El señor de la hojarasca


Se acerca despacio al umbral de mi puerta, al lugar donde recibo al caminante, el otoño con su gris aparecer. La espesa niebla y la fina lluvia matinal me anuncian una estación que siendo nueva se muestra perpetuamente avejentada. Llega el tiempo de la melancolía y de su mano, ¡cómo no!, el de las temidas depresiones. Después de la claridad y el calor del perdido estío, triunfa, marchito y mojado, el señor de la hojarasca que revierte primaveras.

Y sin embargo, ese estado al que me lleva el revolotear agitado de los pájaros buscando no sé qué cosas, la bajada en varios tonos de la recta luz, el acortamiento de los días o el baile incesante de las amarronadas hojas, lejos de amilanar al niño que vive en mí le hace sentir bien. Me gusta esta época del año, quizás porque me proporciona tranquilidad, paz, quietud,… tal vez porque a través de una ventana su visión es reconfortante. El otoño activa algo en mi cabeza y mi sangre – ahora avanza mucho más lenta por mis venas, lo sé – sosiega poco a poco, pausadamente, mi cerebro y su perenne no saber estar quieto.

En el soportal que da paso a mi vida, hay un lugar reservado para él. Cada año, tal vez por suerte, mi otoño es más otoño. Cada año, tal vez por desgracia, yo soy más yo.

2 comentarios:

Ricardo Colomer dijo...

Otro mas Ale, otro más.

Camy dijo...

Me ha gustado deletrear "hojarasca" es una palabreja que aquí no utilizo y me trae muchos recuerdos de niñez.Recuerdos de un otoño como el que describes y la gozada de no ir a clase y contemplar la lluvia desde la cama, con enfermedad real o inventada, pero con los mimos de la mamá.
Aquí, los otoños no se perciben como tal. Hace calor y yo prefiero el verano pero me ha encantado tu otoño que tambiém cada vez más es mi otoño.

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