Un amigo virtual


Tengo un amigo virtual - al que leo siempre con devoción y emoción por sus exquisitas maneras, por su forma única de contar lo que ve y porque sabe mucho más de la vida que el que esto escribe - que en los comentarios de la entrada anterior me dice que esté tranquilo, que la adolescencia se supera y que me siente ya casi maduro.


Su comentario podría ser uno más, pero no lo es. Sus palabras podrían ser de cualquiera, pero no lo son. Primero provocó la sonrisa y después pude comprobar (estas cosas se saben) que me había llegado donde sólo llegan las cosas que tienen que llegar. Hacía mucho tiempo que alguien no veía en mí el adolescente que fui. Hacía mucho tiempo que no lo veía ni yo – creo que eso es peor, pero ahora no viene al caso -. Puede parecer extraño lo que digo pero por las mañanas, cuando me asomo al espejo, empiezo a ver a mi padre. Sí, el señor de la otra parte, el que en pijama se refleja en el cristal, ya no soy yo. Es un señor mucho más serio, un respetable padre de familia. Ya no están ahí ni la ingenuidad de una joven mirada o el brillo que deja en la piel la adolescencia, ni el ardor guerrero o el optimismo intrínseco y apasionado que recoge esa edad. Tampoco se atreve, como antaño lo hiciera, a desafiar al individuo que le mira por encima del hombro desde aquel lado de la vida. Además, es plenamente consciente de que ese desaguisado no lo arregla ni una hidratante, ni una exfoliante de las caras.


Decía en el post anterior que cierro libros antes de llegar a la página cien. Que los últimos que han caído en mis manos no han tenido un final feliz, puede que por mi culpa, por mi grandísima culpa. Y que probablemente todo era debido a la “abstemia” primaveral. Ahora sé que no - gracias Turu - que la culpa es del adolescente que vive en mí que está dando sus últimos coletazos. Por eso, por esa rebeldía que aun me queda, por esa necesidad de independencia y de afirmación de mi propio yo, esta mañana he ido a la librería y me he comprado las tres series de los Episodios Nacionales de Don Benito Pérez Galdós. Y los voy a leer. Ya lo decía mi madre: Al que no quiere caldo… dos tazas. ¿O eran tres? ¡Yo qué sé!

8 comentarios:

UnaExcusa dijo...

Es una buena terapia, el maestro Galdós, digo yo.
Claro que si quieres recuperar la adolescencia, te vendría mejor La isla del tesoro.
Digo.

alelo dijo...

Yo no quiero recuperar la adolescencia. Me rebelo contra lo que no me gusta, nada más. Y últimamente no hacía más que cerrar libros. Por eso el trozo de adolescente que me queda dentro me mandó a la librería a por algo contundente, que me enseñase algo y que fuera apropiado. Y lo consiguió.

Mi amigo Jur estará contento. Seguro.

José María JURADO dijo...

Muy bien comprados, sí señor, aunque en internet están de gratis: Napoleón en Chamartín y Bailén a mí me gustaron mucho... luego lo dejé.

Turulato dijo...

Un abrazo

alelo dijo...

A Jur.- Ya, pero en la estantería de mi estudio quedan muy bonitos los tres volúmenes y a lo mejor... algún día los leen unos chavales pequeños que pululan por mi hogar cuando se hagan mayores. ¡Sabrá Dios qué será de "interné" cuando crezcan! Ahora, la estantería seguirá en mi casa y los libros también. Y yo con un bastón y mucha mala leche, creo.

A Turu.- Otro para ti.

Camy dijo...

Eso de lees Los Episodios Nacionales sí que es una señal inequívoca de que añoras la adolescencia ¿No era obligatorio en bachiller o dejé la adolescencia tan lejos que ni tan siquiera recuerdo las materias dadas?
Puede ser porque cada vez que me miro al espejo soy menos yo y más mi madre.
Cierro los ojos, no me miro en ningún espejo y a la merda lo que digan los amigos y los espejos. Soy yo.

un beso

Ricardo Colomer dijo...

¡no vayas a la luz! ¡noooooo!

cu dijo...

Don Turu tiene un don especial para ver esas cosas, para hacernos caer en la cuenta de lo q ni nosotros mismos somos capaces de ver.
Es especial, pero de eso ya te has dado cuenta!, por eso se le quiere como se le quiere, y una vez q le conoces no te puedes alejar demasiado de él.

Un saludo

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