El alma de mi ciudad




Me despierta el runrún de los vehículos que llevan a los tempranos trabajadores por la Ronda, ésa que prometieron iba a ser un gran corredor verde que no molestaría a los vecinos ni a sus sueños. Bajo un septiembre que trae el calor que no consiguieron para sí julio y agosto, salgo a la terraza con un café y ese libro que describe de forma ejemplar y didáctica el nacimiento de Ambrosía (Plasencia, Placencia, la que place al Señor.): La ciudad del alma de Sánchez Adalid. ¿Las ciudades pueden tener alma?


El repiquetear de las madrugadoras herramientas de esmerados albañiles me llega desde el este y el oeste, mientras intento concentrarme en la lectura para comprobar que la ciudad donde vivo era en esa época tierra de moros, tierra de penumbras, y ¡ay de aquél que se atreviera a introducirse en los encinares al sur de la antigua Ambrosía, la ciudad perfecta!


Después de una ducha que despierta hasta mi última neurona, si es que tengo de eso, parto a la rutina… El sonido de la moto que cabalgo se ve apagado, oscurecido y anulado por la ¿música? de uno de esos artefactos tuneados con forma de coche que hacen las delicias de mis vástagos. ¿Cómo es posible que Camarón esté despierto tan temprano?


Acabo de llegar al lugar donde esto escribo cuando el “tapicerooo, señora” me interrumpe y se queda un rato “a la puertaaa de mi domicilioooo”. No tengo otro remedio que dejar mis obligaciones y salir a tomar un nuevo café mientras el “Señor de las Descalzadoras” hace sus labores. España debe ser el único país del mundo en el que unos tienen que dejar de trabajar para que lo hagan otros. Ejemplos hay muchos pero a mi cabeza siempre viene, cuando pienso en ello, la imagen de una larguísima fila de coches con sus conductores haciendo sonar bocinas y gritando algún que otro improperio por no poder hacer lo que en ese momento quisieran hacer. Y todo ello porque el señor del camión, ese que lleva diez minutos aparcado en mitad de la calle, está trabajando.


Mientras oigo de fondo el estridente molinillo del café y el chirriante silbido que hace la salida del vapor que calienta la leche, viene a mi cabeza de nuevo ese libro… y acabo en la idea de Don Bricio, Obispo y Señor de Ambrosía, sobre el alma de las ciudades. Si es cierto que las ciudades pueden tener alma, ésta debe tener motor y hacer mucho ruido. Si así no fuera, no tendrán cabida en nuestro mundo.


3 comentarios:

el alelo dijo...

Pregunto yo:

¿Por qué siempre utiliza la radial para cortar hierros a primera hora de la mañana y luego, cuando puede hacer ruido, más que nada porque no molestaría a nadie, la deja olvidada sobre el cemento por el resto de la jornada laboral?

Contra Fran Pan dijo...

¿Alma las ciudades?, no creo, creo que tienen de casi todo, formas, olores, sabores, e incluso personalidad, la gente se impregna de ellos hasta el punto que, según sea la pericia del observador, es probable que averigüe no ya sólo el origen del observado, sino su cotidianidad de una forma aproximada.

Hablas de la ronda, de los albañiles, y del entrañable afilador, que, entre otras fuentes, componen la sinfonía de la ciudad que te ve despertar, yo te puedo hablar de los yonkis y los borrachos que duermen y viven sobre las rejillas de ventilación de los garajes de mi plaza, de los grupos de extranjeros que vienen a este Madrid a hacer cosas que ni se les pasaría por la cabeza hacer en sus países de origen, de homosexuales ebrios planteando auténticos dramas de anhelado culebrón, del hortera redomado que baila bacalao en la puerta de su coche tuneado (ese sique sique) por que no tiene dinero para entrar en el after, prostitutas, proxenetas, orientales vendiendo bocadillos y latas de cerveza, gritos, desalojos corporales, consumos variados....

Al llegar el alba todo desaparece bajo la presión de las mangueras de los camiones de riego de los servicios de limpieza municipales, y se produce, casi como que por arte de magia, la impresionante transformación. Aparecen de la nada miles de personas con prisas. Tacones y perfumes se mezclan con chaquetas y maletines, repartidores de periódicos con taxistas tocando el claxon, coches literalmente parados vomitando humos, policías haciendo sonar su silbato con desesperación, un camión de mudanzas, un perro con la cabeza gacha escondido entre dos coches, el repartidor de coca cola... y basura, mucha basura, y eso que está recién limpio, pero el suelo es pegajoso, tanto que en ocasiones tienes que hacer verdaderos esfuerzos por esquivar la mezcla de fauna urbana y “trampas” en el suelo, y todo ¿para que?, pues para llegar a la meta : el metro.

Chorros de aire caliente cargados de olores, prisas, escaleras, obras, ruidos de trenes repletos de todo tipo de personas que no hablan y disimulan cuando, por fuerza, se tropiezan con miradas ajenas. Pérdida de espacio vital, tu espalda y costado se convierten en respaldos improvisados de extraños que suelen tener, entre otras lindezas, el hálito de recién levantado y poco aseado. Piiiiiii, clinc clinc clinc, ssssspum, la puerta se cierra y continua tu peregrinar, tras una hora de sentirte garbanzo en un cocido, y sin desayunar, por fin llegas a tu lugar de desespere, perdón, quise decir "trabajo".

Son las 7:00, empieza otro día.

¿Alma?, no, esto forzosamente no puede tener alma, aunque no sepa que diantres significa tal cosa.

Esto más que alma lo que tiene es mucha gente.

Vale, y un montón de tías buenas, jejeje.

el alelo dijo...

¡Otia!... ¿por qué no te vienes a vivir al lugar de donde nunca debiste salir?

Hay un poco de ruido... pero nada más.

Digo yo.

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