Sólo un momento…




Cuando te voy a escribir
se emocionan los tinteros:
los negros tinteros fríos
se ponen rojos y trémulos,
y un claro calor humano
sube desde el fondo negro.
Cuando te voy a escribir,
te van a escribir mis huesos:
te escribo con la imborrable
tinta de mi sentimiento.
Miguel Hernández.

Delante de este lienzo blanco que me invita a contar y a cantar cosas, a ir - como lloró el poeta en Orihuela - de mi corazón a mis asuntos, reflexiono sobre los últimos acontecimientos que rodean mi existencia y sé que algo ha cambiado. Volviendo a este lugar, en el que nacen y mueren las palabras, sé que las ganas de escribir están de nuevo presentes. La cabeza utiliza mecanismos para convencernos de lo que somos o nunca seremos, para decirnos verdades o engañarnos sin piedad con cualquier excusa, para hacernos ver que ordena y manda habitualmente sobre nuestras intenciones, para contarnos mentiras que luego, a su propia conveniencia y antojo, terminan siendo importantes o banales. Pero ella también se sorprende... A veces ocurre que la vida te arrastra a otros lugares, a otros juegos, a otros quehaceres y olvidas lo que hacías en el diario. Y te separas de ello sin darte apenas cuenta. Pero un día, el más pequeño detalle te hace volver a aquello que más te gusta, como si no hubiera pasado nada. Y la verdad es que nunca pasó nada…

La otra noche acudí a la presentación de un libro. Sé que los tiempos se han alargado en la publicación de historias, sucedidos o relatos en este artefacto virtual que tanto me quiere. Sé que unas veces se prolongaron porque decidí hacer el camino hacia dentro y escribía sólo para mí. Pero también sé que en los últimos meses este no era el caso y esta edad que me ahoga convenció a mi otro yo, el agreste, para trabajar más en lo físico que en lo intelectual, que supongo también hacía falta. Creo que, como en otras ocasiones, el señor que vive dentro de mí y me cuenta las cosas que luego escribo dormía. O simplemente estaba cansado por tanto e inesperado ajetreo. Y todo esto que transcribo viene a cuento porque durante la presentación de ese libro (un libro de miedos), pude comprobar que mientras la voz grave del autor daba vida al trabajo elaborado en soledad, cuando ese autor hacía partícipes a los demás – que en este caso también era yo - de una obra cuajada en el silencio, hice de algún modo mías sus palabras y volvieron de repente las ganas de escribir, de desnudar sentimientos, de sentir la emoción de los tinteros. Y me vi dentro de él. Y deseé plantarme de nuevo ante ustedes, si acaso hay alguien ahí detrás, para contárselo.

Duro sólo un momento, pero fue un momento que me ha traído de nuevo hasta este extraño lugar donde se mira sin ser visto, donde se esparcen compulsivas y libres las palabras.

Sin ti no “Hai ti”


La vida es una tragedia para los que sienten, y una comedia para los que piensan.
Jean de la Bruyere

Intento asimilar la hecatombe dentro de mí y el yo que percibe las emociones me dice que está a punto de rebosar, que no entra una sola imagen que refleje angustia o padecimiento en mi cerebro. Observo detenidamente las acciones y reacciones de la opinión pública sobre el terremoto que ha asolado Haití. Y cuanto más dolor retengo, más me dice mi raciocinio que el mundo está mal hecho, que casi nada funciona bien. ¿Cómo se puede aguantar tanto sufrimiento? ¿Cómo es posible que estemos inmunizados a las imágenes que recibimos a través de la caja tonta o la pantalla del ordenador? ¿Cómo podemos obviar que antes de la catástrofe los que han sobrevivido ya eran muertos en vida y tampoco hicimos nada por ellos? ¿Cómo podemos seguir con nuestras rutinas y olvidar en unos días lo que ha pasado? ¿Basta con una simple aportación dineraria en una cuenta bancaria para purgar nuestras conciencias? ¿Es suficiente el propósito de no olvidar lo sucedido para reconfortarnos, para seguir viviendo en paz?

Un conocido me dijo una vez que hasta para morirse hay días buenos y días malos. Y con las catástrofes, ya sean atentados, ya sean producidas por la Naturaleza, creo que también. Son diferentes a nuestro sentir según el lugar en el que ocurran.

El día que derribaron las Torres Gemelas “sólo” (va entrecomillado porque ese sólo también es un sólo gigantesco, aunque en este párrafo lo voy a hacer pequeño) murieron alrededor de tres mil personas y, sin embargo, durante más de un año estuvimos pendientes de las noticias que nos llegaban desde ese lado del Atlántico. Cientos de reportajes colapsaron nuestras arterias, colaboramos en la búsqueda de sobrevivientes, seguimos con pasión lo que fue la vida de muchas de las víctimas, el padecimiento de sus familiares y amigos después de los sucesos. Nos apenamos con ellos, llegamos a sentir en cierto modo que todos éramos parte de aquel ataque a la razón… Creo que a pesar del tiempo transcurrido seguimos sintiendo esos hechos como algo que también nos pasó a nosotros.

En el Tsunami de Sumatra (he tenido que buscar el nombre del lugar donde las olas arrasaron la pobreza porque no lo recordaba) fallecieron alrededor de 230.000 personas. Y aunque al principio estuvimos todos y todo el día pendientes de lo que pasó, en dos o tres meses desapareció la catástrofe de nuestras vidas y casi nadie se ha vuelto a preocupar del fatídico siniestro, de averiguar cómo está en la actualidad la zona, si todavía es necesario ayudar, si llegó nuestra ayuda hasta los necesitados… Creo que la duración de esta desgracia en nuestras retinas se debió a la “novedad”. Era una catástrofe nueva, otra forma de devastación y retuvimos durante más tiempo en nuestras cabezas sus consecuencias. Nada más. Si esto que digo no es así hagan memoria: ¿Alguien se acuerda del terremoto del año 2005 en Pakistan que dejó 126.000 muertos, 450.000 heridos y 4.300.000 personas damnificadas? ¿Y del terremoto de Indonesia del año 2006 que dejó más de 8.000 muertos? ¿Y del de Pisco en Perú en el año 2007 que mató a más de 1.000 personas? ¿Y del de China en 2008 en el que fallecieron casi 100.000 personas? Todos ellos duraron en nosotros lo que duró la información en las noticias o en la primera página de los periódicos y los muertos acabaron escondiéndose, como siempre, detrás de una cifra, de una mísera cifra. A mí, cuando menos, las imágenes de todos ellos se me confunden y como los telediarios no han vuelto a ofrecernos reportajes, documentales o noticias de esos lugares tengo la sensación de que nunca ocurrieron. O que sucedieron muy lejos de mis sensaciones.

Ahora es Haití, la damnificada. Un país que ya era pobre antes. Un lugar olvidado por el resto del mundo hasta que un gran terremoto lo ha devuelto a la actualidad. Y es increíble comprobar cómo el ser humano (que en este caso también soy yo) se acostumbra a todo, incluso a lo más amargo. A ver vivos entre los muertos, entre el gris de los pesados escombros. A escuchar que cien mil vidas perdidas no son nada más que un número. A ver cómo los perros dejan de ladrar entre las ruinas de lo que fue Puerto Príncipe porque ya no queda vida. A palpar esa conmoción general que hace que los hijos de Papá Doc deambulen sin ton ni son por calles apestadas de cadáveres y heridos. A ver miembros seccionados en mitad de lo que fue un parque. O muertos blanquecinos entre cascotes. A sentir la putrefacción, la ruindad de las bandas callejeras o la insensibilidad más absoluta ante el llanto de los niños.

Me vienen ahora a la memoria el Prestige o el incendio de Guadalajara, pequeñas desgracias (digo esto con absoluto respeto) si las comparamos con la de Haití. Entonces nos movilizamos para exigir la dimisión de los dirigentes que no habían hecho su trabajo, justicia para los afectados, compensación para los familiares de los fallecidos, cárcel para los culpables y un largo etcétera de demandas y querellas. Justas todas ellas, probablemente, pero “absurdas” ante el tamaño de lo sucedido en el Caribe ahora. Y yo me pregunto: ¿Qué pasará en Haití mañana? ¿Procesarán a los responsables de una construcción sin control que ha hecho caer las casas como fichas de dominó? ¿Meterán en la cárcel a los que corruptamente se han apropiado durante años de los dineros de su pueblo y no han realizado las infraestructuras necesarias que hubieran evitado en parte tanta bestialidad? ¿Devolverán sus vidas a aquellos que aún vivos ya están muertos? ¿Castigarán a los que guardaron en un cajón las recomendaciones de los que sabían? ¿Volverán a caer en los mismos errores?

Desgraciadamente creo saber las respuestas a las preguntas. Sin embargo voy a abrir una pequeña puerta a la esperanza. Pero eso será mañana, que hoy no tengo tiempo.


Corre por si acaso….


Llevo algunos años buscando la Navidad en lo más alto del Sur, a quinientos y pico kilómetros del lugar donde resido y pienso. Llevo algunos años intentando deslizar mi cuerpo sobre dos tablas que casi nunca me hacen caso. Llevo algunos años viendo cómo unos pequeños seres que viven en mi hogar se desplazan mucho mejor que yo sobre esas tablas del demonio, como si las llevaran puestas de serie. Llevo algunos años viendo cómo disfrutan los míos, familia y amigos, de ese frío blanco de diciembre que adorna las ramas de los árboles de luces de colores y nieve. Llevo algunos años adelantando en la autovía a los Reyes Magos para que no lleguen antes que yo a casa…

Y este año no podía ser de otra forma. En la tarde del día 5 de enero y alejándome poco a poco de la ciudad que vio llorar al último rey nazarí, pude observar que por un camino paralelo a la carretera que me traía de vuelta circulaba lentamente una carroza con tres sujetos disfrazados de Reyes Magos (Esto lo cuento así por si alguno todavía no sabe que los reyes somos los padres y Juan Carlos y Sofía). Nos saludaron efusivamente al pasar. Por el espejo retrovisor pude ver la cara del pequeñín: Habíamos adelantado a los Reyes y no se encontrarían la puerta de nuestro hogar cerrada a cal y canto. Llegaríamos antes que ellos para dejarles, como todos los años, agua para los camellos, algunos dulces que luego me tengo que comer yo y los zapatos de cada cual colocados a los pies de la chimenea (Esto lo he visto en algunas películas y la estampa es muy bonita, preciosa diría si no fuera un poco cursi).

Doscientos o trescientos kilómetros más tarde – que da igual para lo que voy a contar – paramos a tomar un café, a estirar las piernas y a otras cosas que aquí no se deben explicar. Pero no elegimos bien el sitio porque había que atravesar un pueblo y a esas horas los cincos de enero en las calles principales de todos los pueblos se desarrolla con algarabía y alboroto la famosa Cabalgata. Y nos pararon. Y tuvimos que abandonar los coches para verla. Todos bajamos ipso facto. ¿Todos? ¡No! El pequeñín se quedó dentro del coche y cuando le fui a buscar me dijo absolutamente sorprendido: ¡Ya están aquí!

En su pequeña cabeza no encajaba algo. ¿Cómo era posible que nos hubieran adelantado si iban montados en un artefacto que no pasaba de dos por hora y nosotros íbamos en un “supercoche” con un montón de caballos y “nosécuantas gárgolas”? ¿Cómo podíamos haberlos dejado en el camino y ahora estaban delante de nuestras narices? Son Magos, le dije, por eso ya están aquí, por eso han llegado antes que nosotros. Sobra decir que mis explicaciones parecieron convencerle y bajó del coche. Y recogió tantos caramelos como pudo…

Veinte minutos después, cuando volvimos y me disponía a salir de nuevo a la carretera, me dijo convencido y a voz en grito: ¡Papito, date prisa y corre todo lo que puedas!

Serían Magos, pero él no se fiaba. Y bien que hacía, que luego pasa lo que pasa...

El bosque encantado…

El hecho, sin embargo, es que la libertad en sí nada vale; valen dos cosas relacionadas con ella. La primera es el fin al que apunta, que es la acción útil del espíritu constructivo. La segunda es la conquista de la libertad.
Fernando Pessoa.

Ayer volví al bosque encantado. Así lo llaman esos pequeños seres que juegan y viven en mi hogar. En aquel mágico lugar el verde y el agua se desplazan a su antojo por entre las piedras y la tierra. El verde siempre está presente, aunque estemos en lo más alto del tórrido verano o en lo más profundo del gélido invierno. El agua sólo cuando la hay, porque la última vez que pisé los canchos de su río había desaparecido. El panorama era desolador. Alguien se la había llevado. Y todos apuntaban a una triste señora que se hacía llamar Sequía. ¿Hay algo más triste que un cauce sin vida? Hacía más de treinta años, me contó un lugareño que pasaba por allí – supongo que mi cara de sorpresa me delató y dio paso a la conversación que mantuvimos -, que ese fenómeno no ocurría. Me dijo también que su carencia había dado lugar a peleas, disputas y querellas entre vecinos, familiares o amigos por su uso. O mal uso, añado yo. Que se habían tenido que reunir para repartirse las escasas horas de riego y que, aún así, aparecían mangueras rotas, cortadas a navaja o desviadas intencionadamente a otros lares. Que incluso había noches que tenían que dormir en la finca para vigilar que nadie robara con alevosía y nocturnidad el líquido elemento. Y es que cuando alguien tiene necesidad imperiosa de regar huertas – aplíquese aquí el ejemplo de la vida que cada uno tenga por conveniente - so pena de perder los dineros que proporcionan alegremente los frutales, entonces deja de ser él mismo y es capaz de cualquier cosa.

Pero ayer el agua había regresado. Con fuerza. Con mucha fuerza. Y mi bosque volvía a ser libre, sin humanas ataduras que lo acomplejaran o legales complejos que lo desnudaran.

Ya verán ustedes como este verano, si Doña Sequía persiste en su terca actitud, volverán las oscuras golondrinas del balcón sus nidos a colgar… Al tiempo. De momento quédense con estas estampas que dan fe de lo que digo. Los niños que vinieron conmigo también pueden dar fe pero es mejor no preguntarles. En estas fechas tienen la cabeza repleta de fantasías, turrones, regalos y demás zarandajas y a lo peor no se acuerdan.

Feliz entrada de año a todos los que lean y vean esto. Y a los que no, también.








Vengo poco…




Cuidaos del rencor de los escritores sin lectores.
Miguel de Unamuno sobre Azaña.

Últimamente vengo poco a esta casa virtual. Lo sé. Sin embargo, lo que no sé con certeza absoluta son los porqués. Tampoco sé con certeza casi nada, pero eso no viene a cuento ahora.

La máxima de Juvenal “Mens sana in corpore sano” no se cumple en el que suscribe estas letras. Y digo que no se cumple porque en los últimos meses, en los que me he dedicado con alevosía y premeditación a cuidar el cuerpo haciendo ejercicio diario y eliminando algunos productos nocivos de mi dieta, he “abandonado” la escritura. A la vez que mejoraba el físico, perdía peso y volvía a ser yo y no mi padre el que estaba cada mañana enfrente de mí en el espejo, desaparecían los escritos y los sucedidos de mis perspectivas.

En el análisis mental me doy cuenta de que no me cansé de escribir. Me gusta y mucho. Tampoco me aburrí del blog. Me acostumbré a publicar historias en él cada semana y lo siento como algo mío, algo que no puedo dejar. Más o menos.

Puede que el tiempo que dedicara a escribir o a leer, que también leo menos, ahora lo invierta en mover las piernas al ritmo de la música del ipod. Puede que sólo sea una etapa diferente a la anterior. Puede que…

No lo sé. Me apetecía contárselo a aquellos que un día sí y otro también vienen por aquí, a esos a los que no les importa que uno se equivoque un día sí y otro también, a esos que he conocido a través de la ventana rectangular de este artefacto que me sujeta al mundo y que de alguna manera están metidos en mi diario, en mis rutinas, en mis quehaceres.

A todos ellos y aunque suene a tópico quería desearles que pasen una feliz Navidad. Ni más, ni menos.

Estampas de un verano…



Ah, sí, yo sé lo que adorasteis.
Vosotros pensativos en la orilla,
con vuestra mejilla en la mano aún mojada,
mirasteis esas ondas, mientras acaso pensabais en un cuerpo:
Un solo cuerpo dulce de un animal tranquilo.
Tendisteis vuestra mano y aplicasteis su calor
a la tibia tersura de una piel aplacada.
¡Oh suave tigre a vuestros pies dormido!
Vicente Aleixandre.

Tengo esas olas clavadas en mi memoria adolescente, aunque entonces no lo supe describir. Eran leves ondulaciones que mecían y tranquilizaban de alguna manera el joven e inexperto músculo que bombea calor sin descanso. Un lento cabalgar de espuma, de frío, de salada sal… Esas ondas se batían como alas de gaviota y latían como yo cuando sentía…

Recuerdo de forma clara que muy de mañana, cuando el mar desfallecía en su retirada, derrotado, tal vez vencido, para que los que no tenían nada que hacer y los que sí pudieran pisar con firmeza sus lamidos nocturnos, recorría paso a paso y con el tibio sol en lontananza el camino que otros hicieron antes, que yo mismo hice antes, que nosotros fuimos capaces de pintar con el peso de unos cuerpos cuasi desnudos mucho antes. Una nueva huella sustituía a las que se anduvieron, a las que se borraron para no volver, a las que se olvidaron para que cada jornada fuera diferente en el borde mismo de la materia. Y siento que en la lejanía, en la seguridad que proporciona una tierra alejada de la costa, todavía puedo describirlas, recordar cómo partían, cómo venían al encuentro, cómo volvían sin parar, una y otra vez, cómo morían a mis pies, cómo mojaban sin remedio y cómo volvían a marchar sin añoranza ni memoria.

En ocasiones jugué a averiguar su recorrido, imperfecto y acompasado, alocado y metódico - ¿o es melódico? - a la vez. Llegué a intuir que en el compás, su compás, nuestro compás, acariciaban poco a poco la arena, siempre igual, rindiéndose vencidas a la base del viejo continente, aplacando la sed de una tierra que no sabe beber, tal vez desesperadas por no poder romper las líneas rectas que la naturaleza caprichosa intenta quebrar en su último esfuerzo. Siempre el mismo ritmo, la misma cadencia, las mismas pautas…

Hoy, mi memoria, me trajo debajo del brazo los recuerdos de ese ayer. Y me dice que un día esas olas acompañaron mi cuerpo hasta el final, hasta esa línea que separa la tierra del azul. Y que no me cansé de mirar lo que nunca vi, lo que nunca pude demostrar, lo que acaso sólo existió en mi corta visión. Hoy sentí celos de esos días, de ese sol y de ese agua. También de las dunas vigilantes que me hicieron compañía durante el trayecto. A mí y a la soledad del caminante que optó por volver de ese lugar donde los hombres se pierden para siempre. Tal vez sólo para contarlo.

Creo que todo esto pasó cuando la vida en otra edad se me ofrecía de otra manera. Y hoy lo he vuelto a recordar. No sé por qué. Tampoco importa…




NOTA: Las fotografías son de la vuelta, al atardecer. El sol se va por el oeste, sin remedio... Se puede pinchar sobre ellas...

Dudas




Como esta vida que no es mía
y sin embargo es la mía,
como este afán sin nombre
que no me pertenece y sin embargo soy yo.
Luis Cernuda.

Ahora, cuando otoña y mis ojos ven cómo vuelven las flores a ese barrio que me aguanta, sé que he perdido algo importante. Ahora que la lluvia no quiere caer en el campo de mis sueños , sé que he olvidado algo fundamental. Ahora, delante de este artefacto que expande sentimientos sin ton ni son, sé que he perdido el criterio . Y es que sin él, camino sin rumbo por el mundo de las letras porque cuando uno no sabe a dónde va… es que tampoco viene de ninguna parte .

Yo, que creí en las gentes, sé que vivo en el entretanto y ahora, en este instante quedo, he llegado a descreer incluso de mí, del ser que me arropa en el frío. Siento que el caminar es un todo, más he olvidado el paso a paso que compone el equilibrio y da alas a la razón, tal vez a la verdad. Sin motivo aparente, sin causa que lo justifique o que lo ampare, invisto solemnemente en los actos que represento la figura que porto y transporto de casos y cosas que desvirtúan el fin .

Lo único que me consuela es que todavía guardo encerrada y encerada un alma de niño dentro del hombre que refleja mi estructura. Y una promesa. Si acaso eso vale para algo

Yo estuve allí…


… Aunque eso ocurrió nueve meses después de la caída y ciento veinticinco muertos más tarde de su construcción. Entonces, en el verano del año 90, no quedaba casi nada en pie de aquella raya que separó los dos mundos y sólo pude contemplar unos cuantos metros de ese muro de la vergüenza que los políticos habían dejado como testimonio de lo que una vez ocurrió, tal vez para que los turistas como yo nos pudiéramos entretener, tal vez porque quisieron enterrar en el periodo más breve posible los recuerdos de una terrible historia.

Me sorprendió Berlín y la cantidad de árboles (todos catalogados) que poblaban sus calles y parques, fruto del “Contrato del bosque permanente” de 1915. Me sobrecogí en un pedazo de bunker con las paredes convertidas en galería de imágenes de aquellos seres grises con “cara de malo” y galones que exterminaron como pasatiempo y la ingrata compañía de la voz de Hittler arengando a las tropas como melodía de fondo. Me impresionó Nefertiti - ¿qué hace allí? - en el Museo Egipcio, antes de su restauración y de su actual traslado a la Isla de los Museos. La Potsdamer Platz, el Checkpoint Charlie, las obras de remodelación del edificio del Reichstag, la impactante imagen nocturna de la Iglesia Memorial Kaiser Wilhelm bombardeada por los aliados en la Batalla de Berlín y restaurada en cristal, la Alexanderplatz y los 368 metros de la extraña torre de la televisión (testigos privilegiados de la vida del Este), la archifamosa Puerta de Brandeburgo y la Columna de la victoria son lugares emblemáticos de la capital que no hace falta descubrir porque cualquier visitante puede conocer en uno de esos tour, “a paquete completo”, en los que el guía va cantando y contando desde el primer asiento del autobús eso de “a la izquierda tienen ustedes el Museo Antiguo y a la derecha una señora típica alemana que se acaba de comer una salchicha de Frankfurt con chucrut y mostaza”.

Pero en aquel viaje la liberada zona roja (no sólo la alemana) y sus ciudades prohibidas eran el objetivo. Además de Berlín pude recorrer Leizpig, Dresden o Postdam en Alemania o ver Praga y una prostitución infantil de carretera amparada por los propios padres en sus alrededores, Bratislava, su pobreza y su semejanza con cualquier ciudad del interior de Portugal y la Budapest de la “Tierra de los hombres” o magiares que beben “Unicum”, un licor que sabe a rayos y que destroza para siempre a 40º la garganta del que se atreva a probarlo.

De todo ello, de todo lo que pude asimilar durante el recorrido, hay tres cosas que destacaría sobremanera después de tantos años: La cantidad de grúas que se alzaban sobre los tejados de cualquiera de las ciudades rojas – el paisaje era irreal -, la falta de gente en las calles de Leizpig o Dresden y, sobre todo, la cantidad de antenas parabólicas recién compradas que poblaban las fachadas uniformes y tristes de los edificios de la Alemania del Este o Chequia. Cualquier pueblo o ciudad que atravesaras estaba repleto de pequeñas plataformas amarillas que como hongos daban color a los edificios. Supongo que tras muchos años de información unidireccional o, simplemente, por la absoluta carencia de ella, los habitantes, ávidos por conocer el nuevo mundo, antes de tirar el Trabant, buscar un trabajo mejor remunerado en el paraíso del Oeste o intentar adquirir una nueva casa en cinco mil cómodos plazos, buscaron saber. Porque entonces y ahora no hay nada peor que no saber qué es lo que pasa. Y ellos habían estado durante muchos años sordos y ciegos. De eso no tengo dudas. De otras muchas cosas sí, pero ahora no vienen a cuento.

A vueltas con…


Una caída tonta. Cinco días de escayola – la alergia que produjo el algodón sintético en mi fina piel obligaron, so pena de perder el miembro (cosa que no me hacía ninguna gracia), a retirarla - y veintidós con el brazo en cabestrillo han conseguido que mi esbelto cuerpo deje de sintonizar con las extremidades superiores. El problema no se ve a simple vista. Hay que estirar los brazos para apreciar el detalle. El diestro, que se libró del accidente, marca las seis en punto. El siniestro, que paga las consecuencias de la tontuna, las ocho y veinte. Paciencia y rehabilitación, me dijeron. En ello estamos. Corriente, estiramientos, giros, extensiones, ejercicios de todas clases… Nada. Las ocho y veinte. Ni un minuto más. Frases como “es que a nadie se le ocurre con tu edad…” o “¡Cómo te atreviste a montar en patinete!” martillean constantemente mi cerebro, si es que alguna vez lo tuve.

Y yo me pregunto ¿Qué edad…? ¿Acaso existe una edad para ser feliz? ¿Tal vez había una plaquita en el artefacto que prohibiera conducirlo a los mayores de seis años o un letrero que señalara amenazante: carga máxima autorizada “20 kilos”?

Lo único cierto de toda esta historia es que el patinete y la cuesta estaban ahí, reclamando mi presencia sin cesar. La tentación fue grande para alguien que guarda un niño en su interior. La velocidad de bajada fue constante, de eso no hay dudas. De la de aterrizaje no tengo datos o, cuando menos, no los tengo fiables porque el propio mamporro en sí obnubiló mis pensamientos durante un largo rato. Más o menos el tiempo que duraron los dolores iniciales. Tampoco tuve opción de apretar los frenos porque no había tales. Sé que la caída o vuelo rasante fueron perfectos porque evité estampar el rostro en el duro cemento. La resistencia de los huesos… ¡Ay!… la resistencia de los huesos fue inferior a la altura desde la que caí. Ese apartado del sucedido sí lo tengo claro.

Y ahí fue donde empezó el calvario porque entonces, y sólo entonces, el izquierdo empezó a retraerse – a acojonarse diría si no fuera una palabrota – y empezó a doblar hasta que marcó la fatídica hora: las ocho y veinte. En punto. Y así sigue. Cinco días de escayola después. Veintidós días con el brazo en cabestrillo más tarde. Varias sesiones posteriores de estiramientos y putadas varias que se supone debían dar fin al llamado proceso de recuperación del hombre, que en este caso soy yo.

Ahora tengo dos opciones: O busco la armonía caminando con el brazo derecho encogido para que los dos miembros marquen la misma hora, aunque alguien pueda pensar que en lugar de desodorante me he echado laca por error en las axilas, o insisto en la rehabilitación hasta llegar a conseguir que mis brazos estén más rectos que el mástil de un velero, aunque el fisio me haya dicho en la última sesión y en tono serio un mosqueante “a ver hasta dónde podemos llegar”.

¡Claro! ¡Como él lo tiene todo recto! Yo pienso llegar hasta el final. Voy a utilizar la segunda opción. Cueste lo que cueste. Aunque tenga que invertir en ello media vida. Y que nadie me saque de ahí que me cabreo. ¡Hala!

Si por lo menos marcara las ocho y doce…

Hoy sé…


Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo,
botón de pensamiento que busca ser la rosa;
se anuncia con un beso que en mis labios se posa
al abrazo imposible de la Venus de Milo.
Adornan verdes palmas el blanco peristilo;
los astros me han predicho la visión de la Diosa;
y en mi alma reposa la luz como reposa
el ave de la luna sobre un lago tranquilo.
Y no hallo sino la palabra que huye,
la iniciación melódica que de la flauta fluye
y la barca del sueño que en el espacio boga;
y bajo la ventana de mi Bella-Durmiente,
el sollozo continuo del chorro de la fuente
y el cuello del gran cisne blanco que me interroga.

Rubén Darío

Hoy sé que no puedo escribir pues he perdido en el trayecto la costumbre, mi gran aliada en esta biografía de lo que alguna vez ocurrió – o pudo ocurrir -. Hoy sé que las palabras abandonaron como cobardes ratas una barca que iba a la deriva y el carel es un abismo sin remos que puedan corregir una dirección equivocada. Hoy sé que no puedo conjugar el verbo que me habita sin anteponer el estar al ser o el padecer al parecer. Hoy, como ayer, olvidé que en el diario está escondido el secreto del todo. Hoy, sin darme apenas cuenta, soy consciente de las limitaciones que lastran al intruso cuando se adentra sin permisos en el reino de las Humanidades. Si la diosa del amor y la belleza pudiera escapar del frío mármol que la aprieta y recuperar sus miembros superiores, tal vez viniera a socorrer en abrazos y besos lo que siento y no puedo explicar, lo que veo y se queda como corolario en el archivo de mi memoria, sin transmitir. Hoy, en un intento fallido de acercamiento al Principado de Felix Sarmiento, observo como ríe Víctor Hugo con la desunión de la vieja Europa mientras Gavidia enseña alejandrinos a una Centro América que sigue durmiendo silenciosa e inerme. Hoy, con estas letras y a mi agreste manera, estoy quebrando de nuevo las leyes de lo imposible. No sé hacerlo de otra forma. Tampoco importa pues los visitantes ocasionales de esta humilde morada – si es que los hay – no me lo tendrán en cuenta…

Mercedes Sosa

De entre todas... me quedo con las dos Marías. Una por el desgarro... La otra por la esperanza...




Verídico…




Suena el teléfono y contesto a la llamada, como hago casi siempre que suena el teléfono y lo oigo…

- ¿Dígame?
- Buenos días. Llamo de "Fonjaus" (Phone house) y quería hablar con Gema Calvo Maduro.
- ¡Casiiii…!
- ¿Cómo dice? No le comprendo…
- Que casi acierta… Es verdad que no tengo mucho pelo. Por mi edad podría considerárseme un hombre maduro. Pero por mi voz habrá adivinado a estas alturas que no soy Gema.

Se echó a reír y se despidió diciéndome: Perdone la equivocación y tenga usted un buen día señor maduro.

Si me llega a decir “tenga usted un buen día señor calvo” me cabreo. Fijo.

Hablando de mí.


Sepan ustedes que el que suscribe, que en este caso soy yo, sabe que viene poco a su casa virtual. ¿El motivo? No lo sé a ciencia cierta. Miro aquí y allá, leo lo que escriben los demás, navego de orilla a orilla… pero ni siquiera cambio por inapetencia la imagen del libro que terminé hace más de un mes y que aparece en el margen superior izquierdo del blog (ahora la cambio).

La culpa, tal vez, la tiene el régimen. No, no se alarmen, no me refiero ni al de Franco ni al de Zapatero. Hace unos meses decidí perder peso y me lancé a caminar por los alrededores de la ciudad que me sufre. Allí encontré nuevos amigos: gordos que ya no lo son, ex-infartados que beben biomanán, cuarentones que pretenden ser cuarentañeros, tíos que van en bicicleta con la lengua en el manillar y un largo etcétera de seres proscritos de la sociedad. Y sí, cuando uno se une al clan pierde peso… pero también parte de su personalidad porque según perdía kilos disminuía mi atención por la escritura y la lectura, sin las que yo ya no sabía vivir.

Y ha de ser cierto lo que digo porque ahora, con las facultades físicas limitadas (no quiero decir con ello que antes estuvieran bien) por una caída infantil… vuelvo a la literatura y me presento ante ustedes sin rubor. Díganme si no si hay algo más infantil que caerse de un patinete. Sí, han oído bien. No he dicho skate, ni snow, ni wave, ni monopatín. Me he caído de un patinete como el de Locomotoro (¡Ñete, cabrón!) a una velocidad de un kilómetro por hora, más o menos. Y aquí me tienen, con el brazo izquierdo fracturado, escayolado desde el hombro hasta los dedos y aporreando con la mano sana el teclado para contarles el sucedido.

Espero que en este tiempo, por lo menos, alguno habrá echado de menos las palabras de esta humilde casa. Si no es así ¡qué se le va a hacer!


Otra vez aquí…

Foto sacada de internet, al azar.

Mientras limpio las telarañas y la cochambre que el descuido trajo a mi casa virtual estos meses de calor, me doy perfecta cuenta de que vuelvo a las rutinas, sin remedio. O casi. Falta un solo compromiso – es importante, lo sé – para dar carpetazo al largo y cálido verano, para abrir de par en par los brazos a la nueva estación y empezar a disfrutar otoñando, debida y tranquilamente, como ha de ser. Esa estación que ayer avisó de su llegada inmediata con agua y frío centra mi estado de ánimo de forma y manera sutil, sin aspavientos, y hace que sienta ardidos deseos de plasmar en un papel lo que pasa en cada momento por la testuz. Sin interrupciones ni algarabía, sin prisas y sin pausas, pero con muchas divagaciones que me hacen creer - ¡falsa ilusión! - que yo sigo siendo yo, a pesar de la edad. Necesito que los días vuelvan a ser iguales, que la luz que perciben mis ojos llegue difuminada, más débil, hasta el pensamiento, recrearme en la tranquilidad de un tarde de lluvia, que las hojas en su caída me recuerden que estoy trabajando detrás de una ventana, que las jornadas de luz sean más cortas,…

Sí, ya lo sé, vuelvo con la misma tontuna en todo lo alto que aquel día que decidí partir… Voy a ver qué ha escrito Turu, que vuelve con fuerza de las vacaciones y es el único que parece cabal…

Me lo explique, oiga...


Para el que no lo entienda: Si esto es como cuenta el señor cartero en su amable escrito y nadie le abre el portal... ¿cómo ha conseguido colocar el cartel encima de los buzones?

Supongo, y es mucho suponer, que en un estado de ofuscación absoluto y ante la necesidad imperiosa de colocar el aviso.... entró en el portal - que claro está estaba abierto -, puso su escrito y se llevó el correo a la oficina.

Creo que así quedó tranquilo: ¡Hala, ya están avisados!

¡Paíssss!

Un año...








Sé que estás ahí detrás… pero asómate un poco más para que te vea.

J.T. y el segundo de Ónuba


Y el toro en el Sur.
Una media luna sobre su testuz.
El toro no sabe cómo obedecer.
Y uno, dos y tres…
…¡Toro! ¡Toro! ¡Eh!
Patas y pitones en busca del tres
Pero el tres espera y…
Uno, dos y tres.
Con tres capotazos le para los pies.
Punta de percal, mano burladora.
Sal torero, sal ahora.
Manuel Benítez Ortega.

Y cuando la luna nueva siguió la estela en el agua que dejó su hermano el sol, bajó confiado a la orilla con ese porte altanero del que disfruta al andar, del que se gusta en el paso, del que sabe caminar. Quiso ver, sin que le cuenten, cómo bailaban las olas sin mano diestra que guíe ni una izquierda natural, sin engaños ni trapíos, sin castigos ni puyazos, sin sangre en el arenal. Y las vio morir despacio, lamiendo sin aspavientos, vencidas por el cansancio el fino albero del mar. Luego fue por la ribera para ver si era verdad que el polvo de las salinas alegremente danzaba entre fango y matorral, entre cante y bulerías, entre fino y palmear. Y comprobó que era cierto, que los montones de sal capean a sobresaltos, en el blanco inmaculado, la marisma y el juncal.

Entonces llegó a la plaza que en un lleno a rebosar esperaba que aquel hombre enseñara al animal cómo se bailan las olas, cómo danza allí la sal, qué fandango es el que duele en lo hondo del cantar de esas gentes tan humildes que exprimen el litoral. ¡Hágase el silencio! ¡Calle la plebe que en el redondel el maestro se la juega! Y a la bestia en la cadencia, en el círculo al compás, va moldeando sin barro lo que el campo y la bravura nunca le supieron dar. Entre olés y algarabía fue liberando congojas, deshaciendo aquellos nudos, más marineros que nunca, que apretaban el tragar. Y es que el miedo, que no es libre y enclaustra esa profesión, acongoja muy despacio, se recrea en los pitones, en la armadura del bicho, en la piel del animal. Y tan lento como asusta hay que volverlo a soltar, debe salir de ese cuerpo para disfrutar andando, para gustarse en el paso, para saber caminar, para que lo vean todos los que lleguen hasta el mar.

Para los tres compañeros de viaje, viandas y tertulia. Ya no podré decir que nunca estuve en plaza ni entiendo. Bueno, entender sigo sin entender. Y creo que así seguiré.

Por si no me creen…

Lejos de tu jardín quema la tarde
inciensos de oro en purpurinas llamas,
tras el bosque de cobre y de ceniza.
En tu jardín hay dalias...
Antonio Machado.

Encontré en la sierra un pequeño rincón donde se esconde la primavera, donde descansa hasta el año siguiente, donde el agua corre libre y limpia por entre las piedras, lejos de miradas indiscretas.

Está allí, en lo alto, donde los frutos rebosan color a puñados, donde el verde se transformó hace tiempo y por Decreto en perenne, donde siempre vuelvo cuando el calor aprieta el sudor a mi cuerpo.

Alguien que lo vio me contó que era cierto, que todavía seguía allí a pesar de las fechas del calendario, esquivando el duro sol del estío… y el domingo lo pude comprobar.

Ahí está la prueba, por si no me creen...










Vuelvo a divagar…



Vagabundeo con un holter colgado del pensamiento para medir el ritmo que baila en mi corazón. Camino por las noches y en silencio – no hay otra hora, ni para andar ni para callar - con la música de Tennessee, El desván del duende o Silvio zumbando en mis oídos. Tengo que bajar otro agujero en el cinturón que me sujeta a ese cuerpo que se atreve a vivir en mí. Necesito acompasar razonamientos y sensaciones porque hoy apuesto por salir de las rutinas y con la música todo parece más fácil, es más fácil. Mañana… mañana no lo sé. En el entretanto rebusco numen y ruego a mis manes para que me protejan a partir de ahora de la miseria que acobarda las economías del mundo que me ha tocado vivir y de la gripe porcina. Eso sí, siempre vigilante y con el dalle preparado por si hiciera falta ajustar la corbata de algún desalmado, un desaprensivo que quisiera interrumpir la tremenda ocurrencia, la fatal osadía de ser uno mismo. Y es que hoy quiero ser yo mismo… No puede ser de otra manera. No puede suceder en otra edad… Mañana… mañana no lo sé.

Ahora que la Red está vacía de gentes y palabras echo de menos esas vacaciones que tarde o temprano llegarán hasta el lugar donde trabajo. Todo llegará.

Y tú te vienes a volar, tú te vienes a volar conmigo… que yo te daré alaaaas...




Ayer…

…Despierto temprano. El amanecer atraviesa sin permiso el hueco que vive entre mi cama y el infinito e interrumpe súbitamente la divagación. Porque parece claro que es una divagación de las muchas que acompañan mi existencia. La luz que me despeja no quiere que averigüe cómo es aquel lugar al que me llevaba el sueño en su parte final, tal vez la más interesante. Tal vez no. Entonces recuerdo que Lisbeth Salander está herida: Tiene una bala incrustada en la cabeza y temen por su vida… Tengo que seguir leyendo… Tampoco se van de mi cabeza las imágenes de ayer cuando unas manos nuevas recorrían en armonía - ¿eso es armonía? - las cuerdas de esa infernal caja de ruidos en el momento de su debut frente al gran público. ¡Disfruté tanto!



Suena Deep Purple. Smoke on the water. Ta ta taaaaaa ta ta ta taaaaaaaaaaaa...

 
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