Ayer…

…Despierto temprano. El amanecer atraviesa sin permiso el hueco que vive entre mi cama y el infinito e interrumpe súbitamente la divagación. Porque parece claro que es una divagación de las muchas que acompañan mi existencia. La luz que me despeja no quiere que averigüe cómo es aquel lugar al que me llevaba el sueño en su parte final, tal vez la más interesante. Tal vez no. Entonces recuerdo que Lisbeth Salander está herida: Tiene una bala incrustada en la cabeza y temen por su vida… Tengo que seguir leyendo… Tampoco se van de mi cabeza las imágenes de ayer cuando unas manos nuevas recorrían en armonía - ¿eso es armonía? - las cuerdas de esa infernal caja de ruidos en el momento de su debut frente al gran público. ¡Disfruté tanto!



Suena Deep Purple. Smoke on the water. Ta ta taaaaaa ta ta ta taaaaaaaaaaaa...

A propósito de…


Alguien que vive en mis alrededores me comenta que en la entrada anterior utilizo la expresión “amable carterista” y que es un contrasentido porque si te están robando la cartera desaparece de inmediato lo que la amabilidad conlleva. ¿Cómo puede ser amable un ladrón?

Pues sí, le dije yo, en Lisboa los carteristas son muy amables. Y lo puedo demostrar. Aprovechan para robar cuando el tranvía está repleto de inocentes criaturas que danzan al compás de los quiebros, que permanecen sujetos al techo por una mano que deja cruelmente a la intemperie las sobaqueras mientras fijan su atención en los roces incómodos que la gente en su apretura proporciona sin querer. Entonces, en una de las curvas, hay cientos, el individuo en cuestión, el que ha decidido que serás tú su presa, aprovecha el movimiento generalizado de la tropa hacia la derecha o hacia la izquierda, hacia delante o hacia atrás, para exagerar su propio desplazamiento, para empujar un poco más de la cuenta al que luego no tendrá dinero pero sí un gran disgusto. Entonces, digo, en ese momento, en ese empujón, en un plis plas, le birla la cartera sin que se dé cuenta. El recién robado, que no ha echado de menos todavía su cartera, se gira con cara de pocos amigos hacia el que le empujó y el carterista, con un gesto que transmite de forma y manera indubitada un “ha sido sin querer”, le pide perdón convenientemente.

¿Le acaba o no le acaba de limpiar de forma amable? Pues eso.

Viajando…




De cómo estoy me hallo tan incierto
que en vivo ardor temblando estoy de frío;
sin causa alternamente lloro y río;
abarco el orbe pero nada advierto.

Es todo mi sentir un desconcierto;
un fuego el alma, la mirada un río;
de pronto espero, al punto desconfío;
ora divago, de repente acierto.

Estando en tierra al Cielo me levanto;
milenios son mis horas; ningún día
he podido vivir sólo una hora.

¿Pregúntasme el por qué de este quebranto?
Responderlo no sé... Tal vez sería
sólo porque os miré, dulce Señora.

Luis de Camoens.

Sevilla, Madrid, Barcelona, Alicante, Sevilla otra vez, Madrid de nuevo, Guadalajara tres veces, Barcelona,… y así hasta septiembre. Voy a recorrer – ya lo estoy haciendo - de punta a punta la piel de toro. Voy a hacer más kilómetros que un camionero. Dejo atrás casa, esposa y niños, aunque no por ese orden. Voy en busca del futuro, que como casi todo el mundo sabe es renovable, pero yo… yo lo que quiero es ir a Lisboa. Y no me dejan.

Lisboa, la Dama triste, la Señora del Estuario, la dueña de mis evocaciones. Lisboa y sus callejuelas peinadas de farolas a media luz entre la bruma nocturna y cables de acero. Lisboa y sus antiguos tranvías rojos y amarillos de madera, con su sentido traqueteo y sus amables carteristas. Lisboa y su río que quiere ser mar pero no sabe cómo. Lisboa y un apetito despierto al olor de sus tabernas con sabor a fritura de pescados y marisco fresco. Lisboa y las letras de Camoens, Chiado y Pessoa. Lisboa y yo, un fin de semana cualquiera. No pido nada más.

Quiero sentir que estaré allí, cuando ella despierte. Quiero pensar que estaré allí, junto a su sombra. Quiero disfrutar de su reverso, de las traseras de su memoria, callejear sin destino mientras un fado rasga sin piedad la garganta del viejo trovador. Quiero beber de esas fuentes donde se bañan la saudade y el desasosiego. ¿Cómo puedo explicarte qué significa esa ciudad si no has sufrido su aguijón, si no has andado en su memoria, si no has ayudado a sus brazos de hierro y hormigón a sujetarla al Continente?

¡Quiero ir a Lisboa! ¿Alguien me lleva?

Amor é um fogo que arde sem se ver…

Por la carretera…


Al volante del Chevrolet por la carretera de Sintra,
a la luz de la luna y al sueño, por la carretera desierta,
conduzco en soledad, conduzco casi despacio, y un poco
me parece, o me esfuerzo un poco para que me parezca,
que sigo por otra carretera, por otro sueño, por otro mundo,…

No viajo en Chevrolet, ni sé cuál es la carretera de Sintra. Sin embargo conduzco despacio en soledad por la carretera desierta, tal vez en un sueño, quizá en otro mundo… Grandes trozos de algodón adornan el azul que se me aparece en el horizonte. Sólo hay cielo entre mi coche y el más allá, lugar al que encamino los pasos, perdón, quise decir las ruedas. Pueblos desolados, exánimes, vacíos de gentes y bestias descubren con orgullo la alegría desbordante que convierte en amarillo mi jaral. ¡Qué belleza para que nadie la pueda contar, para que ya nadie la quiera vivir! A cada rato la milicia del olivo parece esperar su momento en formación, pulcramente uniformada. ¡Vista a la derecha! Paso revista a cien por hora, convenientemente... Ahora, llegado el tiempo de la dehesa, entre encinas y alcornoques, mis ojos contemplan un lote victorino que permanece acorralado entre viejas chapas, enjaulado, esperando esa tarde de gloria que luego, en el penúltimo de mayo, disfrutará el amigo Clementain, “pograma” y Belmonte en mano. Su imponente encierro es observado con envidia de sangre por las nuevas camadas, ¿son camadas? que pacen en el verde que ha logrado afortunado esquivar el sol de esta tierra extrema y dura. ¿Sabrá Morante dónde duerme la bravura, dónde se teje el arranque, dónde se ahormó la furia de Baratero, Jaquetón o Cigarrero aquellos días?

De repente todo cambia, cuando la espesura se hace dueña del camino y la naturaleza crece sin control sé que estoy llegando, sé que la sierra de mis recuerdos está detrás de aquella curva, la última curva… Allí viven el agua clara, la sombra de los pinos y el viejo puente de piedra. También, y de alguna manera, vive el que se fue para no volver. Entonces sé que aunque todo sigue igual, nada es parecido. Aunque todo quiere ser lo mismo, es diferente…

Y es que no son los mismos toros, ni los que vi en el camino ni los que ahora vendrán aquí.

(Con cariño para esos dos amigos que tanto saben de lidias, de parte de uno que nunca estuvo en plaza ni entiende).



Dos estampas…


El uno...

A las nueve de la mañana estaba levantado, vestido, desayunado y esperando impaciente a que lo recogiera para ir al campo. Tres jornadas completas en las que soportó primero el desagradable viento que a veces peina en exceso los frutales en aquella zona y luego un sol que impartía justicia por encima de su gorra azul “nike”. Tocaba trabajar de sol a sol. Cuando sea mayor quiero ser como el abuelo, dijo convencido.

Le había enseñado a plantar sandías, a regar las patatas y las cebollas con mimo, a manejar el mecanismo del goteo, a curar las heridas del viejo manzano y a azufrar las parras para que no se las coman el “mildiu” o los ácaros, a utilizar la mula mecánica para que la tierra pueda respirar, a abonar los cerezos… Eran tareas que no cuadraban en su estampa urbana, en su visión de niño de diez años – casi once diría él - que nunca ha roto un plato y que devora libros por placer en su tiempo libre.

A mitad de mañana hacían un pequeño descanso a la sombra. A mitad de mañana tomaban un tentempié mientras repasaban los trabajos que ya habían terminado y los que les quedaban por hacer. A mitad de mañana, cuando llegábamos los demás, comprobábamos la felicidad de ambos. El patrón por fin había encontrado alguien en la familia que le seguía, un obrero muy joven y obediente, un tipo perfecto al que modelar a partir de ahora...


El otro...

Los cerezos habían empezado a entregar su sangre en forma de burbujas y había llegado el momento de recolectar. Durante un par de horas – más tiempo para los que no tienen costumbre es inviable- todos colaboramos en las tareas. ¿Todos? ¡Todos no! Uno de los churumbeles, el que tiene ocho años en su cuerpo y una lagartija que mueve su alma, hacía el trabajo a su manera: Cogía una cereza y se comía dos, cogía tres y se comía cinco… No sé qué capacidad tiene el estómago de un niño de esa edad pero el suyo debía estar a punto de explotar.

¡Ese muchacho se va a poner malo!, gritó alguien cuando vio su boca, sus mangas y sus bolsillos manchados de un rojo intenso. No te preocupes, está acostumbrado - le contesté inmediatamente -. Lo del año pasado fue peor…

Y es que el año pasado en el mismo lugar, por las mismas fechas, hizo lo mismo. Antes de llevar una cereza a la cesta, la miraba, la inspeccionaba y… se la comía. Mientras, su otra mano ya tenía otra de mejor tamaño que luego miraba, inspeccionaba y… se la volvía a comer.

Casi no llega a casa. Casi se caga a medio camino. Casi prepara la de San Quintín. Pero es feliz porque para él el campo es un gran árbol cuajado de cerezas, una especie de paraíso terrenal en el Valle del Jerte. Luego se olvida de la flojera de vientre y vuelve a las andanzas…

A primera hora del día siguiente fue a buscarle el abuelo. ¡Vamos! - le dijo -, levántate que tenemos que ir a la finca a coger cerezas otra vez. ¡No, "agüelo"! A esa finca yo no voy que esa finca a mí me da “cagalera” - contestó él convencido -.



Y es que son como dos gotas de agua…El uno y el otro.

Pandemia


Según la RAE pandemia es una enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región. La OMS establece seis niveles de alerta y hoy estamos en el quinto o, lo que es lo mismo, a las puertas de la catástrofe.

Un cerdo ha contagiado su gripe a un hombre y éste a varios individuos más, y así hasta el infinito y más allá que proclamaba “budlaigyiar”. Se supone que esa es la pandemia de la llamada gripe porcina mejicana.

Ahora bien, hasta el momento han muerto “sólo” (ojo que ese sólo va entre comillas) ciento y pico personas. Y esas muertes que estadísticamente son una “insignificancia” han provocado que en la capital del país que dio origen a la enfermedad se cierren treinta y cinco mil restaurantes, se suspendan las clases en todos los colegios, se clausuren indefinidamente las salas de cine y cualquier lugar donde se puedan reunir varias personas, se han repartido millones de mascarillas y ¡se ha prohibido a ciento cinco millones de seres humanos que salgan de sus casas desde el día uno al cinco de mayo! No se me enfaden (que diría un manito) pero las medidas parecen exageradas.

Y digo que parecen exageradas porque el número de muertos no guarda proporción ni con las medidas que se están tomando a nivel mundial ni con el costo económico que ello supondrá. ¿Entonces? ¿Qué es lo que está pasando para que en países como España, tan alejados del foco epidémico, se tomen medidas como la habilitación de un ala entera de un Hospital de la capital para prevenir lo que presienten va a pasar mañana?

Tengo la sensación de que se nos oculta algo, que no nos están contando la verdad, que hay detalles del problema que no se nos están explicando, que el problema real no está siendo transmitido a la población en su integridad. O es un cuento chino, perdón quise decir mejicano, o ellos saben con veracidad absoluta que la realidad va a ser más dura que la que dictan las noticias que nos están llegando y sólo nos están preparando para lo peor.

¿Alguien me puede dar una explicación razonable para lo que está sucediendo?

Contrarreloj


Cogedme, cogedme.

Dejadme, dejadme,
fieras, hombres, sombras,
soles, flores, mares.

Cogedme.

Dejadme.

Miguel Hernández


¡Una pedalada más…! ¡El último empeño…! ¡Voy a reventar…! Pero eso… eso será mañana.

Cayó en mis manos el sábado a mediodía y ojeé y hojeé sus páginas como se ojean y hojean los libros que luego nos van a interesar. Apartó momentáneamente de mi lado a los cosacos del Don apacible y calló mi conocimiento hasta el domingo por la tarde. De un tirón leí saboreando y sufriendo cada uno de sus párrafos. Sin los molestos abanicos que descubren pájaras avancé entre las palabras evitando las temidas montoneras... Chupando rueda hasta la cubierta posterior para asimilar encima del cajón de los Campos Elíseos el triunfo, el efímero triunfo… Sin hacer la goma y volando sobre el “botoso” asfalto que inmortalizó Perico Delgado llegué exhausto hasta el lugar donde el hombre baja del hierro y se da cuenta que ha olvidado andar erguido… Marcando “a fuego” el rompepiernas… A tumba abierta…

Como esos ciclistas que después del banderazo de salida de cualquier etapa de una gran vuelta dejan aparcada su vida y ya no pueden parar hasta que un sprint les dice que han llegado a la meta, sus páginas atraparon mi fin de semana sin remedio ni remiendos. Veinte etapas. Tres mil y pico kilómetros detrás de un asesino. Veintidós días para resolver el crimen, para que Cupido (¡Ha vuelto a crecer!) consiga cuadrar la rueda. Perdón, quise decir el círculo. El Alkalino, su fiel escudero, simplemente genial.

He de reconocer que el ciclismo profesional dejó de interesarme hace tiempo. Cualquier deporte que exija a un ser humano más de lo que un cuerpo puede dar está envuelto ab initio en sospechas de dopaje y otras guarrerías que acortan las vidas de individuos que quieren salir como sea del lugar donde estamos los demás. Pero desde ayer he aprendido que en esos deportes hay gentes, la mayoría, que merecen la pena, individuos que luchan contra sus propios fantasmas sin aditivos ni colorantes que ensombrezcan la gloria que no tendrán. Lo difícil no es subir el Tourmalet, lo realmente complicado es traspasar al papel lo que uno siente cuando lo hace. Y Eugenio Fuentes no sólo consigue contarlo de manera magistral sino que hace creer al lector que es uno el que hace el supremo esfuerzo, que es uno el que cuando ya no puede más se levanta del sillín para encarar una curva imposible o una pendiente que no deja ver su desenlace, que es uno el que se descubre con el corazón acelerado cuando termina cada una de las etapas que acompañan los capítulos.

Supongo que el autor ha sido en otra vida ciclista profesional. Tal vez pedaleó al lado de Bahamontes, Ocaña o Lucho Herrera… y no es consciente de ello. De otro modo es muy difícil que cuente en el libro lo que cuenta y de la manera que lo cuenta. La ficción describe certera la realidad. Léanlo y comprueben lo que les digo.

Lo que veo...

Esto es lo que vieron mis incrédulos ojos ayer.


Así no salimos de la crisis. Digo yo...

Esos niños...

Foto sacada al azar de la Red

A propósito de un resfriado infantil:

- Papaaaá ¿Por qué si mi nariz es tan pequeña tengo unos mocos tan grandeeeees?

Borrachos…

Si la copa en que libas, si el labio que oprimiste
acaban donde todo comienza y se concluye,
piensa que ahora eres el mismo que ayer fuiste,
y más allá no harías nada más que aquí hiciste.
Omar Khayyam

Aquella noche sorprendí a sucios borrachos en mugrientas tabernas contando y cantando a gritos una verdad, la suya, la única que alcanzan a comprender. Gentes enfebrecidas sin un pasado transparente o conciencia creíble que brindaban sus deshonras en brillantes copas de traición. Aves nocturnas que hasta la extenuación chupan sin pudor la sangre de aquellos que se labraron un merecido descanso y ninguna culpa tienen. Individuos que escondían vilmente bajo sus harapos un triste secreto. No lo pueden guardar, no lo saben guardar…

Aquella madrugada se me apareció de repente la memoria para recordarme en la resaca del sueño que blasfemaban, que siempre mintieron. Que sólo buscaron narcotizar su inestable moralidad con la gloria efímera que proporcionan el güisqui o el ron, la artería o el engaño. Que maldijeron lo ajeno sin vergüenzas por miedo a revelar su propia identidad, esa que les llevó por la aciaga senda en la que vegeta el extravío, tal vez la falsedad, acaso el desconsuelo…

Aquella mañana, cuando desperté del sofoco y bebí en la fuente de la tranquilidad descubrí con asombro y pesadumbre que la ficción, lo que vi y lo que soñé, aquello que quedó grabado en las paredes de mis recuerdos, supera con creces a la realidad humana, que somos como somos y que el cambio no es una prioridad en nuestras conductas.

Así nos va…

Silencio...


Permanezco en silencio delante de un papel desnudo que me interroga sin pudor, que hace compuestas preguntas a un ser en origen tan simple, incauto diría si no fuera porque todo está escrito. Quiero plasmar enormes y vívidos sentimientos que me ahogan más desconozco el lugar exacto dónde se pueden colocar. En el entretanto, el calendario me recuerda que pronto tendré que hacerlo, quiera o no, pueda o tampoco. Tengo la vista clavada en un blanco inmaculado que espera con paciencia lo que no puedo contar, lo que no sé decir, lo que no estaría bien publicar en esta parte de la historia. Hace tiempo hubiera podido vencer estas penumbras articulando palabras gratuitas, de esas que regala el conocimiento en días de gloria, cuando los hay, si acaso existen, y verbos conjugados alegremente en el ser o el estar, acaso en el parecer.

Hoy no. Hoy mis devaneos esperan la llegada de la primavera sentados en el pretil de ese antiguo puente de piedra cubierto de vida por el que el hombre de ayer no volverá a pasar, nunca pasará. Hoy vigilo las limpias aguas que corretean entre sus piernas, por si algún desalmado, aprovechando obligadas ausencias, las quisiera robar. Y le pongo puertas al campo esquivando imposibles, sorteando malas artes, eludiendo desengaños que pudieran brotar en cualquier terruño.

Hoy vigilo una sombra que se alejó de la materia sin permiso en un día de verano, que abandonó la sierra que vio nacer la resolución y el carácter de tantos otros, aquellos que guardaban celosamente en los adentros, para sí, algo que nunca acaba de cuajar.

Hoy estoy preparado para que aquello que un día soñé se cumpla, sin saber por dónde y con quién empezar…

Miedo insuperable...


“La mujer está donde le corresponde. Millones de años de evolución no se han equivocado, pues la naturaleza tiene la capacidad de corregir sus propios defectos”. Albert Einstein.

El sobresalto fue mayúsculo. En un primer momento no se percató siquiera de la importancia del suceso para él. Normalmente le llamaba la atención de esta clase de noticias la redacción dada por el periodista de turno. Frases que no venían a cuento o que no aportaban nada al texto acompañaban de forma gratuita e incluso tapaban y emborronaban el hecho que dio origen al titular. Además, siempre aparecía un desocupado que parecía haber visto todo y que conocía a la perfección los desajustes que se producían a diario en la casa de sus vecinos. Después de ocurrir un incidente de este tipo, cuando ya no hay remedio, cuando la muerte es la única protagonista, siempre aparece un imbécil que lo había visto venir. Todos los días y por desgracia se podían leer artículos semejantes en cualquier periódico del país. Incluso tenía la sensación de que la publicidad sobre ese tipo de episodios animaba de forma indirecta a cometer actos semejantes a otros individuos de la misma calaña. Siempre había algún cabrón dispuesto a quitarse de en medio a su pareja. Y aunque en este caso era la mujer la que había matado al marido, tampoco le extrañó porque de vez en cuando aparecía alguna Agustina de Aragón o una moderna Juana de Arco que en estado de máxima desesperación, cuando la sangre colapsa el conocimiento, se salía del guión preestablecido y terminaba acabando con la vida de su cónyuge.

Vivimos desde tiempos inmemoriales en una sociedad de machos. Es el hombre el que rige y gobierna los destinos del mundo. Hasta hace pocos años también era el único miembro del clan que trabajaba y administraba la familia, sus dineros y sus destinos. Incluso, y no hace muchos lustros, la mujer debía obedecer sin rechistar al cabeza de la estirpe. Era su obligación. Si recibía algún castigo en su matrimonio, incluso físico, no había que buscar las causas porque éstas siempre eran justas. Nunca se preguntaban los porqués. Aunque esas prácticas habían cambiado y a nivel teórico la mujer había igualado en todos los planos al hombre, no es menos cierto que eran ellos los que seguían maltratando a las mujeres y en un porcentaje muy elevado seguían acaparando los titulares de los periódicos en lo referente al maltrato. Que una mujer asesinara a su marido era un hecho excepcional que atraía de forma morbosa a los periodistas de toda clase o condición. Entonces no se hablaba de violencia de género sino de miedo insuperable porque ¿cómo puede un ser humano físicamente inferior en la mayoría de las situaciones enfrentarse a otro y acabar con el maltrato de un plumazo? Sólo el miedo a lo que vendrá después si no se detiene al dueño de la fuerza bruta es capaz de responder a esta cuestión.

Pero hubo algo de aquella noticia que despertó su curiosidad, que hizo que su mente se pusiera en estado de alerta máxima. Junto a la crónica aparecía una foto de archivo de la mujer, una foto antigua en blanco y negro. Era una imagen del día que le concedieron el premio fin de carrera en la Escuela de Magisterio. Y aquella mujer era ella. Entonces, en el momento en que le hicieron aquella instantánea, debía tener veintiuno o veintidós años a lo sumo. A pesar de que los cambios físicos a esa edad todavía son considerables - habían pasado cinco años desde su último encuentro adolescente -, no le fue difícil reconocerla. Era ella, su amor de juventud. El paso del tiempo no había acabado ni con su frescura, ni con su naturalidad, ni con su manera de sonreír. No podía siquiera imaginar por qué había dado aquel fatídico paso y se había convertido en protagonista de todos los medios de comunicación...



El "espabilao"…


No le gusta viajar. Lo sé. Sólo tiene cinco años y prefiere estar en casa a todo lo que represente hacer una maleta y sus posteriores consecuencias. Su habitación es un reino en el que da cobijo a monstruos de todo tipo, peluches descoloridos, caballeros sin cabeza, coches con o sin ruedas, aviones y demás utensilios necesarios para soñar. Su vida llega hasta el lugar de la casa donde puede ver tranquilamente los Dibujos Animados, ni un metro más allá.

En la mesa, a la hora de la comida, sin venir a cuento, comenté en voz alta: Si va todo bien, si las notas son buenas, si no hay problemas… este verano vamos a ir a una ciudad de Europa. El mayor y el mediano soltaron el tenedor y abrieron los ojos inmediatamente, de par en par. ¿A qué sitio? ¿Di, a qué ciudad? ¿Hay que ir en avión?,… fueron algunas de la batería de preguntas que bombardearon mi conocimiento en un minuto. El pequeño apoyaba su cabeza sobre la palma de la mano izquierda, en actitud indiferente, mientras jugaba a colocar macarrones en fila india.

Comoquiera que me gusta jugar con ellos - hay que avivarlos cuando son pequeños porque de grandes no hay quien los controle- les dije: Es una gran ciudad de Europa, capital de un país, no está en Portugal y empieza por “ele”. Los dos empezaron a estrujar su cerebro buscando el sitio al que me podía referir. Era Londres. Es una gran ciudad de Europa. Capital de un país, Inglaterra en este caso. No está en Portugal porque no es Lisboa, que también empieza por “ele”. Parecía fácil...

¡Nada! ¡Ni se aproximan!

La siguiente letra es una “o”, la ciudad empieza por “Lo”. Pensé que con ese dato acertarían enseguida. Me equivoqué otra vez. Interrumpieron sus divagaciones y me conminaron a que les dijera el sitio inmediatamente, no querían jugar a las adivinanzas, su paciencia se había acabado, no podían esperar ni un instante más,…

El pequeño lo sabía desde el principio, pero nada hacía suponer que sus intenciones iban a cambiar. Supongo que en su pequeña cabeza se estaba preparando una estrategia para evitar salir de su hogar, su dulce hogar. Y así fue. De repente, de forma desenfadada, como a quien le importan un pepino las guerras del mundo, la liga de fútbol, la crisis económica y el futuro del sector olivarero en España, levantó sus manos al cielo y dijo en voz alta: ¡Es Loxemburgo… pero ni sabemos dónde está ni nos gusta ese sitio! Así que esta vez nos quedamos en casa…


Loxemburgo, dice...

Te lo avisé…


Llevo unos meses retrasando la entrada en internet de mi primogénito. Alguna que otra vez habíamos tenido - y utilizo el nosotros porque parece que los deberes de ese Colegio son también para los padres - que hacer un trabajo por mandato expreso de un profesor. Pero ahora quería ser autónomo. Aunque antes o después tendría que ceder a la apisonadora de la tecnología, un sexto sentido me decía que alargara la cuestión todo lo que pudiera. La madre, su gran aliada en esta historia, me presionaba para que le abriera una cuenta de correo con frases en las que pretendía quitar hierro al asunto: Otros amigos ya tienen messenger…, no va a ser el primero en tenerlo…, yo controlaré lo que haga…, es sólo un niño y cosas por el estilo.

Anoche, al llegar a casa, ambos me esperaban con el ordenador encendido…

¡Ya está! ¡Ahí la tienes!…

Su cara dibujaba una sonrisa de oreja a oreja. Sacó una libreta y empezó a agregar amigos, todos de su mismo sexo: pepitominina, juanchatachán, pedropericoperiquete,... En esa tarea estaba concentrado el niño bajo la atenta mirada de sus ascendientes, que en este caso éramos su madre y yo, cuando de repente se abrió una ventana en la pantalla y apareció “la ella”. ¡Ya estamos!, pensé para mis adentros. Ahora es cuando se lía…

Con un hola soy Fulanita empezó la conversación. Ya lo sabía, dijo él. La madre contemplaba la escena y sonreía con satisfacción, creo que porque comprobaba que lo del messenger y su teoría del “no pasa nada” funcionaba a la perfección, hasta que la chica – no habían escrito más de cinco renglones, lo juro – le dijo: Dice Cris que eres muy guapo…

Entonces… entonces la cara de esa madre empezó a cambiar y el que reía por dentro era yo. Dos frases más tarde ella le dice: “Besazos para ti”. Sin prolegómenos. Sin anestesia. Sin más… A mí me entró la risa floja y pensé que aquello no iba a acabar bien. Un renglón más tarde la chica aclara: “Los besazos son míos, no de Cris…”

Ya no pasó nada más. Se oyó una voz del cielo que gritó “¡Apaga eso inmediatamente!” y un suplicante “espera por lo menos que le diga adiós”.

Lo siguiente que se pudo escuchar en aquella estancia, entre grandes carcajadas del que suscribe, fueron mis palabras hacia la mujer que domina mis sentimientos sin darme cuenta: Te lo avisé…

Intentos…


Alargas tu sombra cada día, buscando quizás una entrada a la inmensa guarida, esa que esconde los correteos de una fría serpiente de hierro. Una y otra vez sientes como rasga sin piedad tus entrañas y mueve a cada instante los cimientos que te atan a la tierra. Cientos y cientos de hormigas se te han adelantado. Vas. Vuelves. No hay remedio. No puedes enfrentarte - no lo intentes - a semejante ejército de soldados sin cabeza ni destino, a un vaivén acompasado de cuerpos que nunca llegan a donde van, que siempre vienen de no sé dónde.


Intento sorprenderte cada día, que descubras poco a poco que estas letras, inconexas muchas veces y pueriles en su origen, no son nada sin que tú, que no me miras, les concedas un sentido. Intento averiguar cada mañana si el sol que se escondió tras tu regazo, es el mismo que se esfuma en lontananza y dibuja como nadie los paisajes de mis sueños infantiles. Intento comprender cada momento los misterios que se esconden en la dama que sostiene tu figura. Intento ser yo sin que absorbas cada palabra que circunde mi cerebro y que el verbo que te embauque y que te hechice se conjugue en el nosotros. Intento…, nunca puedo, sobre todo porque vuelves a inundar mi inteligencia con promesas de otros tiempos.


Luego vendrá la noche. La serpiente en el reposo no podrá contemplar las alegres vestiduras. La luz que desprendes te hace sentir como una reina. Una refinada cortesana se transforma sin el sol en Señora del Sena y se regocija con un triunfo momentáneo que las gentes, ya dormidas, nunca podrán comprender. Yo lo descubrí. Por eso lo cuento…

Premoniciones...


"La burbuja.-

Reuniones sin sentido ni sensibilidades acompañan mi trabajo, mi quehacer diario. Ayer fueron “medios de publicidad”, presentados como novedosos y que están anticuados, diría muertos si no costaran tanto dinero, antes de nacer. Nadie, y me consta que los protagonistas están dando muchas vueltas – en los tiempos que llaman de crisis siempre pasa -, es capaz de adaptarse a la situación real y actual del mercado. No dejan de ser inestabilidades cíclicas tapadas una y otra vez, cada tantos o cuántos años, por los tiempos de bonanza y especulación. A este paso – todavía no he logrado averiguar si es bueno o malo - volveremos a ver esqueletos de hormigón de quince alturas esperando en la costa, como si fueran míticos cíclopes, a incautos compradores por el triste precio de una deuda o por el precio de una triste deuda.

Índices, “ipecés”, burbujas inmobiliarias,… ¿Qué será de verdad una burbuja inmobiliaria? ¿Quién lo sabe? ¿El Registrador o el Notario que ven bajar sus ingresos lo saben? ¿El Constructor que ya no es capaz de vender “sobre plano”? ¿El Gobierno de turno que modifica las reglas del juego si acaso le conviene? Mentiras en definitiva. Todo son mentiras. La única verdad es la que dictan los Bancos, los verdaderos dueños de nuestras voluntades, los amos y señores del dinero que no tenemos ni tendremos. Si bajaran - ¿quién lo tendría que hacer? Se oye, se comenta, se rumorea que ahora no es posible - tan sólo dos míseros puntos el manido tipo de interés… sólo dos puntos reactivarían todo de nuevo. Seguro. Y ya no haría falta esa publicidad. Y sobrarían los índices. Y los “ipecés”. La capacidad de endeudamiento de una persona ha sustituido en el mercado actual, sobre todo en el de la vivienda, en otros – por desgracia – también, a
la capacidad de ahorro. Se vive por encima de las posibilidades y es un tanto por ciento elevado de una nómina, o de dos si son pareja, la que permite abrir la puerta de la deseada caja fuerte. Pero si bajara el tipo de interés subiría el número de compradores dispuestos a endeudarse de nuevo, el número de personas dispuestas a hipotecar durante treinta años, más otros dos o tres de “carencia” que probablemente no vivirán, su vida.

Teoría económica para burbujas de andar por casa, sí, pero creo, presiento, intuyo, sospecho, vislumbro, barrunto… que cuasi ajustada a nuestra realidad."


Este escrito fue publicado en esta casa virtual en junio del año dos mil siete. Hace ya año y medio... Entonces ya se veía venir lo que vino después. Algunos no se lo creyeron. Ahora estamos donde estamos...

Jarramplas





En la alta Extremaúra
hay un diablo mu malo
que por los veinti de enero
s’arrima a robar ganaos.
¡No llores tanto, mi niñu!
¡No berrees más, condenao!
Que es un mozo el que va entro
del disfraz jechu de trapos.
¡Atiza un nabo, mozuelo!
¡Tira juerte en to lo alto!
Que ese no vuelve a quital
ni un cachu e pan de tres cuartos.




Saldremos…


¿Crisis? ¿What crisis? Vivimos un tiempo de inestabilidades económicas donde uno cada mañana se levanta con una sorpresa nueva y negativa. Los gurús de la economía y los de andar por casa, que también los hay, dicen que no saben cuando terminará todo, que nunca antes se habían dado los parámetros de ahora, que la Bolsa no se recuperará de esto, que el Presidente no toma medidas, que agrava la situación gastando más, que llegaremos a cuatro millones de desempleados, que la culpa es del "“chachachá”,… Y yo… yo creo que saldremos adelante a corto o medio plazo. En esta vida la solución a casi todos los problemas está en las pequeñas cosas y no en las grandes obras. En la economía intuyo que también.

Ayer estuve en una entidad bancaria, en una sucursal de la zona donde cuando puedo trabajo un poco. El bancario que me atendía respondió a mis preguntas sobre la solución a la situación actual con un ejemplo ilustrativo. Me dijo que uno de sus clientes con una hipoteca que le suponía mil euros mensuales había acudido esa misma mañana a verle. Estaba extrañado porque la revisión anual a la baja del tipo de interés de su préstamo había rebajado su cuota en trescientos euros. Cada mes ese individuo iba a contar con cincuenta mil de las antiguas pesetas para el ahorro familiar o, simple y llanamente, para llegar a fin de mes sin apreturas. Y es que aquel individuo había acudido al Banco con el único fin de confirmar si era cierto que cada mes le iban a sobrar 300 euros ¡para comprarse un coche! Sí, alegó que se había acostumbrado a pagar mil euros y que ya no le importaba seguir pagando esa cantidad todos los meses. Que tenía pensado cambiar de vehículo pero que la cuota hipotecaria no se lo permitía y que ahora… ahora podría hacerlo.

Por una parte, la actitud de ese caballero puede parecer descerebrada, poco responsable, falta de sentido común, pero por otra, piensen que esos trescientos euros van a mover la economía y ayudar a otro de los sectores que pasan por un mal momento. La bajada de los tipos de interés ayudará a incentivar industrias que necesitan urgentemente de esa reactivación por nuestra particular forma de entender la economía.

Y es que nos hemos acostumbrado a vivir con la soga al cuello y no nos importa vivir acongojados mientras no apriete demasiado. Durante diez o quince años nos hemos educado en la creencia de que el dinero, si está ahí, es para gastarlo. No sabemos para qué vale el ahorro. Por eso, hoy estoy convencido de que saldremos de esto que llaman crisis sin problemas. Con independencia de las medidas gubernamentales que se adopten, el ciudadano – que en este caso también puedo ser yo – hará lo que le salga de los mismísimos… créditos.

Israel


"Los setecientos…

Algunos volverán en féretros de madera de cedro, inertes cuerpos tallados en el sagrado sándalo del Líbano que el burocrático e interesado francés separó de la romana Siria. Los ungirán con su volátil aceite y los devolverán uniformados como héroes de una nación sin patria. Setecientos hijos de buenas madres parten a controlar lo que no tiene control con el permiso de los próceres, que no prohombres, de la marchita rosa, la desplumada gaviota y la malvada serpiente.
Y todo ello será contemplado por las fenicias Tiro y Sidón, atacadas sin piedad, una y mil veces, por las incursiones mesopotámicas y cartaginesas. Cae una, se yergue la otra, en sucesiva hegemonía bajo el yugo del joven rey Pigmalión. Nada cambia. La historia repite lo irrepetible.
¡Oh Israel! ¡Oh pueblo elegido por Yavhé para vagar y divagar por los siglos de los siglos! ¡Oh Salomón! ¿Dónde está tu justicia? David, tu hijo más joven, el elegido, yace ahora estrellado después de derrumbar con ira su propio templo.
La vieja Beritus, tantas veces destruida en su envidiosa carrera por igualar a la milenaria Jerusalén, esconde en sus entrañas cientos de inocentes cuerpos aplastados por la implacable sed de los vampiros del sur.
¿En nombre de quién se hace tanto daño? ¿Qué Dios es capaz de soportar tanta ingratitud? ¿Acaso Alá? ¿Tal vez Yavhé? ¿El Dios de los cristianos? ¿Ni uno sólo de los grises mandatarios puede entender que es el mismo? Mahoma y Jesús lloran desde el más allá las desgracias que infligieron a sus desagradecidos pueblos… Abraham repasa la Torah, sigue buscando un error, un solo error que le otorgue la luz suficiente, la luz que sacará a su pueblo del oscuro túnel del tiempo."


Este escrito fue publicado en esta casa virtual en agosto del 2006. Entonces, el Gobierno español enviaba 700 soldados a la guerra del Líbano. Hoy, en esa parte del mundo, todo sigue igual. Israel arrasa Gaza y Hamás contesta con misiles soviéticos. Entretanto, el mundo árabe no sabe qué hacer ¿Quién tiene razón? ¿Acaso es importante esa razón? ¿Cuál es esa razón?

Tito destruyó – arrasó - Jerusalén en el año 70 después de Cristo. El mandatario romano se dio cuenta de que en esa ciudad maldita confluían todas las religiones del mundo conocido, sin posibilidad alguna de entendimiento y a pesar de adorar todas al mismo Dios. Si desaparece Jerusalén, desaparece el problema. Eso debió pensar. Y a lo peor no le faltaba razón. Sobre el antiguo templo judío de Salomón y de David, lugar elegido por Jesús para predicar la venida de su Padre, se levantan dos mezquitas árabes. Desde ese solar y siguiendo a Ibrahim (Abraham), Isa (Jesús) y Musa (Moisés), Mahoma realizó unos siglos después su ascensión nocturna al cielo en un caballo blanco alado. Desde entonces todos luchan por el mismo terreno, todos creen ser poseedores de la verdad absoluta. Desde entonces el nombre de Dios es usado en vano. Y no tiene remedio. Creo.

Eso pasó…


Encerré durante unos días el gélido invierno en lo alto de la montaña más alta, esa que guarda en secreto los restos del penúltimo Nazarí, el viejo Mulei Hacén. Cerca del lugar donde el Sultán moro fue traicionado por su hijo, el cobarde Boabdil, existen extraños artefactos mecánicos para el disfrute de unos foráneos que arropan sus cuerpos con extrañas vestimentas de colores y se deslizan por la nieve como si el diablo los persiguiera.

Hoy, en la reflexión del después, recreo mis pensamientos en los míos, en los que allí estuvieron, en los que disfrutaron tanto… Hoy, en lo más profundo de esa misma reflexión, sé que alguien nos vio desde arriba y sonrió.

Abajo, bella y triste Granada, mira de reojo y espera tranquila una visita. Todo llegará…

 
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