El reencuentro

Aquella expedición descubrió con asombro que aquella leyenda era verdad. Viejos marinos borrachos en mugrientas tabernas habían contado durante generaciones la existencia de aquel lugar. El cielo se tornó negro en pleno día y la calma se hizo en el agua de una manera absolutamente siniestra hasta convertir las velas cuadradas del viejo bergantín en porcelana. Empezaron a sonar suaves melodías que a modo de cantos de sirena atrapaban la conciencia de quiénes escuchaban como si Ulises aun estuviera vivo. Todo ello se entremezclaba con tenues voces que lanzaban contra el barco variopintos mensajes melodiosos y desgarradores a la vez, bellas promesas llenas de ternura, cantos de amor y pasión… En ese pedazo de mar se habían depositado durante años los recuerdos de muchas generaciones, recuerdos que habían llegado a través de los ríos de la vida y que las corrientes habían transportado gratuitamente. Nunca se pudo fijar el punto exacto del encuentro en los mapas y ni siquiera el capitán se atrevió a inscribir, a fuer de ser considerado loco, en las cartas de navegación los hechos. Aquel lugar estaba en el corazón de cada uno y sólo aquel que pretendiera de veras encontrarlo, lo hallaría para siempre. El mar de la memoria lo llamaron.



De repente se encontraron en mar abierto. Se hizo el día, desaparecieron los cantos y mensajes y las velas comenzaron de nuevo a ondear al viento. Todos parecían despertar de un agradable sueño. Todos, menos el capitán. Aquel individuo permanecía impasible mirando al horizonte, como si no hubiera querido salir nunca de aquel lugar al que se aferraba como el náufrago a su tabla, como si algo le atrapara para siempre. ¿Qué recuerdos le habrían sobrecogido? ¿Qué voces hicieron que no quisiera o pudiera regresar a su estado normal? Después de tres días con sus noches sin articular una sola palabra, una sola frase, una sola expresión, un marinero oyó como decía en voz baja y desgarradora a la vez: ¡Madre!


Durante muchos años vagó por los hospicios de todo el país. Su rebeldía sólo era entendible por la crueldad que el destino le había marcado y que ni sus más íntimos colaboradores conocían. Durante mucho tiempo sólo le mantuvo vivo la memoria de su madre, a la que en los últimos tiempos no era capaz de poner cara ni en sueños. Su rostro se había borrado y eso le dolía en lo más profundo. Pero la memoria es tan aleatoria y tan imprevisible que por fin pudo hablar con ella, sentir su cariño, sus abrazos, su voz dulce y suave… Nunca conoció a su padre y su madre, quien le amó como nadie podría jamás amar y como sólo una madre es capaz, le abandonó cuando tenía cinco años por culpa de la mal llamada gripe española. Desde entonces todo fue una ruina. Su pensamiento nunca comprendió la soledad. ¿Quién puede comprender la soledad de un niño? Hasta hoy, cuando se reencontró con ella, cuando el mar de la memoria hizo posible que terminara de escribir esa página maldita, cuando por fin comprendió que la vida es ruin con los propios que la generan, cuando entendió que su madre nunca le había abandonado, que siempre estuvo con él…

1 comentarios:

el alelo dijo...

No hay diferencia entre el dolor que sienten los seres humanos y el dolor de otros seres vivos, puesto que el amor y la ternura de la madre para sus hijos no son producidos por el razonamiento, sino por los sentimientos, y esta facultad existe no solamente en los seres humanos sino en la mayoría de los seres vivos.(RAMBAM -Maimónides-)

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