después de estudiar con detenimiento el amplio informe que había redactado el equipo de psicólogos sobre su situación mental.

El corazón se me iba a salir del cuerpo. Era una sensación insoportable, como si la sangre quisiera correr tanto que la máquina encargada de moverla no pudiese con ella, fuera incapaz de trasegarla de un lado para otro, de una vasija a otra. Me hicieron esperar más de quince minutos. Se me hicieron eternos por la quietud del lugar, por el silencio de sus paredes y, sobre todo, por una percepción cerebral de soledad abandonada del que aguarda impaciente. De repente se abrió la puerta: Había llegado el momento de verla. Apareció del brazo de una funcionaria a la que habían dado un uniforme una talla inferior a la que necesitaba su cuerpo, que antes de marcharse dijo con voz seca y autoritaria a la vez: Tienen media hora.

La primera visión fue lamentable, o tal vez se podría calificar como desesperante. Parecía más vieja y estaba muy delgada, casi en los huesos. Vestía una camisa ancha de cuadros, un gastado pantalón vaquero y zapatillas blancas de deporte. En su rostro se apreciaban las huellas que sólo el dolor profundo deja en las personas. Las ojeras perfectamente pintadas de un color indefinido, un color que oscilaba entre el violáceo que hacía de sombra hasta llegar al negro de los bordes; La mirada dirigida hacia un punto que no existe ni existirá en la realidad; Los pómulos marcados en exceso por una pérdida de peso que no ha sido buscada y la sonrisa olvidada sin remedio, engullida por aquel fatídico suceso. Hay dolores que se reflejan en la cara o en la mirada y ni siquiera el paso del tiempo es capaz de borrarlos. Igual que se marca a hierro y fuego a los animales, esos dolores permanecen grabados en la expresión de aquel que los sufrió para siempre. Me miró e intentó sonreír, pero no le salió. Una extraña mueca se dibujó en su cara. Parecía también cansada, muy cansada. Se sentó enfrente, a la otra parte de la mesa, en la única silla libre y agachó la cabeza. Simulaba vergüenza. O la tenía realmente, que no lo supe discernir. Sus ojos se perdían en aquel antiguo tablero con patas que quería ser una mesa, como si buscaran un reflejo que en la madera vieja y gastada es inexistente, imposible tal vez. Su expresión lo decía todo, es decir, no decía nada. Absolutamente nada. Tenía razón su hermana: parecía una muerta en vida. ¿Qué quieres?, preguntó sin más.

4 comentarios:

Silvia dijo...

No sé que querrá, pero yo averiguar que es. Me ha encantado. ¿Habrá segunda parte?

Ana dijo...

Hola, me alegro haber pasado por aqui, porque me ha encantado tu blog, estaré pendiente cuando publiques más y más.... Pasate por mi blog, te espero por allí, un besote desde Salamanca (España)

José María JURADO dijo...

¿Te ha tocado hacerde abogado de oficio otra vez? Misterioso, duro.
Enhorabuena.

alelo dijo...

A Silvia .- Quiere ayudarla para ayudarse, como casi siempre ocurre en esta vida. Y sí, hay segunda parte, cuando tenga ganas...
A Ana .- Bienvenida Ana. Pasaré. Otro para ti.
A Jur .- Yo ya sólo de pleitos pobres, que es donde mejor me encuentro. Gracias.

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